domingo, 16 de noviembre de 2014

SIGNIFICACIÓN MORAL DEL TESTAMENTO DE SAN MARTÍN



José de San Martín (por Ángel María Zuloaga, 1871).


Por Benjamín Villegas Basavilbaso*

(Discurso pronunciado el 17 de agosto de 1940, en el Museo Histórico Nacional, en nombre de la Comisión Nacional de Museos y de Monumentos y Lugares Históricos, con motivo del noventa aniversario de la muerte de San Martín).

“Nadie en mi muerte me honre con su llanto que andaré vivo en boca de los hombres”.

                                                                                                          Ennio.



El Libertador iba a cumplir los sesenta y seis años. Había entrado en las avenidas de la vejez y con admirable estoicismo empezó a preparar su último viaje. Acaso en sus largas meditaciones recordara la sentencia de Séneca: “magnífica cosa es aprender a morir”; ese regreso a lo que fuimos no le inquietaba; si la muerte es premio a la trabajosa jornada, tenía asaz derecho para el descanso definitivo. Aún la “curva senecta” no le obligaba a mirar hacia la tierra; su físico, atormentado por crueles dolencias, se mantenía enhiesto y sin declives; su espíritu, disciplinado en la adversidad y la ingratitud, habíase fortificado en su voluntario exilio. Interrogaba a la conciencia, que es lo único que no puede defraudar a los hombres, y sus dictados le traían serenidad en el ocaso. Más de veinte años había transcurrido desde que escribiera a O’Higgins estas palabras, al retirarse para siempre del Perú: “mi juventud fue sacrificada al servicio de los españoles; mi edad media al de mi patria; tengo derecho a disponer de mi vejez" (1). Pero, el odio que ha ejercido un señorío incontrastable en las luchas políticas argentinas, ni siquiera le respetó en sus violencias; fue a buscar en su retiro a este soldado de la libertad que ambulaba por comarcas extrañas, como la sombra errante de un templario poseído por la pasión del sacrificio. ¡Cuánta amargura guardan estas líneas con que reaccionara ante la injuria de un libelo porteño: “el honor es la única herencia  que dejo a mis hijos, el nombre del general San Martín ha sido más considerado por los enemigos de la independencia que por muchos de los americanos!” (2).
En pleno dominio de su mente redactó personalmente sus postreras voluntades. Reservado por temperamento y poco afecto a confesiones íntimas, eligió la forma ológrafa que le permitía ocultarlas, pues tenía el pudor de descubrirlas. El que había emprendido la guerra de la emancipación con un secreto, confiado sólo y por necesidad, en 1814 a Rodríguez Peña, el que quiso terminar su vida con otro secreto en Guayaquil, en 1822 , no iba a quebrantar su reserva para disponer de sus contados bienes  después de su muerte. Ese testimonio era el gran secreto de su vida heroica, que nunca descendió a defenderse de los epítetos más rastreros que le gritaron sus muchos detractores, prefiriendo ocultarse en el silencio más allá de los límites de la prudencia humana. Empero, esa fue siempre su línea de conducta, rígida, inflexible y perdurable hasta el final. Ya lo tenía dicha antes de cruzar la nevada cordillera: “mi corazón se va encalleciendo a los tiros de la maledicencia y para ser insensible a ellos me he aferrado con aquella máxima de Epictecto: “Si l’on dit mal de toi et qu’il soit veritable, corrige-toi: si ce sont des mensonges, ris en” (3) 
Fue en París, en su residencia de la Rue Neuve Saint-Georges, y en pleno invierno que escribió su testamento. Era el 23 de enero de 1844. (4) En sólo cincuenta y dos renglones manifestó sus voluntades: no necesitó de extensas declaraciones ni de albaceas. La caligrafía cuidadosa, al extremo que ha rayado previamente la hoja para evitar el desaliño; como siempre no se preocupó por la ortografía, pero sí por la claridad y precisión de sus ocho cláusulas. La letra tiene caracteres regulares; pareciera que su autor no vaciló en asentar sus mandas convencido de la justicia que le animaba; no se advierte apremio alguno en su redacción, como si presintiera que aún estaba lejana la fatiga de la hora postrera. En frases sentidas ordenó sus disposiciones sin jactancias, humildemente, con fervor cristiano.
Inicia su testamento “En el nombre de Dios Todo Poderoso a quien reconozco como hacedor del Universo”, porque creía en Dios, a quien invocara tantas veces en vísperas de la gloria. ¿No puso los auspicios de la Señora del Carmen la bandera del Ejército de los Andes, antes de emprender su cruzada a través de esas montañas que le quitaban el sueño? ¿No proclamó la libertad e independencia del Perú “por la voluntad general de los pueblos y por la justicia de su causa que Dios defiende?” (5). Tal vez en esos momentos solemnes llegase a su memoria la súplica de la propia madre que quiso ser amortajada con el sayal dominicano (6). Después de escribir el nombre de Dios enuncia sus títulos conquistados en diez años de guerra en que “ejerció sin reservas el apostolado de la libertad” (7), para entregarlo al juicio de la historia: Generalísimo de la República del Perú y fundador de su libertad, Capitán General de la de Chile y Brigadier General de la Confederación Argentina”.
La primera cláusula testamentaria es para su hija unigénita, que fue su amor, su refugio y su consuelo, la que en el tránsito supremo le cerraría los cansados párpados con el beso final. “Dejo – escribió- por mi absoluta heredera de mis bienes habidos y por haber a mi única hija Mercedes de San Martín, actualmente casada con Mariano Balcarce”. Hacía más de veinte años que su esposa dormía su último sueño y a quien no pudo acompañar en su agonía. No tenía padres; sus hermanos Juan y Manuel apenas entraron en sus recuerdos, sólo Justo se le aproximó en su ostracismo. Pero quedábale María Helena, viuda y sin amparo; fue la única hermana y para quien dispone protección y ayuda. Por eso en el segundo artículo manda que su heredera le suministre una pensión de mil francos anuales y a su fallecimiento se continúe pagando a su hija Petronila una de doscientos cincuenta hasta su muerte. Para asegurar estas rentas que hace a su hermana y sobrina rehusa constituir ninguna clase de hipotecas o garantías, “por la confianza – dice – que me asiste de que mi hija y sus herederos cumplirán religiosamente esta mi voluntad”.
Ha dispuesto de sus bienes habidos y por haber. Los habidos son contados: subsidios y pensiones que muchas veces no llegan; además, los auxilios del dilecto amigo, el español Aguado, a quien debió no haber muerto en un hospital por falta absoluta de recursos. ¿Dónde hallar las barras de oro que sus enemigos le imputaban haber extraído dolosamente de Chile y del Perú? ¡cuán cierto es que la gloria es más excelsa después que la calumnia ha pretendido enlodar a los varones ilustres!
Después piensa en su espada, esa espada que jamás fue puesta al servicio de las contiendas fratricidas ni de la discordia interna, que fue “instrumento accidental de la justicia y agente del destino”, como él mismo lo dijera en su inolvidable proclama a los peruanos (8). Era el acero de San Lorenzo, de Chacabuco, de Maipú, de Lima, con que este soldado en “misión de caridad” marcó los caminos de la liberación; acero santificado por todos los renunciamientos: el del hogar, el de la fortuna, el del poder y el de la fama. Y escribió la cláusula tercera en estos términos: “El sable que me ha acompañado en toda la guerra de la independencia de la América del Sud, le será entregado al general de la República Argentina, Dn. Juan Manuel de Rosas, como una prueba de la satisfacción que como argentino he tenido, al ver la firmeza con que ha sostenido el honor de la República contra las injustas pretensiones de los extranjeros que trataban de humillarla”.
El testador ha sentido intima satisfacción por la viril conducta de Rosas ante los agravio inmerecidos a la soberanía de su patria. Esas injustas pretensiones -así las calificó-  lesionaban su acendrado patriotismo. No juzgaba su política interna ni se afiliaba a las facciones que dividían a muerte a los argentinos. “A tan larga distancia y por tantos años alejado de la escena – dijo una vez – no me es saber fácil la verdad…Sobre todo, tiene para mi el general Rosas que ha sabido defender con toda energía  y en toda ocasión el pabellón nacional…Por esto después del combate de Obligado tentado estuve de mandarle la espada con que contribuí a defender la independencia…” (9). El adversario irreductible de toda restauración o conquista de los imperios ultramarinos en América permanecía fiel a sus principios: las agresiones de Francia y de Inglaterra humillaban a los argentinos y no aprobaba la actitud desesperada de los unitarios que para destruir la dictadura ponían en peligro los destinos de su patria. Además, el legado, tan discutido por la pasión de amigos y enemigos no estaba destinado al gobernador de Buenos Aires; expresamente ha querido donarlo al general Rosas, que en ese entonces representaba la autoridad suprema de la República, que aseguraba la integridad de su territorio y la independencia a la que había contribuido con abnegación y sacrificio. El honor había quedado en salvo con la resistencia al extranjero invasor; y fue una razón de patria y no de simpatías personales o partidistas que determinó al testador a dar ese destino a su espada libertadora, que los descendientes del beneficiario entregaron al culto y a la veneración de los argentinos.
El artículo cuarto impresiona y entristece. “Prohíbo – escribió - el que se me haga ningún género de funeral, y desde el lugar que falleciere se me conduzca directamente  al cementerio, sin ningún acompañamiento, pero sí desearía el que mi corazón fuese depositado en el de Buenos Aires”.  Su carácter sencillo y desnudo de vanidades no se conciliaba ni siquiera con las pompas del ritual; el que entraba a las ciudades buscando las sombras de la noche para esquivar el homenaje debido a sus victorias, quería llegar a la ciudad del eterno silencio sin ceremonias, sin acompañamiento, pero deseó que algún día su corazón volviese a Buenos Aires. Ese “sí desearía” tiene un significado moral extraordinario. De todo su magro caudal reserva el corazón para ser depositado en el cementerio de la ciudad capital,  acaso porque fue la que menos le amaba. ¡Y con cuánta constancia manifestó siempre su voluntad de concluir su vida en esta tierra! “No deseo otra cosa – le dice a su amigo Molina en 1837 – que morir en su seno” (10). ”No exijo…sino que me dejen vivir con tranquilidad los pocos días que me restan de vida” (11). En carta a O’Higgins reitera su anhelo de volver a la patria: “hasta que el horizonte que presente Buenos Aires sea tal que me permita regresar…para dejar en él mis huesos” (12).  En 1838, al tener conocimiento del grave conflicto con Francia, le dice a Rosas: “tres días después de haber recibido sus órdenes me pondré en marcha para servir a la patria honradamente. En cualquier clase que se me destine. Concluida la guerra, me retiraré a un rincón, esto es, si mi país me ofrece seguridad y orden; de lo contrario regresaré a Europa con el sentimiento de no poder dejar mis huesos en la patria que me vio nacer” (13).  Pero, sus adioses de 1829 serían definitivos; ya en 1844 estaba viejo y achacoso para cruzar el océano; por eso quiso expresar una vez más su deseo de retornar muerto, ya que su destino había ordenado que nunca más volvería a ver la madre tierra.
Ya ha dispuesto de todo, ha instituido heredero y ordenado la entrega de una pensión vitalicia a su única hermana; ha legado su espada y prohibido sus funerales, y por fin ha dicho dónde quisiera descanse su corazón; ya de nada puede disponer; en vida lo dio todo hasta el exceso, guardando sólo para sí el silencio ante la injuria, el infortunio y la ingratitud. Pero, su honradez le obliga a declarar el estado de sus compromisos y obligaciones y a ese efecto redacta la cláusula quinta: “declaro no deber ni haber jamás debido, nada a nadie”. ¡Qué ejemplo el que deja este soldado con tan extraordinaria confesión! La vida pública nunca pudo tentarlo con sus promesas engañosas. Subió a las más altas posiciones para servirlas con honor y dignidad, sin que jamás la codicia, el lucro o el interés personal  se anidaran en su espíritu. La pobreza fue su compañera. En 1816 al solicitar al Intendente de Cuyo una tierras de labranza, dice en su oficio: “Mi fortuna menguada no me ha proporcionado jamás un fundo rural…Las cincuenta cuadras que pido por merced sólo valen doscientos pesos. No los tengo… La voluntaria cesión de la mitad de mis sueldos me ha reducido a pasar una vida frugal y sin el menor ahorro para embolsar… (14). No tuvo acreedores y así quiere afirmarlo en la hora de la verdad, con palabras que trasuntan virtudes socráticas. Tal vez recordara en esos momentos sus renuncias a sueldos, mandos, premios, honores y privilegios, recompensadas con los epítetos de ambicioso, embustero, hipócrita, asesino y ladrón! (15).
Después vuelve a sus seres queridos, a su hija y a sus dos nietas, carne de su carne y donde habría de extinguirse la progenie del héroe, para decirles sus adioses  plenos de ternura y amor. Es la penúltima cláusula, la más íntima y conmovedora, que encierra una honda lección de educación cristiana. ¡Con cuánta congoja la escribiría, posiblemente en el declinar de esa tarde invernal, cuando el crepúsculo en fuga se deshacía en sombras y en misterio! “Aún que es verdad – escribió – que todos mis anhelos no han tenido otro objeto que el bien de mi hija amada debo confesar que la honrada conducta de ésta y el constante cariño y espero que siempre me ha manifestado, han recompensado con usura, todos mis esmeros haciendo mi vejez feliz. ¡Yo la ruego continuar con el mismo cuidado y contracción la educación de sus hijas (a las que abrazo con todo mi corazón) si es que a su vez quiere tener la misma feliz suerte que yo he tenido; igual encargo hago a su esposo, cuya honradez y hombría de bien  no ha desmentido la opinión que había formado de él. Lo que me garantiza continuar haciendo la felicidad de  mi hija y nietas”.
Es verdad que el Libertador cuidó con extremado cariño  la educación de su única hija. La formación de su carácter constituyó la mayor preocupación en su ostracismo. La muerte de la madre obligóle a ejercer ese noble ministerio. Y para prepararla para la adversidad que tanto había perseguido al padre, redactó unas máximas  a las cuales ajustó su conducta, máximas que acusan la grandeza moral de su autor y que no debieran ser olvidadas en los hogares y escuelas argentinas. Humanizar el carácter y hacerlo sensible aún con los insectos que nos perjudican; gran confianza y amistad, pero uniendo el respeto; formalidad en la mesa; respeto a la propiedad ajena; amor a la verdad y odio a la mentira; caridad con los pobres; respeto a todas las religiones; dulzura con los criados, pobres y viejos; hablar poco y lo preciso; acostumbrarla a guardar un secreto, y amor al aseo y desprecio al lujo (16), tales eran los once mandamientos que transformarían a la doncella en admirable hija, esposa y madre.
Extraño el destino de este “santo de la espada”, que cuida la educación de su unigénita con fervor maternal, y para fortificarla contra las asechanzas de la vida le inculca rígidas normas de moral evangélica que él mismo redacta en su soledad de asceta. Por eso al confesar que su hija le ha devuelto en cariño y amor todas sus preocupaciones de padre, le ruega eduque a las suyas con la misma solicitud, para tener como él una ancianidad venturosa. Y así fue hasta el momento final, pues encontró en las nietas que le llamaban “cosaco” la luz que ya había huido de sus ojos  y en la hija la Antígona inseparable, que servía de vínculo indestructible entre aquellas que iniciaban los primeros caminos en la vida y el noble anciano que se avecinaba a la inmortalidad.
Ha terminado su testamento con la séptima cláusula, que anula sus dos anteriores, el de Mendoza antes del pasaje de los Andes y el que formulara al arribar a las playas de Pisco. Y escribe “hecho en París a veinte y tres de enero  del año mil ochocientos cuarenta y cuatro, y escrito todo él de mi puño y letra”. Después su firma José de San Martín y la rúbrica, la misma con que anunció la libertad de Chile y del Perú, la misma con que cerrara  aquellas dos cartas a Bolívar, después de Guayaquil; en las que le dice: “Estoy íntimamente convencido o que no ha creído sincero mi ofrecimiento de servir a sus órdenes con las fuerzas de mi mando, o que mi persona le es embarazosa” (17). “Rehúso el conflicto porque la retroacción sería guerra fratricida. Mi obra ha llegado al zenit; no la expondré jamás a las ambiciones personales” (18).
Todo estaba ya dispuesto, pero al leerlo debió advertir que había olvidado dar destino al signo del imperio español en América, que conservaba con cariño en su cartuja de Grand Bourg. La municipalidad de Lima, en acto público, le había hecho entrega del estandarte real que no se enarbolaría jamás en el Perú, porque, en verdad, ¿quién tenía más títulos que el vencedor de Lima para poseer el pendón del vencido? ¡Cómo olvidar aquella proclama de su despedida heroica horas después de quitarse la investidura de “Protector”!  “Presencié la declaración de la independencia de Chile y del Perú; existe en mi poder  el estandarte que trajo Pizarro para esclavizar el imperio de los Incas, y he dejado de ser hombre público; “he aquí recompensados con usuras diez años de revolución y guerra” (19). Este pendón, tres veces centenario, deshilado y desteñido, es el único premio de su hazaña, le ha acompañado durante su inmerecido exilio y trae a su memoria días de gloria y de deber cumplido  en bien de América. El que fue símbolo de vasallaje ha de volver a la tierra que un día se lo legara para cubrirlo con su espada  libertadora. Y así escribió la última cláusula, como artículo adicional: “Es mi voluntad el que el estandarte que el bravo español Dn. Francisco Pizarro tremoló en la conquista del Perú  sea devuelto a esta República (a pesar de ser una propiedad mía)  siempre que sus gobiernos hayan realizado las recompensas y honores con que me honró su primer Congreso”.  Luego firmó otra vez: José de San Martín.
El Libertador había concluido de disponer de toda su herencia y de despedirse de los seres que tanto amaba. Ya no le quedaba sino esperar la señal de la partida. En esos ocho artículos – voluntades y consejos revestidos de unción – aparece la grandeza moral de este maestro del renunciamiento, que sin amarguras ni reproches  desciende voluntariamente del poder “para retirarse a la vida privada – así lo dejó escrito – con la satisfacción de haber puesto a la causa de la libertad toda la honradez de su espíritu y la convicción de su patriotismo”. Aparece también la tristeza del héroe que quince años antes se alejaba de las playas del Plata para regresar medio siglo después en cenizas desde tierras extrañas. Bien podía haber encerrado su testamento con aquellas palabras de Ennio: “Nadie en mi muerte me honre con su llanto, que andaré vivo en boca de los hombres” (20).
Aún esperaría más de seis años  para el viaje sin retorno  y en su transcurso sus ojos se cubrieron de nieblas, como un anticipo de las sombras que se acercaban. La esperanza y los sueños – como él mismo lo dijera – le animaban (21); de América recibía demostraciones de respeto y de justicia. Pero la hora del tránsito no estaba lejana; buscó en la ribera del mar alivio a sus incurables males, y en un sábado de calor tormentoso – hace hoy noventa años – mientras el viento y las nubes desfilaban presurosas por el Canal de la Mancha, entró, opulento de virtudes, en la inmortalidad.
El testamento del Libertador deja una lección de un hondo significado moral y exterioriza la fortaleza de alma del que hiciera de su vida un ejemplo de virtudes. Trasunta la incomparable rectitud de una conducta puesta únicamente al servicio de la libertad y la santidad del héroe que buscó en el deber su religión, cumpliéndolo sin medir el dolor de muchos sacrificios en bien de la solidaridad de América; por ella dejó el comando del ejército del Norte; por ella quiso formar el de los Andes para reconquistar a Chile; por ella emprendió la expedición al Perú para llegar a Lima; por ella, “cuidando más su causa que su empleo” (22)  se adentró en el renunciamiento voluntario de Guayaquil y para que ese desgarramiento fuese más absoluto se encerró en el silencio del estoico, rehusando explicar la razón de su abdicación. Pudo haber dicho: mi misión no es gobernar ni conquistar pueblos, sino libertarlos, pero cuando comprendió que aquélla había terminado prefirió descender del poder, en vísperas de la victoria final, sin una amargura ni un reproche y alejarse acompañado por la pobreza, el infortunio y la ingratitud.
El patriotismo, que es un atributo de la naturaleza humana, no consiste solamente en recordar los hechos de los varones ilustres, en admirar sus virtudes y en mantener el culto de los héroes. Las fecundas enseñanzas que esas grandes vidas como la de San Martín dejen en el espíritu, deben servir para imitarlas con firmeza y voluntad. Sólo así demostraremos nuestra gratitud y contribuiremos a la dignidad y al respeto de la República.

Notas: 
(1)     Barros Arana, Diego, Historia general de Chile, Santiago, 1894, t. XIII, p. 679. Carta confidencial de San Martín a O’Higgins, agosto 25 de 1822.
(2)     Documentos del Archivo de San Martín, Buenos Aires, t. XII, p. 294. Oficio del general San Martín a la Junta Gubernativa del Perú, Mendoza, febrero 28 de 1823.
(3)     Documentos del Archivo de San Martín, op. cit., t. V, p. 532. Carta de San Martín a Don Tomás Godoy, Mendoza, febrero 24 de 1816.
(4)     Otero, José Pacífico, Historia del Libertador San Martín, Buenos Aires, 1932, t. IV, p. 591.
(5)     Mitre, Bartolomé, Historia de San Martín, Buenos Aires, 1890, t.III, p. 68.
(6)     Otero, José Pacífico, op. cit., t. I, p. 39.
(7)     Carta de San Martín a Bolívar, Lima, septiembre 10 de 1822. V. Colombres Mármol, E.L., San Martín y Bolívar en la entrevista de Guayaquil, Buenos Aires, 1940, p. 402.
(8)     Documentos del Archivo de San Martín, op. cit.,  t. XI, p. 198.
(9)     Quesada Ernesto, Época de Rosas, Buenos Aires, p.56
(10)  Otero José Pacífico, op. cit., t. IV, p. 354.
(11)  Documentos de San Martín, op. cit., t. IX, p. 495. Carta de San Martín a Dn. Pedro Molina, Grand Bourg , abril 27 de 1836.
(12)  Otero, José Pacífico, op. cit., t. IV, p. 357.
(13)  San Martín, su correspondencia, Buenos Aires, 1906, p. 85  Carta de San Martín a Rosas, Grand Bourg, agosto 5 de 1838.
(14) Documentos del Archivo de San Martín, op. cit., t. IX p.14. Oficio de San Martín al Gobernador Intendente de Cuyo, Mendoza, octubre 12 de 1816.
(15)  San Martín, su correspondencia, p. 105. Carta de San Martín al general Tomás Guido, Bruselas, enero 6 de 1827. Documentos del Archivo de San Martín, op. cit., t. III, p. 661, carta de Zañartú a San Martín, Buenos Aires, marzo 23 de 1820. Rojas Ricardo, El Santo de la Espada, Buenos Aires, 1930, p. 519.
(16)  Documentos del Archivo de San Martín, op. cit.,  t. I, p, 35. Máximas para mi hija, 1825, p. 39, carta de San Martín a Doña Dominga Buchardo de Balcarce, París, diciembre 15 de 1831.
(17)  Mitre, Bartolomé, op. cit., t. III, p. 644. Carta de San Martín a Bolívar, Lima, agosto 29 de 1822.
(18)  Colombres, Mármol  E. L., op. cit., p. 402, Carta de San Martín a Bolívar, Lima, septiembre 12  de 1822.
(19)  Documentos del Archivo de San Martín, op. cit., t. X, p. 356.
(20)  Cicerón, Obras Completas, t. IV, P. 257. Los diálogos de Cicerón, De la vejez.
(21)  Documentos del Archivo de San Martín, op. cit., t. IV, p. 556, carta de San Martín a Guido, Montevideo, abril 3 de 1829.
(22)  González, Joaquín V., Obras Completas, t. XXII, p. 309.


* Revista del Instituto de Investigaciones Históricas Juan Manuel de Rosas n° 6, Buenos Aires, Diciembre 1940, pp. 143-152.

miércoles, 12 de noviembre de 2014

LAS OTRAS TABLAS DE SANGRE

Juan Lavalle.



                                                                            Por Alberto Ezcurra Medrano



ALGUNOS JUICIOS ACERCA DE LA PRIMERA EDICION DEL PRESENTE LIBRO

            “En pocas palabras dice Ud. mucho más que otros en sendos libros. Lo felicito.”
MANUEL BILBAO (h)
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            “Recomendamos al lector la lectura de Las otras Tablas de Sangre, del señor Alberto Ezcurra Medrano, que le ayudará a comprender mejor la época y nuestra historia.”
TTE. CNEL. CARLOS A. ALDAO
            Rosas a la luz de los documentos históricos, pág. 163.
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            “Aquí vemos averiguada, ordenada y definitivamente aclarada una de las acusaciones más estridentes contra Rosas: la de crueldad, sus degüellos y sus matanzas.”
                                                                                  SIGFRIDO A. RADAELLI
            Tiempos de Buenos Aires, pág. 89
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            “Este precioso trabajo de investigación está precedido por un estudio metodológico sobre Rosas y su responsabilidad en las ejecuciones por él ordenadas estudio que, como el “Rosas en los altares”, publicado por Ezcurra Medrano en Crisol del 1°de enero de 1935, revela en su autor singular aptitud para la crítica histórica.”
                                                                                  JULIO IRAZUSTA
            Ensayo sobre Rosas, págs. 137-8
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            “Lo he leído con fruición y con sumo interés histórico:”
                                                                                  CLEMENTINO S. PAREDES
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            “El gran acopio de datos históricos ilevantables, la lógica irrebatible de su exposición y el vacío que vino a llenar ese trabajo le dan un interés excepcional.”
                                                                                  JOSE MARIA FUNES
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            “Se acusa a Rosas exclusivamente del uso del terror, y no fue él solo, ni, acaso, el que más usara de esta suerte de apaciguamiento. Y aquí está la prueba, reunida en apretadas demostraciones.”
            Revista Bibliográfica, octubre-noviembre 1934.
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            “Sin entrar a discutir la personalidad del hombre que abarca toda una época agitada de la historia argentina ni emitir juicio alguno al respecto, debemos reconocer en el folleto de referencia un alto valor documental y un estilo claro y preciso.”
            Bandera Argentina, 13 de noviembre de 1934.
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P R O L O G O

                El revisionismo histórico argentino ha realizado una labor científica, hondamente patriótica, en favor de la verdadera historia argentina. Todos los años se publican libros y folletos que destruyen la leyenda negra difundida por los historiadores liberales, heterodoxos todos ellos, y que por su misma heterodoxia combatieron desde las logias y luego desde el gobierno lo más profundo del ser tradicional argentino, para desarraigar nuestras antiguas y nobles costumbres, nuestras ideas y sentimientos esenciales católicos.
            Y esta labor revisionista, que se ha intensificado hace algo menos de treinta años a esta parte, y que se desarrolla en la cátedra, en el libro, en periódicos y conferencias por todo el país, continúa la obra que a fines del siglo pasado inició con su Historia de la Confederación Argentina Adolfo Saldías, y luego, en su libro intitulado La época de Rosas, Ernesto Quesada.
            El período más intenso, de más grandeza y que da la verdadera razón de nuestra nacionalidad fue y es negado hasta hoy por los historiadores liberales, que se copian unos a otros  en su deleznable tarea de difundir una historia falsificada. De esta manera la investigación histórica se estanca y pierde total vitalidad. ¿Y qué podríamos decir de los textos de historia argentina destinados a los establecimiento de segunda enseñanza?. Hemos leídos  los aprobados por el Ministerio de Educación en esta asignatura, y en todos, salvo alguna rara excepción, no sólo encontramos los absurdos más grotescos respecto a la época de Rosas, sino que surge enseguida, en volúmenes destinados a los jóvenes, exacerbado, el antiguo odio de unitarios y liberales a la política rosista. Habría que añadir, además, que la falsificación de la historia no se reduce a estos textos escolares al período en que gobernó Juan Manuel de Rosas; los siglos de la dominación española han sido también falseados, como asimismo todo aquello que de algún modo nos define como nación esencialmente católica e hispánica.
            Frente a una enseñanza oficial de la historia argentina que es perniciosa para la formación de los jóvenes, a quienes se les debe explicar solamente la verdad, justipreciamos la intensa obra de los historiadores revisionistas, que en la cátedra y el libro están demostrando dónde están los verdaderos y los falsos próceres, riñendo una batalla que ya ha sido ganada, porque el fraude histórico inventados por los vencedores de Caseros y Pavón no resiste la fuerza incontrastable de la verdad histórica.
            Y es con ese espíritu de justicia que revelan los historiadores revisionistas que Alberto Ezcurra Medrano publica la segunda edición de su libro Las otras Tablas de Sangre, libro magnífico, claramente escrito, de alta polémica, totalmente documentado, que tiene la ventaja sobre el de su antagonista, el del lamentable e infelicísimo Rivera Indarte, de que no inventa ni fantasea ni agrega adjetivos insultantes ni comentarios malévolos, sino que expone los hechos para que el lector juzgue, valiéndose muchas veces de los mismos historiadores liberales para demostrar cómo los unitarios, con sus olas de crímenes, de degollaciones, de fusilamientos a granel, superaron las atrocidades y desafueros de los enemigos de la “civilización.”
            El mérito de este volumen reside precisamente en su valor científico, que destruye la leyenda unitaria, construída sobre la propaganda periodística, el libelo de Rivera Indarte y ese otro, en forma de novela, de José Mármol.
            Las otras Tablas de Sangre constituyen un documento incontrovertible y se advierte en él la verdad objetividad histórica, que es la que tiene el sentido de justicia. Esta obra ha sido completada durante largos años de paciente tarea investigadora, formando así un volumen que supera extraordinariamente al que conocíamos por la primera edición. Todo lo que la historia liberal ha callado, aquello que permanecía oculto en documentos y libros, ha sido reunido por Ezcurra Medrano en su búsqueda de la verdad, con afán de historiador, sobreponiéndose al espíritu de partido o de bandería.
            Es curioso observar cómo el sectarismo liberal, en su anhelo de trastocarlo todo con fines de sectarismo político, no se le ocurrió advertir que la falsificación de la historia en la forma grosera en que lo hicieron no podía persistir indefinidamente, ya que, frente a los crímenes que se atribuyen a Rosas, las atrocidades del terror celeste -a pesar de la destrucción de documentos que hicieron los unitarios- son tan evidentes, que sólo el odio, la ceguera y la mala fe de varias generaciones de gobernantes liberales han podido ocultarlas. Y con este sistema de criminal ocultación han padecido también hechos gloriosos, acontecimientos de la época rosista, como la lucha por la soberanía argentina contra Francia e Inglaterra, ocultación que revela el grave delito de traición contra la patria y el espíritu de los argentinos.
            El proceso del terror celeste, desde Rivadavia hasta Sarmiento, está relatado por Ezcurra Medrano. Los fusilamientos en masa e  individuales mandados a ejecutar por órdenes de Lavalle, Lamadrid, Paz, Mitre, Sarmiento y los demás jefes unitarios, son incontables. Pero la guerra civil, provocada por los unitarios en unión con los extranjeros, suscitadora de los odios más enconados y la venganzas más cruentas, continuó después de la caída de Rosas, y el terror liberal que reemplazó al unitario pudo proseguir con sus asesinatos y degollaciones, hasta que el triunfo definitivo de la  heterodoxia, encarnada en figuras masónicas como Mitre y Sarmiento, inició la era de un crudo y persistente materialismo.
            El régimen de terror, anterior y posterior al gobierno de Rosas, ha sido estudiado por Ezcurra Medrano, atestiguándolo con hechos concretos. En cuanto a los procedimientos que utilizaban los unitarios para matar a sus enemigos, nadie ignora que Lavalle y Lamadrid cumplían al pie de la letra lo que exaltaban en su furor de degolladores; aconsejaban o daban órdenes de lancear o de degollar sin perdonar a nadie. Lavalle, en 1839, consigna Ezcurra Medrano, en su proclama dirigida a los correntinos  decía refiriéndose a los federales: “es preciso degollarlos a todos. Purguemos a la sociedad de estos monstruos. Muerte, muerte sin piedad.” No hay jefe  unitario que utilice otros procedimientos frente a los federales. Era una lucha sin cuartel, y nadie lo daba. El culto y civilizado Paz no se quedaba corto en las matanzas y ejecuciones de prisioneros. He aquí una descripción de lo que el general Paz llamaba actos de severidad: “Los prisioneros son colgados de los árboles y lanceados simultáneamente por el pecho y por la espalda...A algunos les arrancan los ojos o les cortan las manos. En San Roque le arrancan la lengua al comandante Navarro. A un vecino de Pocho, don Rufino Romero, le hacen cavar su propia fosa antes de ultimarlo, hazaña que se repite con otros. Algunos departamentos de la Sierra son diezmados. Por orden, si  no del general, de algunos de sus lugartenientes, ciertos desalmados, como Vázquez Nova, apodado Corta Orejas, el Zurdo y el Corta Cabezas Campos Altamirano, lancean a los vecinos de los pueblos, en grupos hasta de cincuenta personas.” “Los coroneles Lira,  Molina y Cáceres rindieron la vida entre suplicios atroces. Sus cadáveres despedazados fueron exhibidos en los campos de Córdoba y expuestos insepultos.”
            Como dijimos, el jacobinismo liberal continuó después de la caída de Rosas y durante todo el siglo XIX su política de crueldades inauditas, degollando prisioneros, exterminando a los vencidos donde quiera que se encontrasen, mandando asesinar a los gobernadores que no obedecían a la política central.
            El libro que comentamos será sumamente útil a la juventud argentina. Todo él da una idea clara de lo que fue el terror celeste a lo largo de la centuria decimonovena. Necesitábamos esta segunda edición, completa con nuevos aportes indubitables, y donde se prueba a una vez más el talento de investigador de Alberto Ezcurra Medrano, que huye de lo farragoso para buscar la síntesis, y, sobre todo, su honradez y el espíritu de justicia que definen su obra.
                                               ALFREDO TARRUELLA


EL JUICIO HISTORICO SOBRE ROSAS


             Lenta, pero firmemente, la verdad sobre Rosas se abre camino.
            La causa de esa lentitud se explica. A Rosas le tocó actuar en pleno auge del romanticismo y del liberalismo. Sus enemigos, libres de la pesada tarea de gobernar, empuñaron la pluma e “inundaron el mundo -como dice Ernesto Quesada- con un maëlstrom de libros, folletos, opúsculos, hojas sueltas, periódicos, diarios y cuantas formas de publicidad existen.”  Supieron explotar la sensiblería romántica dando a ciertas ejecuciones y asesinatos una importancia que no les corresponde dentro del cuadro histórico de la época.  Los famosos degüellos de octubre del año 40 y abril del 42 pasaron a la historia hipertrofiados, como si los 20 años de gobierno de Rosas se hubiesen reducido a esos dos meses  y como si su acción gubernativa no hubiese sido otra que ordenar o tolerar degüellos. Rosas, para ellos, fue un monstruo, y desde este punto de vista, que no permiten discutir, juzgan su época, sus hechos y sus intenciones. Si Rosas fusiló, no fue porque lo creyó necesario, sino para satisfacer su sed de sangre.  Si luchó -aunque sea con el extranjero-, no fue por patriotismo, sino por ambición personal, o para distraer la atención del pueblo y mantenerse en el poder. Si expedicionó al desierto, fue para formarse un ejército. Si efectuó un censo, fue para catalogar unitarios y perseguirlos. Si ordenó una matanza de perros, que se habían multiplicado terriblemente en la ciudad, lo hizo para instigar una matanza de unitarios. Y así, mil cosas más.  Naturalmente, de todo esto resultó un Rosas gigantesco por su maldad, “un Calígula del siglo XIX”, es decir, el Rosas terrible que necesitaban los unitarios para justificar sus derrotas y sus traiciones.
            Como la historia la escribieron los emigrados que regresaron después de Caseros, ese Rosas pasó a la posteridad, y desde entonces todas las generaciones han aprendido a odiarlo desde la escuela. Sólo así se explica que aun perdure en el pueblo el prejuicio fruto del manual de Grosso y de las horripilantes escenas de la Mazorca conocidas a través de Amalia o de alguna recopilación de “diabluras del Tirano.”
            Afortunadamente, en la pequeña minoría que estudia la historia se evidencia una reacción. Los libros nuevos que tratan seriamente el debatido tema lo hacen con un criterio cada vez más imparcial. Tal es el caso de las interesantes obras publicadas en 1930 por Carlos Ibarguren y Alfredo Fernández García.
           “Donde hay un hombre, hay una luz y una sombra”, se ha dicho. Rosas, como hombre que fue, cometió errores, pero no crímenes, porque “el delito -como él mismo escribió en su juventud- lo constituye la voluntad de delinquir”,  y es absolutamente infundada la afirmación de que él la tuvo. Cuando se habla de su reivindicación, no se trata de presentarlo sin mancha a los ojos de la posteridad, como han querido presentarse sus enemigos, ni tampoco de “disculparlo”, como dicen algunos con cierto retintín cada vez que oyen hablar de cualquiera de sus innegables aciertos. El perdón supone el crimen, y la facultad de concederlo no pertenece a la historia, sino a Dios. De lo que se trata es, simplemente, de presentarlo tal cual fue, con sus errores y con sus aciertos, ya que los primeros no tienen la propiedad  de borrar los segundos, tal como los numerosos fusilamientos ordenados por Lavalle y Lamadrid en sus campañas no extinguen ni una partícula de la gloria que les corresponde por el valor legendario de que dieron pruebas en la guerra de la independencia. La vida pública de esos hombres no es un todo indivisible que se pueda condenar o glorificar en globo. Por eso es absurda en nuestros días esa fobia oficial antirrosista que, haciéndose cómplice de lo que podríamos llamar conspiración del olvido, excluye sistemáticamente el nombre de Rosas de las calles y paseos públicos mientras se le concede ese honor a una porción de personajes anodinos, cuando no traidores o enemigos de la patria. (No sólo se excluye el nombre de Rosas, sino que se procura excluir el de todo personaje rosista o hecho de armas favorable a Rosas. Para citar un ejemplo, ninguna calle de Buenos Aires lleva el nombre de Costa Brava, combate en que se cubrió de gloria la armada argentina derrotando a la oriental, que mandaba José Garibaldi. Sin embargo, este aventurero, saqueador e incendiario tiene hoy varias calles y monumentos, y -parece increíble- lleva su nombre un guardacostas de esa armada nacional contra la cual luchó pérfida y deslealmente.  A ese extremo ha llegado la pasión antirrosista.)
            La “tiranía” no fue un hombre sino una época en que todos emplearon cuando pudieron los mismos métodos. Rosas no “abrió el torrente de la demagogia popular”, como se ha dicho con más literatura que acierto. Lo tomó desbordado como estaba, tal como   no  quisieron   tomarlo  ni  San   Martín  ni  otros  hombres de  valer; lo  encauzó dirigiéndolo hacia un buen fin, lo siguió unas veces y otras lo contuvo con su acostumbrada energía.
            Es muy cómodo, pero muy injusto, cargar sobre Rosas toda la responsabilidad de una época semejante.
           Cuando se habla del terror, de los abusos, de los crímenes, es preciso averiguar, no sólo lo que hizo Rosas, sino también lo que hicieron sus enemigos, algo de lo cual hemos de bosquejar en el presente ensayo. Dentro de lo hecho en el campo federal, hay que delimitar bien lo que ordenó Rosas, lo que se hizo con su tolerancia y lo que se hizo contra su voluntad. Y finalmente, dentro de lo que ordenó  Rosas,  es preciso establecer cuándo hubo abuso, cuándo obró justamente -porque al fin y al cabo, era  autoridad legal  (Esta circunstancia parece haber sido olvidada  por los severos  juzgadores de la “tiranía” Una cosa es el fusilamiento ordenado por quien ha sido investido por la ley con la suma del poder público y desempeña el gobierno cumpliendo la misión que se le encomendó, y otra es el fusilamiento por orden de un general levantado en armas contra la autoridad legítima.
 Cuando Rosas, los gobernadores de provincias o los generales gubernistas en campaña daban muerte a los unitarios sublevados, no hacían más que aplicar  los artículos de las ordenanzas españolas, que establecían lo siguiente:
      “Art.26- Los que emprendieren cualquier sedición, conspiración o motín, o indujeron a cometer estos delitos contra mi real servicio,  seguridad  de las plazas y países de mis dominios, contra la tropa, su comandante u oficiales, serán  ahorcados, en cualquier número que sean.” (Colón reformado, tomo III, pág. 278)
      “Art.168.- Los que induciendo y determinando a los rebeldes hubieren promovido o sostuvieren la rebelión, y los caudillos principales de ésta, serán castigados con la pena de muerte.”  (Colón reformado, tomo III, pág. 43.)
        Igual pena establecían las ordenanzas para los desertores.
        Esas eran las leyes penales que regían entonces. Y Rosas -autoridad legal con la suma del poder público- las aplicaba.  Pero sus detractores parecen creer que en esos tiempos estaba en vigencia el Código Penal de 1921.) - y cuándo obró de manera que sería condenable en circunstancias normales, pero que en las suyas era una legítima defensa contra iguales métodos de sus contrarios. Sólo así tendremos la base sobre la cual se ha de asentar el juicio definitivo. Con repetir a priori que Rosas fué el “principal responsable”, nos habremos ahorrado ese trabajo previo, pero no probaremos nada.
Además, por encima de esa investigación imparcial, es necesario que varíe el criterio con que se juzga esa época. Antes se la juzgaba con criterio romántico y liberal. Hoy, que el romanticismo está en decadencia, priva  un  criterio  objetivo,  pero  aún  no
despojado de la influencia liberal. Por eso, al juzgar a Rosas, muchos creen condenarlo, y en realidad condenan, no al hombre, sino al sistema: la dictadura. No se contentan con juzgar lo que hizo Rosas, sino que le señalan también lo que debió hacer, y como tienen prejuicios liberales, concluyen: Rosas debió dar al país una constitución liberal y democrática. Pudo hacerlo y no lo hizo. Luego: su gobierno fue estéril.
            Tal razonamiento es muy discutible. Sería preciso averiguar si Rosas realmente hubiera podido constituir al país. Y suponiendo que hubiera podido, aún quedaría por averiguar si hubiese debido hacerlo. Para los liberales, eso no admite dudas. Para los que creen que era preciso consumar previamente la unidad política y geográfica del país y dejar luego que la tradición presidiese su constitución natural, la cuestión varía de aspecto.
No condenemos, pues, a Rosas por haber omitido hacer lo que el liberalismo juzga que debió haber hecho. Juzguémoslo a través de lo que hizo: consolidar la unión nacional y mantener la integridad del territorio, preparándolo para la organización definitiva. Ésa es su gloria. Cuando se lo juzgue con simple buen sentido y, por consiguiente, sin prejuicios liberales, le será reconocida.

I
            El régimen del terror tiene en nuestra historia antecedentes muy anteriores a la época de Rosas.
            Desde la independencia argentina, fue aplicado por casi todos los gobiernos. La Junta de 1810 ya había formado su doctrina en el Plan de las operaciones que el gobierno provisional de las Provincias Unidas del Río de la Plata debe poner en práctica para consolidar la grande obra de nuestra libertad e independencia, atribuido a Mariano Moreno. En este célebre documento se sostiene que con los enemigos declarados: .”..debe observar el gobierno una conducta, las más cruel y sanguinaria; la menor especie debe ser castigada. La menor semiprueba de hechos, palabras, etc., contra la causa, debe castigarse con pena capital, principalmente cuando concurran las circunstancias de recaer en sujetos de talento, riqueza, carácter....” Y luego añadía: “No debe escandalizar el sentido de mis voces; de cortar cabezas, verter sangre y sacrificar a toda costa...Y si no, ¿porqué nos pintan a la libertad ciega y armada de un puñal?. Porque ningún Estado envejecido o provincias pueden regenerarse ni cortar sus corrompidos abusos sin verter arroyos de sangre.”(1)
            El plan revolucionario no quedó en el papel. En su cumplimiento cayeron en Córdoba, el 26 de agosto de 1810, Liniers, Gutiérrez de la Concha, Allende, Rodríguez y Moreno, en virtud del siguiente decreto de la Junta, obra del mismo autor del Plan:
            “Los sagrados derechos del Rey y de la Patria han armado el brazo de la justicia. Y esta Junta ha fulminado sentencia contra los conquistadores de Córdoba, acusados por la notoriedad de sus delitos y condenados por el voto general de todos los buenos. La Junta manda que sean arcabuceados don Santiago de Liniers, don Juan Gutiérrez de la Concha, el obispo de Córdoba, don Victoriano Rodríguez, el coronel Allende y el oficial real Juan Moreno. En el momento en que todos o cada uno de ellos sea pillado, sean cuales fueren las circunstancias, se efectuará esta resolución, sin dar lugar a minutos que proporcionen ruegos y relaciones capaces de comprometer el cumplimiento de esta orden y honor de V.S. Este escarmiento debe ser la base de la estabilidad del nuevo sistema y una lección para los jefes del Perú, que se abandonan a mil excesos por la esperanza de la impunidad, y es, al mismo tiempo, la prueba fundamental de la utilidad y energía con que llena esa expedición los importantes objetos a que se destina.”(2)
            Vencidos los realistas en Suipacha, la tragedia de Córdoba se repitió en el Alto Perú. El 15 de diciembre del mismo año cayeron, en la Plaza Mayor de Potosí, el mariscal Vicente Nieto, el capitán de navío y brigadier José de Córdoba y Rojas y el gobernador intendente Francisco de Paula Sanz, fusilados por orden del representante de la Junta, Juan José Castelli.(3)  Mientras tanto, en Buenos Aires, era ejecutado don Basilio Viola, sin formación de causa, por creérsele en correspondencia con los españoles de Montevideo.(4)
            Pero no es sólo en virtud del Plan de Moreno que se fusila, ni son sólo españoles los que caen. En 1811 se produce una sublevación del regimiento criollo de Patricios. La causa remota fue el descontento producido por el alejamiento de Saavedra; la próxima, la orden de suprimir las trenzas. Como consecuencia del motín fueron condenados a muerte cuatro sargentos, tres cabos y cuatro soldados, y sus cuerpos se exhibieron al vecindario colgados en horcas en la Plaza de la Victoria. Esta represión fué obra de Bernardino Rivadavia, alma del primer Triunvirato. (5)
               Al año siguiente, 1812, se produce la conspiración de Alzaga, y también es ahogada en sangre por Rivadavia. Después del fusilamiento del jefe y los principales cabecillas, se realiza una matanza popular de españoles.
            “Las partidas -dice Corbiere- buscaban a los españoles prestigiosos y sospechados de monárquicos, en sus casas, para matarlos, sin que autoridad alguna les detuviera la mano. Bastaba ser godo, apodo dado a los peninsulares, para que el populacho, formado de gauchos, mulatos, negros, indios y mestizos, capitaneado por caudillos del momento, se arrojase sobre la víctima y la ultimase a golpes, siendo arrastrado el cadáver hasta la Plaza de la Victoria, donde quedaba colgado de la horca; exactamente como habían procedido, en situación semejante, los populachos de Quito y Bogotá, tres años antes. Durante varios días se practicó y la fobia de los cazadores siguió celebrándose con explosión patriótica justificada por el crimen que significaba la  fracasada conspiración...Un mes duró el terror. La Plaza de la Victoria mostró más de cuarenta víctimas del fanatismo popular, que los victimarios miraron con la satisfacción del deber cumplido.”  (6)
            Puso fin a este mes trágico un decreto-proclama del Triunvirato, cuyo texto comenzaba así: “¡Ciudadanos, basta de sangre! perecieron ya los principales autores de la conspiración y es necesario que la clemencia substituya a la justicia.” Y terminaba en la siguiente forma: “El gobierno se halla altamente satisfecho de vuestra conducta y la patria fija sus esperanzas sobre  vuestras virtudes sin ejemplo. Buenos Aires, 24 de julio de 1812.- Feliciano Antonio Chiclana, Juan Martín de Pueyrredón, Bernardino Rivadavia. Nicolás de Herrera, secretario.”  (7)
            Cuando en octubre de 1840 se repitieron escenas semejantes, no constituyeron, pues, una novedad para Buenos Aires. Ni siquiera el decreto del 31 de octubre, con que Rosas puso fin a las mazorcadas, pudo sorprender a nadie. Rosas no innovaba. Seguía el ejemplo de su antecesor Bernardino Rivadavia. (8)
            No terminó con el primer Triunvirato el régimen del terror. Un decreto del 23 de diciembre del mismo año ordena lo siguiente:  “1° Ninguna reunión de españoles europeos pasará de tres, y en caso de contravención serán sorteados y pasados por las armas irremisiblemente, y si ésta fuese de muchas personas sospechosas a la causa de la patria, nocturna, o en parajes excusados, los que la compongan serán castigados con pena de muerte. 2° No podrá español alguno montar a caballo, ni en la Capital ni en su recinto, si no tuviere expresa licencia del Intendente de Policía, bajo las penas pecuniarias u otras que se consideren justas, según la calidad de las personas en caso de contravención. 3° Será ejecutado incontinenti con pena capital el que se aprehenda en un transfugato con dirección a Montevideo, ese otro punto de los enemigos del país, y el que supiere que alguno lo intenta y no lo delatare, probado que sea será castigado con la misma pena.” Este decreto lleva las firmas de Juan José Passo, Nicolás Rodríguez Peña, Antonio Alvarez de Jonte y José Ramón de Basavilbaso.” (9)
            Los gobiernos revolucionarios posteriores no se mostraron más suaves en la represión de las actividades subversivas. Alvear, el 28 de marzo de 1815, dicta un decreto terrorista en que se pena con la muerte a los españoles y americanos que de palabra o por escrito ataquen el sistema de libertad e independencia; (10) a los que divulguen especies alarmantes de las cuales acaezca alteración del orden público; a los que intenten seducir soldados o promuevan su deserción, y reputa como cómplices a quienes, teniendo conocimiento de una conspiración contra la autoridad no la denuncien. Diez días después de este decreto, el 7 de abril, domingo de Pascuas, amanecía colgado frente a la Catedral el cadáver del capitán Marcos Ubeda. Acusado de conspirar, había sido juzgado en cinco horas y fusilado dos horas después. Las familias porteñas que concurrían a misa pudieron presenciar el espectáculo, y ello influyó no poco en la estrepitosa caída de Alvear, que se produjo a los ocho días de la terrorífica exhibición. Pero el método ya había sido introducido en la vida política argentina y era imposible detenerlo. Actos como éste traían otros, a título de represalia. Caído Alvear, le sucede Alvarez Thomas, quien designa una comisión militar y otra civil para juzgar los delitos cometidos bajo el breve período que en documentos públicos -15 años antes de Rosas- se llamó la “tiranía” de Alvear. La comisión militar, presidida por el general Soler, procesó al coronel Enrique Payllardel por haber presidido el consejo de guerra que condenó a Ubeda. Payllardel fue también condenado a muerte, ejecutándose la sentencia.  (11)
            Transcurren los primeros años de la independencia y se sigue derramando sangre. En 1817 son fusilados Juan Francisco Borges y algunos compañeros, por orden de Belgrano. (12) En 1819, a raíz de una sublevación de prisioneros españoles en San Luis, son degollados el brigadier Ordóñez, los coroneles Primo de Rivera y Morgado y todos los jefes y oficiales. (13) En 1820, Martín Rodríguez ordena el fusilamiento de dos cabecillas del motín del 5 de octubre del mismo año. (14)
            En 1823, Rivadavia, como ministro de Rodríguez, y a raíz de la intentona revolucionaria del 19 de marzo, motivada por su reforma religiosa, ordena el fusilamiento de Francisco García, Benito Peralta, José María Urien, doctor Gregorio Tagle y comandante José Hilarión Castro. García fue ejecutado el día 24, al borde del foso de la Fortaleza, Peralta y Urien lo fueron el 9 de abril. El comandante Castro logró escapar, e igualmente el doctor Tagle, a quien facilitó la fuga, en nobilísimo gesto, el coronel Dorrego. (15)
            En este mismo año de 1823 gobernaba en Tucumán don Javier López, el general unitario que en 1830 solicitaría al gobierno de Buenos Aires la entrega del “famoso criminal” Juan Facundo Quiroga. El general López ejerció en Tucumán una dictadura sangrienta, de la cual Zinny hace el siguiente comentario: “Raro fue el ciudadano de Tucumán que no hubiera sido vejado y oprimido; todas las garantías públicas y privadas fueron atacadas; más de cuarenta víctimas se inmolaron al deseo obstinado de sostenerse en el mando contra la voluntad general; más de mil habitantes útiles al país desaparecieron de su suelo desde que este jefe encabezara la guerra civil. He aquí -añade Zinny- la lista de los fusilados sin formación de causa:
   “Don Pedro Juan Aráoz, comandante Fernando Gordillo, general Martín Bustos, capitán Mariano Villa, fusilados en un día, con dos horas de plazo.
   “Don Agustín Suárez, don Manuel Videla, azotados y, a las dos horas, fusilados.
   “Don Basilio Acosta.
   “Don Baltazar Pérez
   “General Bernabé Aráoz, fusilado clandestinamente en Las Trancas.
   “Don Vicente Frías.
   “Don Beledonio Méndez, descuartizado en la plaza.
   “Don N. Piquito, descuartizado en Montero.
   “Don Isidro Medrano.
   “Don Eusebio Galván, degollado por el oficial S...
   “Don Romualdo Acosta
   “Don Félix Palavecino.
   “Don Baltazar Núñez.
   “Comandante Luis Carrasco, con  sus dos asistentes, y muchos otros.” (16)
            He aquí cómo, en aquel remoto año de 1823, cuando aún no se había iniciado francamente la lucha entre federales y unitarios, ya sientan el precedente sangriento nada menos que el padre del unitarismo, en Buenos Aires, y uno de sus principales  generales, en Tucumán.

II
                En 1826 se designó presidente a Rivadavia, se decretó el cese de la provincia de Buenos Aires y se sancionó la constitución unitaria. El triunfo rivadaviano fué amplio, pero breve, y su juicio lo hace acertadamente González Calderón en los siguientes términos:
            “Hay que decir, respecto de la actuación del señor Rivadavia y del Congreso Constituyente de 1826, que arrastraron a la nación a la más espantosa guerra civil, cuya consecuencia fue la dictadura sangrienta. ¿Que se equivocaron de buena fe? ¿Que el país no estaba preparado para practicar las instituciones teóricamente buenas que pretendieron establecer? No se trata de eso cuando hay que discernir la responsabilidad de nuestros antepasados por los acontecimientos o por los hechos que su conducta ocasionó si se equivocaron; debe pensarse, lógicamente, que carecieron de la visión genial del verdadero estadista; si concibieron instituciones inadaptables a la idiosincrasia del país, debe creerse, con fundamente que no tuvieron conciencia de lo que sus deberes les exigían.  Faltáronles a Rivadavia y al lucido círculo que lo rodeaba esa visión nítida y exacta que caracteriza a los grandes  hombres de Estado y también el necesario dominio de las condiciones en que debían legislar. Cuando desaparecieron de las elevadas esferas oficiales, todo el edificio que se propusieron construir se deshizo estrepitosamente, porque sus cimientos sólo se habían apoyado en el terreno peligroso de las utopías políticas.” (17)
            Antes de dictar la constitución de 1826, los unitarios trataron de preparar el terreno para su aceptación unitarizando por la fuerza  algunas provincias. Tal fue la misión de Lamadrid, “gobernador intruso” de Tucumán, como lo reconoce Zinny, y agente político de la mayoría del Congreso, como dice González Calderón. Para cumplir el fin que se había propuesto, Lamadrid inició una sangrienta campaña, teniendo por aliados a Arenales en Salta y a Gutiérrez en  Catamarca. Utilizó en ella un grupo de desertores del ejército de Sucre, conocidos entonces bajo el epíteto de “colombianos”, que a las órdenes del coronel Domingo López Matute se habían puesto a su servicio. La  actuación de estos hombres en la batalla de Rincón fué cruel y sanguinaria, y después de la derrota invadieron a Santiago del Estero cometiendo allí una larga serie de incendios, degüellos y atrocidades de toda índole. (18) “La bandera -comenta Bernardo Frías- cargó con el fruto de la máquina de que se servía, y, ya en aquel año tan atrasado a Rosas, hemos leído en papeles de la fecha, salidos del rincón lejano de Catamarca, aquello de salvajes unitarios.” (19)
            Terminada la guerra con el Brasil, los unitarios, que no habían aprendido nada con el fracaso de su tentativa de 1826, procuraron imponerse por la fuerza y volvieron a encender la guerra civil. Lavalle asumió la dictadura y fusiló a Dorrego y a todos los oficiales tomados prisioneros en Navarro y Las Palmitas. (20) Paul Groussac, historiador netamente antirrosista, comenta así este gobierno: “A la víctima ilustre de Navarro siguieron muchas otras, y la sentencia que precedió a las ejecuciones de Mesa, Manrique, Cano y otros prisioneros de guerra no borra su iniquidad. Mientras los diarios de Lavalle pisoteaban el cadáver de Dorrego y ultrajaban odiosamente a sus amigos, los  redactores de La Gaceta Mercantil eran llevados a un pontón, por un acróstico . Se deportaba a los generales Balcarce, Martínez, Iriarte; a los ciudadanos Anchorena, Aguirre, García Zúñiga, Wright, etcétera, por delitos de opinión. El Pampero denunciaba al gobierno y, en su defecto, a los furores de la plebe del arrabal, las propiedades de Rosas y demás . Y luego añade Groussac el siguiente resumen y comentario: “Delaciones, adulaciones, destierros, fusilamientos de adversarios, conato de despojo, distribución de los dineros públicos entre los amigos de la causa; se ve que Lavalle en materia de abusos -y aparte de su número y tamaño-, poco dejaba que innovar al sucesor. Sin comparar, pues, la inconsciencia del uno a la perversidad del otro, ni una dictadura de seis meses a una tiranía de veinte años, queda explicado el doble fenómeno del despotismo creciente, por desarrollo natural, al par que el de su impresión decreciente en las almas pasivas, de muy antes desmoralizadas por la semejanza de los actos, fuera cual fuera la diferencia de las personas.” (21)
            Dejando a un lado las sutiles diferenciaciones entre inconsciencia y  perversidad, dictadura y tiranía, según se trate de Lavalle o de Rosas, nos parece ridículo pretender que en veinte años se hubiesen cometido menos atrocidades que en seis meses. Sería preciso ver lo que habría hechos Lavalle si hubiera tenido que gobernar veinte años en las circunstancias en que  gobernó Rosas. Y si nos atenemos estrictamente a comparar los seis meses que gobernó Lavalle con seis meses tomados al azar en el gobierno de Rosas, no creemos que el primero salga muy favorecido.
            “El año de gobierno de los unitarios militares -dice Eliseo F. Lestrade- se caracteriza, para la demografía, como el año aciago, pues no se vuelve a producir en lo sucesivo el hecho de morir mayor número que el de nacidos.” En efecto, en 1829 mueren en la ciudad de Buenos Aires 883 personas más de las que nacen; mientras que en 1840 y 1842, los años trágicos de la dictadura rosista, el aumento vegetativo de la población es de 1.180 y 730 almas, respectivamente.  (22)
            Si esto ocurría en la ciudad, la campaña bonaerense  no era más favorecida. El coronel Estomba, hombre cuya exaltación concluyó en locura, y que había sido enviado por Lavalle para unitarizar la provincia, la recorría fusilando federales. Acerca de sus procedimientos nos ilustra Manuel Bilbao cuando dice que dicho coronel “recorría la campaña dominado de un furor tal que las ejecuciones las ordenaba a cañón, poniendo a las víctimas en la boca de las piezas y disparando con ellas.” (23) Así murió Segura, mayordomo de la estancia “Las Víboras”, de los Anchorena, “por el delito de ignorar la situación de cierta partida federal.” (24) A otros ciudadanos, por el mismo delito, los mata a hachazos por sus propias manos. (25)
                 El fusilamiento a cañón, por otra parte, no era procedimiento exclusivo de Estomba. He ahí el caso, referido por Arnold y otros, y citado por Gálvez, del coronel Juan Apóstol Martínez, quien “hace atar a la boca de un cañón a un paisano, que muere hecho pedazos, y cavar sus propias fosas a varios prisioneros.” (26)
            “Las tropas mandadas por Rauch -dice más adelante Gálvez- matan a los hombres que encuentran en las calles de los pueblitos. Calcúlese que más de mil hombres aparecen asesinados. Sólo en el caserío llamado dejan siete fusilados. En la ciudad, en una tienda de la Recova, un oficial unitario desenvuelve un papel y, sacando una oreja humana, dice que es del manco Castro, y que tendrán igual suerte las de otros federales. A una criatura de siete años la matan porque lleva una divisa” (27).
            Y a todo esto, el “sanguinario” Rosas aun no gobernaba.                           

III
                      Cuando Rosas se hizo cargo del gobierno, los unitarios no variaron de sistema. El general Paz, que actuaba independientemente de Lavalle, se había impuesto en Córdoba por el terror. Después del combate de La Tablada, fueron fusilados por orden del coronel Dehesa, jefe de estado mayor del general Paz, 23 oficiales y 120 soldados de Quiroga que habían caído en poder de los vencedores. (28) Parece que Dehesa intentó sacrificar a todos los prisioneros, pero luego, accediendo a un pedido de moderación, optó por hacer ejecutar su sentencia tan sólo con los oficiales y con soldados quintados mediante el siguiente procedimiento, que nos describe Calle: “Se hace formar a los prisioneros en filas sucesivas, de a uno, y un sargento enumera de derecha a izquierda. Cuando llega a cada quinto hombre, le ordena que dé un paso adelante. De ese modo se apartan ciento veinte hombres, se les conduce hasta el borde de una zanja y se les fusila.”(29) El general Paz, en sus Memorias (30), a pesar de su pretendida veracidad, hace extensiva la orden a Dehesa a sólo dos oficiales; pero se contradice cuatro líneas después al hacer decir al mismo Dehesa que “algunos de ellos eran de los sargentos que sublevaron el N° 1 de los Andes”, frase inexplicable si los condenados hubieran sido sólo dos. El mismo día de esta matanza fueron asesinados otros cuatro prisioneros federales. (31) Paz narra el hecho con minuciosidad y lo reprueba, lo cual no deja de llamar la atención cuando se piensa que acaba de falsear la verdad acerca del número de oficiales fusilados y de silenciar la muerte de ciento veinte soldados. Decididamente, el hábil general no carecía de estrategia literaria.
            Tres meses después de la matanza de la Tablada, el 22 de septiembre de 1829, ocurrió en Mendoza otro acontecimiento, que vino a aumentar la lista de víctimas unitarias con el nombre de Francisco Aldao, hermano de don José Félix. Triunfante la sublevación de Los Barriales, los unitarios se habían apoderado del poder, designando gobernador al general Alvarado. Éste logra llegar a un entendimiento con los Aldao, pero algunos batallones de los más comprometidos en la sublevación no aceptan el arreglo y, al mando de Soloaga, se sitúan en el campo del Pilar y entablan la lucha. “Los Aldao -dice Paz- se pusieron al frente de sus fuerzas, pero nuevas negociaciones vinieron a suspender momentáneamente las hostilidades. Mientras la suspensión, don Francisco Aldao pasa al campo de Soloaga, donde es amistosamente recibido; pero, en el momento en que menos se esperaba, por disposición de don Félix, rómpese un vivo fuego de cañón sobre el descuidado batallón, y en este momento de estupor y efervescencia fué fusilado don Francisco y se trabó la lucha.”.(32) La explicación de Paz no resulta del todo convincente. Acerca de ella, el teniente coronel Carlos A. Aldao hace las siguientes atinadas reflexiones: “En un momento de estupor, ¿hay alguien que recurra al fusilamiento para salir de él, o ¡ya se había ejecutado el hecho cuando se trabó la refriega!? Si el ataque fue por sorpresa, ¿cómo dio tiempo al fusilamiento? Un hecho de esta naturaleza requiere, en general, preparativos. No se fusila sin ninguno.” (33) Se trata, en resumen, de un hecho poco claro; pero, sea cual sea la forma en que se desarrolló la tragedia, es indudable que los unitarios no anduvieron con rodeos para eliminar a un hombre que pudieron mantener prisionero.
            Como Paz encontrase mucha resistencia en los departamentos de la Sierra, inició una campaña en la cual, según sus propias palabras, alternó la dulzura “con algunos actos de severidad.” (34) Veamos en qué consistió esa dulce severidad:
            “Los prisioneros son colgados de los árboles y lanceados simultáneamente por el pecho y por la espalda...A algunos les arrancan los ojos y les cortan las manos. En San Roque, le arrancan la lengua al comandante Navarro. A un vecino de Pocho, don Rufino Romero, le hacen cavar su propia fosa antes de ultimarlo, hazaña que se repite con otros. Algunos departamentos de la Sierra son diezmados. Por orden, sino del general, de alguno de sus lugartenientes, ciertos desalmados, como Vázquez Novoa, apodado Corta Orejas, el Zurdo y el Corta Cabezas Campos Altamirano, lancean a los vecinos de los pueblos, en grupos hasta de cincuenta personas.” (35)
            “Los coroneles Lira, Molina y Cáceres rindieron la vida entre suplicios atroces. sus cadáveres despedazados fueron exhibidos en los campos de Córdoba y expuestos insepultos.” (36)
            Así  pudo decir un oficial de Paz, después de explicar cómo habían adoptado la medida de “no dejar vivo a ninguno de los que pillásemos”, que:... “mata aquí, mata allá, mata acullá y mata en todas partes, fueron tantos los que pillamos y matamos que, al cabo de unos dos meses, quedó todo sosegado.” (37)
            ¿Cuántas víctimas costó a la patria el sosiego de la Sierra? Rivera Indarte, que siempre se ocupa de consignar minuciosamente las bajas de ambos bandos en cada combate -por supuesto que con la sana intención de cargarlas todas en la cuenta de Rosas-, expresa lo siguientes acerca de la campaña de la Sierra:
            “Montoneras (de Córdoba y San Luis, el año de 1830). Mueren 800 soldados de Rosas.” (38)
             Ochocientos soldados de Rosas, ¡y ningún soldado de Paz! ¿Qué clase de campaña militar es ésta, donde un bando pierde 800 hombres y el otro ninguno? Parece tener razón Mariño cuando dice:
            “En esa persecución murieron sobre tres mil argentinos por la ferocidad de los salvajes unitarios. El Nacional se complace en recordar ochocientos de esos asesinatos brutales, no sobre soldados de Rosas, sino sobre argentinos de Córdoba, San Luis, de La Rioja.” (39)    
            Las mismas Memorias dejan translucir algo -aunque muy poco- acerca de otros “actos de severidad” del general Paz. En noviembre de 1830, a raíz de haberse sublevado una división unitaria, y luego de sofocada la rebelión, fueron fusilados el mayor San Martín, el teniente Hervas y otros dos hombres. (40) Por ese mismo tiempo envió Paz a Lamadrid a sofocar una montonera en El Tío. En esa expedición Lamadrid hizo fusilar al comandante Luque y al teniente Ramírez. (41)
            Viene luego la batalla de Oncativo, entre Paz y Quiroga. Vencedor el primero, “se  reproducen los  fusilamientos de prisioneros.” (42) En ella tomó parte Lamadrid, quien se encarga, en sus Memorias, de relatarnos cómo hizo lancear soldados vencidos, después de la batalla. “Pasaron a mi izquierda -dice- dos soldados de la escolta de Quiroga y me señalaron, al este, una partida de 12 hombres que corrían a escape como a cuatro cuadras de distancia. ¿En qué caballo va? -les pregunté, y, contestándome que en un castaño overo-; lanceen a esos hombres- dije a mis sargentos... A seis u ocho cuadras de persecución, párase un soldado de la partida enemiga, con el caballo cansado;  preguntéle cuál de ellos era Quiroga. “-No viene aquí- me contestó.” -Lancéenlo- dije a los que venían atrás a escape. A poco instante paróse otro, igualmente con el caballo cansado, y siendo igual su respuesta de no ir allí Quiroga, repetí la misma orden.” (43)
            El terror se implanta hasta en la capital de Córdoba. “En la ciudad, las violencias no son menores. En la cárcel, atestada de prisioneros, cada noche hay fusilamientos. Cierto que el prisioneros es juzgado; pero el juicio, sumario y a medianoche, termina fatalmente con la condena a muerte.” (44)
            Asegurada por estos medios la situación en Córdoba, Paz resolvió enviar fuerzas a las demás provincias, para imponer en ellas, con los mismos métodos, el régimen unitario.
            A La Rioja le tocó en suerte Lamadrid, quien, no obstante haber entrado en ella sin resistencia, se dedicó a aplicar la ley del rigor sobre los partidarios de Quiroga. A don Ignacio Videla le escribe:... “espero que dé Vd. orden a los oficiales que mandan sus fuerzas en persecución de esa chusma que quemen en una hoguera, si es posible, a todo montonero que agarren.”.. “El Pueblo está empeñado en que reclame la persona de Echegaray, lo cual hago de oficio. A estas cabezas es preciso acabarlas, si queremos que haya tranquilidad duradera. Espero, pues, que Ud. lo mandará bien asegurado al cargo de un oficial y cuatro hombres de confianza, con orden de que, en cualquier caso de peligro de fugarse, habrá llenado su deber dando cuenta de su muerte.” (45)
            Poniendo en práctica las intenciones que lo animan, Lamadrid “acollara a doscientos federales que ha capturado en Los Llanos y los hace lancear en su presencia; y, para lograr éxito en una contribución que impone en la ciudad, fusila a cuatro personas y deja el banquillo para los que no paguen.” (46)
            Ni las mujeres y menores se ven libres de su saña. “Encarcela y pone una pesada cadena en el cuello de la madre de Quiroga, anciana de más de setenta años” y “destierra a ella y a la mujer y a los hijos del caudillo a Chile.” (47)
            Pero la persecución de los federales no le impide ocuparse también de otros asuntos. “Acabo de saber por uno de los prisioneros de Quiroga -escribe a Juan Pablo Carballo, el 19 de septiembre de 1830- que en la casa de la suegra o en la de la madre de aquél es efectivo el gran tapado de onzas que hay en los tirantes, mas no está como dijeron al principio, sino metido en una caladura que tienen los tirantes en el centro, por la parte de arriba, y después ensamblados de un modo que no se conoce. Es preciso que en el momento haga Ud. en persona el reconocimiento, subiéndose Ud.. mismo, y con un hacha los cale Ud. en toda su extensión de arriba, para ver si da con la huaca ésa,  que es considerable. Reservado: Si da Ud. con ella, es preciso que no diga el número de onzas que son, y si lo dice al darme el parte, que sea después de haberme separado unas trescientas o más onzas. Después de tanto fregarse por la patria, no es regular ser zonzo cuando se encuentra ocasión de tocar una parte sin perjuicio de tercero, y cuando yo soy descubridor y cuanto tengo es para servir a todo el mundo...” (48)
            No sólo en La Rioja hizo  sentir Lamadrid el peso de sus arbitrariedades. Llegado a San Juan, al frente de una división de caballería, asumió el gobierno durante una semana. Un día de ese breve gobierno “el coronel Quiroga del Carril es condenado a muerte. Se lo fusila, una mañana, en la Plaza de San Juan, bajo los altos del Histórico Cabildo.” (49) Ese mismo día por la noche fue asesinado en la cárcel el doctor Francisco Ignacio Bustos, ex-gobernador delegado de la provincia y hombre sumamente apreciado en ella. Lamadrid narra en sus Memorias, con un cinismo rayano en la inconsciencia, la forma de que se valió para eliminarlo. “Le ordené al oficial Coria -dice- que previniera al centinela que lo relevara al de la puerta del preso, que se prestara a la seducción que le hiciera, aun se bajara con él, si le invitaba a fugarse; que si tal sucedía, estuviese muy vigilado, para que al tiempo de ganar la calle le disparase cuatro tiros, gritando a la guardia, pero que cuidara de que no se trasluciera semejante intriga, pues debería indagarse al día siguiente por sumario.” (50) El plan falló, porque, según parece, Bustos no pretendió fugarse; pero, asimismo, “estando en la cárcel, cargado de grillos, y sin el menor indicio de que hubiese intentado evadirse, como se hizo creer, fue muerto a balazos en la misma prisión.” (51) Detalle interesante: “El día anterior de la muerte del doctor Bustos, el gobernador Lamadrid le exigió 6.000 pesos, que no tenía ni esperaba recibir de su esposa, a quien, no obstante,  los hizo pedir en Mendoza.” (52)
            En Santiago del Estero, Paz no estuvo mejor representado. Dicha provincia fue ocupada conjuntamente por Román Dehesa, autor de los fusilamientos de La Tablada, y por Javier López, dictador sangriento de Tucumán en 1823. Tales jefes estuvieron en Santiago a la altura de sus antecesores. Los cargos recaídos sobre Dehesa, que fue quien asumió el gobierno, son análogos a los que se hicieron a Lamadrid. El mismo Dehesa, por otra parte, se encarga  de corroborarlos con cartas como la siguiente, dirigida al comandante de fronteras don Juan Balmaceda:
            “Lo primero que debe Ud. hacer es prender, sin ser sentido, a don Sebastián Palacios; seguirle un sumario con prontitud, y hallándole descubierto, remítamelo con seguridad. En seguida, hará Ud. que de las haciendas de este bribón y de las del traidor Ibarra se provea a las necesidades de la tropa, permitiendo que los miserables tomen los animales que puedan... Caiga Ud. sobre la Rosario Lemus, siempre que ésta tenga injerencia en estos tumultos, y despáchemela con todos los conocimiento que puedan tomarse sobre su criminalidad. Si llega a pillar algunos vándalos de los que capitanean, fusílelos, y escarmiente con el saludable terror de estos delincuentes a los que éstos seducen. Procure Vd. no dejar a estos ricos perversos los recursos de caballos, tómelos Ud. todos; y de ellos sólo, si alcanza, llene Vd. el número de los 500 que en mi anterior previne a Ud. sacase para inventarios.” (53)
            Después de transcribir esta carta, añade Zinny:
            “El doctor Eusebio Agüero, diputado del general Paz cerca de los gobierno de Salta, Tucumán, Catamarca y Santiago, que, después de la completa derrota de su escolta por una de las partidas de Ibarra, fue tomado prisionero, tratado con atención y dejado ir en libertad, se lamentaba en oficio al general Paz de que la conducta opuesta del coronel Dehesa y de sus adláteres les hubiese hecho perder la provincia de Santiago, pues que -decía- .” (54)
            Es de hacer notar que ni el propio general Paz niega las arbitrariedades de Lamadrid y Dehesa, contentándose con declinar la responsabilidad en los mismos, “quienes -dice- debieron responder al cargo.” (55) Olvida, sin duda, que él también tenía mucho de qué responder.
            Otro delegado de Paz fué Videla Castillo, que gobernó en Mendoza. El gobernador federal, Juan Corvalán, se refugió en el sur de la provincia, buscando la protección y alianza del cacique Pincheyra; pero el 11 de junio de 1830, en el campamento de Chacay, cayó en una emboscada y fue asesinado por los indios, juntamente con don Gabino García, su ministro de gobierno; don José Aldao, comandante general de armas; el doctor Juan Agustín Maza, ex-congresal de Tucumán y signatario de acta de la Independencia; el doctor Juan Francisco Gutiérrez; el coronel Gregorio Rosas; los tenientes coroneles José Gregorio Sotelo y Felipe Videla; don Lázaro Aldao, ayudante mayor; don Juan Saavedra, don Domingo Durañona, don José Hilarnes y 20 o 30 hombres más.
            El hecho causó consternación en Mendoza, dada la vinculación y el prestigio de las víctimas. Se tuvo la vehemente sospecha de que la mano de Videla Castillo y de su ministro Godoy Cruz no era ajena al terrible crimen, y cuando volvieron los federales al gobierno, se inició un proceso.
            De las constancia de este proceso parece indudable que el delegado de Videla Castillo ante los caciques para inducirles a cometer el crimen fue don Jacinto Godoy; que éste mantuvo correspondencia con los pincheyrinos; que Videla Castillo remitió correspondencia para Pincheyra dentro del forro de un chaquetón destinado a Godoy; que éste, después del crimen, fué agasajado por Videla Castillo, inclusive con un baile; y que los caciques fueron generosamente recompensados con 500 yeguas, 200 vestuarios y 39 carga de víveres. Numerosas declaraciones de testigos corroboran estos hechos, y no faltan otras aun más interesantes, como la del cacique Coleto, actor principal del drama, quien declaró rotundamente al padre Gómez, capellán de los toldos de Pincheyra, que don Jacinto Godoy “fue quien lo indujo a cometer el hecho.”
            En vista de todo ello, la acusación fiscal llegó a la conclusión de que el asesinato “fue cometido por los bárbaros a quienes encabeza el perverso y desnaturalizado caudillo Julián Hermosilla, con previo acuerdo y recomendación de don José Videla Castillo y su director, don Tomás Godoy Cruz, que por medio del intrigante, tirano, cruel y bajo don Jacinto Godoy, pactaron y convinieron el hecho.” (56).
            Hasta en el extranjero alcanzó el terror unitario a los federales fugitivos de las provincias subyugadas por los delegados de Paz.
            El general don José Benito Villafañe había sido gobernador de La Rioja. Cuando ésta fue ocupada por Lamadrid, Villafañe emigró a Chile. Lamadrid se hizo elegir gobernador e hizo dictar de inmediato una ley, de fecha 5 de junio de 1830, por la cual “eran declarados proscriptos y fuera de la ley los individuos don Juan Facundo Quiroga y don José Benito Villafañe, autorizando al P.E. para que reclame sus personas e intereses de los gobiernos de los Estados de la República donde se hubiesen asilado, y a todo individuo de la provincia de La Rioja a perseguirlos y ejecutarlos con la pena capital a que se les condenaba, y sujeto a la misma pena a la persona que les prestase asilo.” (57)
            Esta ley, que en sí era una enormidad, lo resultó más aún por su ejecución, que se realizó extraterritorialmente. El mayor Bernardo Navarro, que se encontraba en Chile, se dispuso a cumplirla matando a Villafañe. Éste fue informado de ello y pidió protección a las autoridades chilenas, quienes le proporcionaron unos milicianos; pero éstos lo abandonaron no bien supieron de qué se trataba.
            Una noche de mayo de 1831, hallándose Villafañe en Tilo, se presentó Navarro con una partida dispuesto a cumplir su propósito. Villafañe intentó defenderse; pero, muertos o heridos varios de sus compañeros, se rindió, no obstante lo cual fue ultimado junto con once acompañantes. (58)
            Este asesinato provocó una dura represalia de Quiroga, que era intimo amigo de la víctima; pero mientras esa represalia, consistente en los fusilamientos de La Cañada, ha sido citada por los unitarios como ejemplo máximo de la barbarie de Quiroga, los mismos se han cuidado de presentarnos la muerte de Villafañe como fruto de un encuentro casual, “ordinarísimo en la guerras civiles.” (59)

                                                      N O T A S

1  ERNESTO QUESADA,  La época de Rosas, págs. 145/7. Se ha discutido -a nuestro juicio, sin mayor fundamento- la autenticidad de este plan. Puede leerse al respecto el capítulo XV de la nota citada y la nota 48 de Lamadrid y la Coalición del Norte, del mismo autor.  Por otra parte, la cuestión de la autenticidad del documento pierde interés ante la realidad de los hechos.
2     EMILIO  P. CORBIERE,  El terrorismo en la Revolución de Mayo, págs. 42 y 43.
3     Ibídem, págs. 55 y sigs.
4     MANUEL BILBAO, Vindicación   y memorias de don Antonio Reyes, pág. 33. 
5     EMILIO P. CORBIERE, ob. cit., págs. 73 y sigs.
6     Ibídem, pág. 107.
7     Ibídem, págs. 109 y 110.
8     Debemos hacer notar aquí una diferencia, las víctimas de este último no eran argentinos unidos         al enemigo extranjero; eran españoles, fieles a su patria y a su rey. Con todo, mientras a Rivadavia se le alaba su energía,  a Rosas se le reprocha su crueldad .  Tal es la lógica sobre la cual  se pretende fundamentar el odio a Rosas, cuando ella misma está falseada por este odio.
9     EMILIO P. CORBIERE, ob. cit., págs. 131/3.
10   Es interesante recordar que Alvear, incurriendo en el delito que castigaba, se dirigió en ese tiempo al secretario  de  negocios extranjeros  de  S. M. británica expresando que “estas Provincias desean pertenecer a la Gran Bretaña,  recibir  sus  leyes,  obedecer  su  gobierno  y  vivir  bajo  su  influjo poderoso.” (LEVENE, Lecciones de Historia Argentina. pág. 83).
11     EMILIO P. CORBIERE, ob. cit., págs. 135/44.
12    JULIO B. LAFONT, Historia Argentina, pág. 279.  Academia Nacional de  la Historia, Historia de la Nación, t. VI, pág. 635. DOMINGO MAIDANA, JUAN FRANCISCO BORGES, en Revista de  la  Junta de Estudios Históricos de Santiago del Estero, Año III, N° 7-10.     
        Defendiendo a Monteagudo,  de quien ha podido decirse,  con justicia,  que recorrió la historia  argentina “como un bólido la atmósfera, envuelto en rojo”, RICARDO ROJAS escribe lo siguiente:
        “Los fusilamientos que se ejecutaron por orden de Belgrano en Santiago, Tucumán y Jujuy, sin  forma de proceso , y sus bandos terroristas, como el del 23 de agosto, cuando el éxodo jujeño de   1812, exceden toda la leyenda del Monteagudo sanguinario.  Pero la  historia  tiene  sus  predilectos,  y   en  ella
 -como en la murmuración contemporánea- se da en la bondad o en el vituperio  caprichosamente a veces. Se habla de la bondad de Belgrano, y sin duda era bueno, a pesar de esas  ejecuciones y bandos. Monteagudo hizo menos, y para él ha sido la leyenda siniestra...”
         El razonamiento es exacto. Pero entiéndase también a las luchas civiles posteriores, donde los hombres han sido clasificados arbitrariamente  en ángeles y demonios.   
13     CARLOS IBARGUREN,  Juan Manuel de Rosas, pág. 58.                                                          
14     ANTONIO ZINNY, Historia de los gobernadores, t. II, p. 42.
15     ADOLFO SALDIAS, Historia de la Confederación Argentina, t. I, pág. 161, nota I.
16  ANTONIO ZINNY, ob. cit., t. III, págs. 265 y 266.  JUANA MANUELA GORRITI en su Biografía del General Dionisio de Puch,  refiere así  la participación de Arenales, gobernador unitario de Salta, en el fusilamiento del General Bernabé Aráoz: “ El Gobernador de la  Provincia de Tucumán, Don Bernabé Aráoz había sido expulsado del gobierno y de su patria por una revolución triunfante.                                                                                                                                                              En su desgracia, pide a Salta un asilo. El derecho de asilo ha sido respetado en los tiempos más atrasados  y entre las naciones más bárbaras. Arenales no lo reconoció. Entregó a su  enemigo, el  huésped que se había refugiado en su hogar, y Don Bernabé Aráoz fué fusilado.” (Cit. por Mons.  JOSUE GORRITI, PACHI GORRITI, págs. 41-2.)
17    JUAN A. GONZALEZ CALDERON,  Derecho Constitucional Argentino, t.I, pág. 129. A quien quiera conocer otros aspectos menos “ideológicos” de la “aventura presidencial” rivadaviana                                                                                                                                                                   remitimos a la Defensa y pérdida de nuestra independencia económica, de JOSE MARIA ROSA. 
18    CARLOS M.URIEN, Quiroga, págs. 62 y 65.
19    BERNARDO FRIAS,  Tradiciones históricas, cuarta tradición, pág. 7.
20    RICARDO FONT EZCURRA,   “En homenaje a la verdad histórica” en  Revista del Instituto de Investigaciones  Históricas Juan Manuel de Rosas, N° 2/3, pág. 13.                           
21    PAUL GROUSSAC, Estudios de Historia Argentina, pág. 204.
22   ELISEO  F. LESTRADE, “Rosas. Estudio sobre la demografía de su época”, La Prensa, , 15 de  noviembre de 1919. “No se conoce   - añade Lestrade -  el número de argentinos que emigraron a   Montevideo huyendo de las persecuciones, pero ese año de gobierno fué sangriento.
       “En los hechos militares de las elecciones del 26 de julio de 1829 se produjeron 76 víctimas, entre los muertos y heridos; las ejecuciones fueron numerosas, y, sobre todo ese cuadro de dolor, una epidemia de viruela azotó a la población urbana”
23   MANUEL BILBAO,  Vindicación y memorias de Antonino Reyes, pág. 65
24   MANUEL GALVEZ, Vida de don Juan Manuel de Rosas, pág. 94
25   Ibídem, pág. 94 y DERMIDIO T. GONZALEZ, El Hombre pág. 199
26   MANUEL GALVEZ, ob. cit. pág. 94
27   ibídem, pag. 95
28   ADOLFO SALDIAS,  ob. cit. t.II, págs. 48 y 78 ZINNY, ob. cit. t. III pág. 70 ZINNY habla de “unos 15 oficiales.” Damos la cifra de SALDIAS por su mayor precisión.
29   JORGE A. CALLE, José Félix Aldao, pág. 117
30   GENERAL PAZ,  Memorias, t. II, pág. 91
31   Ibídem, pág. 98
32   Ibídem, pág. 126
33  TTE. CNEL. CARLOS A. ALDAO, El Br. Gral. José Félix Aldao, pág. 89
34   GENERAL PAZ, ob. cit. t. II, pág. 120
35   MANUEL GALVEZ, ob. cit. pág. 130
36   La Gaceta Mercantil, 31 de agosto de 1843
37   SARGENTO MAYOR DOMINGO ARRIETA, Memorias de un soldado, Cit. por GALVEZ, ob. cit. pág. 130                                                     
38   RIVERA INDARTE, Tablas de Sangre, pág. 60
39   Citado por SALDIAS, Historia de la Confederación Argentina, t. IV, pág. 65
40   GENERAL PAZ, Memorias,  t.II, pág. 133
41   Ibídem, pág. 134
42   MANUEL GALVEZ.  Vida de don Juan Manuel de Rosas, pág. 130
43   GENERAL  LAMADRID,   Memorias, t. I, pags.475 y sigs.
44   MANUEL GALVEZ, ob. cit. pág. 130
45   ADOLFO SALDIAS, ob. cit. t. II, pág. 80
46   MANUEL GALVEZ,  ob. cit. pág. 131
47   MANUEL GALVEZ,  ob. cit.  Es notable el contraste de esta actitud de Lamadrid con la asumida posteriormente por Quiroga. ZINNY cuya tendencia unitaria es notoria, lo hace resaltar. “En contraposición de eso -dice-. a la  esposa de aquél la auxilió Quiroga con todo lo necesario para que se trasladase a Bolivia, al lado de su esposo,  después de su derrota de la Ciudadela.” (Historia de los       gobernadores, t. VI, nota pág. 249). El feroz Quiroga supo dar una lección de humanidad y de caballerosidad a su civilizado contrincante.
48    ADOLFO SALDIAS, Historia de la  Confederación Argentina, t.II, págs. 81/1
49    JORGE A. CALLE,  José Félix Aldao, pág. 152
50    GENERAL  LAMADRID, Memorias, t. I, pág. 492
51    ZINNY, Historia de los gobernadores, t.IV, pág. 147
52    Ibídem.
53    Citado por ZINNY,  ob. cit. t. III, pág. 394.
54    Ibídem, pág. 395.
55    GENERAL PAZ,  Memorias,  t.II, pág. 186, nota I.
56    JORGE A. CALLE,  ob. cit.  págs. 251  y sigs.
57    ZINNY,  ob.  cit.  t.  IV, págs. 249/50
58    JORGE A. CALLE,  ob. cit. pág. 237, y EDUARDO GAFFAROT,  Comentarios a “Civilización y Barbarie”, pág. 183/3.
59    RIVERA INDARTE, Rosas y sus opositores,  t. I, pág. 129-  es indudable que tanto Quiroga como Rosas fueron llevados al terror poco a poco, como reacción contra un terrorismo anterior al suyo. Refiere SARMIENTO en su Facundo que “en la primera campaña de Quiroga se nota todavía poca efusión de sangre, pocas violaciones de la moral” (pág. 183). Y el propio Quiroga escribía en una  Exposición sumaria publicada en 1831: “En los lances más apurados, cuando la propia defensa llega a ser un derecho que acalla cualquier otro sentimiento, he respetado las leyes de la humanidad y de la guerra: no he fusilado a mis prisioneros; ni he exterminado a lanzazos a familias enteras, sin ahorrar las mujeres y los niños; ni he mandado asesinar a los presos y hecho arrastrar sus cadáveres por las calles. Nadie puede echarme en cara estos crímenes, y  desearía, por el honor y el bien de mi país, que mis antagonistas pudieran decir otro tanto.”    Es después del terrorismo de Paz, Lamadrid y Dehesa, culminado con el asesinato de su segundo, el general Villafañe, cuando Quiroga se convierte en el “Tigre de los Llanos”; pero lo menos que puede pedirse a la historia es que no nos quiera hacer pasar por mansos corderitos a quienes le enseñaron el camino.