jueves, 19 de febrero de 2015

UNITARIOS Y FEDERALES

Valentín Alsina.



Por José María Rosa (h)

La Argentina nunca tuvo una clase dirigente: una minoría capacitada, por conciencia de su tiempo y comprensión de su medio, para dirigir la nación que surgía. La Revolución de Mayo de 1810 había sido un estallido popular, pero los políticos que tomaron a poco el gobierno en los triunviratos y directorios descreyeron de la nacionalidad para buscar en Inglaterra, Francia o Portugal la tutela de sus privilegios de clase contra la “anarquía” del pueblo sublevado. Pertenecían a una capa social que no era una aristocracia, una categoría que ignoraba o despreciaba a la nación gobernada. Un grupo gobernante sin “virtud política” (como llamó Aristóteles al arte de identificarse con los gobernados) no es una clase dirigente porque nada dirige. Impone o medra. No es una aristocracia: es una oligarquía.
Los directoriales  de 1814, los principistas de 1820, los alumbrados de 1824, los unitarios de 1826 (como más tarde los mayos de 1838 y los liberales de 1852) vivieron de espaldas a la Argentina, sordos y ciegos a la realidad que los rodeaba. Sus nombres, no obstante sus valores intelectuales y conocimientos teóricos, no comprendieron los intereses nacionales. Su acción política valga el ejemplo de Rivadavia –se consagró a reformas edilicias, mejoras educativas o beneficios comerciales foráneos mientras San Martín no podía continuar falto de apoyo y el dinero de Buenos Aires la campaña del Perú, Brasil se incorporaba la Provincia Oriental, se segregaba el Alto Perú y se consolidaba el alejamiento del Paraguay. Sus Congresos (brillantísimos Congresos) discutieron la excelencia de ésta o de aquélla Constitución a copiar de Francia o de Estados Unidos mientras las provincias combatían entre sí y el enemigo arrebataba las fronteras. No era el momento de reformar el Estado, sino de salvar y consolidar la Nación. No podían saberlo porque no sentían la nacionalidad: su concepción política no iba más allá del Estado, es decir lo formal, lo transitorio; no veían a la Nación, la esencia, lo perdurable. Su gran problema era importar una Constitución que dejare –a trueque de la entrega a la economía extranjera– intactos sus beneficios sociales y políticos de clase privilegiada.
Durante el predominio de la oligarquía –de 1811 a 1827– la poderosa nación del Plata se escindió en una constante anarquía que amenazó convertirla en una Centroamérica de catorce republiquetas controladas desde afuera.

Oligarquía y pueblo


La oligarquía chocó con esa realidad que se obstinaba en no ver la Nación incomprendida o rebajada en los de arriba, se manifestaba precisa y fuerte los de abajo.
No es lícita una división absoluta de clases: San Martín, Belgrano, Guido o Las Heras, entre los militares; Vicente López, Paso o Anchorena, entre los civiles (para nombrar los mejores), se esforzaron por dar rumbo argentino a la Revolución, pero fueron barridos por el ambiente. Son las excepciones, las reservas de la nacionalidad se dieron más en el pueblo que en la clase superior. Los gauchos de la campaña, hortelanos y matarifes de las orillas, artesanos o pequeños comerciantes de las  ciudades –todos aquellos que los decentes calificaban con desprecio de chusma–, fueron tesoneramente argentinos. El pueblo había sido el verdadero autor de la revolución del 25 de Mayo de 1810, imponiéndose los patricios sublevados contra sus jefes y oficiales a las vacilaciones de los señores del Cabildo. Como más tarde serían también San Martín y Belgrano –comandantes de los ejércitos de los Andes y del Perú– y las milicias gauchas de Güemes,  quienes obligaron al vacilante Congreso de Tucumán a la independencia del 9 de Julio de 1816.
El pueblo se expresaba por sus caudillos: José Gervasio de Artigas, en el litoral, y Martín Miguel de Güemes, en el Norte; durante el primer decenio de la Revolución. Conductores de muchedumbres, hechas montoneras en las milicias, defendieron la autonomía  de sus provincias contra la prepotencia de Buenos Aires, asiento de Directorios, de allí que se los llamara “federales”, como acabaron llamándose “unitarios” los integrantes de la clase gobernante.
A unitarios y federales los separó algo más que una polémica por centralismo o descentralismo; no fue la suya una división teórica, sino viva y profunda. Dos concepciones antagónicas de la realidad, dos maneras opuestas de sentir la patria: “civilización” y “barbarie”, dice Sarmiento errónea, pero elocuentemente. Civilizados eran los unitarios, que admiraban e imitaban a Europa, bárbaros, los federales arraigados a la tierra y a su propia defensa, que descreían de los europeos y sus intenciones.
La designación unitario, en el lenguaje oligárquico, no significaba partidario de la unidad, sino de la exclusividad; gobierno de doctores en beneficio de la clase decente  durante los tiempos de Rivadavia; predominó de espíritus universales que no temían al extranjero, en los años que siguieron. La Patria para ellos no estuvo en la tierra, ni en la Historia, ni en la sangre, ni en la comunidad. La patria fue la civilización: “Nadie es extranjero en la patria universal, la patria es el universo”, dijo Echeverría en 1846: “llamar hermanos a los nacidos en el mismo suelo es un despropósito; los espíritus universales no somos hermanos de las bestias nacidas en América”, bramaba Alberdi en 1839, “nuestro patriotismo no es el patriotismo de la pampa, no es la incrustación del hombre sobre la tierra, que respetamos solamente en el ombú”, razonaba Mármol en 1851.
Federal, en el habla del pueblo, equivalía a argentino; el grito “¡Viva la Santa Federación!” significaba vivar a la Confederación Argentina. La patria era la tierra, los hombres que en ella habitaban su pasado  y su futuro; un sentimiento que no se razonaba, pero por el cual se vivía y se moría. Defender la patria de las potencias extranjeras era mantener o conseguir un bienestar del que están despojados los pueblos sometidos.

La incomprensión argentina

 

Comprender es amar; incomprender es odiar. Unitarios y federales, separados tan profundamente, formaron dos Argentinas opuestas y enemigas. El primer estallido federal en Buenos Aires –de 1820  fue sofocada por una represión hasta entonces nunca vista. Al segundo –el Gobierno de Dorrego entre 1827y 1828 seguiría el fusilamiento del gobernador, sus principales colaboradores y la sistemática acción de la ciudad y la campaña de las Comisiones especiales, creadas por el ministro Carril. Algo más que el intento frío de aniquilar por el terror al partido del pueblo: era la explosión de un odio incontenible.

El odio empezó de arriba abajo: de unitarios a federales. No lo hay en la oposición de Dorrego a Rivadavia, ni en sus actos de gobierno perdonando las grandes faltas de la presidencia. Sí lo hay en la revolución unitaria de 1828. No existe en la primera administración de Rosas: se encuentra alegría en las manifestaciones populares por el advenimiento de éste, y ningún acto de venganza, ninguna manifestación popular de agravio sigue al sepelio de Dorrego, en diciembre de 1829.

Pero el terror engendra el terror. Al de arriba acabará por suceder el de abajo. Después de contemplar a los “decentes” unidos a los franceses, después de dos años de bloqueo y advertir la alegría de los unitarios por suponer en septiembre de 1840 un próximo desembarco de las fuerzas de Mackau, el estallido del odio federal sería terrible. Octubre de 1840 fue el mes rojo, que serviría en adelante a los periodistas unitarios para quejarse de la crueldad de la chusma y del tirano. El “¡Mueran los salvajes unitarios!”, que se agregó desde entonces al lema, demuestra el apasionamiento alcanzado.

En este último odio –el de federales y unitarios– no había una repulsión de clases, una animadversión de la chusma a los decentes, no obstante algunas expresiones despectivas (cajetillas, paquetes de frac) que podrían darlo a entender, pero que solamente traducen el desprecio a los extranjeristas, a quienes imitaban a los de afuera en trajes, maneras y habla. El aristócrata que se mantenía argentino era tratado por gauchos y orilleros con respetuosa estima.

En cambio hubo resentimiento de clase por parte de los unitarios: de ignorancia o negación de la clase plebeya, pasaron al desprecio cuando los montoneros de 1815 fueron tras sus caudillos a defender la argentinidad, al terror cuando irrumpió la chusma en las calles de Buenos Aires de 1820, al odio cuando llegó al gobierno Dorrego en 1827. Odio que tenía de incomprensión y de impotencia; la más fuerte de las pasiones. Hacia los estancieros aristócratas y hombres de sólida cultura que formaban en las filas federales, el Partido de la barbarie y la ignorancia, el odio alcanzaba proporciones implacables. En su limitado esquema social podían explicarse que el pueblo fuera “bruto”, pero no encontraba justificativo el federalismo de Juan Manuel de Rosas, Tomás de Anchorena, Vicente López y Planes, Felipe Arana, Tomás Guido, señores de antiguo entronque hidalgo; o Bernardo de Irigoyen, Baldomero García, Pedro de Angelis,  Felipe Senillosa, Nicolás Mariño o Francisco Javier Muñiz,  que traicionaban a su clase intelectual al no pensar en fórmulas acuñadas y empeñarse en vivir espiritualmente volcados hacia la bárbara tierra nativa o adoptiva. Nunca pudieron comprender, la burguesía y la mediocridad, por qué la aristocracia y la inteligencia formaban en las filas repudiadas. 


Fuente:


Revisión n° 1, Buenos Aires,  Julio de 1959.

No hay comentarios:

Publicar un comentario