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lunes, 6 de julio de 2015

EL 9 DE JULIO SEGÚN JUAN MANUEL DE ROSAS





Por Sandro Olaza Pallero



1.  Introducción

En el presente trabajo se ofrece una aproximación a lo que significó el 9 de julio de 1816 para Juan Manuel de Rosas, no sólo como festividad sino como una reafirmación en los hechos de la Independencia argentina.
Uno de los fundadores de la historiografía argentina e hijo de uno de los protagonistas del movimiento emancipador, Vicente Fidel López afirmó con respecto al Congreso de Tucumán que “fue la única de nuestras primeras asambleas que alcanzó a ver resuelto el arduo problema de los tiempos en que había sido convocada la consolidación de la Independencia por la ley y por las armas” y que sancionó la “Constitución Patricia y Conservadora de 1819, que no pudo vivir, pero que es la más sensata y la mejor adaptada a nuestras libertades políticas de cuantas se han ensayado antes y después entre nosotros”. López decía que el fracaso del Congreso se debió entre otros factores al “alzamiento tumultuario de las masas incultas y menesterosas en el litoral” que “amenazaba envolverlo todo en el desafuero de la barbarie”.[1]
Desde la historiografía uruguaya, Alberto Demicheli, señaló la instalación en Argentina de dos congresos diferentes “uno republicano y federalista –el de Oriente-, en Concepción del Uruguay, bajo la presidencia de Artigas […] otro unitario y monárquico –en Tucumán-, integrado por Buenos Aires y algunas provincias”. Ambos declararon la Independencia, “pero, mientras el primero desaparece pronto, absorbido por graves acontecimientos militares; el otro funciona durante cuatro años, y sanciona en Buenos Aires la Constitución de 1819, de corte netamente unitario”.[2]
Vicente D. Sierra destacó el fortalecimiento de los sentimientos patrióticos durante el segundo gobierno rosista: “Rosas declara el 9 de julio día festivo, o sea día de fiesta; Rivadavia lo declara feriado, o sea  día de feria, día de trabajos, para que el comercio y la industria no se perjudiquen. La actual costumbre de llamar feriado a los días festivos determina que muchos autores, poco duchos en filología y en historia informen que Rivadavia declaró día de fiesta al 9 de julio. Lo hizo Rosas, quien, además, días antes de dicho decreto encomendó al ingeniero D. C. H. Pellegrini dos cuadros: uno con el Acta de la Independencia y otro con el Tratado Preliminar de paz con el Brasil, por lo que se pagaron 538 pesos fuertes metálicos, encomendándose a F. Foucard que los encuadrara en marcos revestidos de plata labrada soldada”.[3]
Sin embargo, cabe preguntarse si hubo antes del segundo gobierno de Rosas festejos por el aniversario de la Independencia. La respuesta puede surgir de una importante fuente directa como lo fue The British Packet, periódico de la comunidad británica, publicado semanalmente entre 1826 y 1858.
El 9 de julio de 1832 la plaza de la Victoria estuvo adornada con plantas y la pirámide lucía inscripciones alusivas y banderas del país “junto con la británica, americana, francesa y brasileña, colocadas en la verja”. Además, el frente del cabildo y de varias casas adyacentes estuvieron decoradas con telas de seda y “varios rompecabezas y tíos vivos habían sido colocados en la plaza, para diversión de los muchachos por la noche”. Las condiciones desfavorables del tiempo hicieron que se postergara la celebración de Corpus Christi, por lo que esta festividad y el aniversario de la independencia “fueron honrados conjuntamente en este día, y uno o dos espléndidos altares habían sido erigidos en la plaza, cerca del Cabildo”. Una procesión donde estaba el gobernador Rosas, el obispo y otros funcionarios civiles, militares y eclesiásticos, pasaron por la catedral y luego marcharon a paso lento alrededor de la plaza, deteniéndose frente a los altares. Sigue diciendo The British Packet: “Por la noche se repitieron las iluminaciones, y las luces colocadas en la pirámide de la plaza presentaban un aspecto agradable […] El teatro estuvo lleno, iluminado fuera de lo común y se cantó el Himno Nacional, mientras el auditorio permanecía de pie”.[4]


2.  Rosas y el 9 de Julio: Reafirmación de la Independencia argentina

El 11 de junio de 1835, el gobernador Juan Manuel de Rosas dispuso en un decreto que el 9 de julio fuese una fiesta nacional: “Considerando el gobierno que el día 9 de Julio de 1816, debe ser no menos célebre que el 25 de Mayo de 1810;  porque si en éste el pueblo argentino hizo valer el grito de la libertad, en aquél se cimentó de un modo solemne nuestra independencia, constituyéndose la República Argentina en nación libre e independiente del dominio de los reyes de España, y de toda otra dominación extranjera”. Por lo que “siendo justo tributar al Ser Supremo las debidas gracias en el aniversario del 25 de Mayo, lo es del mismo modo y con motivos igualmente poderosos, manifestarle también nuestro reconocimiento en el aniversario del 9 de Julio, pues que con el auxilio de la Divina Providencia, se halla la república en el goce de esa libertad e independencia que ha conquistado a esfuerzos de grandes e inmensurables sacrificios”. En primer lugar “el día 9 de Julio será reputado como festivo de ambos preceptos, del mismo modo que el 25 de Mayo; y se celebrará en aquel misa solemne con Te Deum en acción de gracias al Ser Supremo por los favores que nos ha dispensado en el sostén y defensa de nuestra independencia política: en la que pontificará, siempre que fuese posible, el muy Reverendo Obispo Diocesano; pronunciándose también un sermón análogo a este memorable día”.  En segundo lugar, en “la víspera y el mismo día 9 de Julio, se iluminará la ciudad, la Casa del Gobierno y demás edificios públicos; haciéndose tres salvas en la Fortaleza y busques del Estado, según costumbre”.  Por último, quedaba “sin ningún valor ni efecto el decreto de 6 de julio de 1826, en la parte que estuviese en oposición con el presente”.[5]
A principios de 1834, había llegado a Buenos Aires un informe remitido por Manuel Moreno desde Londres y que estaba fechado el 24 de octubre de 1834. Se reproducía una versión que demostraba que un representante de Fernando VII se había contactado con Bernardino Rivadavia en Europa, con el objetivo de reunir representantes hispanoamericanos y delegados reales. Así, se acordaría el reconocimiento de la Independencia por España y la coronación de príncipes españoles, entre ellos los infantes don Carlos y don Francisco de Paula. Según Moreno los unitarios de Montevideo estaban implicados en este plan, de acuerdo con informes “muy auténticos e indudables” recibidos por él. Consistía en provocar una guerra entre Buenos Aires y Uruguay a causa de la isla Martín García, por la actividad del general Lavalleja o por cualquier otro motivo. Los unitarios confiaban en que Buenos Aires armaría un ejército para resistir a los orientales y lo pondría bajo las órdenes de Carlos María de Alvear, quien se levantaría con él y se declararía por la revolución. Expresaba Moreno que “es parte principal y preparatoria de este plan que el Sr. [Estanislao López] rompa con el señor Rosas y Quiroga, halagándolo con pérfidas sugestiones, pero con la mira de sacrificarlo luego, a su vez, y se jactan de que tienen mucho ya adelantado”. Agregaba: “Este plan, todo de sangre y de escándalo lo ha ajustado y convenido D. Julián Agüero en Montevideo con Rivera, Obes y los españoles y unitarios de uno y otro lado”.[6]
José María Mariluz Urquijo ha estudiado los planes de invasión española al Río de la Plata entre 1820 y 1833. Entre los personajes que idearon planes de reconquista llamó su atención el Vizconde de Venancourt, quien participó en la restauración de Fernando VII en la España liberal de 1823. Se lo recuerda por apoderarse sorpresivamente de la escuadra argentina en la noche del 21 de mayo de 1829. En su estadía en el Plata realizó una inspección ocular de los buques y el lugar, haciendo un informe sobre el estado defensivo de la población y de sus alrededores. Vuelto a Francia utilizó esa información para ponerlas en manos del gobierno español en julio de 1830. Mariluz Urquijo destaca sobre este episodio: “Venancourt pensaba que podría convencerse al rey de Francia para que ayudase a reconquistar Buenos Aires y Chile si se otorgaban a Francia algunas concesiones comerciales y se le cedía el territorio de la Patagonia. El momento era propicio para atacar a Buenos Aires, pues las guerras civiles habían disminuido las fortunas y el número de los defensores, y la ciudad sólo estaba guarnecida por un fuerte dotado de escasa artillería”. También se tomaría el Uruguay que atravesaba momentos igualmente críticos y los portugueses se habían llevado los cañones al evacuar Montevideo, bastarían ocho mil hombres para tomar Maldonado, Montevideo, Colonia, Buenos Aires y Santa Fe. Especulando con la muerte del doctor Gaspar Rodríguez de Francia, de edad avanzada, se podría recuperar el Paraguay o quizá antes, por medio de negociaciones hábiles.[7]
Un contemporáneo de Rosas, el doctor Adeodato de Gondra, ministro de Juan Felipe Ibarra, escribió en 1844 una oración al 9 de julio y que según Julio Irazusta, fue una “indisputable cumbre de la oratoria política argentina” donde “desarrolló admirablemente la singularidad excepcional de la emancipación argentina, entre todas las empresas del mismo tipo, como la única que se cumplió sin ayuda extranjera”.[8] En esta pieza oratoria Gondra destacaba que herederos de la gloria de José de San Martín y Manuel Belgrano “hemos aumentado su brillo con los laureles de nuevas victorias que han consolidado la grande obra de aquellos ilustres americanos”. Elogiaba a Rosas, quien con su firme conducción reafirmaba la independencia de la Confederación Argentina: “Al expresar estas verdades, un sentimiento de justicia y un vivo entusiasmo por las glorias de mi patria me impelen a alzar la voz para proclamar las heroicas virtudes del hombre extraordinario que la Divina Providencia nos ha dado por guía en el camino que conduce a la verdadera felicidad de los pueblos; él es el que durante una larga carrera pública no ha dado un solo paso que no sea un servicio hecho a sus compatriotas, y un ejemplo digno de ser imitado por todos los hombres libres; él es el que ha demostrado a la Europa que la independencia de los americanos merece el mismo respeto que la de todas las naciones de la Tierra”.[9]
Desde las páginas del Archivo Americano, la pluma de Pedro de Angelis contestaba a un artículo de la Revista de los dos Mundos, injuriante para la Confederación Argentina. Respondía el Archivo Americano: “Cuando la guerra por nuestra independencia termine de un modo feliz; cuando los hombres de las provincias lleguen sin tumulto ni efusión de sangre a formar la constitución especial de cada una de ellas; cuando la calma y la moderación reflexiva hayan borrado los vestigios que en hondos surcos han dejado los excesos crueles y alevosía de los salvajes unitarios; cuando sazonen los frutos de una experiencia sabia, adquirida por sacrificios inmensos, lucirá el suspirado día de nuestra sólida y duradera constitución nacional. Las habitudes, las pasiones, las rivalidades locales, todo se refundirá en una masa compacta; un solo pensamiento la animará; y el código constitucional representará entonces, no una creación sobre el papel que pueda al menor soplo ser consumido en el fuego de la discordia, sino un hecho consumado e inconmovible”. Todo esto se lograría con la noble defensa de la Independencia y “fijando preliminares indispensables, reposa con seguridad y confianza plena en el testimonio de sus actos, en la prudencia, lealtad y sabiduría del Gobierno Encargado de sus Relaciones Exteriores”.[10]
El historiador norteamericano John F. Cady ha planteado que el fracaso de la intromisión política británica en el Río de la Plata no favorecía sus intereses comerciales. Pero también se ocupó de Francia, nación que “sentía que tenía una humillación que reparar, y un prestigio disminuido que recuperar; un grupo influyente de este país seguía aún enamorado de la idea de restablecer su influencia política, si no territorial, en el nuevo mundo”. El fracaso sufrido en el Plata entre 1848 y 1851 “tuvo indudablemente, una década después, influencia decisiva sobre la política de Napoleón en Méjico, donde el triunfo había sido tan fácil en 1838 y donde no habría de luchar con el porfiado gaucho”.[11]
Para el político y publicista unitario Florencio Varela la intromisión militar extranjera en el Río de la Plata tenía un fundamento en el derecho de gentes, con el objetivo de restaurar la paz: “Por eso intervino Europa en la guerra de Turquía contra Grecia; por eso procuró contener las atrocidades de una guerra igual a la que Rosas sostiene. El derecho de gentes ha consagrado algunas normas para proteger a la humanidad aún en el caso de guerra: la ley común de las naciones impone deberes a toda la familia humana, y a toda ella da derechos recíprocos. El que atropella esa ley común, el que hace de ella un escándalo, ofende a todas las naciones y a todas autoriza a castigarlo”.[12]
El festejo más espectacular del 9 de julio se dio en 1851, en circunstancias muy especiales causadas por el pronunciamiento de Justo José de Urquiza y la segunda guerra con Brasil. Adolfo Saldías quien trabajó con documentos y testimonios de la época lo ha relatado: “Ni en 1835, ni en 1845, recibió Rosas demostraciones más grandes que las que le prodigaron en 1851, cuando mayores eran los peligros que favorecían a los que no quisiesen tomar parte en ellas. Una de las que llamó justamente la atención, fue la que tuvo lugar el 9 de julio con motivo de la tradicional solemnización del aniversario de la Independencia. Contra su costumbre desde que subió al gobierno, Rosas resolvió mandar en jefe ese día la parada militar de las fuerzas de línea y milicias de la capital. A las once de la mañana, y bajo una lluvia torrencial, estaban formados en el cuadro de la plaza de la Victoria y prolongación de la calle Federación (hoy Rivadavia) en dirección al Paseo de Julio, los batallones de patricios con las armas que los ciudadanos guardaban en sus casas, los batallones de línea, fuertes todos de 8,000 hombres, más el regimiento 1° de artillería ligera al mando del coronel Chilavert y las baterías correspondientes a aquellos batallones, componiendo 43 piezas. Poco después apareció Rosas por el Paseo de Julio. Al frente de la división Palermo. El pueblo nacional y extranjero corrió a su encuentro. Una enorme masa humana cubrió el ancho espacio, y lanzó esos ecos que conmueven el suelo con la fuerza de un cataclismo, y vibran en los aires entre ondas que sustenta el entusiasmo”. Ante esa masa que lo aclamaba, el Restaurador exclamó: “¡A la tierra argentina, salud! ¡Gloria perdurable a los patriotas ilustres que acordaron virtuosos el juramento santo de nuestra independencia de los reyes de España y de toda otra dominación extranjera”. Recordaba Saldías que el pueblo aclamó este recuerdo patrio con verdadero entusiasmo “y las manifestaciones se sucedieron en todo ese día recorriendo las calles o dirigiéndose a Palermo y a los teatros”.[13]


3. Visiones revisionistas sobre la declaración de la Independencia

El revisionismo argentino tuvo una particular visión de la Independencia. Así, Ricardo Font Ezcurra, destacó que la nacionalidad fue el producto de un largo proceso histórico, con un basamento fundamental en el acta capitular del 25 de mayo de 1810, Pero la independencia definitiva, “la unidad territorial y política y la soberanía conquistadas más tarde, lo fueron al pie del cañón”. Font Ezcurra dividió los primeros cincuenta años de vida independiente argentina en tres ciclos. En el primero que abarca desde el 25 de mayo de 1810 al 8 de diciembre de 1829, lo titula La Independencia, período “anárquico o de disociación; dispersión de las provincias que formaron el antiguo Virreinato del Río de la Plata; diversas formas de gobierno y cambio frecuente de gobernantes. Campaña de la independencia; guerra civil permanente; declaración de la independencia por el Congreso de Tucumán; fracaso de las tentativas constitucionales; omnipotencia de los caudillos; ausencia del instrumento necesario para dar cohesión a los elementos dispersos”.[14]
José María Rosa al mencionar el término “Santa Causa” empleado por los federales, resaltaba la expresión del Restaurador: “La causa de la Federación es tan nacional como la de la Independencia dijo Rosas en su circular a los gobernadores del 20 de abril, y repitió en muchas cartas a [Estanislao] López y los gobernantes del interior: la Santa Causa se presentaba como un complemento de la libertad política iniciada en 1810 y exteriorizada en 1816. Había que enseñar a todos a vivir y morir por la soberanía popular y no bastaba con las divisas llevadas por el pueblo por entusiasmo partidario o por los empleados por deber burocrático. Toda nota o pedido formulado a las autoridades debería encabezarse con la aspiración ¡Viva la Federación! Los documentos fecharse con el año de la Libertad, de la Independencia y de la Confederación”.[15]
Un estudioso de la historia de las relaciones exteriores, José Luis Muñoz Azpiri, al evocar en 1963 el centenario del tratado de paz entre Argentina y España, resaltó la gestión del gobierno de Rosas para reanudar relaciones con la madre patria en 1831: “Hasta ahora Rosas, el dictador argentino, solía ser presentado como un vengador del 25 de Mayo, como un argentino que había abjurado de la independencia nacional y la libertad. Los poetas románticos censuraron su pasión por la amada España. Como Restaurador de las Leyes, título en que se complajo, restauró, esto es cierto, las leyes españolas […] Lo cierto es que la reanudación de las relaciones entre las provincias del Río de la Plata y España preocupó a Rosas en la misma forma que a los gobernantes que le sucedieron”.[16]
En efecto, el famoso discurso de Rosas del 25 de mayo de 1836, fue analizado por Luis C. Alén Lascano, quien señaló la influencia ideológica de Tomás Manuel de Anchorena –uno de los congresales de Tucumán- en esa arenga: “Rosas exaltó este día consagrado por la nación para festejar el primer acto de soberanía popular que ejerció este gran pueblo. Pero los patriotas lo cumplieron no para sublevarnos contra las autoridades legítimamente constituidas, sino para suplir la falta de las que, acéfala la Nación, habían caducado de hecho y de derecho. No para rebelarnos contra nuestro soberano, sino para conservarle la posesión de su autoridad, de la que había sido despojado por un acto de perfidia […] Ahora –dice Alén Lascano- esa independencia peligraba, y quienes se aliaban al extranjero para vulnerarla eran precisamente los que habían inventado un Mayo afrancesado y un mito librecambista motivador del hecho, encarnado en Moreno y su Representación de los Hacendados”.[17]




[1] Vicente F. López, Historia de la República Argentina. Su origen, su revolución y su desarrollo político, Buenos Aires, G. Kraft, 1913, t. V, pp. 348 y 351.
[2] Alberto Demicheli, Origen federal argentino: Sus bases iniciales definitivas, Buenos Aires, Depalma, 1962, pp. 20-22.
[3] Vicente D. Sierra, Historia de la Argentina, Buenos Aires, Editorial Científica Argentina, 1984, t. VIII, p. 377.
[4] The British Packet n° 308, Buenos Aires 14 de julio de 1832, en The British Packet. De Rivadavia a Rosas 1826-1832, estudio preliminar de Graciela Lápido y Beatriz Spota de Lapieza Elli, Buenos Aires, Solar-Hachette, 1976, pp. 409-410.
[5] Registro Oficial del gobierno de Buenos Aires, Buenos Aires, Imprenta del Estado, 1835, p. 145.
[6] Antonio J. Pérez Amuchástegui, Crónica Argentina Histórica, Buenos Aires, Codex, 1979, t.III, pp. 139-140.
[7] José M. Mariluz Urquijo, Los proyectos españoles para reconquistar el Río de la Plata (1820-1833), Buenos Aires, Perrot, 1958, pp. 179-180.
[8] Julio Irazusta, Vida política de Juan Manuel de Rosas a través de su correspondencia, Buenos Aires, Jorge E. Llopis, 1975, t. II, pp. 160-161.
[9] “Alocución del Sr. Ministro General D. Adeodato de Gondra, al pueblo Tucumano, en el día 9 de Julio de 1844, vigésimo nono aniversario de la Independencia”, Archivo Americano n° 16, Diciembre 11 de 1844, en Archivo Americano y espíritu de la prensa del mundo. Primera reimpresión del texto español conforme a la edición original 1843-1851, Buenos Aires, Editorial Americana, 1947, t. II. pp. 13-14.
[10] “Contestación a un artículo inserto en la Revista de los dos Mundos”, Archivo Americano n° 16, Diciembre 11 de 1844, en Archivo Americano y espíritu de la prensa del mundo. Primera reimpresión del texto español conforme a la edición original 1843-1851, Buenos Aires, Editorial Americana, 1947, t. II. pp. 238-239.
[11] John F. Cady, La intervención extranjera en el Río de la Plata 1838-1850, Buenos Aires, Losada, 1943, p. 282.
[12] El Comercio del Plata n° 30, Montevideo, 4 de noviembre de 1845, p. 2, cit. por Alicia R. Bóo, “La realidad argentina a través de Varela y Sarmiento”, en Félix Weinberg (coord.), Florencio Varela y el Comercio del Plata, Bahía Blanca, Instituto de Humanidades-Universidad Nacional del Sur, 1970, pp. 98-99.
[13] Adolfo Saldías, Historia de la Confederación Argentina, Buenos Aires, La Facultad, 1911, t. V, pp. 230-231.
[14] Ricardo Font Ezcurra, La Unidad Nacional, Buenos Aires, La Mazorca, 1941, pp. 153-154.
[15] José María Rosa, Historia Argentina, Buenos Aires, Oriente, 1976, t. IV, pp. 232-233.
[16] José Luis Muñoz Azpiri, “El centenario del tratado de paz entre la Argentina y España”, en Historia n° 35, Buenos Aires, 1964, p. 80.
[17] Luis C. Alén Lascano, Rosas, Buenos Aires, Crisis, 1975, pp. 48-49.

domingo, 15 de marzo de 2015

EL PACTO DE SAN JOSÉ DE FLORES (1859)

Justo José de Urquiza.




Por Sandro Olaza Pallero


El 23 de octubre de 1859, la vanguardia porteña, ubicada en la Cañada de Cepeda, fue sorprendida por la caballería de Justo José de Urquiza. La batalla fue breve porque los escuadrones de la Confederación arrollaron de entrada a la caballería porteña, que abandonó el campo prácticamente sin pelear y en la más completa dispersión. La artillería bonaerense apenas había entablado un duelo con la confederal. Para no caer prisionero, el general Bartolomé Mitre abandonó la artillería en el campo de batalla y se retiró a San Nicolás con su infantería.[1]
Ha llamado la atención que Urquiza no explotara el éxito obtenido en Cepeda, persiguiendo al enemigo con su caballería compuesta por 10.000 jinetes. Ni la retirada, ni el camino de marcha seguido por la columna porteña los ignoraba. Según Juan A. González Calderón: “Prevaleció sobre esa decisión, indudablemente, la alta razón política y patriótica de no aparecer extremando las medidas de represión y hacerse antipático ante la opinión de la provincia disidente”.[2]
Ante el avance de las tropas de la Confederación hacia el sur, el gobernador Valentín Alsina declaró a la provincia de Buenos Aires en estado de sitio y dispuso la fortificación de la capital el 24 de octubre de 1859. Cinco días después encargó al general Mitre la defensa porteña. Pero Urquiza venía dispuesto a no entrar en negociaciones de paz si Alsina permanecía al frente del gobierno bonaerense.[3]
  Salustiano Zavalía, uno de los constituyentes de 1853, en carta a Marcos Paz del 11 de agosto, opinaba sobre los porteños y la Constitución Nacional: “Los de Buenos Aires, más por amor propio, que por conveniencia real, parece que piden una convención constituyente, que revise y reforme la Constitución a la cual no le ponen defecto alguno; sólo porque no participaron de su confección”. Advertía del deseo de paz que todos los provincianos tenían con la unión de Buenos Aires y en la reforma constitucional: “Empieza, pues, a discutirse en los salones, si podría revisarse la ley fundamental antes de los diez años. ¿Se le oprime a Ud. el corazón? ¿Se subleva su espíritu? Ya lo creo: así les sucede a todos. Todos rechazan con horror el perjurio, y tiemblan ante la idea de una infracción del principio salvador de la inviolabilidad de la carta. Sólo Carril sostiene en su casa, que ese sacrificio debe hacerse”.[4]
El art. 30 de la Constitución establecía: “La Constitución puede reformarse en el todo o en cualquiera de sus partes, pasados diez años desde el día en que la juren los Pueblos. La necesidad de reforma debe ser declarada por el Congreso con el voto de dos terceras partes, al menos, de sus miembros; pero no se efectuará sino por una Convención convocada al efecto”.[5]
Entre Buenos Aires y la Confederación había una conciencia de la nacionalidad común, pero fallaban los medios para realizarla. El período siguiente hasta 1859, había revelado una tensión constante entre ambos contendientes. La actitud porteña no era sólo la rebeldía de una de las catorce provincias argentinas, sino que también era la oposición de la principal de ellas, fuente inagotable de de dinero, hombres y capacidad intelectual. Hasta sus amenazas de convertirse en Estado independiente eran verosímiles al comprobarse la extensión que podía dar a su territorio, de acuerdo al art. 2 de la Constitución de 1854.[6]
No fue tarea fácil concertar las bases de la reincorporación. Todavía permanecía al frente del gobierno porteño el doctor Alsina, que no cedía en su intransigencia. El general Urquiza se situó con su vanguardia en San José de Flores, mientras que Alsina fue invitado a renunciar por sus amigos. La Legislatura porteña aceptó la renuncia de Alsina el 8 de noviembre y nombró provisionalmente en el gobierno a Felipe Llavallol, presidente del Senado.[7]
El “memorándum” presentado al presidente del Paraguay por el mediador, general Francisco Solano López, y la documentación agregada demostraba que las gestiones fueron laboriosas y complicadas. El protocolo de las cinco conferencias efectuadas bajo el auspicio del mediador los días 5, 6, 7, 9 y 10 de noviembre, entre los comisionados del gobierno nacional –Tomás Guido, Esteban Pedernera y Daniel Aráoz- y los del gobierno de Buenos Aires –Carlos Tejedor, Antonio Cruz Obligado y Juan Bautista Peña- contenía en forma de actas la discusión de las bases presentadas por ambas partes.[8]
El Pacto de Unión fue ratificado por las partes el 11 de noviembre en San José de Flores. Por este convenio, Buenos Aires se declaró parte de la Confederación y se comprometió a formar una convención, dentro de los veinte días, para examinar la Constitución de 1853 y proponer las reformas que deberían introducirse a juicio de Buenos Aires. Posteriormente, una convención nacional debería estudiar tales reformas y decidir sobre ellas. Por otra parte, el ejército confederal debería evacuar el territorio bonaerense dentro de los 15 días siguientes a la firma del acuerdo.[9]
El gobernador Llavallol, con su comitiva, concurrió a San José de Flores a saludar a Urquiza y felicitarlo por haber consumado la unión nacional. Representantes del comercio, la industria y colectividades extranjeras hicieron lo mismo.[10]
El texto del Pacto de San José de Flores es el siguiente[11]:
1° Buenos Aires se declara parte integrante de la Confederación Argentina, y verificará su incorporación por la aceptación y jura solemne de la Constitución Nacional.
2° Dentro de veinte días de haberse firmado el presente Convenio, se convocará una Convención Provincial que examinará la Constitución de Mayo de 1853, vigente en las demás Provincias Argentinas.
3° La elección de los miembros que formarán la Convención se hará libremente por el Pueblo, y con sujeción a las leyes que rigen actualmente en Buenos Aires.
4° Si la Convención Provincial, aceptase la Constitución sancionada en Mayo de 1853, y vigente en las demás Provincias Argentinas, sin hallar nada que observar a ella, la jurará Buenos Aires solemnemente en el día y en la forma que esa Convención Provincial designare.
5° En el caso que la Convención Provincial, manifieste que tiene que hacer reformas en la Constitución mencionada, esas reformas serán comunicadas al Gobierno Nacional para que, presentadas al Congreso Federal legislativo, decida en convocación de una Convención ad-hoc que las tome en consideración y a la cual la Provincia de Buenos Aires se obliga a enviar a sus Diputados con arreglo a su población, debiendo acatar lo que esta Convención así integrada decida definitivamente salvándose la integridad del territorio de Buenos Aires que no podrá ser dividido, sin el consentimiento de su legislatura.
6° Interín llega la mencionada época, Buenos Aires, no mantendrá relaciones diplomáticas de ninguna clase.
7° Todas las propiedades de la Provincia que le dan sus leyes particulares como sus establecimientos públicos de cualquier clase y género que sean, seguirán correspondiendo a la Provincia de Buenos Aires, y serán gobernados y legislados por la autoridad de la Provincia.
8° Se exceptúa del artículo anterior la Aduana que, como por la Constitución federal corresponden las aduanas exteriores a la Nación, queda convenido en razón de ser casi en su totalidad las que forman las rentas de Buenos Aires, que la Nación garante a la Provincia de Buenos Aires su presupuesto de 1859 hasta cinco años después de su incorporación, para cubrir sus gastos inclusive su deuda interior y exterior.
            9° Las leyes actuales de Aduanas de Buenos Aires sobre el comercio exterior seguirán rigiendo hasta que el Congreso Nacional, revisando las tarifas de Aduana de la Confederación y Buenos Aires, establezca la que ha de regir para todas las Aduanas exteriores.
10° Quedando establecido por el presente pacto, un perpetuo olvido de todas las causas que han producido nuestra desgraciada desunión, ningún ciudadano argentino será molestado por hechos u opiniones políticas durante la separación temporal de Buenos Aires, ni confiscados sus bienes por las mismas causas conforme a las Constituciones de ambas partes.
11° Después de ratificado este Convenio, el Ejército de la Confederación, evacuará el territorio de Buenos Aires, dentro de quince días, y ambas partes contratantes reducirán sus armamentos al estado de paz.
12° Habiéndose hecho ya en las Provincias Confederadas la elección de Presidente, la Provincia de Buenos Aires puede proceder inmediatamente al nombramiento de electores para que verifiquen la elección de Presidente, hasta el 1° de Enero próximo, debiendo ser enviadas las actas electorales antes de vencido el tiempo señalado para el escrutinio general, si la Provincia de Buenos Aires hubiese aceptado sin reservas la Constitución Nacional.
13° Todos los Generales, jefes y oficiales del Ejército de Buenos Aires dados de baja desde 1852, y que estuviesen actualmente al servicio de la Confederación, serán restablecidos en su antigüedad, rango y goce de sus sueldos, pudiendo residir en la Provincia o en la Confederación, según les conviniere.
14° La República del Paraguay, cuya garantía ha sido solicitada tanto por el Exmo. Señor Presidente de la Confederación Argentina, cuanto por el Exmo. Gobierno de Buenos Aires, garante el cumplimiento de lo estipulado en este Convenio.
15° El presente Convenio será sometido al Exmo. Señor Presidente de la República del Paraguay, para la ratificación del artículo precedente en el termino de cuarenta días, o antes si fuera posible.
16° El presente Convenio será ratificado por el Exmo. Señor Presidente de la Confederación y por el Exmo. Gobierno de Buenos Aires, dentro del término de cuarenta y ocho horas o antes si fuera posible.
En fe de lo cual el Ministro Mediador y los Comisionados del Exmo. Señor Presidente de la Confederación y del Exmo. Gobierno de Buenos Aires lo han firmado y sellado con sus sellos respectivos. Fecho en San José de Flores a los diez días del mes de Noviembre del año 1859. Francisco S. López – Tomás Guido – Carlos Tejedor – Juan E. Pedernera – Juan Bautista Peña – Daniel Aráoz.






[1] Pérez Amuchástegui, Antonio J., Crónica argentina histórica, Buenos Aires, Codex, 1979, t. IV. p. 64.
[2] González Calderón, Juan A., El General Urquiza y la organización nacional, Buenos Aires, Guillermo Kraft, 1940, p. 412.
[3] Pérez Amuchástegui, Crónica argentina…, p. [65].
[4] Padilla, Alejandro Jorge, “La reforma constitucional de 1860 juzgada por un constituyente de 1853 – Un aporte documental”, en Revista del Instituto de Historia del Derecho Ricardo Levene, 26, Buenos Aires, 1980-1981, p. 213.
[5] “Constitución de la Confederación Argentina (1° de mayo de 1853)”, en Sampay, Arturo Enrique, Las Constituciones de la Argentina – (1810-1972), Buenos Aires, EUDEBA, 1975, t. II, p. 361.
[6] Tau Anzoátegui, Víctor y Martiré, Eduardo, Manual de Historia de las Instituciones Argentinas, Buenos Aires, Librería Histórica Emilio J. Perrot, 2005, p. 511.
[7] Pérez Amuchástegui, Crónica argentina…, pp. 65-66.
[8] González Calderón, El General Urquiza… p. 416.
[9] Pérez Amuchástegui, Crónica argentina…, pp. 69-70.
[10] González Calderón, El General Urquiza… p. 423.
[11] Levene, Ricardo (Dir.), Historia de la Nación Argentina, Buenos Aires, t. VIII, 1946, p. 351.

domingo, 14 de septiembre de 2014

SAÚL TABORDA. PENSAMIENTO Y ACCIÓN

Saúl Taborda.



Por Sandro Olaza Pallero




1. Vida y obra

Saúl Taborda nació el 9 de noviembre de 1885 en la estancia “Chañar Ladeao”, propiedad de sus padres Rosario Taborda y Ramona Pereyra, ubicada en Santiago Temple (Provincia de Córdoba). Su familia era de criollos de resonancia en la zona. Inició sus estudios primarios en la escuela elemental de Santiago Temple y los culminó en la Escuela Normal de Córdoba. Cursó los estudios secundarios en el Colegio Nacional Oeste de Buenos Aires y el Colegio Nacional de Rosario, donde habría abrazado las ideas anarquistas, mientras compartía las aulas con Amadeo Sabattini, Enzo Bordabehere y Florentino V. Sanguinetti. [1]
En el Centenario surgieron algunas de las pasiones de Taborda: la literatura, la vida universitaria y la política. Publicó su primer libro de prosas y versos, Verbo profano (La Plata, 1909) y asistió como delegado estudiantil en el Congreso Universitario de Buenos Aires de 1910. Carlos O. Bunge cuando opinó sobre Verbo profano, le dijo a su autor: “Más que poeta parece Ud. un filósofo que hace versos”. Ese mismo año se recibió de abogado en la Universidad Nacional de La Plata y comenzó a ejercer la profesión en Córdoba. También inició su doctorado que culminó en 1913 en la Universidad Nacional del Litoral. Su tesis fue La eximente de beodez en el Código Penal (Córdoba, Imprenta Bautista Cubas, 1915). Un ejemplar de la tesis la dedicó a Rafael de Altamira con estas palabras: “A don Rafael Altamira, el noble maestro que conquistó el alma de América para España. Su discípulo y amigo Saúl Alejandro Taborda”. [2]
Participó en la revista Renacimiento y publicó el artículo “Instituciones eclesiásticas coloniales” (s/f). Este sería un anticipo del capítulo dedicado a las “Instituciones Eclesiásticas” en sus Reflexiones sobre el ideal político de América (1918). Renacimiento se publicó entre 1909 y 1913 y tuvo como director a Florencio César González y como colaboradores a Alfredo L. Palacios y Manuel Ugarte.
Radicado en Córdoba, Taborda fue uno de los fundadores del “Círculo de Autores Teatrales de Córdoba”, del que fue vocal y presidente en 1916.  Esta entidad actúa con grupos de escritores, docentes, alumnos universitarios, la Federación Obrera Local y la “Biblioteca Córdoba” dirigida por Arturo Capdevila. Taborda se insertó en el activismo cultural de la Universidad Popular (1917) en círculos obreros y bibliotecas populares. Ahí alternó la amistad, manifiestos, tertulias, actos callejeros, cargos públicos y recursos de amparo para luchadores y huelguistas. [3]
En esta primera etapa de su vida pública se enroló en el “americanismo literario” y buscó convertirlo en un valor moral que superase al frío materialismo positivista y los procesos de “modernización”. Estética literaria conjugada con la retórica y que constituyeron elementos importantes empleados en la Reforma de 1918. Sus creaciones dramáticas y literarias plasmaron su pensamiento, como la tensión entre modernidad y tradición.
En su línea combativa y militante evidenció su ética de izquierda, donde señaló la lucha de la libertad contra el deber religioso en el drama en tres actos La obra de Dios (Cuaderno manuscrito, 1916). [4] Lanzó una rabiosa diatriba contra la moral de la burguesía ganadera en la novela Julián Vargas (Córdoba, La Elzeviriana, 1918), a la que calificó como “clase holgazana, debilitada y enviciada hasta la médula”. Destaca Horacio Sanguinetti que esta obra que relata los avatares de un joven provinciano bajado a Buenos Aires, donde hallará “amor, consuelo y desamparo”, tiene mucho de autobiográfico. La gran urbe que fascinaba con sus progresos y lujos como el Teatro Colón. “Aquí surge un enigma cultural a develar –dice Sanguinetti-, pues importa entender la contradictoria impresión que Iris, una ópera recién presentada por Pietro Mascagni, el músico de moda a la sazón, produce en Julián Vargas, y nos animamos a decir que en Taborda, pues no podría manifestarse como lo hace si no lo hubiese vivido…En cuanto al público, recibe de Taborda un indiscriminado desprecio ya que iba todo, según él, a exhibir en aquel inmenso palomar su aire, envuelto en sedas, recamado en joyeles, toda su vanidad, su tedio, su hipocresía y su estulticia”. [5]
Taborda descubre lo popular a través de “Juan Pueblo” en el drama El mendrugo (Inédito, 1916) y que fue puesto en escena por la Compañía de Enrique Muiño-Antonio De Bassi en Córdoba el mismo año. Contenidos influidos por un vitalismo de inspiración nietzcheana y anarquista, que consideraba a la vida como esencia de la realidad e imperativo de la libertad y que anticipaba los grandes motivos de su pensamiento político. Autores como Stirner, Sorel, Bakunin, Kropotkin y Proudhon fueron mencionados en sus obras con un contenido anticlerical, antiestatalista, autodeterminación popular, federalismo, pacifismo, reforma agraria y crítica a los verticalismos autoritarios y al liberalismo parlamentarista. [6]
En 1918 publicó sus Reflexiones sobre el ideal político de América (Córdoba, La Elzeviriana), primer ensayo de largo aliento que Taborda concibió al calor americano de la gesta de la Reforma Universitaria y dedicado al “último” José Ingenieros, aquel que denunciaba la aurea mediocre burguesa en El hombre mediocre (1913). Criticó a las instituciones eclesiásticas y afirmó que fue junto con el ejército un apoyo del absolutismo laico: “Desde el onganga del Gabón salvaje y primitivo hasta el sacerdote de los pueblos civilizados de nuestros días la historia de las instituciones eclesiásticas es la de una tiranía subjetiva destinada a apuntalar los regímenes políticos derivados de la lucha del hombre contra el hombre…Y como el régimen vigente es acusadamente un régimen de clase, lo es también la institución que lo protege y lo defiende aunando los anhelos y las aspiraciones religiosas de los pueblos y predisponiendo la psiquis colectiva en un sentido favorable a los que mandan”. [7]
La democracia americana se deberá erguir desde una soberanía plena, trascendente del “mero electoralismo”: “El partido político como fuerza organizada para el antagonismo en un régimen surgido del comité, ya no será posible…La soberanía no se expresará así por medio de una boleta encerrada en una urna; se expresará por todos los órganos del pensamiento. Los partidos políticos han respondido a un mínimo de soberanía y a un máximo de autoridad; la opinión pública o social responde a un máximo de soberanía y a un mínimo de gobierno”. [8]
Señalaba el ideal político de la filosofía: “Colocar el esfuerzo de la filosofía en el lugar prominente que le corresponde, desligarla, rescatarla de los intereses materiales que la desnaturalizan, arrancarla de las manos de las clases que la detentan y bastardean en beneficio propio, es la obra que corresponde realizar a la democracia. Para afirmarse hasta ser el triunfo del pueblo ella debe quitar de las manos de los déspotas las obras de Hegel y de Aristóteles”. [9]
Durante la gestión reformista, en 1920, Taborda fue nombrado titular de la cátedra de sociología de la Facultad de Derecho de la Universidad del Litoral en Santa Fe. Ese mismo año arribó a La Plata, donde fue designado rector del Colegio Nacional –dependiente de la Universidad-, cargo que abandonó en 1921, tras ser procesado por “anarquizador”. La reforma comenzaba a declinar ante el avance de la contrarreforma y la reacción conservadora en Córdoba, encabezada por Julio Argentino Roca (h) gobernador de la provincia entre 1922 y 1925 y la acción de la “Liga Patriótica” y la “Unión Popular Católica Argentina”. En 1922 cayó preso por participar en una manifestación y fue liberado por su amigo Deodoro Roca quien presentó un recurso. El 4 de diciembre remitió una carta abierta al Dr. Benito Nazar Anchorena –rector de la Universidad Nacional de La Plata-, publicada en La Voz del Interior dos días después. Se trató de una refutación a las acusaciones que originaron la cesantía de Taborda del rectorado del Colegio Nacional de la Plata. “Yo sobreviviré en el recuerdo de muchos corazones; usted –le decía Taborda a Nazar Anchorena- sólo vivirá en algún retrato colocado en los muros de su despacho por la mano de algún empleado”.  Cabe destacar que Nazar Anchorena fue más tarde miembro de la Corte Suprema y alejado de sus funciones, tras un juicio político durante el gobierno del general Juan Domingo Perón en 1946 “por haber convalidado los gobiernos de facto de 1940 y 1943” y de integrar la lista de conjueces con “apellidos de abogados captados por el capitalismo extranjero o pertenecientes a la oligarquía dominante”. [10]
 Entre 1923 y 1926, Taborda viajó por Europa en busca de nuevos aires y saberes. Así estudió filosofía en la Universidad de Maraburgo –destino que le habría aconsejado José Ortega y Gasset- y posteriormente en las Universidades de Zurich, Viena y París. También cursó pedagogía en las Universidades de Heidelberg y Leipzig. Recorrió Italia y España, lo que le produjo revalorar su origen hispánico, pues tenía una mala opinión sobre la Madre Patria. [11]
Taborda comenzó a tener un desasosiego –compartido entre otros por José Luis Romero y Ezequiel Martínez Estrada-  ante los oscurecidos e infames años ´30 y lo llevaría a “ahondar en los secretos de nuestra crisis”. Desde Córdoba junto a Carlos Astrada, Taborda alentaría la formación de un movimiento nacional, llamando a “todos los hombres preocupados por esta hora del mundo que quieran trabajar en la afirmación de una nueva conciencia social y de un nuevo orden espiritual…asistimos así al paradójico espectáculo de movimientos, partidos y hombres de auténtico fervor revolucionario en cuestiones económicas y políticas, que sin embargo profesan un hermético conservadorismo en lo cultural, hasta el extremo de querer perpetuar formales espirituales típicas de la ideología burguesa del siglo XIX: biología darwiniana, sociología naturalista, metafísica materialista, ética y pedagogía utilitarias, literatura y arte realistas, etc.” (Manifiesto para un Frente de Afirmación de un Nuevo Orden Espiritual, F.A.N.O.E., Buenos Aires, Septiembre de 1932). Entre otros firmaban Saúl Taborda, Carlos Astrada, Luis Juan Guerrero, José Luis Romero, Francisco Romero, Jorge Romero Brest, Juan Mantovani, José Babini, Alberto Baldrich y Jordán Bruno Genta. A partir de los enunciados del FANOE, se acusaría a sus ideólogos de “fascistas encubiertos hasta hoy bajo la máscara de su revolucionarismo espiritual”. [12] Sin embargo, Taborda firmaba en 1934 el “Manifiesto Antifascista” promulgado en Europa por el comunista francés Henri Barbusse y movilizado en Córdoba por Deodoro Roca, además participaría del “Comité contra el Racismo y el Antisemitismo en la Argentina”. [13]
Taborda será recordado como un gran pedagogo, autor de “Investigaciones pedagógicas (Bases y proposiciones para un sistema docente”, editado en Revista de la Universidad Nacional de Córdoba, año XVII, N° 3-4, 5-6, 7-8, Córdoba, Mayo-Octubre de 1930). En su libro La psicología y la pedagogía, Taborda resume magníficamente los grandes problemas de la psicología y la pedagogía y su mutua relación. Parte del postulado de que la pedagogía no se funda en la psicología, pero aunque estas dos disciplinas apunten a fines distintos, existe un punto indudable de contacto, fructuoso para ambas. “El psicoanálisis pedagógico es un método que se aplica mecánicamente. No responde a un fin porque no está en su índole el proponer fines a la educación”. Respecto de la Universidad  de Córdoba señaló que fue inadecuada para consolidar la unidad nacional pactada en 1853 y “las necesidades políticas provocaron la nacionalización de la Universidad de Buenos Aires”. “La Argentina no ha sufrido una influencia más directa que la francesa. Nada adquirió de España, en la era del coloniato, porque España no enseñaba nada, siguiendo con la ignorancia la misma táctica que seguía con el empobrecimiento mediante el monopolio económico”. [14]
El 16 de febrero de 1935, cuando se conmemoraba el centenario de la tragedia de Barranca Yaco –el asesinato del caudillo Facundo Quiroga-, Taborda fundó la revista Facundo. Crítica y polémica. Salieron siete números entre febrero de ese año y diciembre de 1939 y destacaba en Meditación de Barranca Yaco el origen común de los pueblos que conformaron la demarcación territorial llamada Argentina, es decir un concepto de nación en sentido sociológico y de origen federalista. “Formada por núcleos constituidos y consolidados en una enorme superficie geográfica separados por la distancia, propicia a la acentuación de características regionales, pero ligados por lazos espirituales legados por Castilla, esa comunidad estaba estructurada y dispuesta como entidad para la historia y su evidente vocación política era el intercomunalismo federalista”. Por este medio entabló una polémica con Domingo F. Sarmiento y sostuvo que el tema capital en Quiroga no estaba en la vida del caudillo, significado de la barbarie para el sanjuanino, sino en su muerte. La Voluntad de Mayo no estaba representada en el liberalismo cosmopolita sino en el comunalismo personificado en Facundo, el caudillo ibérico, el cabildo como núcleo de la representación popular y la tradición hispanista. [15]
Una mañana del 2 de junio de 1944, fallecía en Unquillo este argentino excepcional, cuyos méritos culturales y humanos no han logrado vencer aún la indiferencia del país oficial, que se sigue negando a considerarlo como uno de los pocos y auténticos pensadores argentinos. [16] Sus restos reposan en el viejo cementerio de Unquillo y sobre su tumba, la lápida contiene la siguiente expresión: “Vivió y pensó para su tierra”. Estuvo casado con María Sabaté y tuvo un hijo, Gabriel, residente en Unquillo, en el mismo solar de su padre. El Instituto Provincial de Enseñanza Media N° 179 de San José de Calasanz, Villa Valeria (Córdoba) lleva su nombre desde 1997.


2. Saúl Taborda en la opinión de distintos autores

Fermín Chávez ubica a Taborda en el nuevo eje cultural argentino, dentro del capítulo “La descolonización 1930-1945”, junto a Leopoldo Lugones, Ramón Doll, Raúl Scalabrini Ortiz, Julio Irazusta y Leonardo Castellani. Cita una frase del autor cordobés “La vida de un pueblo es una realidad tejida de historia y de cultura”, a quien señala como uno de los pocos argentinos que alcanzó a construir una filosofía nacional. “Y en el caso argentino –dice Chávez- es de advertir que historia y cultura se caracterizan por un hecho inicial clave: la desubicación de la inteligencia argentina frente a la realidad político-social de la patria nueva, lo que empieza a revelarse al promediar la primera década de la Revolución de Mayo”.  Afirma que el día que la historia de la cultura argentina se escriba sobre un nuevo eje, habrá que darle el espacio y sitio que le corresponde al pensamiento historicista o antiiluminista desde Juan Bautista Alberdi a Sául Taborda. 
Para los iluministas europeizar significó liquidar los valores hispánicos en América, no obstante que pidieron “un tono nacional”, pero el mismo se evaporó al calor de la ideología progresista y antihistórica. En el siglo XX esto lo vio muy claro Taborda, que según Chávez provenía del liberalismo de tradición rivadaviana y describió el proceso cultural que giraba sobre el eje civilización-barbarie. “Desechando las directivas comunalistas –escribe Taborda-, expresadas con extraordinario vigor en esos portadores de la voluntad social desmonetizados por la prédica interesada que empeñamos en imponer al país la fisonomía unitaria concebida por una doctrina cuyos prestigios derivan de su perfección racional”. Para Taborda, desde antes de 1810, las provincias constituían una nación, “un fenómeno vivo y espontáneo de sociedad”. Pero ganados por la fortaleza discursiva de la ideología importada, se empezó a mutilar la nación. Destaca Chávez en coincidencia con Taborda: “Se hizo artículo de fe copiar al pie de la letra las instituciones ultramarinas, para dominar nuestra barbarie”. [17] Chávez en Civilización y barbarie en la historia de la cultura argentina afirma que nuestras “élites”, agobiadas por la europeización de América, terminan volviéndose contra lo nacional: “Muy pocos hombres de la generación liberal han escapado a la norma sarmientina. Debemos nombrar entre las excepciones al cordobés Saúl Taborda (hoy muy vapuleado por sus compañeros de generación) y al profesor Coriolano Alberini, en muchos aspectos…Ocultar y silenciar a Saúl Taborda es, para alguna gente, una medida de precaución, en defensa de lo viejo, ya que el testimonio último del filósofo llegaría, sin duda, con sus resplandores al fondo de la caverna de nuestro liberalismo cultural”. [18]
Luis Farré y Celina A. Lértora Mendoza afirman que Saúl Taborda y Deodoro Roca fueron en la primera mitad del siglo representante del pensamiento liberal en una Córdoba presionada por fanatismos y prejuicios. “En sus Investigaciones pedagógicas –sostienen estos autores- incursiona por el campo de la filosofía, aunque de manera marginal y escasamente profunda. No es de extrañar, por lo tanto, que considere a la pedagogía como la máxima expresión de la filosofía. Maneja conclusiones y definiciones de los más modernos filósofos alemanes, Spranger, Max Scheler y otros; aunque parece ignorar lo mucho y bueno que se publicó antes o a la par de estos aportes germanos”. [19]
Liborio Justo ubica a Saúl Taborda como uno de los protagonistas de la revolución estudiantil de la Reforma Universitaria en Córdoba, que en 1918 provocó el surgimiento de la “Nueva Generación” de América Latina y planteó ideales continentales y una actitud antiimperialista. “En el salón de grados proclamaron la huelga general, la revolución universitaria…Barros, Valdés, Roca, Taborda, Bordabehere y todos los que dirigían e inspiraban la campaña, hicieron oír su voz una vez más, en aquel momento solemne para la cultura del país”. [20]
Gustavo Cirigliano afirma que existe un dilema para quienes se acercan al pensamiento de Taborda: ¿es nacionalista o liberal? –se pregunta- y porqué lo alaban un pensador liberal como Adelmo Montenegro y un historiador nacionalista como Fermín Chávez. La clave sería aceptar que la evolución intelectual del cordobés recorrió diversos momentos. “El comunalismo –dice Cirigliano- será su versión de nacionalismo. Y cuando critica al ciudadano nacionalista critica al que es formado para el Estado”. [21]


Notas

[1] Saúl Taborda, Escritos Políticos 1918-1934. Edición y prólogo de Matías Rodeiro, Córdoba, Biblioteca Nacional de Córdoba-Universidad Nacional de Córdoba, 2009, p. VII. Alberto Buela, Pensamiento de ruptura, Buenos Aires, Theoría, 2008, pp. 149-150. 
[2] Ídem. Donación de Rafael de Altamira a la Real Academia de Jurisprudencia y Legislación www.rajyl.insde.es  [citado 7-VII-2011].
[3] Taborda, Escritos Políticos…, pp. VIII-IX.
[4] Ídem, p. IX.
[5] Ibídem. Horacio Sanguinetti, “Saúl Taborda y el Colón”, en Los Andes www.losandes.com.ar , 19-VI-2010 [citado 7-VII-2011].
[6] Taborda, Escritos Políticos…, pp. IX-X.
[7] Ídem, pp. X-XII, 81y 93,
[8] Ibídem, pp. XI y 136.
[9] Ibídem, p. 131.
[10] Ibídem, pp. XIII-XV.
[11] Ibídem, XIV-XV.
[12] Ibídem, pp. XX-XXIV.
[13] Ibídem, pp. XXXIII-XXXIV y 195-196.
[14] Ibídem, p. XIX. Saúl Taborda, La psicología y la pedagogía, Córdoba, Facultad de Filosofía y Humanidades-Universidad Nacional de Córdoba, 1959, pp. 7 y 144. Saúl Taborda, Investigaciones pedagógicas (Selección). Prólogo de Gustavo Cirigliano, Buenos Aires, Secretaría de Cultura de la Nación-Editorial Marymar, 1993, p. 57.
[15] Saúl Taborda, “Meditación de Barranca Yaco”, en Facundo. Crítica y polémica N° 1, Córdoba, 1935. Mina Alejandra Navarro, “El nacionalismo cultural de Saúl Taborda”, en  Nostromo. Revista Crítica Latinoamericana N° 3, Primavera-Otoño 2010, p. 259. www.nostromoediciones.net  [citado 8-VII-2011]. 
[16] Fermín Chávez, Civilización y barbarie en la historia de la cultura argentina, Buenos Aires, Ediciones Los Colihues, 1988, p. 99.
[17] Fermín Chávez, Historicismo e iluminismo en la cultura argentina: Juan Cuello-Rosas-Vico-Herder-Alberdi-Castañeda-Castellani-Nimio de Anquín, Buenos Aires, Editora del País, 1977, pp. 20, 23, 30, 32 y 124.
[18] Chávez, Civilización y barbarie…, pp. 40 y 100.
[19] Luis Farré-Celina A. Lértora Mendoza, La filosofía en la Argentina, Buenos Aires, Editorial Docencia-Proyecto Cinar, 1981, p. 95.
[20] Liborio Justo, Nuestra patria vasalla. Historia del coloniaje argentino, Buenos Aires, Editorial Grito Sagrado, 1989, t. IV, pp. 173-182.

[21] Taborda, Investigaciones pedagógicas…, pp. 8 y 11-12.