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domingo, 28 de octubre de 2012

LA REVOLUCIÓN DE MAYO Y SU FILIACIÓN

Cabildo Abierto del 22 de Mayo de 1810 (por Pedro Subercaseaux).


                      Por Raúl J. Lima

       

         Antes de preguntarnos de quién es hija Mayo, debemos preguntarnos si realmente existió, es decir si realmente hubo una Revolución de Mayo. La respuesta es sí. Es más, ésa ha sido nuestra única revolución, si con esa palabra entendemos sólo aquello que signifique un cambio súbito (no necesariamente violento) en las instituciones políticas de un país. Después sólo hemos tenido golpes de estado o cuartelazos  (“chirinadas”, las llamaba Perón).


¿Y cuándo se produjo esa revolución, en el sentido estricto de la palabra? En el Cabildo Abierto del 22 de Mayo. Ésa es la fecha de nacimiento de nuestra patria, si bien las contracciones comenzaron el 21, las complicaciones del parto subsistieron hasta el 25, y la salud de la criatura estuvo en peligro hasta los catorce años (batalla de Ayacucho).

Ahora sí podemos preguntarnos cuál fue la madre que la parió.

¿Madre francesa?

Veinte años tenía esta pretendida a madre cuando nació la patria, y ya gozaba merecida fama de prostituta. Antes de que se inventara el examen de ADN, los jueces, en los juicios de filiación, teníamos que recurrir al menos seguro examen antropométrico a efectuar por un médico, que establecía, con escaso grado de certeza, la pretendida filiación, o bien aportaba los argumentos para denegarla.
Pues bien ¿Se parecen la revolución francesa y la argentina? En nada, no se parecen en nada.
La nuestra fue una revolución incruenta, en la que no se derramó una sola gota de sangre (Después llegaría Cabeza de Tigre). En cambio la francesa constituyó -como dijo Barbey d’Aurevilly- “una ancha zanja de sangre que cortó en dos la historia de Francia” (hasta tuvieron que adaptar, para uso humano, una máquina que se usaba para decapitar ovejas, ya que los pobres verdugos no daban abasto).
La nuestra nació monárquica, la francesa republicana (y, en consonancia con la época, monárquicos fueron Belgrano y San Martín, nuestros dos máximos próceres).
La nuestra fue católica (pese a algún desacierto cometido por un prócer en el Alto Perú, lo que malquistó a la revolución con un pueblo profundamente católico y llevó a la derrota de Huaqui). La francesa pretendió reemplazar a Dios por la diosa razón.
Por otra parte, dos años antes invadió Napoleón a la madre patria (hecho que influyó enormemente en el proceso revolucionario) ¿Puede suponerse una identificación del pueblo con el invasor de la patria que los había parido, y si no a ellos, a sus padres o a sus abuelos? Recordemos la digna respuesta de Manuel Belgrano al general inglés que pretendía tentarlo con la independencia bajo la protección de Inglaterra: “O el amo viejo, o ninguno”.
Recuerda Gustavo Martínez Zuviría (“Año X”): “En ningún documento de la época, en ningún manifiesto de las autoridades, en ningún periódico de antes o de los días de la Revolución argentina hay el más leve recuerdo de la Revolución francesa, como inspiradora de la nuestra”. Y, el mismo autor, refutando la pretendida influencia del “Contrato social” de Rousseau: “Mal podía influir en el espíritu de los patriotas una obra que casi nadie conocía, cuya traducción se imprimió después de la Revolución de Mayo y no llegó a difundirse”.
En todo caso, si queremos encontrar algún parecido, si bien algo forzado, podemos hallarlo con la revolución que condujera a la independencia de Estados Unidos, en 1776, y que, a su vez, influyó en la francesa de 1789.


La madre legítima

En el Cabildo Abierto del 22 de Mayo fue decisivo el voto de la gran figura de Mayo, Cornelio Saavedra, quien lo finalizó así: “...y que no quede duda de que el Pueblo es el que confiere la autoridad o mando”.
Por su parte, Juan José Castelli, en su célebre discurso de ese histórico día, plantea abiertamente “la reversión de los derechos de la Soberanía al pueblo de Buenos Aires y su libre ejercicio en la instalación de un nuevo Gobierno, principalmente, no existiendo ya, como se suponía no existir, la España en la dominación del señor Dn. Fernando Séptimo”.
He aquí señalada, con claridad meridiana, la madre de la criatura: la escuela teológica española del siglo XVI.
Dice Juan Beneyto Pérez en su “Historia de las doctrinas políticas”: “La otra gran personalidad, término de la evolución iniciada por Vitoria, es el jesuita granadino Francisco Suárez, nacido en 1548; alumno en Salamanca y profesor en Alcalá y Coimbra...” “La base del orden (para Suárez) consiste en que el Estado suponga un acuerdo de voluntades, la subordinación de todos a una autoridad suprema...” La Iglesia, sociedad perfecta, no puede predicar la anarquía ni la caducidad de las autoridades seculares; mas éstas no son sino partes de la comunidad...El poder, aunque tome expresión por la boca del príncipe, y esté en sus manos, emana del pueblo y no puede ser de otro modo para que sea justo”. Por su parte, Raymond Gettell, en su “Historia de las ideas políticas”, nos recuerda que Suárez sostiene que los hombres son libres e iguales por naturaleza y que el poder político reside en la comunidad; y que el pueblo ha transferido su poder al monarca mediante un contrato, y que desde este momento está obligado a la obediencia, excepto en el caso de que se produzca una injusticia...” Por fin, el R.P. Guillermo Furlong, en su “Nacimiento y Desarrollo de la Filosofía en el Río de la Plata”, sostiene que “Francisco Suárez fue el filósofo máximo de la Semana de Mayo, el pensador sutil que ofreció a los próceres argentinos la fórmula mágica y el solidísimo substratum sobre qué fundamentar  jurídicamente y construir con toda legitimidad, la obra magna de la nacionalidad argentina”. Y finaliza: “Creemos que, a priori, se puede dar por hecho histórico indubitable que fue el filósofo español, y con él la mayoría de los filósofos hispanos de idéntico sentir...quienes dieron a los hombres de 1810, la llave de oro que había de abrirles las puertas de la libertad...”

A Suárez se lo estudiaba en las aulas del Virreinato, a Rousseau no...






    

lunes, 10 de octubre de 2011

UN PERDÓN PARA BORGES (1816)


Juan Francisco Borges.


Por Raúl Jorge Lima*


(Trad. de Voyage en diligence de Buenos-Ayres a Córdoba et le Tucumán, par Antoine Jacque de Moussy.  Imprimerie de Jules Morlent, Place de la Comédie. Le Havre. 1835).
“…Y llegamos a un lugar donde abundaban los vinales, que son árboles con grandes espinas. El mayoral, antes de cruzar el río que en quechua llaman Misquimayú, decidió que pernoctáramos en una posta o posada rústica. Sería la medianoche cuando algo como el aleteo de un pájaro me despertó. Junto a mi catre (cama rudimentaria de tiento) un gaúcho o gauderio (jinete trashumante de esos países) me extendía un papel con manchas color carmín. La visión se desvaneció y la atribuí a mi sueño pesado, fruto del cansancio y del charque (tasajo) comido durante el viaje. A la mañana siguiente y de nuevo en camino, nos impresionó vivamente saber que esa noche los cuatro pasajeros habíamos  percibido la misma presencia…”


Muere el año dieciséis y en el campamento del Ejército del Norte el sol bruto de la siesta tucumana se cuela en la carpa de su jefe.
Manuel José Joaquín del Corazón de Jesús Belgrano no imagina entonces su sino, rebajado a estatua, a medalla, a láminas escolares.
Entonces es sólo un  general por necesidad, un general cansado, que se acuesta vestido en su catre de campaña,  y se saca las botas que torturan sus tobillos hinchados por la hidropesía. Sus soldados lo respetan; inflexible con la disciplina, al que más exige es a su pobre cuerpo  enfermo.

Acaba de firmar la orden de fusilar al teniente coronel Juan Francisco Borges, y ya partió el chasqui  que la lleva de Tucumán a Santiago del Estero.
-¡Ah, desgraciado Juan Francisco! Tan soberbio y tan díscolo, mi pariente Juan Francisco…

Cuatro leguas al sudeste de Santiago, en la chacra de Santo Domingo, el prisionero aguarda su destino. Consciente de la gravedad de su situación, demanda la presencia de su confesor, el Padre Ibarsábal.  Y sólo eso pide, que él, caballero cruzado de la Orden de Santiago, no implora clemencia.

El General duda.
El Congreso de las Provincias Unidas de Sud América, que meses antes declaró la independencia y continúa reunido en San Miguel de Tucumán, ordenó sofocar la insurgencia de Borges, quien depuso al teniente de gobernador Gabino Ibáñez, dependiente del gobierno de Tucumán.
Lo sorprendieron en Pitambalá, húsares de Bustos y Lamadrid contra gauchos armados con chuzas ¡vaya hazaña!.
Y él dispuso el fusilamiento del cabecilla. Pero él estudió leyes en Salamanca, no el arte de la guerra; jamás quiso ser  señor de la vida y de la muerte.   

Mientras el chasqui cabalga con la muerte bajo su rastra, duda el General.  Borges es su pariente, por el lado de los Bravo de Zamora. Sabe que siempre ha sido víctima de su carácter impulsivo; debió haber escarmentado con el fracaso de la insurrección anterior. No; él, General en Jefe, no puede actuar de otra manera, el mal ejemplo podría cundir.   Sin embargo…

La lucha interior en aún más penosa que la del campo de batalla. Por fin, vence la misericordia y el General envía un segundo chasqui a Santiago llevando el perdón para el prisionero.

Pero luego piensa que no debió perdonar, que su afecto por el pariente prevaleció sobre los deseos del Congreso. Su  sentido del deber le reprocha su flaqueza.
            -¡Cómo quisiera no ser señor de la vida y de la muerte!…
Envuelto en transpiración, vencido por el cansancio de la ronda nocturna y las maniobras de la mañana, el General se queda dormido.

Los dos chasquis se encuentran en la posta de Vinará,  sobre el Camino Real,  ya en tierra santiagueña. Uno, repuesto por un par de horas de sueño y unos amargos, se dispone a partir. El otro, recién llegado, ata el cansado reyuno al palenque y pide una sangría, y un catre para tirarse un rato, sólo un rato. Pero el maestro de postas los invita con un costillar  asado, que ya está listo.
Junto al fogón, se reconocen. Los dos son del lado de Las Trancas, en el norte tucumano. Altos y adustos,  ahijados de un hacendado,  el “Payo” Iramain,  nadie duda de que también son sus hijos: los mismos ojos verdosos, felinos, sorprenden en sus rostros morenos, sobre los pómulos aindiados. Alguna vez estuvieron prendados de la misma china, pero ésta prefirió a un pueblero  de Salta, y ellos se sintieron compañeros de desgracia.  Buenos jinetes, son chasquis al servicio del general Belgrano. Parcos como todo gaucho, en el campamento se saludan con algún afecto.   Sin embargo, hoy se torean con un rencor nuevo:

-“Mozo hambreao, había resultao perro cimarrón pa el asao”.
-“¿Y diáhi? Nomás faltaba que le pida permiso pa comer…”
-“Y yo que creíba que sólo le gustaba  la carne e yegua”.
-“Yegua… tu mama”.  

El General sueña, y en su sueño prosigue la lucha interior: fusilamiento o perdón, deber o misericordia, perdón o fusilamiento.

Los dos gauchos danzan ya su extraña coreografía, el brazo izquierdo protegido por el poncho, el derecho empuñando uno el perdón y otro el deber, ante el viejo maestro de postas de Vinará, impotente para separarlos.
El recién llegado se muestra diestro, y además, lo favorece su largo caronero. El otro, en desventaja con su facón corto, empareja la pelea con habilidad increíble. Por fin, éste se estira a fondo y ensarta a su rival en el pecho, hundiendo la hoja entera, hasta el ondulado gavilán de bronce.

El chasqui sigue viaje con la orden de fusilamiento, ante el griterío inútil de la mujer del maestro de postas y la paciencia resignada del viejo.
El otro gaucho queda tendido, la esquela con el perdón atravesada por el cuchillo,  bajo las ropas con las que allí mismo será enterrado,  a pocos metros de las casas.

Allá, en el campamento de Tucumán, el General despierta de su corta siesta y de su sueño confuso, un duelo a cuchillo entre gauchos cuyas imágenes no puede retener, porque se esfuman en seguida.

Al llegar la orden, en el otro campamento, el de Santo Domingo, disponen la silla para el reo, al pie del  algarrobo. Alguien menciona la posibilidad de un indulto, o la conveniencia de aguardar una confirmación. El reo exige que no se haga esperar a un caballero cruzado. Suenan los cuatro tiros; por ahora no habrá autonomía para Santiago del Estero.  

La sombra de Borges perseguirá al General los pocos años de vida que le aguardan ¿Qué habrá pasado con ese perdón, de cuyo emisario nunca más supo? Pobre General, tampoco sabrá que los chasquis fueron  marionetas que danzaban  sujetas al hilo de su sueño.
Y  también hoy lo asalta el recuerdo de Borges, también hoy, 20 de junio de 1820, que agoniza en su cama de la casa paterna, en esa Buenos Aires en la que ya no existe el gobierno central,  la provincia tiene tres gobernadores y reina la anarquía.
-Para qué todo el sacrificio. ¡Pobre patria mía...!

Cuentan los paisanos de Río Hondo que, aún después de muchos años, a los viajeros que hacían noche en la posta de Vinará, un roce muy leve o un sonido muy quedo los despertaba, y junto a su cabecera un gaucho pálido suplicaba que leyeran un papel ensangrentado; un gaucho al que creían haber soñado porque en seguida se esfumaba, como aquella siesta en que el General soñó que la hoja del facón entraba entera, hasta el ondulado gavilán de bronce, y no llegó el perdón para Borges.

  * Primer Premio Concurso  Diario “El Liberal” 2010.
                                               

martes, 24 de mayo de 2011

EL VIEJO VÉLEZ






A mi hijo Raúl “Coco” Lima, estudiante de Abogacía.*

Por Raúl  J. Lima




El 29 de septiembre de 1869 -hace hoy 135 años-, el Congreso sancionó la ley nacional nº 340, que aprobó el Código Civil argentino, para que entrara a regir el primero de enero de 1871. Lo aprobó “a libro cerrado”, tal era la confianza que le merecía su redactor, Dalmacio Vélez Sársfield.
El Paraguay lo aprobó para sí, en el año 1889.
Alberdi fue el “alma máter” de nuestra organización constitucional. Vélez Sársfield lo fue de nuestra organización legislativa.
Cuando, en 1864, el presidente Mitre le encargó la ciclópea tarea de redactar el anteproyecto de Código Civil (que le llevaría cuatro años), Vélez -nacido en 1801-, ya era “el viejo Vélez”, trozo de historia viviente, respetado como el más grande jurista del país. Su voz cavernosa había adquirido los ecos del bronce a que lo hizo acreedor su obra.
De grave estampa, alto, tosco, narigón, de frente amplia y cejas tupidas, melena rizada y boca burlona, dice Amadeo  que “su fealdad era consular como la de Sarmiento; fealdad olímpica que impone a los hombres y a veces seduce a las mujeres”.
Gran orador y hábil polemista, gustaba de la frase mordaz. Cuando se mostraba socarrón e irónico, exageraba su tonada cordobesa, que jamás perdió durante el más de medio siglo que vivió en Buenos Aires.
Gran conocedor del latín, en su estancia de Arrecifes (que heredó de su primera mujer) leía a Virgilio; llegó a traducir y comentar “La Eneida”. Siendo Sarmiento Presidente, en una de sus casi diarias visitas (destinadas más a su hija Aurelia que al gran jurista), le ofrece el Ministerio del Interior, Vélez, de 68 años, acepta, no sin antes hacerlo víctima de una de sus ironías: “¿Viene en busca del latín?”.
Una de estas visitas casi le cuesta la vida a Sarmiento, ya que sufrió un atentado (disparo con proyectiles envenenados con bicloruro de mercurio). Los proyectiles se incrustaron en una pared de la calle Maipú; el trabuco, sobrecargado de pólvora, explotó en la mano del frustrado magnicida y éste perdió el dedo pulgar. Sarmiento, sordo, se enteró del atentado recién al llegar a la casa de Vélez.
En esa gestión ministerial, Vélez decide dar impulso al Telégrafo. Para ello utiliza dinero de la partida presupuestaria destinada a Caminos. La oposición reclama por la malversación y Vélez, leguleyo al fin,  responde: “Los telégrafos también son caminos; son los caminos de la palabra”.
Para redactar el anteproyecto del Código Civil, Vélez renunció a su banca de Senador y se recluyó en su quinta de la calle Rivadavia. Su amanuense fue Victorino de la Plaza, futuro presidente. También colaboró su hija Aurelia, el último y gran amor de Sarmiento, a quien acompañó en el momento de su muerte, en Paraguay.  Y esa fue toda la ayuda con la que contó.
Tenía experiencia en la materia, ya que había sido coautor -con un emigrado uruguayo, Eduardo Acevedo-, del Código de Comercio, que rigió primero para la entonces segregada provincia de Buenos Aires, y en 1862 fue adoptado para todo el país.
Al pie de muchos artículos del Código Civil, Vélez agrega sus célebres “notas”, en las que hace referencia al contenido o comenta su sentido. En ellas cita autores célebres, de preferencia franceses. Y lo mismo hacía en sus discursos, sin demasiados escrúpulos en la veracidad de la fuente en que se apoyaba. Cuenta Avellaneda (otro Presidente que también se formó en el Estudio Jurídico de Vélez), que una vez un contradictor lo puso a prueba. En un discurso parlamentario, Vélez cita al jurisconsulto Toullier, y se oye una voz áspera que exclama: “Es inexacto, no lo dice Toullier”. Vélez contesta: “Pues si éste no lo dice, lo dice su continuador, Troplong”. La áspera voz vuelve a oírse: “Es inexacto”. Impertérrito, exagerando su tonada cordobesa, Vélez contesta: “Pues si no lo dice Troplong, lo digo yo…”.
Alberdi critica varias disposiciones del Código, sobre todo la exigencia de la tradición para la transmisión del dominio, en lo que Vélez se aparta del derecho francés. Quizá se vengaba de la burla de que lo había hecho objeto Vélez, ya reputado jurista, cuando aquél, diez años menor, publicó en 1837 -siendo aún estudiante-, su “Fragmento Preliminar al Estudio del Derecho”, mamotreto en el que citaba, sin demasiado conocimiento, a Cujaccio. Le envió a Vélez un ejemplar. Como pasaban los días sin acuse de recibo, resolvió visitarlo en su Estudio Jurídico. Vélez no decía nada y el novel autor no se animaba a preguntar. Concluida la visita sin tocarse el tema, Vélez lo acompaña hasta la puerta. Antes de despedirse, toma Vélez un enorme infolio encuadernado en pergamino y le dice: “Alberdi, éste es el Cujaccio, y se lo muestro para que no se sepa que usted lo cita sin conocerlo siquiera por su tamaño…”. (Y pronunciaba “Cuyacio”, alargando mucho la “u”, por su tonada cordobesa). Se ve que la anécdota quedó en el subconsciente de Alberdi, ya que cuando visitó en 1843 la Corte de Casación en París, al observar los retratos de los más grandes jurisconsultos franceses, anota: “El más bello de todos es el Cujaccio, cuyos grandes ojos, nariz pronunciada, color oscuro, expresión de toda la fisonomía, tiene no sé qué cosa que recuerda a nuestro Dr. Vélez Sársfield”.
A Mitre, de quien fue Ministro de Hacienda, lo tenía en menos. Decía que era “el mejor poeta entre los militares y el mejor militar entre los poetas”. Se quejaba de la “absoluta nulidad de don Bartolo” y cuando Pavón dijo: “Batalla ganada, General perdido”.
Habiendo defendido muchos años antes la enfiteusis rivadaviana, aboga por su abolición. Cuando se le echa en cara la contradicción, contesta: “Dichosos los hombres como el señor Senador, que opinan hoy como cuando tenía 15 años. Yo tengo 70 y todavía estoy aprendiendo”.
Quiso entrañablemente a su antigua Universidad de Córdoba. A ella le obsequió el tintero de plata con el que redactó el Código Civil. Sabedora de ese enorme cariño, a esa Universidad donó su hija Aurelia los manuscritos del Código, pese a que su autor había dispuesto que los quemaran, para evitar discusiones por alguna diferencia con la edición oficial.
Su Código Civil es de filiación liberal, con un irrestricto respeto por la autonomía de la voluntad. Las reformas introducidas por la ley 17.711 han cambiado algo esa filosofía, propia de la época en que fue redactado.
 Sus principales fuentes fueron el derecho romano-germánico, el castellano modificado por el indiano, el patrio, el “Código Napoleón” de 1804, el “Esboço” de Freitas (en unos mil artículos), el Código chileno redactado por Andrés Bello y el Proyecto de García Goyena para España.
 Murió el 30 de marzo de 1875; el presidente Avellaneda despidió sus restos.
¡Viejo Vélez, cordobés ilustre! En tu larga  vida, en la que hiciste fructificar tus talentos, sumaste, a la sapiencia de un jurisconsulto romano, la picardía del “Viejo Vizcacha”…   



 * Publicado el 26 de septiembre de 2004 en el Diario El Liberal, Santiago del Estero.



miércoles, 19 de enero de 2011

JOSÉ BENJAMÍN GOROSTIAGA, HACEDOR E INTÉRPRETE DE LA CONSTITUCIÓN

Constituyentes de Santa Fe, 1953 (por Antonio Alice).


José B. Gorostiaga, Juan M. Gutiérrez y Delfín B. Huergo (fotografía).
                                          


       Por Raúl J. Lima


Justo J. de Urquiza.


Curioso destino el suyo. Se ha dicho que la Corte Suprema de Justicia de la Nación, desde el momento en que su misión es interpretar la letra de la Constitución, funciona como una especie de Convención constituyente en sesión continua. A Gorostiaga, integrante de la primera Corte -en la que estuvo veinte años- le tocó interpretar la Constitución de la que fue su principal redactor. Es decir, le tocó interpretarse a sí mismo ¿puede pretenderse intérprete más autorizado? Además, fue diputado nacional por su provincia (1862/1863) en el primer Congreso de la Argentina unificada, por lo que intervino en la redacción de leyes nacionales acordes con la Constitución, tal como dispone el artículo 31 de la Carta Magna.
Nació en la ciudad de Santiago del Estero el 26 de marzo de 1823. Fueron sus padres don Pedro Pablo  Gorostiaga Urrejola y doña Bernarda Frías y Araujo, quienes tuvieron nueve hijos. Era nieto del Capitán don Josef Antonio Gorostiaga (vasco, de San Sebastián), que murió en Jujuy luchando contra los indios Tobas, por lo que a su abuela Bernardina Luisa de Urrejola le acordó Carlos III una pensión vitalicia.
A los diez años José Benjamín va a Buenos Aires con su familia, para radicarse allí: nunca volverá a Santiago del Estero. Pero representará a su suelo natal como diputado nacional y como convencional constituyente.
Su familia tuvo que radicarse en Buenos Aires porque su padre fue Tesorero de la Provincia durante los gobiernos de Alcorta y Deheza, y, tras el retorno de Ibarra al poder, en 1832, su situación fue incómoda, a lo que se agregaba su parentesco con los Frías, enemigos de Ibarra. El patricio decide dedicarse a la atención de su estancia en Silípica, pero a pesar del alejamiento de los negocios públicos, se imaginó a Don Pedro Pablo confabulado en una conspiración contra el gobierno y se lo mandó prender, sentenciado a destierro perpetuo y multa. Pagó ésta y cuando se dirigían a Buenos Aires murió el jefe de familia habiendo recorrido tan sólo nueve leguas. (Su bisnieto, Marcelo Lynch Gorostiaga, afirma que no murió en dicho viaje, sino en esta ciudad y en prisión por orden de Ibarra). Su desconsolada familia, luego de unos meses, volvió a dirigirse a Buenos Aires.
Durante los primeros años, madre e hijos vivieron en el pueblo de Ayacucho (ubicado al oeste de la provincia y al que los vinculaban lazos familiares con su fundador). Luego se radicaron en la ciudad de Buenos Aires, para que los hijos iniciaran o prosiguieran sus estudios escolares. Blanca Lorenzo de Noriega -la principal biógrafa de Gorostiaga en nuestro medio-,  nos informa en una de sus documentadas publicaciones, que cuando José Benjamín tenía 14 años, el núcleo familiar fue a vivir en una pensión de la calle San Martín, quedando en la estancia de Ayacucho los dos hijos mayores, Domingo Ignacio y Justo Pastor, dedicados a la actividad ganadera.
A los 15 años José Benjamín fue inscripto en el colegio regenteado por la Compañía de Jesús, a cargo de los padres jesuitas Parés y Magendie. Fue allí un estudiante muy destacado. En ese mismo colegio estudiaron: Sáenz Peña, Costa, Escalada, Irigoyen, los Anchorena… En 1841, al expulsar Rosas a los jesuitas, el colegio pasó a llamarse “Colegio Republicano Federal” y en el mismo enseñó Filosofía su  destacado ex alumno.
En 1840 terminó Gorostiaga sus estudios preparatorios, e inició su carrera de Leyes en la Universidad de Buenos Aires. También allí fue un estudiante destacado. Se doctoró en Derecho el 10 de abril de 1844. Su tesis versó sobre “Derechos hereditarios de los ascendientes legítimos”. Su padrino de tesis fue don Manuel de Irigoyen.
Ingresó como practicante en la Academia Teórico-Práctica de Jurisprudencia, desempeñándose luego en el Estudio del Dr. Baldomero García. En 1846 el Tribunal de Justicia le expidió su título de abogado.
Entre sus papeles, se encuentra esta anotación: “1846. Me recibí de Abogado y empecé a trabajar con éxito”. Tenía 23 años y era uno de los jóvenes más prometedores de su generación.
Su vida pública comenzó al día siguiente de la batalla de Caseros. Hasta entonces se había limitado a ejercer su profesión de abogado y colaborar en la “Gaceta Mercantil”.
Urquiza -buen catador de talentos- lo designó asesor de gobierno y auditor de guerra y marina.
Víctor Gálvez (seudónimo del  historiador Vicente Quesada), en su libro “Memorias de un viejo”, nos recuerda su aspecto físico: “Tenía la barba negra, el cabello ensortijado y compacto, el ojo de mirada ardiente y expresiva, rasgos muy acentuados en su fisonomía que le daba el aspecto de un hombre resuelto; su voz clara y sonora era notable, y como orador gozó de fama. Era afable, pero algo grave; su carácter natural es áspero y tal vez altivo. Es hijo de sus obras; su fortuna y su fama se la debe a sí mismo. Ha tenido reputación de abogado capaz y fue un estudiante famoso desde el colegio de los jesuitas. El Gral. Urquiza le dispensaba gran consideración...gustábale el ambiente apacible del hogar”.
La deferencia del Gral. Urquiza hacia su persona  se evidencia no sólo en las designaciones con que lo distinguiera, sino también en su famoso brindis: “Por los ilustres compatriotas cuyos consejos no me abandonaron en difíciles momentos y a los cuales es debido, tal vez, el triunfo de nuestras instituciones: por los Dres. del Carril y Gorostiaga”.


En  el Soberano Congreso General Constituyente

Caído Rosas en la batalla de Caseros, el 3 de febrero de 1852, Urquiza -el general vencedor- tenía una verdadera obsesión por que se dictara cuanto antes una constitución nacional, con lo que estas provincias dejarían de constituir una Confederación (con el consiguiente derecho a secesión), para pasar a ser un Estado federal (esto es, una unión indestructible de estados indestructibles).
En 1852 gobernaba la provincia de Santiago del Estero don Manuel Taboada, quien concurrió a la reunión de gobernadores en San Nicolás de los Arroyos.
En dicho Acuerdo se decidió que al Soberano Congreso Gral. Constituyente, que se reuniría en la ciudad de Santa Fe, acudirían dos diputados por cada una de las catorce provincias entonces existentes, autorizados para decidir por sí mismos sobre los temas que se plantearan en la redacción de nuestra ley suprema.
Tan alta responsabilidad recayó sobre el joven abogado, a la temprana edad de 29 años, cuando era ministro de Hacienda de la provincia de Buenos Aires, nombrado por Vicente López,  gobernador interino de esa provincia.
El otro diputado por Santiago del Estero fue el presbítero Benjamín Lavaysse, también santiagueño de nacimiento, quien a la sazón estaba a cargo del curato de Tulumba (Córdoba). El Padre Lavaysse se había graduado de doctor en la Universidad Mayor de San Carlos, actual Universidad de Córdoba, y en esa Universidad enseñó Filosofía y Derecho. Siendo sacerdote católico, sostuvo el derecho a la libertad de cultos. Murió de una apoplejía, el 7 de de enero de 1854,  en el trayecto de Salta a Jujuy, a los 31 años. Cabe acotar aquí que los progenitores de ambos constituyentes -don Pedro Pablo Gorostiaga y el general José D´Auxion Lavaysse- fueron firmantes del Acta de la Autonomía de Santiago del Estero, en 1820.
Como nota curiosa,  puede apuntarse aquí que en ese año de 1852, no existía en la provincia de Santiago del Estero ningún abogado.
 En la redacción de nuestra Constitución Nacional en 1853, en Sante Fe (la misma que, con reformas, aún nos rige), fue Gorostiaga el principal redactor y el miembro informante de la Comisión de Negocios Constitucionales.
Su papel en el Congreso fue descollante, interviniendo en los debates en más de cuarenta oportunidades.
De su papel como convencional constituyente  dijo Paul Groussac: “...desde el principio al fin domina Gorostiaga la situación parlamentaria. Si fuera lícito admitir que tenga un autor la constitución federal que rige la república, deberá aparecer como tal Gorostiaga y no Alberdi”. Nada más lejos de la modestia que caracterizaba a Gorostiaga, estas rivalidades creadas por los historiadores y que no existieron durante la vida de los protagonistas (por el contrario, fueron amigos y se admiraron mutuamente). Al respecto, Gorostiaga se limitaba a decir: “Nuestra Constitución ha sido vaciada en el molde de la de Estados Unidos”.
Desde la Navidad de 1852 hasta fin de enero de 1853, el joven Gorostiaga no participó de los agasajos con los que eran obsequiados los constituyentes y, encerrado en su habitación en los altos de la alfajorería de Merengo, de Hermenegildo Zuviría, en completa soledad, realiza la ímproba tarea de dar forma al contenido de los debates y redactar el texto constitucional. Ese mes del estío santafecino, pese a las temperaturas superiores a los 40° y el clima húmedo, fue de un rendimiento extraordinario para nuestro jurista, y para la labor constituyente.
Dice el destacado constitucionalista Jorge Reynaldo Vanossi: ¿Dónde consta la obra constitucional de Gorostiaga? Surge del “Anteproyecto”, que es un testimonio irrefutable de su autoría. Son los borradores del esbozo de Gorostiaga, redactado de su puño y letra, que abarcan prácticamente la totalidad de la “parte orgánica” de la Constitución y el “Preámbulo” de la misma. Allí están casi intactos los artículos correspondientes al texto actual en los capítulos referentes a: facultades del Congreso, formación y sanción de las leyes, Poder Ejecutivo, Poder Judicial, y gobiernos de provincia. También son incuestionables las fuentes de su redacción en esas partes: el Proyecto de Alberdi, la Constitución argentina de 1826, la Constitución norteamericana de Filadelfia (1787), y los comentarios de “El Federalista” de Hamilton, Madison y Jay. Tanto Gutiérrez como Gorostiaga conocían el idioma inglés, que el último de ellos utilizaría después para la correlación de las Sentencias de la Suprema Corte norteamericana con la jurisprudencia constitucional argentina de nuestro máximo tribunal”.
El Congreso no  llevó un diario de sesiones, sino sólo extractos de las mismas, volcados en el libro de actas. No obstante ello, ninguna duda cabe de que fue Gorostiaga quien tuvo en él el papel más importante, sumado a ello esa tan valiosa redacción final a que hemos hecho referencia. Cabe acotar que, además, era un buen orador.
Y el segundo convencional en importancia fue su amigo Juan María Gutiérrez, quien trabajó sobre todo en la parte dogmática de la Constitución (en la que están Declaraciones, Derechos y Garantías). Gutiérrez llevó al seno del Congreso el ideario de Alberdi sobre tan importantes temas, con quien se carteaba con frecuencia.
Terminada la tarea del Congreso constituyente, Urquiza lo designó ministro de Hacienda, en su gobierno provisorio.
Instaladas ya las autoridades nacionales -Urquiza presidente y Del Carril vicepresidente-Gorostiaga resultó electo diputado nacional al Congreso Federal por su provincia natal, pero en 1854 fue comisionado para la unificación de las monedas con las provincias. También fue ministro plenipotenciario en la celebración de los tratados sobre la libre navegación de los ríos Paraná y Uruguay. Urquiza lo designó ministro del Interior de la Confederación.
Pero Gorostiaga, en octubre de 1854, abandona el gobierno de la Confederación y vuelve a radicarse en Buenos Aires, donde retomará con éxito el ejercicio de su profesión de abogado.
Las causas de su alejamiento del gobierno de la Confederación, nunca fueron aclaradas. Víctor Gálvez lo supone atraído por la fascinación de la gran ciudad. También se especuló con desinteligencias con el ministro de Justicia, Santiago Derqui, quien sucedería a Urquiza en la presidencia de la Confederación. Algún biógrafo atribuyó su renuncia a no haber querido convalidar, al frente del ministerio del Interior, la invasión del General Gerónimo Costa a Buenos Aires (esta última hipótesis es errónea, ya que este hecho ocurrió dos años después, en 1856).
En Buenos Aires, lo tomarán los acontecimientos de 1859: el triunfo de Urquiza en la batalla de Cepeda y su consecuencia, el Pacto de San José de Flores, que darán origen a la primera reforma de nuestra carta magna, en 1860, lográndose así la reincorporación de la provincia de Buenos Aires al seno de la Confederación.
Y Gorostiaga fue constituyente en esa primera reforma de nuestra Constitución. Lo hizo también por Santiago del Estero, en compañía de Antonino Taboada, Modestino Pizarro y Luciano Gorostiaga.
 En la siguiente reforma, 1866, otra vez fue convencional, pero no pudo asistir debido a una enfermedad.
Y, experto constitucionalista, en 1870 fue convencional constituyente en la reforma de la Constitución de la provincia de Buenos Aires.
En 1872 ocupó fugazmente la cátedra universitaria en la misma Facultad en la que se había graduado. También fue designado “Académico Honorario” de esa Facultad de Derecho, máximo honor que dispensa dicha Facultad, compartido con Estrada, Tejedor, Mitre, Rawson y Vicente F. López, distinción que recién acepta en 1885, para que no interfiriera con su labor en la Corte Suprema (En 1877 había rechazado la designación de académico, basado en ese escrúpulo).
En 1883 es elegido senador nacional por la Legislatura de su provincia natal, pero esta vez decide continuar en la Corte, por lo que no aceptó la designación.


En la Corte Suprema de Justicia de la Nación

En 1865, cuando tenía 42 años, Mitre lo designó juez de la Corte Suprema de Justicia de la Nación, el más alto cargo al que puede aspirar un jurista. Reemplazó a Valentín Alsina, que nunca se incorporó, por lo que la Corte de 1862 a 1865 funcionó con cuatro miembros, Salvador Del Carril, Francisco de las Carreras, José Barros Pazos y Francisco Delgado.
 En 1868, contrariando su gusto, dejó su sitial para ser ministro de Hacienda de Sarmiento. Renunció en octubre de 1871, y fue designado miembro de la comisión encargada de reformar el Banco de la provincia de Buenos Aires, durante el gobierno de Carlos Casares.
En ese mismo año retornó a la Corte Suprema nacional, designado también por Sarmiento. Permaneció en nuestro más alto Tribunal hasta su jubilación en 1887, y fue, sin discusión, el miembro más esclarecido de la Corte que le tocó integrar, y de la que fue presidente durante diez años (de 1877 a 1887).
También en la cabeza del Poder Judicial de la Nación, su papel fue descollante. Julio Oyhanarte (dos veces ministro de la Corte), en un interesante artículo periodístico, ha dicho que  la primera etapa de la Corte, a la que llama de “afianzamiento constitucional”, tiene el liderazgo indiscutido de Gorostiaga.
Se trataba de una Corte que aún no tenía precedentes propios, por lo que con frecuencia debía acudir a los de la Corte Suprema de Estados Unidos, atento a la semejanza de los textos constitucionales. Con la labor de Gorostiaga como ministro de la Corte nacional, sucede como con su labor como convencional constituyente: es necesario inferir su participación. En efecto, los votos emitidos en forma impersonal -salvo caso de disidencias o del agregado de otros fundamentos- no permite individualizarlos, ya que una vez llegado el acuerdo, eran firmados por orden de antigüedad de los ministros.
Empero, Vanossi hace un pormenorizado estudio de los votos, identificando la autoría de Gorostiaga en muchos de ellos, sobre todo a partir de las ideas que defendiera en el seno de la convención constituyente de Santa Fe, Constitución de la que la Corte es, no sólo su intérprete, sino su último intérprete (recordemos que nuestro control de constitucionalidad, semejante al de Estados Unidos, es “judicial” y “difuso” (está a cargo de todos los jueces), pero la Corte tiene la augusta atribución de ser su intérprete definitivo.
Así, en materia de temas de tanta trascendencia como: Derecho de la revolución, privilegios parlamentarios, valor de los actos públicos provinciales, expropiaciones, Poder de policía, principio de legalidad, supremacía del derecho federal, independencia de la justicia provincial y de la justicia nacional, competencia de la justicia federal, extensión del Poder Judicial y límites del control a su cargo, separación de poderes: independencia del Legislativo y Judicial, facultades privativas de los poderes políticos: el juicio de las elecciones, la “cláusula comercial” de la Constitución y sus normas afines, libertad de prensa: delitos de imprenta y su jurisdicción, efectos de las leyes: principio de la irretroactividad, retroactividad: leyes procesales y normas de competencia jurisdiccional, igualdad ante la ley, fueros personales y fueros reales o de causa, invocaciones a la equidad y a la justicia, limitaciones a los derechos individuales, defensa en juicio, las provincias en juicio (diferencias con la Constitución de Estados Unidos), demandas contra la Nación (el Estado nacional en juicio), autonomía de las provincias (principio de no intervención del gobierno federal), poderes militares y de guerra, Estado de sitio, Derecho Internacional y soberanía, nacionalidad y ciudadanía, responsabilidad de los funcionarios públicos, libertad de sufragio, límites provinciales y arbitraje, derecho de Patronato, Procurador General de la Nación, cuestiones procesales, límites de los poderes municipales, prerrogativas e inmunidades de los legisladores, y Banco Nacional.
Con la opinión de Gorostiaga vertida en sus enjundiosos votos, comienza a formarse la “doctrina de la Corte”, que origina la jurisprudencia constitucional. Aparecen los primeros “leading case” (la primera vez que la Corte se pronuncia sobre determinado asunto); Fallos éstos que, por su enorme peso moral, inciden decisivamente en futuros fallos de los tribunales nacionales y provinciales, e incluso convencen a veces al Congreso de la conveniencia de ajustar la legislación a esa interpretación.
En 1885 aceptó, como un sacrificio, la candidatura a Presidente de la Nación por la Unión Católica. Ya presidente Juárez Celman, rechaza el ofrecimiento de éste para integrar su gabinete.
Sus únicos viajes fueron: el viaje de Santiago del Estero a Buenos Aires siendo niño, el de Buenos Aires a Santa Fe con Urquiza a bordo del Countess of Landsdale, de Santa Fe a Paraná, y, ya en sus últimos años, sus periódicos traslados a su campo de San Bernardo, en Chivilcoy, provincia de Buenos Aires.
Cuando la crisis de 1880 por la “Cuestión Capital de la República”, Gorostiaga intenta evitar el derramamiento de sangre e invita a una reunión en su casa de calle Piedras nº 48, a la que asisten Alberdi, Mitre, Sarmiento, su pariente Félix Frías, y otras personalidades; pero no pueden evitar los encuentros armados de Barracas y Puente Alsina.
Casó en 1871 con doña Luisa Molina, (fue necesario que les dispensaran la consanguinidad, ya que los contrayentes eran primos, por el lado de los Frías), con quien tuvo una hija, María Luisa, casada con Belisario Lynch, de donde provienen los Lynch Gorostiaga.  Murió José Benjamín Gorostiaga el 3 de octubre de 1891 a las dos de la tarde, a los sesenta y nueve años, por un “...proceso de arterioesclerosis”; recibió los auxilios religiosos de monseñor Antonio Rasore. Vivía en la entonces calle Cangallo nº 653 de Buenos Aires. Con un emotivo discurso, despidió sus restos -entre otras personalidades- el presidente de la Corte Suprema de Justicia, Dr. Benjamín Victorica,  quien lo había sucedido en el cargo.  El ejército le rindió honores.
A guisa de colofón, debemos agregar que la provincia de Santiago del Estero ha sido ingrata con su hijo, quizás el más eminente. Pese a algunos reconocimientos oficiales, ha faltado empeño en difundir su figura en las escuelas y en los claustros universitarios. Idéntico reproche puede hacerse al gobierno nacional, si bien en su “pago chico” el hecho es más criticable.
Hacemos votos para que los abogados de nuestra provincia tomen ejemplo de la labor sabia y tesonera de este jurista ejemplar.