José María Rosa*
Juventud
Bernardo de Irigoyen, hijo de familia patricia, nacido en 1822, en el hogar
de don Fermín de Irigoyen y María Bustamante, pertenecía a una casa plegada al
partido federal desde sus orígenes. Le tocó iniciarse en los años de gran
entusiasmo patriótico que siguieron al tratado Mackau-Arana, el abandono del
bloqueo francés y la victoria de Arroyo Grande. No quedará insensible a la
emoción colectiva producida en toda la Confederación Argentina por la hábil
defensa que Rosas había hecho de la causa nacional. Una noche –el 8 de febrero
de 1843– el joven Irigoyen lee en Palermo ante el Restaurador y su hija Manuela
una “Canción Federal” que, en homenaje al primero y dedicada a la segunda, ha
compuesto traduciendo el sentimiento popular imperante:
¿No habéis
visto cual Rosas sereno
con naciones
soberbias lidió,
y venciendo
mostrar que al porteño
sin venganza
ninguno insultó?
A los siglos
trasmita la historia
cuánto importa
llamarse argentino. . .
Siga el Plata
su augusto destino
¡Vivan siempre
los libres del Sur!
A la afirmación de la naciente
soberanía lograda contra la agresión francesa sigue la condena de quienes, por
rivalidades internas y un menguado concepto de patriotismo, se unieron en
calidad de “auxiliares” al agresor extranjero:
¡Unitarios mancharon la historia!
y el eco
jubiloso del rechazo de la ofensiva de Rivera en arroyo Grande:
Al oriente con bravas legiones
llevó Rosas su estrella de gloria.
Esta agresiva composición, dulcificada por la música de Esnaola, fue, tal
vez, la primera y la última incursión poética del joven Irigoyen. Sus estudios
de derecho y las altas funciones públicas que lo reclamaron inmediatamente, lo
alejaron para siempre de las musas.
Misión a Chile
Recibido de Doctor en leyes en la Universidad de Buenos Aires, el mismo año
1843, ha de iniciar la práctica forense –necesaria entonces para obtener el
título de abogado y con él la licencia para ejercer la profesión– en la Academia
de Jurisprudencia, de la cual llega a ser Secretario. Sin haber terminado esta
práctica, que era de dos años, el gobierno de Rosas lo designa en 1845,
Secretario de la Legación en Chile conferida al doctor Baldomero García.
Dos funciones competían a esta misión: la cuestión del estrecho de
Magallanes indebidamente ocupado por Chile, y la política inamistosa de los
diarios oficiales que, por medio de expatriados argentinos que desempeñaban
cargos públicos en la administración chilena, mantenían una constante prédica
partidaria, inmiscuyéndose en política interna argentina. La “cuestión del
estrecho” no tuvo solución inmediata favorable, pero las gestiones de Irigoyen
en el segundo aspecto, llevadas con moderación y prudencia y sin herir
intereses creados, lograron amplio eco en las esferas oficiales chilenas. El
mismo Sarmiento –que nunca negaría su aprecio a Irigoyen– lo reconocerá después
en su periódico La Crónica: “Irigoyen fue a Valparaíso –dice Sarmiento–
…el agente de Rosas se retiró sin haber tocado ninguna cuestión que interese a
Chile, pero ¡qué cambiadas quedaron las cosas!” narrando cómo la prensa chilena
dio un vuelco respecto al gobierno argentino. Los diarios y periódicos que
habían combatido a Rosas valiéndose de Sarmiento, se convirtieron, según éste
en “acérrimos partidarios del Restaurador argentino”, obligando a Sarmiento a
abandonar momentáneamente la lucha.
Rosas no se ha de satisfacer con el paliativo que le daba Chile mientras
sus fuerzas mantenían la ocupación de Magallanes. No era, desde luego, la
gestión oficiosa ante la prensa gobernante el objeto primordial de la misión
García. Y como el gobierno chileno aprovechando las dificultades diplomáticas
del argentino –eran los tiempos de la intervención anglo-francesa–
delataba su respuesta, Irigoyen (García había regresado a Buenos Aires) recibió
orden de trasladarse a Mendoza con el archivo de la legación, previéndose una
ruptura de relaciones. La precipitación de complicaciones internacionales: el
conflicto con Brasil en 1849, la declaración de guerra a este Imperio en 1851,
y la caída de Rosas en 1852, hicieron inoperante la reclamación argentina.
Irigoyen permanecerá en Mendoza desde 1847 hasta 1850. Aunque simple Oficial
de la Legación en Chile su influencia será grande en las provincias
cuyanas. Era el representante directo del poderoso señor de Palermo, Encargado
de las Relaciones Exteriores de la Confederación y Jefe virtual de misma.
Benavidez, gobernador de San Juan y el “hombre fuerte” de Cuyo se ha de guiar
por los consejos del joven Irigoyen, lo mismo que los gobernadores Mallea de
Mendoza y Lucero de San Luis.
En 1847 parecía indudable el triunfo de la política rosista. Los cañones de
la Vuelta de Obligado y del Quebracho habían contestado como
correspondía a la agresión anglo-francesa, y Lord Howden acababa de levantar el
bloqueo en nombre de Inglaterra quebrando la alianza de las potencias
interventoras. En Laguna Limpia, Urquiza derrocaba al ejército
“auxiliar” correntino, como poco antes lo había hecho en India Muerta
con la invasión que Rivera preparó desde Río Grande. El fin de la intervención
anglo-francesa significaba el cese del subsidio que mantenía la plaza de
Montevideo haciendo inminente la entrada de Oribe en su capital. El triunfo
final parecía cercano.
Se supone alejado el fantasma de una guerra civil complicándose con las
dificultades exteriores de la Confederación. Es tiempo, por lo tanto, de olvido
y de unión, necesarios para consolidar la Confederación y dar cima a la
política rosista reincorporando las regiones separadas de las antiguas
Provincias Unidas. En 1847 Rosas dicta sus disposiciones de amnistía, y los
antiguos unitarios –no obstante sus participaciones recientes a favor de las
agresiones europeas– empiezan a regresar al país sin ser molestados para nada.
Esta política de unión nacional encontrará en Bernardo de Irigoyen un admirable
colaborador, y su mesura y discreción logran en Cuyo el acercamiento de
muchísimos adversarios del partido federal.
En 1850 Irigoyen regresa a Buenos Aires. Cuando Rosas parecía triunfante, e
Inglaterra y Francia se retiraban del Plata reconociendo en los tratados de
1849 y 1850 la “soberanía de los ríos” y el libre derecho argentino a manejar
su política exterior, el Brasil juega habilísimamente su última carta: “O Rosas
o el Imperio” es la consigna del partido saquarema al tomar el poder, y
con ese programa llega al Ministerio de Relaciones Exteriores Paulino José
Soarez de Souza, el futuro vizconde do Uruguai. Brasil prepara
abiertamente la guerra: adquiere la
escuadra del almirante Grenfell, y contrata las tropas que al mando de Caxias
se sitúan en Río Grande. Paulino explica al Parlamento que se trata de medidas
de precaución, pero es explícito con Andrés Lamas, el ministro de Montevideo en
Río: si Rosas lograra afirmarse; la Banda Oriental y el mismo Paraguay volverán
a la Confederación Argentina: Río Grande se independizará y tal vez hagan lo
mismo las revoltosas provincias de Pernambuco y Bahía: la aristocracia
brasileña recibirá un rudo golpe económico con la abolición de la esclavitud
preconizada por Rosas y la monarquía se transformará en República como lo
pedían los diarios brasileños evidentemente inspirados por el Restaurador
argentino. Era el fin del Imperio. Por lo tanto la política brasileña se
manejaría en adelante por el dilema: o Rosas o el Brasil.
Ocurre la invasión del barón de Jacuhy, la ruptura de relaciones, el famoso
pronunciamiento, la alianza de Urquiza con Brasil, la declaración de guerra al
Imperio, y por fin Caseros. Sobrevivió el Brasil, y Rosas tuvo que marcharse a
Southampton. Misión
Irigoyen al interior
Urquiza se encontraba mucho más cómodo entre los hombres prácticos del partido federal que entre los ideólogos unitarios. Ha dispuesto el uso obligatorio de la divisa punzó, y en el caserón de Palermo se siente el continuador de Rosas. Hasta se permite tratar a menos a Márquez de Souza, el vizconde de Porto Alegre, jefe de la división brasileña del ejército grande, y las banderas de Ituzaingó no son devueltas al Imperio. Es cierto que concede todo lo demás –renuncia a la soberanía argentina de los ríos, a las Misiones Orientales, reconocimiento de la independencia del Paraguay, manos libres al Imperio en la Banda Oriental– pero eso estaba establecido en el tratado de alianza, y debe cumplirlo. Su último acto de deferencia a los brasileños fue permitirles entrar a Buenos Aires el 20 de febrero (el aniversario de Ituzaingó) con su bandera desplegada. Pero más no. Desde que el Libertador entró en Buenos Airees, se siente un nuevo Restaurador. Habla su lenguaje: califica a los del bando celeste como “díscolos que se pusieron en choque con el poder de la opinión pública y sucumbieron sin honor en la demanda”, dice que “todavía se empeñan en hacerse acreedores al renombre odioso de salvaje unitarios” y los acusa de haber perturbado “el sosiego de la patria” y “comprometido su independencia y sacrificado su libertad con su ambición”. ¿Pero Rosas está en el “Conflict” o sigue en Palermo?
Es que había que salvar a la Confederación, no obstante la caída de su Jefe
de veinte años. “Hasta aquí” parece decir Urquiza a sus aliados de la víspera,
al día siguiente de la entrada a Buenos Aires, de ahora en adelante cuidará los
restos del naufragio evocando la figura del viajero que se embarcó para
Inglaterra. El lenguaje de Rosas, las ideas de Rosas, los gobernadores de Rosas
y los conserjes de Rosas. Toma hasta la casa de Rosas, y por tomarlo todo se
hace hasta de los enemigos de Rosas.
Mandará a Bernardo de Irigoyen en misión ante los gobiernos del interior.
Había que calmar sus recelos, y decirles que Buenos Aires no había cambiado. En
Palermo seguían gobernando los Anchorena, Arana, Guido, Irigoyen, como jefe de
la Confederación seguía usando la divisa punzó en su chaqueta. También había
que consolidar la obra política de Rosas transformando la Confederación de
estados semi-independientes del Pacto de 1831 en una República federal regida
por una constitución nacional. Nada mejor para eso que enviarles a Irigoyen,
uno de los más respetados hombres de Rosas. Y así el 28 de febrero, confiere
“los más altos poderes” al joven Irigoyen para que “pase a las provincias del
interior, y en representación mía y como comisionado convenga con todos los
gobiernos de todas ellas y de cada una en particular, en adoptar todas las
medidas y resoluciones que fuesen necesarias a fin de garantir la estabilidad
de los gobiernos provinciales, y acelerar el día en que la Nación se organice
bajo el sistema representativo federal por el que los pueblos han combatido”.
“Mi política necesita explicarse a los gobiernos –decían las instrucciones
escritas que Urquiza dió a Irigoyen– porqué solamente de la fusión, del olvido
y de la tolerancia que proclamemos, creo que deben esperarse los grandes bienes
que anhelamos para el país”. Y la misión Irigoyen –cumplida
personalmente por éste ante los gobiernos de Córdoba, San Luis, Mendoza y San
Juan: y por sus delegados Dres. Pedro Uriburu y Nicolás Villanueva en las demás
del interior (el litoral excluido)– logró ampliamente su propósito. El acuerdo
de gobernadores del 31 de mayo en San Nicolás fue su fruto.
Persecuciones
Urquiza agradeció las gestiones de Irigoyen: “Doy mi aprobación a todos sus procedimientos oficiales, reconociendo el patriotismo con que usted ha desempeñado la misión que confié a su reconocida capacidad”, le escribe el 22 de junio de 1852.
A su regreso quiso obtener el título de abogado, pues sus distintas
misiones fuera de Buenos Aires no le habían dejado completar la práctica de
ordenanza en la Academia de Jurisprudencia. No aceptó ser diputado
constituyente por Mendoza para contraerse a esta obligación, tanto más
necesaria por cuanto el fallecimiento de su padre y haber contraído matrimonio,
lo ponían en la obligación de ganarse la vida.
La inscripción le fue denegada. Gobernada Buenos Aires después de la
revolución del 11 de septiembre por los hombres del viejo partido unitario
(ahora llamado liberal), éstos no perdonaron a Irigoyen su militancia federal y
que todavía se negara a hacer pública apostasía (como tantos) del caído
Restaurador. Se le aplicó una disposición de la Academia que exigía una
residencia inmediata de dos años en Buenos Aires para inscribirse en la misma,
no obstante no poder aplicarse a un nativo de la provincia ni a quien se alejó
de ella en funciones oficiales. Se fue entonces a trabajar al campo, poblando
“La Choza” cerca de Luján. Y quedó durante algunos años alejado del movimiento
político, dedicado a los trabajos rurales en ese y otros establecimientos de
campo que fundó. Hizo en ellos una fortuna, una gran fortuna. Pero su verdadera
vocación fue siempre el derecho y la política. Después de algunos años lograría
su inscripción en la Academia y el título habilitante para litigar,
compartiendo desde entonces las tareas campestres con la atención de su bufete
profesional, que llegó a ser uno de los
mejores de Buenos Aires.
Regreso a la política
El proyecto de Mitre, presidente de la República después de Pavón, nacionalizando a Buenos Aires con los límites de la antigua Ley de Capital de Rivadavia, quiebra al partido liberal en dos grupos antagónicos –nacionalistas y autonomistas– encabezados respectivamente por el Presidente Mitre y el gobernador de Buenos Aires, Adolfo Alsina.
Adolfo Alsina fue un caudillo popular. Fue el gran caudillo popular porteño
de la segunda mitad del XIX, y también fue algo más; un hábil político que
supo, desde la penumbra, manejar realmente el país desde 1868 hasta su muerte
en 1877. No pudo ser Presidente, pero eligió a los presidentes, a los
ministros, a los senadores y a los gobernadores. Hombre de multitudes, de gesto
fácil y vocabulario de pueblo, este hijo de un prócer unitario habría de
continuar la línea de los grandes caudillos populares de Buenos Aires: Soler,
Dorrego, Rosas. En todo distinto a su padre, don Valentín, personajón estirado,
de pocas y buscadas palabras, de hondo rencores, de suficiencia rivadaviana,
Adolfo era en sus maneras, en su coraje y en su viveza criolla el típico hombre
de los arrabales de Buenos Aires: “el compadre”, como le decían los mitristas,
de la misma manera que Rosas había sido el “gaucho”, no obstante pertenecer
ambos a la clase superior y poseer talento y cultura. Era “el compadrito” porque
supo hacerse intérprete del alma popular y sentía hondo el espíritu de la
argentinidad. En su voz y en su gesto se expresaron los arrabales de la gran
ciudad, como los actos de Rosas tradujeron el sentimiento de los campos
porteños.
Por eso, bajo la jefatura de Alsina, asistimos en 1868 a un verdadero
renacimiento del viejo partido federal porteño, que alguna que otra vez había
intentado levantar cabeza (los chupandinos de 1856, los crudos de
1860), contra el liberalismo dominante después de la revolución del 11 de
septiembre. En las filas del autonomismo alsinista forman Leandro Alem y
Bernardo de Irigoyen, y junto a ellos los Pinedo, Lahitte, Unzué, Anchorena,
Torres, Terrero, Sáenz Peña y tanto otros que, como dice D’Amico en su libro
“Buenos Aires: sus hombres y sus cosas”, “Habían sido federales o de filiación
federal, que no eran nada en esos momentos sino perseguidos por el mitrismo, y
que se hicieron alsinistas por salvarse de las persecuciones”.
Irigoyen era la figura intelectual más destacada del grupo (Leandro Alem la
más popular), y debió retornar inmediatamente a las altas posiciones públicas
que por derecho de talento y patriotismo le correspondían. Pero el ascenso le
cuesta, porque su lealtad no le permite tirar el pesado lastre del rosismo, y
sus enemigos son capaces de perdonar todo (hasta el peculado), pero no se
olvidarán nunca del papel desairado que hicieron en tiempos de Rosas.
Ser rosista había significado simplemente ser argentino en 1846,
cuando los enemigos del Restaurador anduvieron confabulados con el extranjero.
Había significado ser buen argentino en 1852, al día siguiente de
Caseros, cuando Urquiza los prefería para consolidar la unión nacional. Pero
poco a poco (sobre todo después de Pavón), se había creado la “leyenda de
Rosas”, con su cortejo de sonoras palabras: tiranía, terror mazorquero,
barbarie. La prensa, las novelas por entregas, los libros de texto,
hicieron esta curiosa obra de tergiversación contra la cual fueron inútiles las
protestas de uno que otro historiador veraz e imparcial. Todo se puso al
servicio de la ”Leyenda de Rosas”, indispensable para que los antiguos auxiliares
de Francia, Inglaterra o el Brasil justificaran su actitud de tomar armas
contra la Patria: solamente el gobierno de un monstruo, de un tirano, hacía
admisible la intervención extranjera y la posición que tomaron los proscriptos
unitarios. Y por eso en 1874, haber sido rosista era para el común de la gente,
un crimen imperdonable contra la civilización y la humanidad. Muchos habían
sucumbido a ese estado de la conciencia colectiva, y renegaron públicamente de
Rosas: contribuyeron más a la leyenda, porque para demostrar su ardiente fe de
conversos se encargaron de enlodar peor que nadie al proscripto de Southampton.
Pocos, muy pocos (es necesaria mucha fortaleza moral) prefirieron callarse
porque hablar era inútil, pero guardando para la intimidad sus convicciones.
Bernardo de Irigoyen fue de éstos.
Alsina y Sarmiento
Adolfo Alsina será el Gran Elector desde 1868. No pudo ser presidente porque era porteño, y en las provincias ser “porteño” recordaba demasiado las ocupaciones militares que hizo Mitre después de Pavón. Pero si no pudo ser presidente elegirá a los presidentes: a Sarmiento en 1868, a Avellaneda en 1874. La dirección política del Partido Autonomista Nacional (el famoso P.A.N., resultado de la coalición de los autonomistas porteños con los federales –ahora nacionales– del interior) quedará en sus manos exclusivas. Sarmiento gobernará con los ministros que tenía Alsina en la provincia y éste –desde la Vicepresidencia– ha de mover los hilos con habilidad suma, porque es un buen conocedor de hombres, y Sarmiento no es muy difícil de conocer y contentar, pese a su apariencia adusta. En la presidencia de Avellaneda, después de una tentativa inútil por quebrar el antiporteñismo con su propia candidatura –eliminada a tiempo– Adolfo Alsina desde el ministerio de Guerra y con los resortes del ejército nacional en sus manos, será el solo árbitro de las situaciones provinciales. Avellaneda es un estadista, pero el político es Alsina.
Irigoyen será llamado por Sarmiento a indicación de Alsina para desempeñar
la Procuración General del Tesoro. “Se necesitaba un abogado capaz y honesto
para ese cargo” dirá el antiguo redactor de El Progreso explicando la
designación del secretario de Baldomero García. Es que Sarmiento no es hombre
de rencores: capaz de tirar con artillería gruesa, al día siguiente olvida todo
y tiende la mano. Es periodista de polémicas, gobernante de arrebatos, atacante
de circunstancia; por eso no tuvo enemigos pese a que lastimó a muchos y muchas
veces injustamente. Sus explosiones son pasajeras, tormentas de verano que
todos perdonan al “loco”. Nadie queda enojado con él: salvo Alberdi, pero éste
sí que no sabe olvidar resentimientos. Y Sarmiento presidente es la antítesis
del Sarmiento escritor: el autor de “Facundo” fue llevado al gobierno por la barbarie
de la campaña, mientras la civilización de las ciudades votaba en masa
por su opositor Elizalde. En la presidencia sus ministros (excelentes
ministros: Vélez Sársfield, Avellaneda, Gorostiaga), lo dejan escribir todos
los días su editorial “para despuntar el vicio”, mientras el vicepresidente
Alsina maneja realmente las riendas. Mediante concesiones de forma a su enorme
vanidad, este niño grande que desde la oposición aconsejaba todo y proponía
todo, deja que otros hagan la Presidencia Sarmiento. A veces se enoja con “ese
compadrito” de Alsina, pero a la larga hace lo que Alsina quiere. Solamente una
vez impuso uno de sus arrebatos: fue cuando mandó la escuadra a la Patagonia a
expulsar a los chilenos que se habían entrado por el río Santa Cruz. Como les
había aconsejado el mismo Sarmiento en sus tiempos de periodista proscripto.
Ministro de Avellaneda
Avellaneda presidente quiere hacer de Irigoyen su ministro de Relaciones Exteriores. ¿Podrán admitir al antiguo rosista (que no ha dejado de ser rosista), los muchos enemigos que tiene ahora el Restaurador?
“Tribuna”, el diario de los Varela (pero que ya ha pasado a otras manos),
se lanza en 1874 a una formidable campaña contra “el mazorquero”, y su artículo
Pan y agua o agua y pan alborota los medios políticos oficialistas. A
este primer artículo siguen muchos en idéntico tono. Por supuesto son los ex
rosistas los más indignados con la candidatura, ¿cómo puede Irigoyen, que nunca
ha abjurado del Restaurador, pretender un ministerio?, ¿por qué a ellos
solamente se les ha exigido el baño en las aguas del Jordán?
Por supuesto los argumentos sentimentales son de rigor: “¿Puede el hijo del
mártir de Metán llevar a su lado a un hombre de Rosas? ¿Puede el yerno de
Nóbrega gobernar con un cómplice de sus asesinos?” Es la nota llorosa,
ramplona, que se usará contra toda una política y contra los que sirvieron a
esa política. Es curioso que quienes atacan a Irigoyen no sean “los hijos de
los mártires”, sino, precisamente, antiguos federales. En cambio es el hijo de
Marco Avellaneda el que quiere hacer del “mazorquero” su ministro de Relaciones
Exteriores. Es Héctor Varela, el hijo de Florencio, quien sale desde Milán a
defender a Irigoyen y a los ex rosistas contra los ataques del diario que el
mismo fundara, en un magnífico folleto (magnífico por la cordura y por la
verdad): “Los hombres de Rosas y don Bernardo de Irigoyen”.
Irigoyen no acepta el ministerio que le ofrece insistentemente Avellaneda,
ya que ha sido mucha la agitación que provocó la sola mención de su nombre.
Pero si no lo acepta en 1874, no puede negarse a integrar el gabinete en 1875.
Será ministro de Avellaneda, de Relaciones Exteriores primero, del Interior
después; el “hombre de Rosas” se sienta en el viejo despacho de don Felipe
Arana; el “mazorquero” será un ministro amable, señorial, habilísimo. Político
de la palabra “justa”, de la manera fina; sabrá el arte de negar sin decir no,
que es el arte político por excelencia. Y será el primer gran ministro del
Exterior del período siguiente a Caseros.
La “Conciliación” de 1877
El año 1877 se debate en una formidable crisis económica y financiera. Los errores del “libre cambio” posterior a Caseros han obligado a volver a la política “proteccionista” de Rosas: y Avellaneda dicta la ley de Aduanas de 1875 que torna en parte a la defensa industrial de la ley de Aduana dictada por Rosas en 1835. Pero sobre todo la política monetaria precipita la crisis, y el país se encuentra más empobrecido que nunca y teniendo que responder a una enorme deuda exterior. La crisis económica amenaza (como siempre sucede) por traducirse en una crisis política: se cree generalmente que ha llegado otra vez la hora de los mitristas no obstante su derrota militar en la revolución de 1874. El partido Autonomista Nacional parece gastado por nueve años de oficialismo.
Alsina, perspicaz siempre, comprende antes que nadie que la situación se le
va de las manos, y con ella la Presidencia de la República, su sueño largamente
acariciado, y que según sus cálculos debería obtener en 1880 al terminar el
período de Avellaneda. Busca a Mitre –previamente ha perdonado a éste y a sus
oficiales la calaverada de 1874– y le propone una conciliación: los mitristas
entrarán al gobierno con uno o dos ministros y algunas bancas y situaciones
provinciales, pero Alsina será Presidente por unanimidad. Mitre, que tal
vez no comprende que puede lograrlo todo, renuncia a ser opositor y acepta la
conciliación. Es el 17 de julio de 1877.
En marzo de ese año había muerto Rosas en su retiro de Southampton y sus
deudos y amigos de Buenos Aires han querido hacerle un funeral. La simple
invitación a esta ceremonia privada levanta la fobia antirrosista y el gobierno
de la provincia prohíbe el servicio religioso. En cambio se hará un funeral
desafiante a “las víctimas de la tiranía”.
No sería extraña la mano de Alsina en este manejo, pues de este último
funeral es que surgirá la “conciliación” y los prolegómenos del 17 de julio:
ante la tumba de Rosas se reconcilian los antiguos integrantes del partido
liberal y Alsina y Mitre se dan un abrazo histórico. Alsina es un político, y
así como en 1868 le convinieron los rosistas, ahora en 1877 le convienen los mitristas.
Se deshace el gabinete de Avellaneda y entran en él representantes de Mitre:
entre ellos Eduardo Costa, aunque también fue rosista en sus años mozos, pero
ha asistido al funeral por las víctimas de la tiranía junto a sus
antiguos correligionarios, Elizalde, Rawson y muchos que usaron en su tiempo la
divisa punzó. Bernardo de Irigoyen no asiste al funeral y tiene que irse del
ministerio: Avellaneda lo despide con un decreto honrosísimo.
En diciembre muere Alsina y Avellaneda queda sin su gran apoyo. La muerte
del candidato de la “conciliación” tiene la virtud de unir más a ésta: la
desaparición del “Gran Elector” ha dejado huérfano al P.A.N. y el gobierno, falto de apoyo, se adhiere con
fuerza a la unión de opuestos pactada el 17 de julio. Carlos Tejedor será
elegido en 1878 gobernador de Buenos Aires por la “conciliación”, como paso
previo a la indudable presidencia de 1880. El nombre del antiguo unitario, que
allá en su juventud conspirara con Maza cuando el bloqueo francés, satisface
ampliamente a los concurrentes al funeral “por las víctimas de la tiranía”.
¿Ampliamente? Tejedor no tiene oposición en el Club del Progreso, es
cierto. Pero ¿acaso el Club del Progreso es la República? ¿Es siquiera
Buenos Aires? La pluma de Sarmiento ataca esta candidatura. “Las ideas no se
concilian: las conciliaciones alrededor del poder público no tienen más
resultado que suprimir la voluntad de los que mandan” escribe el arrebatado
sanjuanino desde El Nacional al mismo tiempo que se ofrece como única
solución: the right man in the right place. Tampoco Irigoyen, ni Alem ni
los antiguos federales aceptan la solución nacida en el funeral de las víctimas
de la tiranía: surge el grupo
“republicano” que se opone decididamente a los conciliados.
La “conciliación” fracasa como solución política. Aunque el valor
intelectual y moral de Carlos Tejedor es grande, su nombre no arrastra al país
como se creyera ingenuamente desde los salones del Club del Progreso. Ni las
provincias quieren a un porteño ni la masa porteña (que fuera alsinista y ahora
sigue a Leandro Alem) acepta el capacitado pero rencoroso unitario. Todavía los
gauchos del sur de la Provincia siguen gritando ¡viva Rosas!, y el
nombre de Tejedor solamente cuaja entre la gente “decente” de Buenos Aires y
Corrientes.
Es entonces que un joven militar, sucesor de Alsina en el Ministerio de
Guerra, toma con hábiles manos los hilos de la trama política. Es Roca, que
solamente por ser provinciano y oponerse a Tejedor, tiene ya la mitad de la
carrera ganada. Pero además es un político (el más hábil de nuestros
políticos tal vez, después de Rosas), y con eso gana la otra mitad. Y salvo
Buenos Aires y Corrientes, logra unir tras su nombre los otros gobiernos
provinciales, mientras en Buenos Aires la mayor parte de la juventud: Dardo
Rocha, Carlos Pellegrini, se pliegan a su nombre. También los “republicanos”
con Alem, Irigoyen, y con otros –mejor dicho contra Tejedor y los mitristas– la
masa popular porteña. El gobierno nacional un tiempo dudoso es arrastrado por la
candidatura de Roca: salen del gabinete los mitristas “conciliados” y
Pellegrini (ya “piloto de tormentas”) toma la cartera de Guerra y adelanta los
regimientos nacionales contra el gobierno provincial. Tejedor es expulsado, y
Roca triunfante en los comicios y en el campo de batalla asume la presidencia.
El “Zorro”
Roca será ahora el gran jefe del P.A.N., el jefe “único” indiscutido e indiscutible. Pero no es un “caudillo” como lo fueran Rosas o Alsina: no es conductor de muchedumbre, no es gaucho ni compadrito. Este hombre que manejó la República ininterrumpidamente desde 1877 hasta poco antes de su muerte, es terriblemente impopular: cuando sale a la calle es recibido a silbidos cuando no a pedradas.
Pero es habilidísimo. Ninguno como el Zorro para tejer la urdimbre
complicada de los intereses políticos, para satisfacer caudillejos de
parroquia, para contentar intereses lugareños. No le importan las multitudes,
ni hace nada por comprenderlas: en cambio conoce a los hombres, con sus
virtudes y sus debilidades; a quienes pueden servirle electoralmente, y a
quienes, por sus condiciones, pueden dar lustre y eficacia a su gobierno. Mucho
más que Alsina será el Gran Elector en los treinta años que corren entre
1880 y 1910: su clásica “media palabra” hará los presidentes, los gobernadores,
los congresales. Su no menos clásica “patada” los destruirá cuando ya no le
sirvan para sus fines.
Pero también Roca es un hombre de Estado; su fina habilidad electoral se
trueca en sensatez y sentido común en las tareas de gobernar; su exacto
conocimiento de los hombres, lo lleva a elegir como ministros a los más capaces
de cada ramo. Es un escéptico que no cree en nada ni en nadie; pero esta es una
ventaja para sus tiempos: no se dejará arrastrar por prejuicios ambientales ni
alucinar por valores consagrados. Por eso, administrativamente considerados sus
gobiernos fueron buenos, y “la época de Roca” hizo adelantar materialmente al
país. Pero políticamente, careció de sentido popular, y los treinta años del
roquismo consolidarían la fisonomía de esa Argentina minoritaria que había
empezado a cuajar después de Pavón. Su gobierno –tal vez por no ver esa otra
Argentina de Rosas, de Urquiza, de Alsina– no siempre hizo su obra de progreso
material en exclusivo beneficio de los argentinos.
Roca lleva a Irigoyen al Ministerio de Relaciones Exteriores donde el
antiguo secretario de la misión de Baldomero García concluye los pactos de 1881
sobre límites con Chile. Después ocupa el Ministerio del Interior. Y en el 85
–cuando empiezan a barajarse nombres para la sucesión presidencial– será
Irigoyen el primero en lanzarse al ruedo: lo proclaman Santa Fe, Mendoza y
Catamarca en actos casi simultáneos que encuentran eco fácil en Buenos Aires,
Tucumán y Salta. Solamente Córdoba, gobernada por el otro caudillo –Miguel
Juárez Celman, hermano político de Roca– no se une al concierto de las demás.
¿Será Irigoyen el próximo Presidente? Acaba de renunciar al ministerio del
Interior para ponerse al frente de los trabajos políticos de su candidatura. Ha
sido el gran ministro de Roca, y su nombre es recogido jubilosamente por la
opinión. Tampoco es hombre de multitudes, pero su figura aristocrática y serena
no despierta en la tribuna o la plaza la animadversión que la de Roca. No es
caudillo, pero instintivamente lo seguirán las masas. Roca mismo parece
prestigiar su nombre: con fina sonrisa el Zorro lo ha incitado a
renunciar al ministerio y presentarse a la lucha. Es decir: presentarse a la
victoria. Todo el país, menos Córdoba, parece estar con él. Y aunque el
Presidente, el Gran Elector, no ha dicho la “media palabra” sus íntimos
descuentan que la pronunciará a favor de su ex ministro.
¿Será el antiguo rosista el próximo Presidente? Eso no pueden permitirlo,
si en sus manos estuviera, los antirrosistas de viejo y de nuevo cuño. Mitre
escribe a sus amigos impugnando la candidatura; Irigoyen “mazorquero” no puede
ser Presiente, porque todavía no ha renegado de Rosas; es preferible Juárez
Celman, aunque sea cuñado de Roca, aunque no tenga la experiencia ni alcance
las condiciones de hombre de estado de Irigoyen. Todo antes que un rosista. Y
los mitristas con Quirno Costa a la cabeza –de los Costa federales– se pliegan en masa a Juárez. Cuando llega el
momento oportuno el Zorro dice su media palabra: y Juárez Celman será
Presidente. Aunque el país demuestre, en una gira política triunfal que hace
Irigoyen, que si pudiera votar libremente lo hubiera hecho “por don Bernardo”.
El 90
Los cuatro años de la presidencia Juárez los pasa Irigoyen en el retiro de su estudio profesional y de sus establecimientos de campo. Creyó ingenuamente (no sería el primero ni el último) en el desinterés político de Roca, y no supo darse cuenta que entre Juárez Celman y él, la elección no era dudosa para el Zorro.
Se equivocó Roca con Juárez. No resultó fácil manejar a un Presidente que
contaba con los enormes resortes políticos que había acumulado en el cargo, y
esta vez la “patada histórica” la recibiría el Zorro. Pero se equivocó
también Juárez al creer que podía prescindir de Roca y ser el “jefe único” del
P.A.N.
La crisis del 89 –crisis económica y política como la del 77– conmueve
profundamente al país: en el Jardín Florida se reúne la juventud que quiere terminar con el régimen impuesto
por Roca y seguido por Juárez, que alejaba al pueblo del gobierno. El P.A.N.
que había empezado con Alsina como el partido popular contra la oligarquía
mitrista ahora se ha convertido en el círculo de intereses obediente a jefes
que no creen ni sienten al pueblo. Por eso surge la Unión Cívica, y en
el mitin del frontón se pliegan al nuevo partido todos los opositores: algunos
mitristas (sin Mitre que está en Europa), los viejos alsinistas, los antiguos
federales como Alem y don Bernardo, los católicos con su magnifico estado mayor
(Estrada, Goyena, Gorostiaga), y algunas personalidades aisladas que estuvieran
con Roca, pero que las contingencias políticas alejaron de su lado, como del
Valle, Juan José Romero y otros. En la Unión Cívica alienta esa “emoción de
pueblo”, que estaba hacía largo tiempo ausente de la política argentina. Esto
no lo comprendieron bien muchos “cívicos” –especialmente los mitristas– y de
allí que no supieron estar a la altura del movimiento.
Se pierde la revolución del 26 de julio, pero –caso extraordinario el
pueblo sale a la calle a vitorear a los vencidos, y el presidente Juárez, sin
pueblo, sin partido y sin Roca, tiene que irse y se va.
La Unión Cívica Radical
Nadie duda en esos primeros días de agosto, cuando Pellegrini se hace cargo del gobierno, que la Unión Cívica es dueña del país. No solamente es la inmensa mayoría, sino que su enemigo el P.A.N. carece de espíritu y de moral para oponerse al indudable triunfo en las próximas elecciones presidenciales. Después de la sangre vertida en el Parque no puede pensarse en las consabidas triquiñuelas electorales; un fraude es posible en un estado de inercia opositora pero ¿cómo hacerlo con esas vibrantes masas “cívicas” que recorren entusiastas y decididas las calles de Buenos Aires, Rosario o Córdoba? La Unión Cívica reúne su Convención (la primera en nuestra historia política), en Rosario, y elige su fórmula presidencial el 17 de enero de 1891: Bartolomé Mitre para Presidente, Bernardo de Irigoyen para Vicepresidente.
¡Curiosa fórmula la del Rosario uniendo dos personalidades tan opuestas
como Mitre e Irigoyen! Es cierto que el general ya no es el hombre de Pavón y
de la ocupación militar en las provincias. Ya aquello pasó: es ahora el Patriarca,
el hombre de gabinete y de consejo, la figura consular de la calle San
Martín: su prestigio político está intacto, no obstante que muchos de sus
amigos han colaborado con Juárez. Tal vez su viaje a Europa es una muestra de
habilidad política: si Juárez quedaba, los mitristas seguirían con sus carteras;
si Juárez caía, el general sería el nuevo Presidente. El prestigio del
“argentino que vuelve de Europa” seguía siendo irresistible para cierta clase
de gente. Y el nombre de Mitre, la bandera más alta del antirrosismo, es unido
por la fórmula del Rosario al de Irigoyen, el antiguo colaborador de
Rosas, que el propio Mitre vetara en su famosa carta apenas un lustro atrás.
Pero en el Jardín Florida y en el Parque se entiende que ha nacido algo nuevo,
algo que precisamente debe borrar esas antiguas banderías. Contra el “régimen”
debe lograrse la unión de todos los argentinos: de allí que el unitario Mitre
y el federal Irigoyen compartan la fórmula cívica. El primero trae su
innegable gravitación social e intelectual; el otro su capacidad de estadista.
Y, tal vez, la garantía para las masas cívicas de que Mitre “no hará mitrismo”.
Es lo que Mitre no entiende. Su obra de estudioso lo ha alejado en esos
últimos años de la realidad contemporánea; su ausencia del país no le ha
permitido, tampoco, conocer y comprender a la Unión Cívica. Sus
consejeros, además, siguen siendo más mitristas que cívicos: de allí que el
general cuando ese 18 de marzo en que regresa al país ve la impresionante
multitud que se ha juntado en el puerto a recibirlo es el que es una
manifestación exclusivamente por su persona. Mitre sigue siendo mitrista: otra
vez se cree en Pavón y se siente el árbitro único del destino.
Elegir a Mitre había sido el grave error de los cívicos en Rosario. Pues
hay alguien que conoce a Mitre mejor que sus mismos correligionarios, y sabrá
valerse del propio candidato para deshacer al partido: es Roca, ahora ministro
del Interior de Pellegrini. El Zorro, puntal de una situación perdida ha
de salvarla con uno de sus grandes golpes de habilidad. Un golpe muy sencillo,
pero mortal para la Unión Cívica. Irá a visitarlo a Mitre y ofrecerle el apoyo
del gobierno. Mitre halagado acepta…
La bomba del acuerdo Mitre-Roca produce el efecto esperado. La Unión
Cívica no es Mitre. No era para hacerlo presidente a Mitre que se había ido al
Jardín Florida en 1889 y a la revolución en el 90: era para eliminar “de raíz”
a todo el régimen político basado exclusivamente en el predominio de una
minoría, o en la habilidad de Roca. Era una revolución la que había que hacer, una
revolución profunda, “radical”, que Mitre no había entendido. Se rompe la Unión
Cívica y se forma la Unión Cívica Radical, con Leandro Alem, con
Bernardo de Irigoyen –que renuncia a su candidatura y da las bases de la nueva
política “radical” en su polémica con Mitre del 5 y 6 de junio de 1891–, con Hipólito
Irigoyen, con toda la juventud del Jardín Florida, y sobre todo con la masa
popular que lo había hecho caer a Juárez. El partido “radical” proclama a
Bernardo de Irigoyen su candidato a presidente.
Pero ahora el Zorro está fuerte. Mitre renuncia y ante el
desbarajuste total de los cívicos cobran fuerza los jóvenes del P.A.N. y es
lanzada la candidatura de Roque Sáenz Peña, joven ministro de Relaciones
Exteriores de Juárez. No es, desde luego candidatura popular, pero la apoyan
algunos gobiernos provinciales, entre ellos Buenos Aires (gobernada por otro
joven: Julio Costa). Roque Sáenz Peña tiene prestigio intelectual y no se lo
puede considerar envuelto en los manejos políticos del unicato. Además es
enemigo de Roca. Su candidatura significa una revisión modernista del antiguo
P.A.N.: de allí el nombre de modernismo que toma su movimiento.
Otro golpe de habilidad del Zorro elimina a Roque Sáenz Peña. El
P.A.N. elige como candidato a Luis Sáenz Peña, incoloro ministro de la Corte, y
Roque renuncia ante la candidatura de su padre. El modernismo se quiebra
y don Luis es impuesto como Presidente. Los “radicales”, desconcertados,
débiles, son corridos de las elecciones. La habilidad de Roca, la serenidad de
Pellegrini, la ingenuidad de Mitre, la caballerosidad de Roque Sáenz Peña, todo
ha contribuido para que el roquismo siga, más o menos disimulando, manejando
los hilos de la política.
El debate de 1894
Nada consiguen los radicales yendo en 1893 a la revolución en La Plata, Rosario o Córdoba: los regimientos de línea bastan para dominar a los rebeldes; el pueblo es instintivamente radical, pero el famoso acuerdo ha sembrado confusión y restado entusiasmo.
Bernardo de Irigoyen será elegido senador por la Capital en 1894 en
reemplazo de Alem, cuyo diploma ha sido objetado por tener pendiente un proceso
como revolucionario. Apenas llegado a la banca presenta un proyecto de ley de
amnistía que lo hará chocar en un debate –célebre debate– con Manuel Quintana, mitrista y ministro del
Interior de Luis Sáenz Peña.
Dicen que la mañana de ese debate Quintana dijo: “Hoy concluiré con
Irigoyen”. Tenía el ministro un arma
temible contra el senador radical, que le hacía sonreir por anticipado su
triunfo. “Quintana era arrogante –lo describe Amadeo– mimado de la fortuna y
seguro de sí mismo. Su rica clientela respetaba sus levitas de Poole que vestía
con sobria elegancia, y sus cuadros que apreciaba con igual pericia que del
Valle. Era desordenado y pródigo, pero tan sereno en la mesa de tresillo del
Club del Progreso como en su banca de ministro”. Irigoyen, pasados los setenta,
era ya el Great Old Man de la política argentina, respetado y respetable
como Gladstone. Su palabra valía como un documento y la austeridad de su vida
privada y pública era coraza contra la cual se estrellaba cualquier
malevolencia, ¿qué arma sería esa que tenía Quintana en su contra?
Joaquín de Vedia, testigo del famoso debate, cuenta que don Bernardo (ya
era “don Bernardo” para todos) “revelaba una serenidad imperturbable, por la
plácida expresión de su semblante, el
ritmo reposado de sus ademanes, la quietud de su mirada, la sonrisa casi
imperceptible de sus labios finos”, mientras Quintana “procediendo con mesurada teatralidad lo escuchaba echando la
cabeza hacia atrás y entornando los párpados”.
Don Bernardo habló durante varias sesiones: denunció el proceder de los
interventores federales en las provincias y la presión electoral dirigida por
el ministro del Interior. Explicó que esa presión del gobierno era la sola
causa de los movimientos revolucionarios, y que la solución para evitarlo
consistía en otorgar garantías de libre emisión del voto, y terminó solicitando
la aprobación de su proyecto de amnistía a Alem y los demás procesados. Al
concluir su largo discurso una verdadera ovación se oyó en el viejo recinto del
Senado: nunca don Bernardo había estado tan elocuente, nunca su oratoria, de
frases sencillas y razonamiento encadenado –más propia de una Academia que de
un cuerpo político– había conmovido tanto a la barra y hasta a sus propios
adversarios. El mismo Mitre se levantó de su banca para felicitarlo.
Quintana oyó este elogio de su jefe político a su adversario. Cuenta Vedia
que con sonrisa desdeñosa, y siempre con estudiada teatralidad, se “puso de pie
procediendo con lentos ademanes a sacarse el sobretodo que arrojó sobre el
respaldo del asiento; se sentó de nuevo, rectificó la posición de sus lentes de
oro, paseó una mirada segura sobre las bancas y la barra, y empezó a hablar…”
¿Qué secreto tenía contra don Bernardo? Amadeo nos dice “que le iba a tirar
al alma”, que en ese debate no habría cuartel para el senador opositor, que
“como en el envite criollo, a ley de juego está todo dicho”. ¿Qué era
eso, tan grave, y que tan confiado tenía de su triunfo al elegante ministro?
¿Qué era eso? Pues que Irigoyen había sido rosista… Empezó Quintana:
“Jamás he defendido la causa de ninguna tiranía. Jamás me he ensañado contra
partido alguno. Jamás he propuesto la confiscación disfrazada de los bienes de
mis adversarios políticos… La cabeza de Castelli en la punta de una pica, en el
centro de la plaza principal de la ciudad de Dolores, es el recuerdo que tengo
de mi existencia. La tristeza suprema de mi vida fue la despedida angustiosa
del autor de mis días que se condenaba voluntariamente al ostracismo para
salvar, con la seguridad de su persona su dignidad de ciudadano en las horas
aciagas de 1840…” Comenta Amadeo que “la frase era dramática, pero no produjo
efecto: los aplausos tardaban y eran fríos”. Y mientras traía en sus bien
cortadas frases esos recuerdos juveniles de la tiranía, pasados por el
tamiz de una leyenda de medio siglo, acaso pensó el gran orador que el ataque
estaba frustrado. 1894 no era 1877. La Frase, la frase sonora y dramática –la
gran arma antirrosista– ya no gobernaba al Congreso. Ese anciano de más de
setenta años, que no hacía oratoria, era ahora el más fuerte. Y era nada menos
que el amigo y consejero de Rosas: el diplomático de la tiranía, el
redactor de la Gaceta Mercantil. Sus sólidas razones podían más que la
retórica; era tiempo de estadistas, como en 1840, justamente.
Quintana se fue apagando poco a poco: “¿Qué dice ese hombre?”, exclamó don
Bernardo en la banca vecina haciendo esfuerzos evidentes para oír (la edad lo
había dejado algo sordo). Un papel hizo llegar hasta la banca del ministro: “Me
piden que hable más alto, pero no puedo”, dijo éste mientras baja la mirada,
apagada la voz, encogido el ademán, seguía hilvanando recuerdos de la
tiranía… Acabó apagándose del todo, y con una excusa por su estado de salud
abandonó el recinto.
“Hubiera querido decirle al señor ministro –tomó la palabra don Bernardo
para aclarar las alusiones a la tiranía– que soy un hombre que puede
afrontar perfectamente el debate de sus actos políticos por mucho que los
quiera él hacer retroceder… Cuando vuelva a su banca tendré el honor de
aclararle esto y muchas cosas. Pero en su ausencia quiero decirle al Senado que
este propósito, esta insinuación, este sistema diría ya ha sido puesto en
práctica, pero que no me ha estorbado ni me ha cerrado el camino para que yo
siga mereciendo la consideración, el aprecio de una gran parte de mis
compatriotas, y si no obtengo la simpatía de la otra, debe reconocerse que me deben
todos la más perfecta consideración y el más distinguido respeto… Y esos
errores a que él ha aludido, que yo no acepto pero que podría tener que
reconocer, son la causa de que yo haya venido a quedar alejado del movimiento
político y administrativo del país… Y suponiendo que yo hubiera sido
adicto a gobiernos despóticos, no puede negar el señor ministro que siempre me
ha conocido partidario de las libertades públicas. En cambio él, que asegura
haber comenzado su vida combatiendo por la libertad, hoy sostiene el más pleno
absolutismo político, absolutismo administrativo”. Irigoyen bien sabía que él
en nada había cambiado, que en 1895, como medio siglo atrás seguía defendiendo
la causa del pueblo. Tampoco Quintana había cambiado, estaba en la vereda de enfrente
antes como ahora.
The “Great Old Man”
Quintana no volvió al recinto. Fue a la Casa de Gobierno y de allí mandaría su renuncia al presidente Sáenz Peña. Con esta renuncia cayó el gabinete y poco después el presidente. El vice Uriburu toma el gobierno bajo el doble tutelaje de Roca y de Pellegrini.
El Zorro siguió su obra de zapa en el partido radical. Tampoco Alem
se entendía con su sobrino Hipólito Irigoyen, y la noche del 1° de julio de
1896 el caudillo desengañado, sintiéndose incapaz de llevar a la victoria sus
huestes, acaba su vida con un pistoletazo frente al Club del Progreso. Hipólito
Irigoyen toma la dirección del partido, pero los viejos radicales poco quieren
saber con la jefatura de quien, hasta el momento, no ha demostrado otras
condiciones que la de consumado político de Comité. Se retira Lisandro de la
Torre con su grupo de jóvenes del Jardín Florida; se aleja don Bernardo,
seguido por sus viejos amigos del alsinismo que han lanzado, una vez más, su
candidatura presidencial.
La vida política de don Bernardo parece terminada sin duda alguna. Su
última actuación debió ser el debate con Quintana y el derrumbe de la
presidencia Luis Sáenz Peña. Nunca había tenido pasta de hombre de comité o de
barricada. Es un estadista, nada menos, pero nada más. Su vida pública parecía
terminada, mejor dicho, debió quedar terminada con su actuación en el Senado.
Pero. . .también the great old man cae (en ese melancólico final de
su existencia) en la trampa dorada y bien urdida del Zorro y el Gringo.
Y a los setenta y seis años comete la grave falta de aceptar la gobernación de
Buenos Aires, que Pellegrini le ofrece en bandeja de plata. Sus amigos se
desbandan, y hasta alguno se suicida por el desconcierto. Y el diplomático de
Rosas, el enviado de Urquiza, el ministro de Avellaneda y de Roca, el candidato
a la presidencia, acepta esa gobernación ingobernable: ese sillón que ya no es
el de Don Juan Manuel, ni siquiera el de Carlos Tejedor, donde solamente se
podía gobernar transigiendo con los pequeños intereses de los ciento
seis caudillejos de comunas, dueños constitucionales de todo el poder, y
árbitros de la Legislatura y del partido. Y transigiendo también (y sobre todo)
con el Presidente de la República
¿Acaso no sabía don Bernardo la realidad que tenía que enfrentar
como gobernador de Buenos Aires? Debió saberla tal vez, pero creyó que su
fuerte prestigio podía permitirle navegar entre tan encontradas corrientes. No
tenía la habilidad ni los dotes politiqueros de Dardo Rocha, ni de Máximo Paz,
ni de Julio Costa. Pero tampoco a los setenta y seis años, tenía la cabeza
firme de Guillermo Udaondo que le hubiera permitido sobrellevar con relativo
éxito su gestión.
Fracasó… Poco antes de dejar el gobierno escribía a José Bianco su
secretario: “Estoy al final de la jornada. En obsequio del país cometí el error
de aceptar la gobernación.
Procedimientos que no quiero calificar han malogrado todas mis
iniciativas y han nulificado mis esfuerzos. Termino mi mandato sin las
satisfacciones del éxito, pero con la plena aprobación de mi conciencia”. Y de
la Casa de los gobernadores se volvió casi solo a su vieja residencia de la
calle Florida, de la cual no debió salir para hacer el Quijote en La Plata.
No ocupó ya ningún cargo público, pero ¡qué difícil de dejar es ese veneno
de la política, cuando se ha gustado mucho tiempo su agridulce sabor! Roca
llegaba por segunda vez a la presidencia cuando don Bernardo ocupaba el sillón
de Buenos Aires. Si no obstaculizó abiertamente a su antiguo ministro, no es
menos cierto que nada hizo por apoyarlo. Y don Bernardo emplearía sus últimos
alientos en combatir al roquismo: como en el 90, como en el 95.
En 1901 se quiebra la larga amistad de Roca y Pellegrini: en apariencia fue
una cuestión financiera, en realidad (tal vez) la resistencia del Zorro
para apoyar al Gringo en sus pretensiones presidenciales. Pero
Pellegrini es la “gran muñeca” como le dicen sus amigos del Jockey Club: Roca
debe “emplearse a fondo” contra tan potente enemigo que no solamente posee las
viejas mañas aprendidas a su lado, sino que es excelente parlamentario, gran
estadista, y hombre “de amigos”, ya que no popular. Con Pellegrini se va el
octogenario don Bernardo y el grupo de jóvenes que lo siguen: Rómulo Naón,
Manuel Iriondo. Mientras otros –Vicente Gallo, José Bianco– vuelven a las filas
del radicalismo sin romper su vinculación personal con su antiguo jefe
En 1904 Roca lo hace presidente a Quintana, después de haber alentado (como
con don Bernardo en el 86), las aspiraciones de su ministro Avellaneda. Nuevos
valores han llegado a la política, y el “hombre fuerte” de la presidencia
Quintana será el sucesor de don Bernardo en la gobernación de Buenos aires:
Marcelino Ugarte. Pero contra Quintana y Ugarte estrecha filas la Coalición
Popular de Pellegrini y Emilio Mitre donde también toma lugar Irigoyen.
Triunfante contra la revolución radical de 1905, el presidente Quintana será
derrotado por la coalición en las elecciones de la Capital de 1906 que
llevan a Pellegrini y sus aliados al Congreso.
Ese mismo 1906 muere Mitre; a poco Quintana, después Pellegrini: un ciclo
se cierra en la historia argentina. Y casi al terminarse el año fatídico –el 27
de diciembre– muere también don Bernardo. “Su largo día –comenta Amadeo– terminó en una puesta de sol maravillosa, y
las sombras cayeron de repente. Se quedó dormido: fue necesario tocarlo muchas
veces para saber que estaba muerto”. Tenía ochenta y cuatro años. Y por la
calle Florida, ya asfaltada y de letreros luminosos y donde ponían su nota
estridente los primeros automóviles, pasó el entierro del gran viejo rumbo a la
Recoleta. Por esa misma calle empedrada, entre casas pintadas de punzó y jinete
en un caballo enjaezado con el mismo color, el joven Irigoyen había ido
cincuenta y cuatro años atrás a Palermo, para ofrecerle a Manuelita Rosas sus
primeros y únicos versos. Entre uno y otro viaje estaba casi toda la historia
argentina.
“He ocupado altos puestos públicos –leían sus hijos poco después su
testamento– he tenido influencia política durante muchos años, y quiero
declarar en este momento, en que pensando en una vida futura no es permitido
apartarse de la verdad, que no he tenido directa o indirectamente
participación en ningún negocio con los gobiernos: que no he favorecido a mis
deudos ni a mis amigos con negocios ni beneficio administrativo. Hago esta
declaración para satisfacción de mis hijos. Declaro también que ni en la vida
pública ni en la vida privada he abrigado odio o malas pasiones para nadie. Si
en las actuaciones políticas he tenido alguna vez resentimientos, éstos nunca
llegaron a perjudicar a mis adversarios ni opositores, ni en sus personas ni en
sus bienes”.
Se fue sonriente, afable, tolerante. Había vivido en una época de pasiones
enconadas, y no supo de rencores aunque el odio lo manchara muchas veces y
detuviera otras tantas su carrera. Pero subió firme, honestamente, con la
mirada adelante, sin claudicar una sola de sus convicciones. Sereno y fuerte
poseedor de la verdad que no cambió jamás por las clásicas migajas del
banquete. Se vio obligado a hacer de esa verdad un culto íntimo porque los
tiempos suyos no eran propicios para gritarla en la calle. Y en su salón punzó
de la casa solariega de la calle Florida, se quedó dormido para siempre el 27
de diciembre de 1906 don Bernardo de Irigoyen.
* Revista del Instituto de
Investigaciones Históricas Juan Manuel de Rosas n° 15-16, Buenos Aires,
1951.

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