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domingo, 29 de junio de 2014

LA GUERRA DE LA FRONTERA. LUCHAS ENTRE INDIOS Y BLANCOS 1536-1917






Miguel Ángel De Marco.



    Por Guillermo Palombo


El doctor Miguel Ángel De Marco, distinguido historiador, académico y profesor universitario, es autor de esta nutrida obra, que voy a reseñar exclusivamente en sus líneas generales, porque son las que en rigor le imprimen carácter y un sello distintivo propio, En sobrio Prólogo, ha expuesto claramente su madurado propósito de ofrecer "una obra accesible a quienes, sin ser especialistas ni contar con la posibilidad de frecuentar grandes bibliotecas y archivos, quisieran saber más sobre aquella interminable pelea”, mediante una “obra de síntesis que tiende a mostrar, y en lo posible explicar de qué modo y en qué escenarios se combatió desde los días en que Solís puso el pie en tierra oriental para morir en manos de los charrúas, hasta que el último malón en el Noreste arrasó al fortín Yunká”.
Constituye un acierto del autor, recordarnos en páginas finales, que la conclusión de la lucha “del desierto” no se produjo con Roca, sino durante la presidencia de Hipólito Yrigoyen, cuando por decreto del 31 de diciembre de 1917 se dieron por terminadas las acciones militares en el Chaco.
De los veintidós capítulos en que se ha sustanciado el tema, los seis primeros están dedicados a la época colonial (“Los primeros encuentros”“Comienzan las ataques y contraataques”,“Luchas en la frontera de Buenos Aires”“Una existencia esforzada y difícil”“Expediciones hacia el sur y el Chaco”,“Los indios ante la invasión británica”); los tres siguientes se ocupan del período patrio inicial (“Tratativas de paz, en los días de la Revolución,“San Martín y los Indios”,“La tragedia de Salto”), cinco insumen la época de Rosas (“Las fronteras se estremecen”“La gran campaña al “desierto”“Acciones de la columna de Juan Manuel de Rosas”“CalfucurᔓIndios y Guerras fratricidas”), y otros tantos se refieren a los difíciles años que siguieron a Caseros (“Infortunios y matanzas”,“Los indios guerrean en Cepeda y Pavón”,“Operaciones contra los indios. La guerra del Paraguay”,“Malones y evoluciones en la frontera” y“Fin del poderío de Calfucurá”), en tanto que los tres últimos (“La nueva línea de Adolfo Alsina”“Roca alcanza el Río Negro” y “Las últimas expediciones”) analizan la resolución definitiva de la cuestión.
En el doctor Miguel Ángel De Marco se conjugan, armoniosa y naturalmente, tres cualidades de infrecuente concurrencia en un historiador profesional: perspicacia y golpe de vista para discernir el episodio documentado de la anécdota, ágil destreza narrativa -adquirida seguramente en su paso por el periodismo, donde la mezquindad del espacio es necesariamente incompatible con el fárrago-, y prosa tersa, limpia, clara.
Para tranquilidad del lector posible, debo resaltar que en las casi seiscientas páginas del texto no hay pretensiones justificativas o reivindicatorias, ni alegatos capciosos, ni espejismos “contrafácticos”. El lector, agradecido, respira aliviado al verse libre de arengas o sermones, declamaciones, agrias requisitorias, encendidas defensas, o enconadas diatribas, que por lo general intoxican rápidamente, a la vez que vician e invalidan muchas producciones que, sin tales exabruptos, podrían llegar a tener algún valor.
Con notable sentido práctico, se ha prescindido no solamente de innecesarias notas bibliográficas y aclaratorias, sino también de una bibliografía final, que hubiera sido forzosamente incompleta, y ha sido suplantada –a mi juicio, con ventaja- por indicaciones bibliográficas sumarias, pero bien seleccionadas, insertas al final de cada capítulo, con la única finalidad de orientar al lector ávido de mayores detalles.
Vista la estructura de la obra, quisiera dejar sentada mi opinión acerca del lugar que le corresponde en la producción existente sobre el tema.
Es sabido que, desde lo cuantitativo, el abordaje de un tema de tal magnitud, como lo es la guerra con el indio -un conflicto de casi cuatro siglos en dos escenarios diversos: el septentrional o chaqueño y el meridional o pampeano- demanda un volumen de al menos 500 páginas.
Mucho se ha publicado al respecto. Para advertirlo, basta recorrer las páginas de la Bibliografía Patagónica (1979) de Nicolás Matijevic y de los dos volúmenes de la guía bibliográfica El indio en la llanura del Plata (2001), del P. Meinrado Hux. Ha transcurrido una década desde la aparición de esta última, y la producción sigue creciente, sin declinar. En su momento, tal vez pudo verse alentada por las novísima disposiciones constitucionales (1994) y legales subsecuentes, sobre los llamados “pueblos originarios”, a cuya sombra se mueven intereses muchas veces decididamente ajenos a la verdad histórica. Pero los resultados no han estado a la altura de las expectativas generadas.
Los estudios que podríamos calificar como “técnicos”, por su respeto a las reglas historiográficas más elementales, arrancan, puede decirse, con el pionero estudio de Vicente G. Quesada sobre “Las fronteras y los indios. Apuntes históricos”, publicado en La Revista de Buenos Aires (1864). Quesada se ocupó brevemente, pero con trazo seguro, de la época colonial y del período patrio. Su trabajo está salpicado con notas al pie de página que citan muchos documentos existentes en el por entonces llamado Archivo General. Señaló un rumbo y un método (el cronológico, que es el primero de todos ellos y, acaso, el más seguro) que nadie, al día de hoy, ha intentado rectificar; lo que significa el espaldarazo de la convalidación a posteriori. Sistematizó la cuestión y marcó los grandes temas, que todos los autores posteriores han seguido sin apartarse de su esquema expositivo.
Tres lustros después, un Estanislao S. Zeballos de 25 años ofrecía su Calvucurá y la dinastía de los Piedra (1879). También con citas al pie de página indicando memorias ministeriales, referencias de testigos presenciales y documentación existente en los legajos del archivo del Ministerio de Guerra. Su periodización de los acontecimientos es difícilmente eludible. Y lo será, en tanto no se encuentre un ordenamiento mejor o más satisfactorio. Sobre su rico archivo documental, tan citado como saqueado, o lo que de él queda, arroja luz Namuncurá y Zeballos, El archivo del cacicazgo de Salinas Grandes, 1870-1880 (2006) de Monseñor Guillermo Durán.
Las dos últimas décadas del siglo XIX y la primera de XX parecen signadas más bien por las memorias de muchos participantes en los sucesos ocurridos, pero ellos no entran en mi clasificación. La segunda década parece estar cubierta por El indio del desierto (1926), de Dionisio Schoo Lastra –antiguo secretario privado del general Roca, libro de cuidada impresión, con cita de documentos del Archivo General de la Nación.
En los años 40, la comisión de homenaje al general Roca reflotó el interés por el tema; se publicaron entonces obras de gran importancia. Pero más interesan ahora dos libros fundamentales, si bien de naturaleza diversa. Uno de ellos, La Conquista del Desierto” (1947), del teniente coronel Juan Carlos Walther, reordenó la cuestión, asépticamente, con las características de una monografía militar, rápidamente convertida en una suerte de manual de cabecera y consulta insustituible. El otro es El fuerte 25 Mayo en la Cruz de Guerra” (1949), de Carlos Grau, modelo de obra erudita, con referencias que exceden ampliamente su título-
Los años 50 vieron surgir los trabajos de otro gran historiador: el doctor Andrés Allende, que desarrolló una importante labor desde el Departamento de Historia de la Universidad de La Plata, Y al respecto, no ha de olvidarse el aporte, producto de la incesante labor de ese gran hacedor que fue Ricardo Levene, desde el Archivo Histórico de la Provincia (una de sus tantas bases de operaciones), promoviendo concursos y congresos, e impulsando la publicación de una conocida serie de monografías sobre la historia de los pueblos. Sería injusto no omitir los nombres de Roberto H. Marfany, Eugenio Monferrán, Juan Jorge Cabodi y Pascual Paesa, entre otros autores.
Alboreaba la década del 70, cuando el coronel Fued Gabriel Nellar reunió una serie de estudios monográficos elaborados por el personal docente de la Dirección de Estudios Históricos del Ejército, a su cargo, en los volúmenes de la Política seguida con el aborigen (1973-1975). Se trata de buenos resúmenes, cuyo eje central fueron sendos fondos documentales propios –dos series, catalogadas como “Guerra con el Indio” y “Fronteras”, respectivamente – y copias de documentación existente en otros archivos.
Importante contribución a la cartografía fueron los dos volúmenes titulados El mapa de las pampas(1975) de Ramiro Martínez Sierra. Al finalizar esa década, y con motivo de cumplirse el centenario de la llamada Conquista del Desierto, la Academia Nacional de la Historia reunió, en un congreso llevado a cabo en 1979, una apreciable cantidad de estudiosos, cuyas comunicaciones fueron publicados en cuatro volúmenes (1982).
Si bien muchos trabajos particulares se han publicado desde entonces, en gran parte producto de investigadores procedentes de los claustros universitarios, ninguno ha logrado el valor de síntesis documentada totalizadora que ofrece Abelardo Levaggi, trabajador infatigable, en Paz en la Frontera.Historia de las relaciones diplomáticas con las comunidades indígenas en la Argentina, siglos XVI-XIX(2000), cuyas páginas constituyen un modelo bastante difícil de superar.
Resultan destacables también, por cierto, en los últimos años, muchos otros trabajos, entre los que merecen especial mención los muy conocidos del P. Meinrado Hux, del Prof. Rinaldo Poggi, del ya citado Monseñor Durán, de Silvia Ratto, y de muchos otros investigadores.
A diez años de aparecido el libro de Levaggi, que ya es un clásico, en la cadena de producciones intelectuales iniciada por Quesada, debe insertarse hoy, como el último eslabón, La Guerra de la Frontera: producto de síntesis de muchas lecturas y cavilaciones, en cuya virtud, el autor ha logrado volver inteligible, para una nueva generación de lectores, un tema difuso en el tiempo y en el espacio.
La Guerra de la Frontera es un libro esclarecedor. Pertenece a la clase de obras que, periódicamente, será necesario volver a redactar, para ajustar el tema al resultado que vayan arrojando nuevas investigaciones. Y dado que, en el caso, el doctor Miguel A. De Marco ha concretado en sus páginas inquietudes planteadas ya en sus años mozos, resulta válido aplicarle la conocida reflexión de Fustel de Coulanges: “Una vida de análisis para una hora de síntesis”. Porque La Guerra de la Frontera, obra de síntesis, es el producto de lecturas de toda una vida.
Ha prestado el autor un señalado servicio al lector, al poner a su disposición, en forma amena, explicaciones que hasta ayer nomás estaban reservadas al reducido círculo de los investigadores.



sábado, 10 de agosto de 2013

MANUELITA ROSAS A TRAVÉS DE SU OLVIDADO EPISTOLARIO



Antonino Reyes.



                                                                             Por Guillermo Palombo


La correspondencia de Manuelita Rosas ha despertado siempre el interés de los historiadores. Hace unos años nos sorprendía Lila Nilda Bonastre de Dansey con su trabajo Manuela Rosas de Terrero. Un aspecto ignorado de su espistolario” (Corrientes, 1968).

En el Museo de Luján se conservan 6 cartas de Manuelita dirigidas a su padre, y 115 cartas que, ya señora de Terrero, remitió a su amiga Pepita Gómez. Esas piezas, -además de otras 73 cartas de Juan Manuel de Rosas a la misma destinataria-, fueron salvadas de la inundaciones que afectaron al Museo de Luján del 10 al 13 de octubre de 1967, y después, severamente, a comienzos de los años 80. No obstante, hay copia de esa correspondencia con Josefa Gómez, de 1852 a 1875, en el legajo 2447 de la Sala VII del Archivo General de la Nación, obtenidas por el doctor Ernesto Celesia. Estas cartas fueron utilizadas y dadas a conocer por Carlos Ibarguren en su estudio Manuelita Rosas, en las sucesivas ediciones aparecidas desde 1925.

A esa documentación debe sumarse el voluminoso paquete de 59 cartas que van de marzo de 1889 a marzo de 1897 que Manuela dirigió desde el destierro a su fiel amigo Antonino Reyes, cuyos originales se han extraviado. Fueron comentadas por Raúl Montero Bustamante en su artículo El ocaso de Manuelita Rosas (La Prensa, Buenos Aires, 9 de mayo de 1926), y por Martiniano Leguizamón, primero en Revelaciones de un manojo de cartas (La Nación, Buenos Aires, 6, 8 y 11 de junio de 1926) y después en su libro Papeles de Rosas ( Buenos Aires, 1935). Nuestro Archivo General de la Nación, ha publicado esas 59 cartas de Manuelita a Reyes, junto con otra de éste a aquélla, una de Agustina Rosas de Mansilla al mencionado Reyes y otras dos de Manuelita a Rosario T. de Rodríguez y a Rosario Reyes de Tezanos, respectivamente, con el títuloManuelita Rosas y Antonino Reyes. El olvidado epistolario,1889-1897 (Buenos Aires, 1998). Finalmente, están las que Reyes dirigió a Manuelita, todavía inéditas.

La correspondencia de Manuelita desde el exilio fue incesante: “mi tiempo no es holgado –le escribe a Reyes el 21 de febrero de 1893- y no se debe olvidar que sostengo la correspondencia con mis amigos en Buenos Aires y en varias partes del mundo”. Pero ¿dónde están esas cartas?...

Antonio Dellepiane ha cuestionado la ortografía de las cartas de juventud de Manuelita. Pero, la verdad sea dicha, no se diferencian en mucho de las cartas de vejez de Mariquita Sánchez de Thompson, en la época de Rosas señora de Mendeville, que presumía de sabia y literata. Manuelita tuvo una educación esmerada, de motu proprio. Ella lo ha referido al recordar a su maestro Marcelino Camelino. Y se tiene por cierto que recibió clases del famoso educacionista Salvador Negrotto.

La correspondencia de Manuelita deja traslucir la nostalgia del exilio. En carta a Reyes del 24 de mayo de 1889, al evocar el día de su santo, recuerda emocionada: “Para mí ese día... es de recuerdos tan tristes desde que me faltó mi amado padre ¡Pobre tatita, me festejaba tanto! .. Comíamos en el medio del campo”. Y después de recordar sus visitas a Burguess Farm, finaliza: “¡Oh Reyes¡ Esos amenos días pasaron para no volver más, y para mi son más valiosos sus recuerdos que los que no puedo dejar de conservar de aquel tiempo en mi patria en que me rodeaba tanta bulla, tanta demostración de cariño, en algunos fingido, verdadero en otros”.

Nunca le pasó inadvertido, ni en los días de su alta vejez, el aniversario de Caseros. El 3 de febrero de 1891 le manifiesta a Reyes: “Te escribo en este día, aniversario de tanta fatalidad para nosotros. Quien todo lo dispone, así lo quiso, sigamos sometidos a su divina voluntad”. En siguiente aniversario recordará:“Día inolvidable...”. Y al año subsiguiente: “Día de terribles recuerdos, se cumplen hoy 41 años, ¡ Oh Reyes¡ Y estamos hoy mejor que entonces?".

La nostalgia por el terruño, por los amigos y por los parientes ingratos fue infinita. Al punto que le escribe a Reyes el 18 de julio de 1892: “Ojalá nos fuera dado estar reunidos comunicándonos de viva voz nuestras cuitas ¡ Oh Reyes¡ qué grande sería el placer de estos tus dos amigos [se refiere a ella y a su consorte Máximo Terrero] y estoy cierta el tuyo también, si pudiera realizarse. Pero como nosotros hacen tantos años andamos en la mala, esa felicitad será difícil que entre por nuestras puertas”.

En esa correspondencia del exilio, Manuelita aclara, en palabras que trasuntan dignidad, la verdadera naturaleza del papel que le tocó desempeñar durante el gobierno de su padre: “Mi finado padre el general Rosas jamás me hizo desempeñar un rol que no debía, o que ridiculizase tanto a mí como a él mismo. Tampoco es cierto que yo tomase parte alguna oficialmente de asuntos públicos o políticos durante la administración de mi lamentado padre, cuando, creo, que hice cuanto me fue dado para desempeñarme en los actos privados y sociales con la dignidad que correspondía a nuestra posición" (carta a Reyes del 16 de noviembre de 1892). Y lo ratifica el 21 de febrero de 1893: “jamás desempeñé carácter tal en acto alguno”.

Y terminantes son sus palabras sobre la ejecución de Camila O`Gorman: “Tanto Máximo como yo te aseguramos ser cierto que mi lamentado padre, el general Rosas, escribió a una persona de nuestro país, en Buenos Aires [se refiere a Josefa Gómez] con motivo de ese mismo asunto, expresando terminantemente que a nadie había pedido consejo y agregando que de todos los actos de su administración, buenos o malos, era él exclusivamente responsable” (carta a Reyes del 16 de noviembre de 1892).

Otras cartas, despojadas de la gravedad que revisten las anteriores, aluden a los detalles de su vida cotidiana. El 18 de junio de 1895 escribe: “desde el 1° de junio la casa ha estado llena de huéspedes y yo obligada a cuidar de todo y de todos, como que soy quien todo lo dispone y maneja – esta pobre vieja- seguiré hasta que más no pueda y después será lo que Dios quiera”. Desde Londres, el 17 de febrero de 1890 cuenta su intimidad hogareña y la satisfacción que la causaba el recibo de sus connacionales. “Mi día fijo de recepción es el domingo pero siempre que vienen amigos entre semana y me es posible recibirles lo hago con más particular placer si son mis compatriotas, a quien recibo sin etiqueta y con la urbanidad que tu sabes me es característica ... a más tengo mi lote de visitas en la sala y debo recibirlas”.

Evocando el golpe que le significa la separación de su hijo Manuel, refiere a Reyes el 18 de noviembre de 1890 con poética expresión: “sin él, me quedo como un pájaro sin alas”.

El 21 de mayo de 1890 escribe a su nunca olvidado amigo : “El andar con mi viejo, teniendo que ser quien maneja todo lo requerido en viajes, gastos de hotel, firmar cheques, etc. te probará que estoy muy acostumbrada a las reglas inglesas y que me hago entender en este idioma. Yo misma hago mi elogio a mi buen desempeño".

El 18 de febrero de 1897 en una carta de grave tono, como si hubiese sido escrita bajo un fúnebre presagio, Manuelita se refiere al envío del sable de San Martín al gobierno argentino y a las gestiones para que le fueran devueltos los bienes que le habían sido confiscados a su padre (en la parte correspondiente a los bienes propios que su finada madre, Encarnación Ezcurra, había aportado al matrimonio ). Pero cuando envió esta carta, Antonino Reyes ya había muerto. Pero todavía el 22 de enero Reyes le había escrito por última vez, sin decirle a su amiga nada de su enfermedad. Pocos días después fue sometido a una operación y el 6 de febrero falleció. Manuelita se enteró de su muerte por el Dr. Adolfo Saldías. Y el 4 de marzo escribió a Rosario Reyes de Tezanos, hija del amigo, para darle el pésame: “Máximo y yo hemos perdido a un amigo de ejemplar lealtad, a quien jamás olvidaremos”.

La muerte de Reyes, su fiel corresponsal, desató el lazo que la unía con el pasado y ella, también vieja, enferma y entristecida, dedicada a la atención de su esposo enfermo, se extinguió en Londres el 17 de septiembre de 1898, traspuesto ya el umbral de los 81 años. Había nacido el 24 de mayo de 1817.

Se ha dicho que Manuelita volvió a Buenos Aires en 1886, temporalmente. Nada más inexacto. Nunca regresó a su adorada patria.

Manuela Rosas.

Julio A. Benencia dio a conocer una carta suya dirigida al doctor Adolfo Saldías y fechada en Londres el 2 de abril de 1896, cuyo original se conserva en el Archivo General de la Nación, en la que Manuela manifestó el deseo de que su padre, ella, su marido y sus hijos, reposaran definitivamente en suelo inglés, lejos del solar patrio: “En cuanto a trasladar los restos de mi tan amado padre a Buenos Aires eso jamás tendrá lugar, y mi completa oposición a ello la dejo explícitamente expresada en mi testamento. No, Doctor, sus cenizas reposan muy bien colocadas en el sepulcro y hermoso monumento que el cariño de su hija lo hizo erigir en el cementerio de Southampton; con su fiel hijo Máximo y sus nietos iremos según nos toque el turno, a reunirnos a él. La bóveda está construida para todos” (Manuelita Rosas y los restos de su padre”, en Investigaciones y Ensayos, núm. 17, Buenos Aires, Academia Nacional de la Historia, 1974, págs. 311-312).

Pero el hermoso monumento que Manuelita mandó erigir, es hoy solamente una ruina que apenas se divisa entre la maleza de un cementerio abandonado. Don Juan Manuel ya ha sido repatriado. Allá quedan Manuelita, su marido e hijos. Por eso, ya no se justifica su permanencia en tierra extraña. Es hora que los restos de la niña de Palermo regresen a la tierra de sus mayores, y que en su losa se graben aquellas palabras que ella escribió a Reyes el 26 de julio de 1893,a los 76 años: “Yo Reyes , nací para sufrir por todos y con todos. Mi carácter nunca fue propicio a mi felicidad”. Palabras, tan sinceras como conmovedoras, que la revelan como arquetipo de la mujer argentina.



domingo, 14 de octubre de 2012

REGISTRO DE MARCAS (1838)





Gaucho de Buenos Aires, 1850 (por Enrique Rapela).

                                                     Por Guillermo Palombo*


El libro de hierros de la época hispánica era el padrón en que se anotaban los diseños de los hierros con que los ganaderos marcaban sus ganados para establecer su propiedad. En el período patrio el primer registro provincial de marcas fue creado durante el gobierno del general Martín Rodríguez, por decreto del 23 de febrero de 1822, con la denominación de Registro para las marcas y los traspasos de ellas…Dado el carácter provincial de los registros podía llegar a producirse el caso de que dos propietarios afincados sobre el límite de dos provincias pudieran tener marcas de un mismo diseño (es decir la misma marca) legalmente otorgadas por dos registros provinciales distintos, o bien que esa situación se diera entre dos propietarios de la misma provincia y aun del mismo distrito, casos particularmente litigiosos que se resolvían dando prioridad y preferencia al propietario más antiguo en el uso de esa marca…Un típico ejemplo nos lo proporciona la presentación efectuada el 23 de julio de 1838 por Juan Ortiz de Rozas ante el jefe de policía, en la cual manifiesta que ir al Departamento de Policía a sacar el boleto de archivo de la marca de su propiedad encontró otra “igual en todas sus partes” pertenecientes a Marcos Pérez, vecino de Chascomús “y como por las leyes no pueden usar dos hacendados distintos una misma marca para sus haciendas y como me asiste el derecho de antigüedad” suplicó se pasara aviso a dicho vecino a los efectos acordados por las leyes vigentes. Victorica [jefe de policía] proveyó el 26 de julio que informara el oficial encargado del Registro de Marcas, Francisco Antonio Maciel, quien se expidió el 30 de julio de 1838 manifestando que efectivamente existía registrada a nombre de Marcos Pérez una marca de diseño “exactamente igual” a la de Juan Ortiz de Rozas “y como esta última partida es más antigua que la primera le visite al señor Rosas el justo derecho de reclamo”. En su virtud, el jefe de policía decretó el 30 de julio exhortar al juez de paz de Chascomús “para que haga que don Marcos Pérez por sí o por apoderado presente en este Departamento la marca de fierro con que marca sus haciendas.




Palombo, Guillermo, “Los signos del dominio del ganado (marcas y señales) en el derecho rural argentino, en Revista de Historia del Derecho, Núm. 26, Buenos Aires, 1998, pp. 335-337.

jueves, 18 de agosto de 2011

FUSILAMIENTO DE UNA ESCLAVA EN 1839

Facsímil de la orden de fusilamiento a Gertrudis Silva.


Por Guillermo Palombo*





El año 1839 fue de máxima peligrosidad para la estabilidad del régimen rosista. Los sucesos de la Revolución de los Libres del Sur hicieron tambalear la quietud en que se encontraba la provincia de Buenos Aires.
Pero a la par de los sucesos políticos, otros –no menos significativos- se producían cotidianamente.
Azul, cuyo vecindario era preponderantemente federal y adicto a la causa de la Santa Federación, ofrece algunos acontecimientos que por lo notables destacan de entre los sucesos rutinarios de la vida monótona de las poblaciones de campaña. Claro ejemplo de ello es el episodio que paso a narrar, valido de los documentos originales:


“El Juez de Paz y Comandante accidental
                           “Viva la Federación
“Fuerte del Azul, Noviembre 8 de 1839.
Año 30 de la Libertad, 24 de la Independencia y 10 de la Confederación Argentina.
 “Da cuenta del robo sacrílego cometido por Gertrudis Silva.
“Al Señor Edecán de S.E. General don Manuel Corvalán.
“El infrascripto inmediatamente que recibió el parte personal por el Señor Cura Castrense Don Clemente Ramón de la Sota que la Iglesia de su cargo había sido robada sacrílegamente en aquel instante que eran las siete de la noche del día siete el que rige, salen su compañía y la de otros vecinos y nos dirigimos al templo presenciando con admiración cuánto en él había sucedido, salimos de aquí formando el mas vivo interés de descubrir tan atroz atentado y fue aprehendida con el robo la parda infame Gertrudis Silva, esclava de Dn. Juan Manuel Silva, de edad de treinta y más años, a la que remaché una barra de grillos y puestóla presa incomunicada devolviendo en aquel momento al Sr. Cura cuánto a esta delincuente se le había hallado perteneciente a la iglesia y en el estado que se encontró. Y era un copón que había sacado del sagrario derramando y quebrando las formas consagradas y comiendo otras (según declara), una corona de plata de la Virgen del Rosario que sacóla de cabeza de ésta Madre de Dios, el Niño que tenía en sus brazos, el rosario, las caravanas y demás adornos de esta Señora, botones y alfiler prendedor que tenía en una cinta punzó la llave del sagrario, el pecside de plata de viáticos, incensarios de plata, coronas, potencias y memorias de San Antonio y San Benito, quebrando el nicho del altar de la Virgen del Carmen sacó esta imagen con su niño y todos sus adornos y corona de plata que llevó con una casulla punzó, galones de plata, corporales, sobreazas y varias otras menudencias. Todo se halló en su poder y declara ser ella sola la delincuente.
Todo el pueblo pedía el castigo ejemplar de este enorme delito, y fue preciso contener el entusiasmo religioso con que celosos a lo sagrado se inflamaban en ira contra esta criminal.
“Tenga V.S. a bien elevarlo al conocimiento de S.E. para los fines que crea útil.
Dios guarde a V.S. muchos años.
Manuel Capdevila [1].


La respuesta del edecán de Rosas no se hizo esperar. Está fechada tres días después de la data de la comunicación del juez de paz de Azul. Su draconiano texto es el siguiente:


“Fecho
El general edecán de S.E.
Viva la Federación
Buenos Aires, noviembre 11 de 1839. Año 30 de la Libertad, 24 de la Independencia y 10 de la Confederación Argentina.
Al juez de paz del Azul.
Impuesto S.E. nuestro Ilustre Restaurador de las Leyes de la nota de Ud. fecha 8 del corriente, cuya suma es dar cuenta del robo sacrílego cometido por Gertrudis Silva, me ha ordenado que después de facilitársele los auxilios espirituales de nuestra santa religión proceda V.S. a hacerla fusilar”. [2]

La orden de Rosas fue cumplida con rapidez, cuatro días después de la fecha del oficio precedente. La celeridad impresa a la diligencia acabó en un tris con la vida de la desgracia Gertrudis Silva. No había en aquellos tiempos –al menos en Azul- médico forense que pudiera determinar el estado de las facultades mentales de la pobre parda, que seguramente no estaba en sus cabales. Para la ruda mentalidad de aquel tiempo Gertrudis Silva había delinquido y tenía que pagar por ello. La constancia de la ejecución obra en la siguiente ejecución:

“El juez de paz y comandante accidental
Viva la Federación
Fuerte Azul, noviembre 15 de 1839. Año 30 de la Libertad, 24 de la Independencia y 10 de la Confederación Argentina
Da cuenta de haber sido ejecutada Gertrudis Silva.
Al Sr. Gral. Edecán de S.E. Don Manuel Corvalán.
El infrascripto luego que recibió la nota de 11 del que rige con orden de S.E. para que fuera fusilada Gertrudis Silva por robo sacrílego lo comuniqué al Sr. Cura castrense de este punto, don Clemente Ramón de la Sota, para que le suministrase los auxilios de nuestra santa religión y efectuado fue fusilada el día de la fecha a las 9 de la mañana, lo que V.S. tendrá a bien poner en conocimiento de S.E. nuestro Ilustre Restaurador de las Leyes.
Dios guarde a V.S. muchos años
Manuel Capdevila”. [3]

Hay que reconocer que el hurto sacrílego –y por cierto también el robo- era castigado tradicionalmente con pena de muerte. Venía eso de la legislación española. El hurto de cosa religiosa o en lugar sagrado era acreedor según las Partidas (VII, 14, 18) a pena de muerte o mutilación de miembros y el Fuero Real mantuvo la pena de muerte para el hurto calificado.
Gertrudis Silva es un ejemplo más de la dureza de la ley penal, le seguiría luego Camila O´Gorman. Las primeras reacciones surgirían después de Caseros, particularmente en un caso famoso, el de Clorinda Sarracán de Fiorini en cuya causa judicial se suspendió la aplicación de la pena de muerte, iniciándose desde entonces el lento tránsito hacia la abolición de la llamada pena capital.


Notas:

[1] Original en AGN, X-20-10-1.
[2] Borrador sin firma en AGN, X-20-10-1. Se reproduce su texto en facsímil.
[3] Original en AGN, X-20-10-1.




*Este artículo corresponde al número XXIII de la serie de notas tituladas “Historia de Azul” publicada por el Dr. Guillermo Palombo en el diario “El Tiempo” de la ciudad de Azul, provincia de Buenos Aires, 1984.