Eduardo T. Corvalán Posse*
“Desde mi punto de vista personal, creo que
nunca mejor que ahora debe reverse el juicio histórico sobre Rosas”. “He dicho
que el Rosas de la tradición se nos ofrece hoy como un Rosas adulterado, pero
estoy muy lejos de afirmar que ya tenemos conocido al que va a reemplazarlo.
Nada de eso. Lo que sí puede concretarse, en definitiva, es que se hace
necesario desechar todo lo que se afirma sobre Rosas y estudiarlo a él y a su
época totalmente de nuevo, sin más afán que el de la verdad, cualquiera que sea
la que se nos vaya evidenciando”. Rómulo D. Carbia.
(Año 1927)
Disconforme y como
protesta contra la dictadura de Rosas y aceptando los ruegos de su amigo don
Miguel Cané, para colaborar con “El Nacional” de Montevideo, don Juan Bautista
Alberdi emigró del país luego de solicitar su pasaporte en noviembre de
1838, siendo acompañado hasta el puerto por sus amigos los señores Posadas y
Echeverría. Era un emigrado y no un perseguido el que se alejaba [1].
“Historiadores”
fabulistas y “escritores” cuentistas, cuando nos hablan o se ocupan de la vida
de Alberdi se refieren al destierro de éste durante la época de Rosas, pero
guardan el más llamativo y enigmático silencio sobre el otro ostracismo de Alberdi,
el sufrido después de la caída de Rosas en 1852. Ese extrañamiento no existe
para ellos, porque ocurrió en épocas de “libertad”. Alberdi, después de esa
fecha, fue perseguido, calumniado y hasta dejaron de abonarle sus sueldos como
embajador argentino ante las cortes europeas para crearle de ese modo toda
clase de dificultades y todo género de contratiempos; y cuando en períodos de
“libertades” quiso regresar a su patria, se le amenazó con procesos. Esto no es
cuento, ni literatura terrorífica, ni fábula de mala ley, como las que se hacen
correr sobre don Juan Manuel de Rosas. A don Juan Bautista Alberdi, le dejamos
la palabra, si se nos permite la frase, para probar lo que afirmamos. En carta
enviada al doctor Quesada, Alberdi le decía: “… Ya he dejado de ser; soy una
sombra que espera la muerte. El martirio que he sufrido pocos lo comprenden;
usted mismo no tiene aún la experiencia suficiente para sospecharlo. No conozco
entre nosotros hombre alguno a quien sus contemporáneos hayan hecho víctima de
igual ferocidad y calculada crueldad”. Más crudas, elocuentes y
desgarradoras, no pueden ser las palabras de Alberdi.
En el año 1863 Alberdi se
quejaba de que no le habían abonado los sueldos que como embajador argentino
debía haber percibido por los años 1859 y 1860. He aquí su lamento: “París 30
de abril de 1863. - Señor Máximo Terrero. Mi querido señor y amigo: No quiero
dejar pasar ni un día sin cumplimentarle y darle gracias por su espiritual y
brillante carta que acabo de recibir: brillante, sí, por el lujo de nobles
sentimientos que rebosa en ella”.
“La idea que por sus
escritos diplomáticos tengo del personaje aludido, corresponde de tal modo a la
que me da usted de su persona y conducta privada cerca de la familia del
General Rosas, que se puede decir que usted la describe por completo. En carta
que me ha escrito últimamente – (semioficial porque no le conozco de otro modo)
– ha tenido la bondad de decirme, “que no es este gobierno sino el otro”, el
que me debe mis sueldos; que yo debí cobrarlos a su tiempo y que viendo que no
me los pagaban, yo debí renunciar”.
“Para apreciar mejor el
alcance de esta moral política, es preciso que usted sepa que los sueldos que
me deben corresponden a los años 1859 y 1860,
en que hice mis dos últimos viajes a España, el uno para negociar el tratado de
reconocimiento de nuestra independencia nacional, y el otro para canjear las
ratificaciones”.
“Sabrá usted que al mismo
tiempo que así ultraja el nombre del General Rosas –(porque “La Nación” es
periódico semioficial)– el señor
Elizalde ha entrado en sus últimos trabajos diplomáticos con la misma política
exterior que el General Rosas tuvo antes que conociera la Europa. Fiel a su
destino, se ve que Elizalde marcha siempre a raya del General Rosas. ¡Ah!
¡Si al menos imitaran su energía y dignidad!
Alberdi”.
Todavía en el año 1869,
cuando don Juan Bautista Alberdi, redacta su testamento – en París, el 11 de julio–
se le adeudaban sus sueldos, pues al disponer de los pocos bienes que tenía en
ese tiempo, entre lo que dice que deja, expresa en la cláusula décima primera
del mismo, lo siguiente: “…y siete mil pesos fuertes que me adeuda la República
Argentina por resto de mis sueldos atrasados…”.
Así trataron a don Juan
Bautista Alberdi, autor de las “Bases” y de “El crimen de la guerra”, algunos
gobiernos posteriores a Rosas, haciéndole pasar necesidades y tal vez
vergüenzas.
Debemos recordar que
Alberdi murió desamparado y en la miseria el 18 de julio de 1884, en una Casa
de Sanidad, en Neuilly y que “en la pieza mortuoria, donde expiró, apenas había
una pobrísima cama, donde estaban tendidos sus restos; sobre una silla había
una lamparita medio apagada. Estos restos del más eminente argentino, se
encontraban abandonados, encerrados bajo llave en una pieza en dicho
establecimiento, envuelto en sábanas sucias…”
Y refiriéndose Alberdi al
destierro de Rosas y al suyo, escribió: “St. André, 26 de noviembre de1876.-
Señor Máximo Terrero. Apreciable amigo y señor mío: Están en mi poder sus dos
atentas cartas del 18 y 23, y le confieso que me ha sorprendido la noticia que
contiene la última de su inminente viaje a la patria, no porque en sí sea muy
natural y comprensible, sino porque no lo esperaba. Soy de opinión, por demás,
que su presencia en Buenos Aires influirá favorablemente en la gestión de sus
reclamos que, según he oído con mucho gusto, están en manos de mi amigo el
doctor Fidel López y después que obtenga usted los bienes de su señora como es
de esperar, será llegado el día de trabajar en remover las dificultades, que la
política más que la justicia impidió el regreso del señor General a su país
nativo. Habría una afectación mentida de liberalismo en mantener obstinadamente
su proscripción, hasta el fin de sus días. Al menos es de creerlo en hombres,
que, en el fondo no profesan ni sostienen sino lo mismo que sostuvo el General
Rosas en lo sustancial de nuestra política interior. ¿No tiene usted la prueba
de ello en su actitud a mi respecto? ¿Estoy
menos proscripto que el General por haber sido el opositor de su gobierno? ¿No es
curioso que los dos estemos en Europa, llevando nuestra vida solitaria, el
Canal de la Mancha, de por medio, uno por haber sostenido el pro y el otro el
contra de los mismos problemas? Yo no he sido condenado es verdad; pero sin
estar condenado, mi seguridad habría sido menor en mi país, que lo sería la del
General Rosas no obstante su condenación de mera parada en gran parte”.
Usted que ha pasado su
proscripción voluntaria en el país libre por excelencia, sabe que la más viva
divergencia de opiniones políticas, es del todo conciliable con el mutuo
respeto y aprecio personal. Así no le costará convenir que mis tradiciones de
opositor a la administración del General Rosas no incluye mis simpatías por sus
padecimientos y la sinceridad de mis votos por verlos terminados”.
Doña Manuelita se muestra
digna de su rango y de la admiración que no dejará de excitar su partido de
quedar al lado de su señor padre, durante la ausencia de usted; pues bien que
esa determinación es la más natural del mundo no es poca virtud el respetar la
naturaleza de los grandes deberes que su moral nos impone. Hágame el gusto de
saludarla de mi parte, lo mismo que al señor General, y a sus interesantes
jóvenes”.
“Muy agradecido de las
órdenes que me pide para Buenos Aires, recibiré con gusto en Europa las que
quiera usted dejarme, mientras no nos veamos por allá, como es posible que
suceda antes que tal vez lo piensa usted”.
“Créame entretanto su
afmo. S. S. y amigo. J. B. Alberdi”.
Hemos dicho que cuando
intentó volver al país fue amenazado con procesos. He aquí las propias
afirmaciones de Alberdi: “…Bajo el mismo gobierno de Sarmiento yo hubiese
vuelto a nuestro país; pero usted oyó o leyó en los diarios que me amenazó
con procesos, cediendo a viejos y pobres rencores literarios”. (De Alberdi a don Máximo
Terrero, en carta fechada en Caen el 6 de julio de 1874).
Como se ve, parece que
después de la época de Rosas, también se pretendía perseguir y molestar a los
hombres, y, en este caso, nada menos que al padre de la Constitución Nacional,
a don Juan Bautista Alberdi, que todavía espera su estatua, no obstante que
otros con menos títulos que él ya están parados en el bronce de las suyas.
Y, cuando por fin
resuelve regresar a su patria, “empezó a recibir en París, con una precisión y
continuidad sorprendentes, libelos y cartas difamatorias. ¡Adiós promesas de
dichas, esperanzas de quietud en el seno de la propia tierra! Los rescoldos del
odio habíanse avivado de pronto. ¿Quién escribía o inspiraba esos libelos?
Alberdi creyó reconocer la mano experta en el manejo de la maza, según lo expresa
en carta fechada el 5 de abril de 1879”. Dice Alberdi: “Al momento comprendí
que esos envíos no provocados, venidos de un agresor frío, eran calculados para
intimidarme; terrorismo estratégico de la escuela de los Facundo, de la cual
es propia la “doctrina de que sólo en teoría son vedados los medios ilegítimos”.
Era la moral de Troppmann, cuando usaba el ácido prúsico para ganar fortuna.
Tampoco dudé que fueran ajenos a Tucumán los que me insultan (2). Al momento
reconocí la inspiración y la pluma que había escrito en Chile los “Ciento y
una” –libelos más sucios y salvajes que esos artículos– doce años antes de la
guerra del Paraguay, es decir, de la pretendida traición a la patria” (3).
Y siguen las desdichas e
infortunios de Alberdi. Cuando el General Roca llegó a la Presidencia de la
República, dictó un decreto con fecha 12 de noviembre de 1880, ordenando la
publicación de las obras completas de Alberdi y es entonces cuando éste
comprende definitivamente que está de más en su propia patria, que es un
extranjero en ella, y en plena época de libertad se ve obligado a emigrar de nuevo, como en la época de
Rosas, pues a raíz de ese decreto, el General Mitre, con fecha 16 de noviembre
de 1880, “inició en su diario una serie de artículos con el fin de criticar las
ideas de Alberdi y de establecer el alcance del inoportuno decreto, “muestra
clásica de la ignorancia –decía– y la falta de conciencia de la administración
que lo ha formulado, dándole la solemnidad de un acto trascendental”. “Y de
seguida el hombre el hombre múltiple, militar, historiógrafo, periodista y
traductor del Dante, ensayaba una crítica destinada a demostrar la falta de
originalidad de las ideas de Alberdi, algunos de cuyos más afamados postulados
eran patrimonio de Rousseau cuando no del jurisconsulto helvético Rossi. Ese y otros ataques maduraron en Alberdi la
idea de marcharse. ¿Para qué había venido? Su casa de Paris, sus horas afables
y tranquilas, sus libros y objetos familiares presentáronsele de pronto con la
fuerza de una incitación irrenunciable. Comunicó su determinación a los amigos.
El hombre con el alma cruzada de heridas, anhela el silencio, la soledad
bienhechora, el contacto escaso de unos pocos amigos. Y así se aleja, como
vencido, después de la ruda lección recibida. La hospitalidad es cosa relativa,
fruto máximo de los espíritus selectos, y nadie como los griegos supieron
practicarla con más inteligencia y alegría de alma. Alberdi, por la vez última,
desde el barco que ha de volverse a Europa, contempla la ciudad todavía
colonial, la gran aldea de Lucio López con sus casas blancas y bajas y las
torres desiguales de sus iglesias provincianas. . .” (4).
Esta vez Alberdi, al
embarcarse, no tuvo necesidad, como en 1838, de sacarse del ojal de la levita
“la divisa roja que a todos nos ponía el gobierno ese tiempo” y que Alberdi
echó “al agua con algunas palabras bromistas que dieron risa a los testigos”, como
él mismo escribiría después.
– “Mire usted, que pueden
verlo desde tierra y detener el bote, –me dijo el señor Balcarce–, que era uno
de los compañeros de embarcación. El señor Balcarce emigraba para servir en el
extranjero al tirano en su país; yo para combatirlo. Esto debía valer un día a
mi compañero la simpatía, y a mí la aversión y persecución de los liberales
de mi país” (5).
Después de la caída de
Rosas, no tuvo Alberdi necesidad de hacer esas “bromas”, pero, sí, emigrar de
nuevo, volver al ostracismo, a ese ostracismo ignorado del cual los
“historiadores” “fabulistas” y “escritores” cuentistas no dicen palabra. No
figuran en las páginas de la “historia” o de sus libros, los años amargos en
que Alberdi estuvo exiliado en el extranjero después de los sucesos relatados.
Se fue triste y
desconsolado, con su espíritu aplastado, el cual ya no estaba para “bromas”. El
desengaño fue grande, tremendo. “La desventura moral pronto iría acompañada de
la desventura física. En llegando a Burdeos sufrió las consecuencias de un
ataque de parálisis”.
Y todavía “más allá de la
tumba” le sigue la saña de Sarmiento que, 1886, intenta lapidarlo desde las
columnas de “El Censor”. Pero ¿por qué entrañarse si en 1912, en oportunidad de
dársele el nombre de Alberdi a una calle de Buenos Aires. “La Nación” saltará a
la arena articulando el mismo rencor?”
“Bajo epígrafe”: “Un
premio a la traición”, “dijo el gran diario muy crueles palabras sobre
Alberdi, reprochándoles a las autoridades edilicias de Buenos Aires que
recordaran su nombre en una calle, aún secundaria”: “Después de la lectura de
las siguientes manifestaciones, podrá pensarse que el concejo habrá hecho un
flaco servicio a la memoria del doctor Alberdi, ya que cada chapa de su
calle, a medida que la historia se vaya
haciendo de tan sólidos materiales como los presente habrá de asemejarse día
por día a una lápida”.
“En seguida reproduce “La
Nación”, a dos columnas varias cartas cambiadas entre el Presidente López –(del
Paraguay)– y su Ministro en Francia, don Cándido Barreiro. Fechadas todas antes
de la guerra, aluden a Alberdi y Urquiza y en nada ofenden su fama de
patriotas. ¡La montaña parió un ratón! Nada lesivo brota de los papeles con
acritud tanta remozados”.
“En coro rechazó la
prensa argentina el gratuito agravio”.
Uno de los diarios de
época, decía: “Para resucitar esta tremenda acusación, que ha sido desmentida
definitivamente hace rato: para lanzar una especie semejante sobre el nombre de
un patricio, “La Nación” se apoya en varias cartas que nada prueban ni nada
agregan a lo conocido al respecto. Esas cartas no son sino un pretexto para
renovar el dicterio”.
Corroboró “La Razón”: “¿Cuáles
son las nuevas pruebas? Fragmentos de cartas del presidente López al
representante del Paraguay, señor Barreiro, suministradas por “un historiador
residente entre nosotros”. En un juicio, nadie, absolutamente nadie, llegaría a
presentar como pruebas de un delito, del delito de traición a la patria! –
tales elementos fragmentarios. Si Alberdi tuviera sucesión o esa sucesión
tuviera un diario, nadie arrojaría sobre su nombre de prócer la oscuridad de esta
mancha” (6).
Esas fueron algunas de
las muchas vicisitudes que tuvo que soportar Alberdi en sus destierros y en su
patria, después de la caída de Rosas, vicisitudes sobre las cuales nadie nos
habla (7).
Presumimos que ese mal
trato dado y ocasionado a don Juan Bautista Alberdi, se debe en gran parte a
los juicios serenos y favorables a don Juan Manuel de Rosas, emitidos desde el
año 1837, cuando publica su “Fragmento
Preliminar al Estudio del Derecho”, dedicado al Gobernador y Capitán General de
la Provincia de Tucumán, don Alejandro Heredia, y donde puede leerse el
siguiente párrafo: “por lo demás, aquí no se trata de calificar nuestra
situación actual: sería arrogarnos una prerrogativa de la historia. Es normal,
y basta: es porque es, y porque no puede no ser. Llegará tal vez un día en que
no sea como es, y entonces sería tal vez tan natural como hoy. El Sr. Rosas,
considerado filosóficamente, no es un déspota que duerme sobre bayonetas
mercenarias. Es un representante que descansa sobre la buena fe, sobre el
corazón del pueblo. Y por el pueblo no entendemos aquí la clase pensadora, la
clase propietaria únicamente, sino también la universidad, la mayoría, la
multitud, la plebe. Lo comprendemos como Aristóteles, como Montesquieu,
como Rousseau, como Volney, como Moisés y Jesucristo. Así, si el despotismo
pudiera tener lugar entre nosotros, no sería el despotismo de un pueblo: sería
la libertad déspota de sí misma; sería la libertad esclava de la libertad. Pero
nadie se esclaviza por designio, sino por error. En tal caso, ilustrar la
libertad, moralizar la libertad, sería emancipar la libertad”.
“Y séanos permitido creer
también en nombre de la filosofía, que nuestra patria, tal cual hoy existe,
está, bajo ese aspecto, más avanzada que los otros Estados meridionales”.
Diez años más tarde, sin
dejar de ser enemigo de la dictadura, escribía: “Aunque opuesto a Rosas como
hombre de partido, he dicho que escribo esto con colores argentinos”.
“Rosas no es un simple
tirano, a mis ojos. Si en su mano hay una vara sangrienta de fierro, también
veo en su cabeza la escarapela de Belgrano. No me ciega tanto el amor del
partido para no reconocer lo que es Rosas bajo ciertos aspectos”: (J. B.
Alberdi, “La República Argentina 37 años después de la revolución de Mayo”. Año
1847).
Y es Alberdi, por último
el que declara sin ambages: “Para mí, la vida del general Rosas tiene dos
grandes fases: en una de ellas como jefe supremo de Buenos Aires, he sido su
opositor; en la otra de refugiado en Inglaterra, SOY SU ADMIRADOR”. (De la
carta enviada a don Máximo Terrero, en el año 1865).
Y así seguiría dando
opiniones favorables a don Juan Manuel de Rosas, hasta varios años después de
la muerte de éste, ocurrida en el año 1877.
Por eso creemos que al
ocuparnos de Rosas debemos remontarnos siempre a la época en que le tocó
actuar, sin olvidar que esos años “eran de bronce y que no hay que aplicarles
los principios morales de nuestros tiempos” y que no se trata de defender
tiranías ni dictaduras, sino de la verdad histórica, que es cosa bien distinta,
por cierto.
Notas
(1) Una versión muy en
boga es el de las persecuciones de Rosas a los principales hombres de la época,
escritores, literatos, etc. “que se vieron obligados a dejar el país por esas
causas”. Nada más incierto. ¿Quién afirma que eso es incierto? ¡Pues algunos de
los que se fueron! Veamos lo que dice Alberdi en “La Revista del Plata”, por él
fundada en Montevideo: “Emigrados espontáneamente, sin ofensas, sin odios,
sin motivos personales, nada más que por odio a la tiranía como millares de
argentinos hubiesen venido también si los hubiesen podido efectuar, nuestras
palabras jamás tendrán por resorte motivo alguno personal”. En el año 1874 al
publicar en parís su folleto “Palabras de un ausente”, ratifica rotundamente lo
expresado anteriormente. Con posterioridad, en una carta a sus compatriotas de
Salta, Alberdi, les decía: “Nunca tuve el honor de ser desterrado por la tiranía
de mi país”. ¿Qué los emigrados pasaron penurias y miserias? Otro exiliado lo
desmiente. Don Félix Frías, unitario, tuvo el valor de declarar en 1857, en
plena legislatura de Buenos Aires, lo siguiente: “…que muchos que emigraron se
fueron a comer el pan amargo de la emigración, saturado con vino champagne y
buenas ostras”.
(2) Como se ha visto,
también en el año 1879, se insultaba a los próceres.
(3) Ricardo Sáenz Hayes.
– “El último viaje de Alberdi y su muerte”. “La Prensa”, 16 de febrero de 1930.
(4) Del mismo artículo.
(5) J. B. Alberdi:
“Autobiografía”.
(6) En el año 1912,
también se acusaba de traidores a los próceres.
(7) “Alberdi no pudo, pues, regresar al país durante las presidencias de Mitre y de Sarmiento”. “Hacía 41 años que había salido de su país” (José Nicolás Matienzo. De la conferencia dada en la Facultad de Filosofía y Letras de Buenos Aires, celebrando el centenario del nacimiento de Alberdi). Catorce años duró el exilio de Alberdi durante la dictadura de Rosas, de 1838 a 1852 y veintisiete años de sufrido, después de la caída de éste, o sea de 1852 a 1879.

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