jueves, 26 de febrero de 2015

ROSAS, LAS MALVINAS Y NUESTRAS DESMEMBRACIONES TERRITORIALES


Juan Manuel de Rosas (afiche de la Alianza Libertadora Nacionalista).





Por Alfredo Ortiz de Rozas

En un reciente coloquio sobre Las Malvinas, que, a iniciativa de la Fundación Vitoria y Suárez, tuvo lugar en la sede de la Academia Nacional de Ciencias Económicas, el relator Dr. Isidoro Ruiz Moreno (hijo), luego de recordar algunos autores que con su ilustrado aporte contribuyeron a la mejor dilucidación de nuestro pleito malvinero, repitió la consabida falsa afirmación que tiende a divulgar que don Juan Manuel de Rosas renunció a la soberanía argentina y quiso negociar las islas en pago de los servicios de la deuda del empréstito inglés del año 1824.
            Esta patraña ha sido repetida por miembros de la Academia Nacional de la Historia (“Rozas, el empréstito inglés de 1824 y las Islas Malvinas” por Humberto F. Burzio, en Boletín del Centro Naval, N°  564. “La negociación de Palecieu Falconet y la cuestión de las Malvinas”, por Juan Canter, en Boletín del Instituto Bonaerense de Numismática y Antigüedades, N° 1, Buenos aires, 1943), por improvisados historiadores con insidiosa mala fe o mal entendido empeño familiar (“El nacionalismo de Rosas”, por Jorge Lavalle Cobo, en “La Nación” de enero de 1939 y “Anuario de Historia Argentina”, de la Sociedad de Historia Argentina, Buenos Aires, 1940), por conveniencia especulativa de algunos políticos desplazados y también por algunos pobres de espíritu y de saber “por entretener sus ocios en ladrar contra el tirano de Buenos Aires” a pesar de que el Libertador don José de San Martín le dijera a Sarmiento en 1846: “Pero al fin, ese tirano Rosas, que los unitarios odian tanto no debe ser tan malo como lo pintan cuando en un pueblo tal viril se puede sostener veinte años” (“La Nación” de julio 9 de 1894, relato de la visita de Sarmiento al General San Martín en 1846, por Pastor S. Obligado).
La única excepción al patriótico afán de recuperar la posesión de “Las Malvinas”, fue, en opinión del Dr. Ruiz Moreno (hijo), don Juan Manuel de Rosas, quien, dijo, intentó “comerciar” las islas ofreciéndolas en pago de la deuda del empréstito inglés de 1824; agregando: “¡Que menos podía esperarse de ese tirano de infausta memoria!”…
Confieso que fui sorprendido por tan inoportuna referencia, ya que, por la calidad del auditorio y la trascendencia del asunto era patriótico y atinado aceptar el aporte de todos y en primer término respetar la actuación de ese mandatario que constituye una excepción por la pertinaz y heroica defensa de la soberanía e independencia argentina que sostuvo sin ninguna claudicación durante casi veinte años de cruenta lucha contra los más poderosos países imperialistas de la época, aunados con países vecinos, aliados a los emigrados argentinos que, en desconcertante esfuerzo contribuían a destruir el inmenso poderío que se vislumbraba para esta patria de varones fuertes y generosos.
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      Fue durante el gobierno de Rosas que se inicia nuestra controversia con Estados Unidos, motivada por el apresamiento de varios buques pesqueros de esa nacionalidad en aguas de las Malvinas. Esa disputa originó enérgicas protestas locales ante el Cónsul que luego se prosiguen al arribo del Encargado de Negocios, señor Francisco Baylies, quien en sus notas de junio 26 y julio 10 de 1832, con audacia inaudita expresa que el gobierno de los Estados Unidos niega cualquier derecho al gobierno de Buenos Aires para ejercer actos de autoridad en la Malvinas, Tierra del Fuego, Cabo de Hornos o cualquiera de las islas adyacentes en el Océano Atlántico por no reconocer la soberanía argentina sobre las Malvinas. Atribuye al inglés Hawkins el descubrimiento de las islas y sostiene que pertenecen a Inglaterra en virtud de la ocupación que hiciera de Puerto de la Cruzada, después llamado Egmont, en la otra isla del Oeste o Gran Malvinas, no obstante que poco tiempo después, en mayo 22 de 1774, los ingleses, sin ser compelidos abandonan ese establecimiento continuando España la tranquila ocupación soberana de todo el archipiélago que lo prosigue el gobierno argentino después de la Revolución de Mayo de 1810.
            Mientras se mantenía esta discusión, y apenas transcurridos dos meses, el gobierno de Buenos Aires, encargado de las Relaciones Exteriores, fue sorprendido por el inesperado ataque de la corbeta de guerra norteamericana “Lexington”, al establecimiento argentino de la Isla de la Soledad en Malvinas, ejecutado el 31 de diciembre de 1831. Su comandante, capitán Duncan, sin hallar resistencia, inutilizó la artillería, incendió la pólvora, dispuso de la propiedad pública y privada, arrestó a su bordo al encargado de la pesca de la colonia y seis pacíficos ciudadanos de la República, destruyendo el fruto honesto de sus colonos y atentando contra la soberanía y el honor de una nación amiga.  Así procedieron los representantes y la fuerza armada del país autor de la mentada doctrina de Monroe a menos de diez años de proclamada como principio americanista.
            Agotada una larga y violenta reclamación ante el Cónsul y Encargado de Negocios en Buenos Aires, el gobierno de Rosas instauró reclamación directa ante el gobierno norteamericano, a cuyo efecto por decreto de junio 28 de 1837 fue designado enviado extraordinario en Washington, el Brigadier General Carlos María de Alvear, aunque con resultado negativo porque el Ministro Webster respondió definitivamente en 1841 dando largas a la reclamación a la espera, decía, de lo que se resuelva en el litigio de jurisdicción cuestionada entre Inglaterra y la Argentina sobre Malvinas.
            Bueno es recordar que de los gobierno que sucedieron a Rosas, después de Caseros, fue el del Presidente General Roca el que reinició la reclamación en 1884 luego de transcurridos más de cuarenta años desde que lo hiciera el “tirano de infausta memoria”  (“El zarpazo inglés a las islas Malvinas”, por el Dr. Juan G. Beltrán, año 1934. Boletín del Instituto Geográfico Argentina, tomo VI, cuadernos VIII y IX, año 1885). Antes, durante ese lapso de casi medio siglo, ningún gobierno, entiéndase bien: ninguno de los gobierno de Urquiza, Mitre, Avellaneda y Sarmiento, intentó una satisfacción por los daños y ultraje inferido al honor y soberanía argentinas. Sin embargo, nadie censura a esos argentinos que olvidaron tan imperiosa obligación, pero denigran a Rosas, no obstante ser el único que con coraje criollo se atrevió a decirle al arrogante Tío Sam, que “Tal conducta no se habría ejercido con naciones como la Inglaterra y la Francia: ella sólo puede haber tenido lugar por un abuso innoble del poderoso contra el débil; o entre pueblos bárbaros que no conociesen otra ley, que el dictado de sus pasiones, ni se prestasen a otro medio de obtener reparación a sus ciertos o fingidos agravios que a los de una ciega y feroz venganza”. (Publicación oficial, titulada “Colección de documentos oficiales”, con que el gobierno instruye al cuerpo legislativo de la Provincia del origen y estado de las cuestiones pendientes con la República de los E.U. de Norte América, sobre las Islas Malvinas, año 1832. El Dr. Juan G. Beltrán, poseedor de este raro ejemplar, transcribe  su contenido en su obra citada.)
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Al atropello yanqui siguió el zarpazo inglés o tercera invasión, como también se ha dado en llamarlo. Nada perturbaba nuestras relaciones amistosas con Inglaterra; sin embargo, procediendo como siempre aconteció en todos nuestros conflictos bélicos con Gran Bretaña, sin previa declaración de guerra y sin duda estimulada por la poderosa república del norte, el día 2 de enero de 1833, cumplido un año del atentado de la Lexington, se presentó en Puerto Luis de la Soledad de Malvinas la corbeta de guerra de S.M.B. Clio, al mando del capitán Onslow, quién, dirigiéndose al comandante de la goleta argentina Sarandí, Coronel de Marina José María Pinedo, a cargo accidentalmente de la comandancia civil y militar de las islas, le intimó su abandono en los siguientes términos:
            “A bordo de la corbeta de S.M.B. Clio, Berkley Sound, enero 2 de 1833. Comunico a Vd. que he recibido órdenes de S.E. el comandante en jefe de las fuerzas navales de S.M.B. estacionadas en Sud  América, para llevar a efecto el derecho de soberanía sobre estas islas en nombre de Su Majestad. Es mi intención izar mañana el pabellón nacional de la Gran Bretaña en tierra, por lo cual pido a Vd. se sirva arriar el suyo y retirar sus fuerzas llevando consigo todos los efectos, etc., pertenecientes a su gobierno” (“La tercera invasión inglesa”, por A. Gómez Langenheim, 1934; y varias otras. “Las Islas Malvinas”, por Paul Groussac, 1910). El más fuerte se impuso y el despojo se cumplió.
            Sin demoras, el 12 de enero, el gobierno del General Balcarce pidió explicaciones al Encargado de Negocios de S.M.B. en Buenos Aires, las que se reiteran en forma de protesta en nota del día 22 para ser elevada al gobierno británico. Y en junio 17 de 1833 el Ministro Argentino en Londres doctor Manuel Moreno, presentó la primera reclamación formal ampliamente fundada en un extenso documento que es un esfuerzo meritorio en defensa de los derechos y soberanía argentinos sobre la Malvinas.
            El Vizconde Palmerston, Ministro de Relaciones Exteriores, demoró la respuesta hasta el 8 de enero de 1834, la que a su vez fue replicada por el Ministro Moreno en nota de fecha diciembre 29 dirigida al duque de Wellington en la que se hace constar que el gobierno inglés pasa por alto la cuestión de derecho, esencial para demostrar quién es el soberano y legítimo poseedor de aquellas islas.
            Al asumir el gobierno, Rosas, por intermedio del Encargado de Negocios argentinos en Londres, señor Federico Dickson, por nota de diciembre 26 de 1836, exige respuesta a la reclamación pendiente, sin lograrlo. En una nueva nota de fecha diciembre 18 de 1841 dirigida al Conde de Aberdeen,  en la que se hace referencia al Vizconde Palmerston “Ministro que dirigió la expoliación”, se amplía la reclamación presentada por el Dr. Moreno y en ella se expresa que “el gobierno de las Provincias Unidas, confirmando cada vez más los títulos indisputables que ha exhibido en su demanda de 17 de junio de 1833, y 29 de diciembre de 1834, no ha cesado de declarar en sus mensajes anuales a la Legislatura del Estado su vivo sentimiento por no haber hasta ahora obtenido la satisfacción que cree serle debida, y que en vano había reclamado de la administración anterior” (“Las Islas Malvinas”, por Paul Groussac, 1910).
            La afirmación que se hace en este párrafo es de mano de Rosas. En verdad, durante todo el largo período de su gobierno jamás dejó de expresar en los mensajes anuales dirigidos a la Junta de Representantes la confianza que abrigaba de recuperar la posesión de las Malvinas amparado en los derechos de la República que nunca abandonaría (“Los mensajes”, por H.  Mabragaña).
            En cambio, los gobernantes que le sucedieron, ya citados, Urquiza, Mitre, Avellaneda y Sarmiento, olvidaron, como he dicho, este pleito internacional que tan hondamente afecta el honor argentino y ni por excepción lo mencionan en sus mensajes y mucho menos se ocuparon de recordarlo al país que usurpa la ocupación de esa porción de territorio argentino.
            La última protesta-reclamación de Rosas, la presenta por intermedio del Ministro Moreno el 10 de marzo de 1842, y en ella  expresa en forma terminante: “las Provincias Unidas, no pueden ni podrán jamás, conformarse con la resolución de S.M.B. que califica de injusta y contraria a sus derechos, y en consecuencia –agrega- el Gobierno de las Provincias Unidas formula esta protesta y le da todo el valor que en el presente y en cualquier otra ocasión puedan tener”. Como se ve, esta nota es de un valor extraordinario y evidencia la preocupación de don Juan Manuel por todo lo que significa afirmar los derechos de soberanía argentinos; por eso, Paul Groussac la considera protesta de carácter solemne y permanente (“Las islas Malvinas”, por Paul Groussac). Y si observamos que ella se hizo en el año 1842, que es cuando los denigradores afirman que “Las islas Malvinas fueron objeto de una tentativa de renunciamiento de los derechos incuestionables que el país tiene sobre su soberanía que fue llevada a cabo por el tirano Rosas” (“Rozas, el empréstito inglés de 1824 y las Islas Malvinas” en el Boletín del Centro Naval, N° 564, por Humberto F. Burzio, miembro de número de la Academia Nacional de la Historia), esa nota prueba que tales afirmaciones son una antipatriótica e indigna impostura.
            Por otra parte, ese mismo año de 1842 se inicia la presión naval inglesa en el Río de la Plata y aparece el representante de los prestamistas exigiendo su pago, todo lo cual da a la postura de Rosas un sello de dignidad y valentía que no tiene parangón con la posición de ningún otro mandatario argentino.
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El empréstito inglés a que se alude en la negociación de Rosas, fue autorizado por ley de noviembre 28 de 1822 de la Legislatura de Buenos Aires y su contratación se hizo el 1° de  julio de 1824 por intermedio de los banqueros ingleses señores Baring Brothers y Cia. de Londres por la suma de 1.000.000 de libras esterlinas, equivalentes a 5.000.000 de pesos fuertes, señalándose el tipo de 70%  para su negociación; pero la suma efectiva aparente de 700.000 libras se redujo a 530.000 por una nueva quita de 120.000 libras en concepto de amortizaciones e intereses anticipados para cubrir los servicios hasta el 27 de enero de 1827.
            Posteriormente, con fecha abril 5 de 1828, el gobierno de Dorrego autorizó a los banqueros para vender, de acuerdo con el ministro argentino en Londres, las fragatas "Asia” y “Congreso”, propiedad de la Nación, y destinar su importe al pago de los servicios vencidos en enero 12 de 1828, quedando suspendido el servicio de esta deuda en setiembre 1° de 1827. (”Informe sobre la deuda pública”, por el Dr. Pedro Agote, Presidente del Crédito Público Nacional, año   1881).
            A partir de esa fecha no se hicieron nuevos pagos, de tal modo que cuando se presentó en Buenos Aires, en febrero de 1842 el señor Palicieu Falconet en representación de los banqueros Baring Brothers y Cia. exigiendo de Rosas el arreglo de la deuda, la situación del gobierno era en extremo apremiante.
            Los pagos se habían suspendido por quince años. La deuda ascendía a 1.900.000 libras o sea 9.500.000 pesos fuertes, que, al cambio de la época equivalía a una suma mayor de 200.000.000 de pesos moneda corriente;  es decir, que la deuda sobrepasaba el monto total del presupuesto de gobierno en casi cinco veces, pues, en 1842 era de 43.000.000 de pesos moneda corriente.
            Estamos en el año 1843. La relación cronológica de algunos hechos evidencian que Inglaterra busca un pretexto para una intervención armada. La oportunidad la brinda el reciente sitio de Montevideo iniciado por el General Manuel Oribe en los primeros días de febrero, y la presencia de la escuadra de la Confederación que, al mando del Almirante Brown se dispone al bloqueo de la plaza.
            A todo tiene que atender Rosas para salvar no sólo el crédito de su país, sino su propia existencia como nación libre e independiente. Es la “merienda de negros” a que se refería el General Lavalle, de la que los países imperialistas de Europa quieren participar. Es la época en que el poderoso intima el cobro de las deudas e impone sus pretensiones con la ayuda de los cañones. Así, la presencia del representante de los acreedores en esta circunstancia es demasiado sospechosa. Al menos, los hechos que se suceden deben producir esa impresión en el Gobierno de la Confederación.
            La primera dificultad la creó el Comodoro Purvis, designado comandante en jefe de las fuerzas británicas en Sud América, llegado a Montevideo el 7 de febrero de 1843. “Desde su arribo a la zona de bloqueo, este oficial naval británico, cuya antipatía por la causa de Rosas era evidente, sentó fama de impulsivo y de estar poseído de un marcado espíritu de notoriedad” (Capitán de Fragata Héctor R. Ratto, Revista Militar de enero de 1939).
            Fue este marino quien, dirigiéndose al Almirante argentino le llamaba “Mr. Brown, súbdito inglés”; e invocando que el ministro inglés había pedido al Gobierno de la Confederación el cese de las operaciones contra Montevideo, le exigía que se abstuviera de tomar participación en ellas.
            Pero el comodoro Purvis no cesó en su empeño hostil. Así, cuando Brown se posesionó de la isla de las Ratas y de la pólvora allí depositada, le intimó la entrega de ésta y el abandono de la isla bajo amenaza de hacerlo por la fuerza. Luego, bajo la misma amenaza exigió que la escuadra argentina abandonara el puerto de Montevideo. A esto siguió la detención de la escuadra mientras el propio Purvis facilitaba el embarque de hombres y armamento del gobierno de Montevideo que estaba en guerra con la Confederación.
            Entre tanto, el ministro inglés en Buenos Aires, señor Mandeville, eludía dar las explicaciones pertinentes, lo que sin dura creaba un estado de intranquilidad al gobierno de la Confederación, fácilmente comprensible.
            Explicado, así, el clima internacional del momento, pasemos a ocuparnos de la propia negociación.
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Rosas, efectivamente, ofreció a los banqueros las Malvinas en pago del empréstito inglés de 1824 y sus servicios adeudados. Pero veamos cómo y por qué lo hizo.
            Antes de ocuparme de la propia negociación quiero hacer conocer la fuente de dónde extraigo la documentación de que debo servirme para rechazar una vez más las falsas afirmaciones que se vienen repitiendo impunemente, y dar a los documentos la verdadera, exacta y honesta interpretación, que, con luz meridiana surge de sus propios textos.
            En abril 18 de 1880 el ministro de Estados Unidos en Buenos Aires, señor Tomás O. Osborne, trasmitió un pedido del ministro de Relaciones Exteriores de su país, señor Guillermo M. Evarts, en el sentido de que el gobierno argentino le hiciera conocer una amplia información sobre la historia financiera, económica y monetaria de la República Argentina.
            Esa delicada tarea le fue encomendada al Dr. Pedro Agote, quien se expidió en octubre de 1881. Fue, en ese documento oficial, que por primera vez se hizo público el hecho de que Rosas intentara cancelar la totalidad del empréstito inglés de 1824 y sus servicios adeudados,  dando en pago las Islas Malvinas.
            No fue, pues, un descubrimiento de los investigadores antirrosistas dar con esa documentación. El Dr. Agote los inició en la búsqueda; pero, desgraciadamente no la hicieron con el intento de encontrar la verdad argentina y justificar los hechos, sino para hallar el motivo para denigrar al mandatario, dando a los documentos una interpretación absurda por arrevesada y estúpida, por lo inocua y malintencionada.
            A ese respecto, debo hacer constar que el Dr. Agote al tratar sobre este empréstito y pocos párrafos anteriores a la cita de la participación de Rosas, hace una declaración que contrasta con los infundios de sus enemigos; dijo:
            “Quiero hacer constar en este documento destinado a un gobierno extranjero, que los gobierno de Buenos Aires y de la Nación no han perdido nunca de vista esta obligación, y que en medio de las guerras civiles y nacionales, que los han afligido en largos períodos de su existencia agitada, jamás han olvidado este compromiso de honor que, reconocido alternativamente por uno u otro, han cumplido como les ha sido posible, ofreciendo testimonios de honradez y desprendimiento de que no hay ejemplo en la historia de pueblo alguno que les aventaje”.
            “La relación histórica del empréstito inglés de 1824 es una prueba espléndida de esta verdad; y al consignarla en las páginas que siguen, cumplo un deber patriótico, al mismo tiempo que ofrezco un ejemplo de honradez republicana, que debe servir de regla para medir en todo tiempo y circunstancia, los compromisos nacionales.”
            En este clima de intranquilidad internacional y dificultades económicas a que he aludido en párrafos anteriores, Rosas comisionó al ministro Insiarte para que se entendiese con el señor Falconet.
            “En desempeño de su encargo –dice el Dr. Agote en su informe-  el ministro Insiarte manifestó a aquel señor (Falconet) en nota de 17 de febrero de 1843, las dificultades con que había tropezado el gobierno para hacer este servicio, y le anunció, en testimonio del deseo que le asistía de hacer un arreglo con los acreedores, haber autorizado al Ministro Argentino en Londres para hacer al gobierno de su Majestad Británica la proposición de ceder las islas Malvinas en pago de la deuda.”
            “Esta nota –agrega el Dr. Agote- abunda en consideraciones acerca de los derechos de la República a aquellas islas, y la confianza que tiene de que ellos sean reconocidos por el gobierno británico.”
            No es cierto, pues, que Rosas renunciara a la soberanía de las islas como falsamente se ha dicho repetidas veces. Por el contrario, en las notas que el ministro Arana dirigió al Dr. Moreno y al agente señor Dickson en diciembre 23 de 1842, se dice: “el Sor. Gobor. ha creído que esta es también la oportunidad de que el Sor. Moreno en conformidad a sus instrucciones demande del Gvno. de S.M.B. una indemnización por el derecho de las Islas Malvinas, y que entre en esta el emprestito y sus rentas vencidas y por vencer”…
En las notas respuestas, el Dr. Moreno no dice que se ha apersonado al gobierno inglés; por el contrario, en la de Abril 5 de 1843 comunica a Arana: “hemos conferenciado largamente con Mr. Dickson antes de dar los pasos necesarios al efecto; y hallamos tantas dificultades, que en verdad nos hace pensar que aunque la idea de esta transacción es absolutamente justa y razonable en su fondo, no hai al presente ninguna probabilidad de hacerla practicable. Mientras este Gobierno niegue la Soberanía de las islas a la República, como lo ha hecho hasta ahora, no ai medio de inducirlo a indemnizaciones por la cesión de aquel Dominio.”
            Según estas notas, que el Sr. Burzio transcribe íntegramente en su artículo en el Boletín del Centro Naval, no se comprueba ninguna de las afirmaciones que se vienen haciendo. Por otra parte ¿cuáles son las instrucciones a que se alude en la primera? En el mismo Boletín mencionado, se hace referencia a una nota de Arana de fecha Noviembre 21 de 1838, que el autor transcribe en los siguientes términos: “Artículo adicional a las instrucciones dadas con fecha de hoy al Señor Ministro Plenipotenciario Dr. Dn. Manuel Moreno.”
            “Insistirá así que se presente la ocasión en el reclamo respecto a la ocupación de las islas Malvinas y entonces explorará con sagacidad sin que se le pueda trascender ser idea de este gobierno si havria disposición en el de S.M.B. a hacer lugar a una transacción pecuniaria, que sería para chancelar la deuda pendiente del Emprestito Argentino.”
            A juzgar por los términos de estas instrucciones y siempre que no existan otras, parecería que Rosas no tenía la intención de cumplir la venta y que sólo se proponía explorar con sagacidad  el ánimo del gobierno inglés. Sobre esta nota me ocuparé más adelante.
            Falconet en nota de Febrero 21 de 1844 no acepta la proposición “por no ofrecer la cuestión pendiente de las islas Malvinas un resultado pronto y favorable, habiendo el Ministro de Relaciones Exteriores de Inglaterra, Lord Aberdeen, rechazado todo reclamo a este respecto.” Esta respuesta, tampoco induce a pensar que se hizo el ofrecimiento al gobierno inglés, y sólo es la expresión del conocimiento que tienen los banqueros de la respuesta que Lord Aberdeen diera al Ministro Moreno en 1842 para cerrar la discusión entablada anteriormente. A pesar de esta negativa, se insiste en el ofrecimiento a los banqueros:
            “El ministro doctor Insiarte en nota de 20 de marzo de 1844, reitera el ofrecimiento de las Malvinas e insiste en la legitimidad de los derechos de la República al territorio de “dichas islas, cuya cesión a los prestamistas ingleses era el medio más pronto y eficaz para cubrir esta deuda.”
            Como se ve por estas transcripciones del informe del Dr. Agote, hay el propósito de insistir alargando la tramitación. No es un planteo improvisado porque, al deseo de mostrar buena voluntad para solucionar el pedido y a las dificultades de orden económico que se oponen, la situación resultaba extraordinariamente embarazosa por la responsabilidad hipotecaria que pesaba sobre el préstamo. En efecto; el presidente Rivadavia, por intermedio de su ministro de Hacienda que era el Dr. Salvador María del Carril, por nota de Abril 27 de 1826, dice el Dr. Agote: “Comunico a los señores Baring “Brothers y Cía. Que tomaba medidas para asegurar el servicio,  haciéndoles notar que el empréstito estaba ahora garantido por todo el territorio de las Provincias Unidas del Río de la Plata.”
            Esta última circunstancia de la que no hablan quienes denuncian como infamante la actitud de Rosas por haber, sin duda, circunscripto la responsabilidad hipotecaria a esas remotas islas, mínima parte de todo el territorio de las Provincias Unidas, valuado por Rivadavia en un millón de libras, tiene sin embargo, una enorme importancia porque fue precisamente, alrededor de 1842 y 1843 que se intentan desmembramientos del territorio nacional; y que, al propio gobierno británico se le ofrece el protectorado de las provincias de Entre Ríos, Corrientes y las Misiones, que no otro era el objetivo de la misión de Florencio Varela en esos años; pero de este aspecto me he de ocupar en lugar aparte.
            Es evidente, pues, que las notas cambiadas entre el ministro Arana y el ministro argentino en Londres fueron estrictamente confidenciales entre ellos; que el gobierno inglés no conoció oficialmente este ofrecimiento y  que él no tenía otro propósito que dar tiempo para buscar una solución ventajosa con el señor Falconet, como efectivamente sucedió. Pero, en el supuesto de no haber sido así, se trataría de una transacción internacional de las que hay muchos ejemplos en Europa y en América.
            Y, en cuanto a la ventaja de la operación, basta la lectura de la nota del ministro Moreno de Abril 5 de 1843 para comprobar con sorpresa que nuestros representantes en Londres estimaba que las islas no valían en aquella época el importe del empréstito y los servicios adeudados, al decir: “Nuestra deuda con los intereses vencidos en 15 años que no se han pagado, anda por un millón novecientos mil libras y es mui dudoso que este Gobierno se aviniese a estimar en esta cifra, o cosa que se acercara a ella, la indemnización esperada.” (Boletín del Centro Naval, N° 564, citado)
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Hasta aquí me he ocupado del llamado negociado de Las Malvinas en 1842. Ahora quiero insistir sobre la nota confidencial de Arana a Moreno de fecha Noviembre 21 de 1838, que antes he transcripto, porque los denigradores de Rosas la mencionan como origen de “la idea nacionalista de comerciar un asunto de honor nacional”. Ese documento fue facilitado por el Dr. Isidoro Ruiz Moreno (hijo) al Dr. Jorge Lavalle Cobo, quien lo publicó en 1940; y, en 1944 lo reproduce el Académico de la Historia señor Humberto F. Burzio. (Boletín del Centro Naval, N° 564, de enero-febrero de 1944)
            Tomo la cita no por el valor de las referencias sino por el hecho de que esa misma transcripción y parte fragmentaria de la nota de Moreno de Abril 5 de 1843, acaban de ser reproducidos en un opúsculo publicado por el señor Héctor C. Quesada en su carácter de Director del Archivo General de la Nación y cuyo propósito es divulgar el conocimiento de documentos sobre esta materia. (“Las Malvinas son argentinas”, por Héctor C. Quesada, Secretaría de Educación de la Nación, julio de 1948.)
            El señor Quesada expresa a continuación, “que en el archivo no existen mayores antecedentes sobre las gestiones de Moreno”, y termina con este breve comentario:
            “Este propósito de Rosas, en realidad simple cambio de notas entre Arana, Moreno y Dickson sin conocimiento oficial del Foreing Office constituye un error de gobierno pero revela al propio tiempo, que sostuvo en todo momento nuestros derechos. Las pruebas son a cubierto de toda caprichosa conjetura”.
            Esas sensatas palabras del director del Archivo Nacional hubieran bastado para cerrar el análisis de este episodio; sin embargo, las recojo para salvar el error, precisamente, en que incurre el comentarista al estimar que el paso de Rosas “constituye un error de gobierno”. Pienso lo contrario: fue una habilidad de estadista sagaz en un momento internacional no menos grave que el que tuvo que afrontar el año 1842, como trataré de probarlo en apretada síntesis.
            Por razones de espacio, no puedo dar a la cuestión la extensión que demandaría este aspecto de nuestra historia, mal estudiado por los historiógrafos “oficiales” que sistemáticamente tergiversaron los hechos y su documentación dándoles absurdas interpretaciones, cuando no optaron por silenciar o fragmentar los documentos, llegando hasta mutilarlos con supresiones que les quitan valor probatorio o alteran el pensamiento de sus autores, como viene ocurriendo con la correspondencia del general San Martín. Por eso, voy a limitar mis citas a John E. Cady, moderno autor norteamericano, que después de hurgar en forma extraordinaria los archivos de las cancillerías de Francia, Inglaterra y Estados Unidos, ha escrito su libro, titulado “La Intervención Extranjera en el Río de la Plata, 1838-1850”, con un acopio asombroso de referencias documentales que exponen a la luz de la verdad los entretelones de aquellos acontecimientos hasta ahora desconocidos u ocultados por nuestros historiadores liberales.
            Antes de entrar en materia sobre este punto ruego a mis lectores que tengan presente que la nota aludida es de fecha Noviembre 21 de 1838, y  que los acontecimientos que relataré y los documentos que con ellos se relacionen son de fecha que le precedieron y le siguieron. Es decir, que son causas o efecto, y dan pie o justifican la actitud de Rosas; y aun más, explican el pensamiento de Rosas.
            La política de Canning, había dado a Gran Bretaña un predominio evidente en Sud-América, que, en el caso de la Argentina se acentuó en su aspecto comercial a raíz del importante empréstito de 1824 contratado por intermedio de los señores Baring Brothers y Cía. En cambio, los Estados Unidos, nada hicieron por sobrepasar a Gran Bretaña en esa lucha de predominio que se iniciaba. Por el contrario, después del atropello a las Islas Malvinas, dio muestras de ponerse a favor de Inglaterra en esa demanda, y en todos sus actos demostró que la doctrina de Monroe no obligaba en absoluto al país de su origen (W.S. Robertson, “South America and the Monroe Doctrine”).  Cady nos dice que el señor Baylies Encargado de Negocios norteamericano al abandonar Buenos Aires, lo hizo “aconsejando a los Estados Unidos declarara la guerra al insolente gobierno de Buenos Aires” (State Department, Rep, Rag. Desp. 4, Bayles a Lavingston, septiembre 26 de 1832). La insolencia de Rosas, ya lo hemos visto, consistió en haber defendido con valentía la dignidad nacional sin que le amedrentara el poderoso.
            Conocidas son las dificultades originadas por las encubiertas pretensiones del vice-cónsul francés señor Aimé Roger que motivaron réplicas que Francia simuló agraviantes. En Enero de 1838, un portavoz del gobierno sostuvo: “Sólo con el apoyo de una poderosa marina podrán abrirse nuevos mercados a los productos franceses”. (La Gaceta Mercantil del 31 de marzo de 1838. Ministère des Affaires Etrangères (Francia), Argentina, 25, p. 401, memorándum del gobierno francés de fines de 1838.) El 24 de Marzo de 1838 aparece el almirante Leblanc y apoyando al señor Roger presenta tres reclamaciones que el gobierno debe contestar en plazo de dos días. Rosas, así lo hace; pero le dice al altanero almirante, que, “Exigir sobre la boca del cañón privilegios que solamente pueden concederse por tratado es a lo que este gobierno –tan insignificante como se quiera- nunca se someterá”. (Aff. Etrangères, Argentina, 24, pp. 4-8.)  El bloqueo fue declarado. El cónsul no admitió el trato preferente dado a los británicos en asuntos comerciales y financieros, y a estas nubes se agregaron los traidores unitarios que, unidos al invasor y al Uruguay se apoderaron de la isla de Martín García el 11 de octubre de 1838.
            Domingo Cullen, gobernador delegado de Santa Fe, promueve dificultades con las provincias del litoral que los franceses aprovechan para levantar a los enemigos de Rosas. El 31 de Diciembre de 1838 se celebra una alianza ofensiva y defensiva entre el gobierno oriental y el gobernador de Corrientes Berón de Astrada, en el que, por su cláusula 7° participa S.M. el Rey de los Franceses para levantar el bloqueo a cambio de ejercer a su favor el libre paso de su bandera por los ríos argentinos. (Registro Oficial, año 1839, N° 2749.)
            Otro acontecimiento debió conmover a Rosas, tan defensor  de las soberanías rioplatenses. En 1838 el Cónsul británico en Montevideo fue entrevistado extraoficialmente para proponérsele que su gobierno tomara bajo su protección al Estado Oriental como un medio de terminar la guerra Civil (Foreing Office, 6, 63, Mandeville a Strangeways, febrero 14 de 1838. “La idea fue sugerida al Cónsul Hood por un señor Muñoz, ex Ministro de Hacienda del Gobierno de Oribe”.)
            Cady, dice: “Los intereses financieros y comerciales más poderosos de Inglaterra, dirigían el coro de denuestos arrojados a Francia”. ”El gobierno británico muy poco podía hacer, sin embargo. No cabía desconocer a Francia el derecho de emplear las medidas de fuerza que aquel utilizara tan amenudo.” Palmerston, aunque no aceptaba los acontecimientos que ocurrían en Buenos Aires, busca una conciliación y así la insinúa al ministro argentino en Londres, Dr. Moreno. (Foreing Office, 6, 72, de Palmerston a Moreno, abril 23 de 1839.) 
            Es en este período que Rosas, por nota de Arana a Moreno, le sugiere que “explore con sagacidad” si el gobierno de  S.M.B. estaría dispuesto a una transacción pecuniaria para chancelar la deuda pendiente. Hacen diez años que no se pagan los servicios del empréstito. Es evidente que al gobernador de Buenos Aires le interesa, llegada la oportunidad, demostrar su empeño de respetar y cumplir el crédito de los prestamistas ingleses y se esfuerza por satisfacer al gobierno Británico acordándole facilidades en estos momentos en que se lucha por el predominio comercial.
            Rosas tiene la firme convicción de que no cuenta con el apoyo norteamericano, ante cuyo gobierno acaba de designar representante para iniciar la reclamación directa por el atropello de la “Lexington” y por los acontecimientos precedentemente relatados; su situación es gravísima y es necesario salvar el crédito, el honor, la soberanía y hasta la libertad de la Nación. Dejemos que hable el historiador Cady, que, como ninguno, ha recorrido los archivos de las Cancillerías y que, por ser norteamericano no puede tildársele de parcialidad a favor de Rosas.
            “Para asegurar las simpatías británicas –dice Cady- el gobernador tuvo el gesto inteligente de acceder al pedido de Mandeville para que las mercaderías llegadas del extranjero, a pesar del bloqueo, se despacharan con una rebaja del tercio de los derechos que pagaban anteriormente.” (Foreing Office, 6, 64, de Mandeville a Palmerston, junio 14 de 1838.)
            “Al romper con Leblanc, Rosas arrojóse en brazos de su amigo Mandeville, quedando la ocupación inglesa de las islas Malvinas completamente relegadas al olvido. El gobierno se apartó de la política seguida hasta entonces para recalcar, tanto en privado como en público, que las operaciones francesas constituían en realidad un ataque a la posición privilegiadas de los británicos, y que el éxito de sus intrigas significaría la caída del partido favorable a Inglaterra” (Foreing Office, 6, 69, de Mandeville a Palmerston, 24 de enero de 1839; British Foreing and State Papers, 27, pp. 713-716.)
“Los representantes franceses en Montevideo que, como es natural, no conocían las instrucciones británicas, sólo veían la intimidad de Mandeville con Rosas, y sospecharon que el gobierno de Londres estaba en realidad alentando a su enemigo en su exasperante obstinación… Palmerston sostenía que el cónsul Roger  había hecho: de las reclamaciones francesas un pretexto para intervenir por la fuerza en las cuestiones internas de los partidos políticos de Buenos Aires…No es presumible que por dichas razones las demás naciones consientan ver interrumpidas sus relaciones comerciales con Buenos Aires por Francia.” (Foreing Office, 6, 72, memorándum fechado el 2 de marzo de 1839 con un sumario de las instrucciones dadas a Granville (embajador en París) hasta el 18 de enero de 1839.)
            Triunfó así, la sagacidad del gobernante argentino y lo que no veían o intencionadamente ocultaban sus denigradores viene a decírselos un historiador extranjero. Posiblemente, por esa circunstancia y por ser una referencia “foreing made” al fin se darán por convencidos y callen. Será una de las pocas veces que reciban una buena inspiración foránea que contribuirá a la tarea de argentinizar argentinos según una feliz expresión de nuestro Presidente.
            Con esta breve reseña he querido mostrar que la nota de Arana a Moreno de 1838 no “constituye un error de gobierno” sino un ardid de sagaz estadista sin comprometer nada, con que Rosas quiso ganar la buena voluntad del gobierno británico.
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Los historiadores liberales y los oportunistas que les hacen coro, en su afán de lanzar denuestos contra Rosas llegan a un grado tan sorprendente de ofuscamiento que no ven las armas que contra ellos pueden esgrimirse para que, tarde o temprano caiga la historia falsificada y se imponga la verdad. Y entonces, como acaba de decirlo un ilustre historiador: “¡Cuántos grandes aparecerán pequeños y cuántos pequeños aparecerán grandes!”
            Con ese propósito y para elevar a Rosas a la altura que lo ha colocado el Libertador San Martín, voy a referirme a algunos de los desmembramientos que sufrió nuestro patrimonio territorial y a los que por ventura no quiso Dios que se llevaran a cabo. El lector hará su juicio y apreciará alguno de los actos que voy a relatar merecen un repudio mayor que el que se ha pretendido endilgarle a Rosas en el asunto de Las Malvinas.
            Paso por alto la pérdida de la Provincia Oriental, del Paraguay y las del Alto Perú convertidas hoy en República de Bolivia, que por la ceguera de argentinos ilustres se desintegraron del Virreinato del Río de La Plata. Siguiendo el orden cronológico enumeraré los principales:
1°) El año 1815, el Director Supremo de las Provincias Unidas del Río de la Plata, don Carlos María de Alvear, firmó dos notas sorprendentes. Una dirigida al ministro de Negocios Extranjeros de la Gran Bretaña en la que dice textualmente:
            “Estas provincias desean pertenecer a la Gran Bretaña, recibir sus leyes, obedecer su gobierno y vivir bajo su influjo poderoso. Ellas se abandonan sin condición alguna a la generosidad y buena fé del pueblo inglés y estoy resuelto a sostener tan justa solicitud…”
            Y terminaba: “Es necesario se aprovechen los momentos, que vengan tropas que impongan a los genios díscolos y un jefe plenamente autorizado…”
            La otra nota, dirigida a Lord Strangford, insiste en su propósito y agrega: “La Inglaterra que ha protegido la libertad de los negros en la Costa de Africa impidiendo con la fuerza el comercio de la esclavitud a sus más íntimos aliados, no pueden abandonar a su suerte a los habitantes del Río de la Plata en el acto mismo en que se arrojan en sus brazos generosos”. Mitre llama a estos documentos producto de un momento de debilidad… (Historia de Belgrano, por Bartolomé Mitre, cap. XXVI) Alvear tiene un magnífico monumento en sitio prominente de la Capital y la historia silencia esta afrenta.
            2°) En la frontera andina se instaló la Comisión Argentina de emigrados en Chile: la constituía el General Gregorio de Las Heras, como presidente, Domingo F. Sarmiento, Domingo de Oro, José Luis Calle y otros argentinos. Al igual que la de Montevideo se entregó empeñosamente a concitar agresiones a la Confederación.
            Es en marzo 11 de 1835. Rosas ha asumido el gobierno; pero, para los historiadores oficiales ya entonces era “un tirano sangriento”. Don José Luis Calle, que actuó como secretario de la Comisión Argentina se dirige en esa fecha al ministro dictador de Chile don Diego Portales, y le dice:
            “Existe hoy día en Santiago una Comisión enviada por las provincias de Mendoza y San Juan cerca del gobierno de la República… No será difícil obtener la incorporación de aquellas provincias a esta república. Creo conveniente decir a Vd. las razones que tienen en vista indudablemente, para creer que el gobierno de Chile no rechazaría la solicitud de las provincias de Mendoza y San Juan, de que se les admitiese en la asociación política de este país.” Expone las razones y agrega:
            “Excusaría tal vez el enumerar entre estas razones la de que nada parece más natural que el que un país apoye siempre toda idea que pueda estimular su engrandecimiento…” ¿Para qué seguir con la transcripción de este documento que nos avergüenza? El conspicuo unitario concluía su oferta, diciendo: “Ojalá Vd. mire este asunto bajo el mismo aspecto. Para este caso yo contestaré a Mendoza sobre lo que se me dice, i lo que ahora es el objeto de una carta reservada pasaría a ser un hecho positivo.”
            Por fortuna, en esos momentos el gobierno chileno ya tenía resuelta su guerra contra la Confederación Perú-boliviana, y la Argentina que no hubiera podido sin grandes sacrificios evitar ese enorme desmembramiento, sorteó aquel peligro por propia decisión del mandatario chileno.
            Portales  contestó: “Que delante de aquella traición, comprendía que Quiroga fuese un héroe, y que bien merecían sus paisanos estar bajo el filo del sable.” (“La Epoca de Rosas”, por Ernesto Quesada, 1923 (Edición Jubileo) “La Unidad Nacional”, por Ricardo Font Ezcurra, edición 1941. “Diego Portales”, B. Vicuña Mackenna, Valparaíso, 1863, tomo II.)  Esta respuesta  evita todo comentario.
(pág. 75) 3°)  Años después, en 1842, precisamente el año en que a Rosas se le atribuye la entrega de las Malvinas, un argentino ilustre provoca un disgregamiento que, por desgracia, se efectuó; me refiero a  Domingo Faustino Sarmiento que en Noviembre 10 de 1842 inicia en el diario de Santiago “El Progreso” una pertinaz campaña periodística para demostrar que Chile tenía derechos incuestionables sobre el estrecho de Magallanes y las tierras adyacentes, y en un editorial formidable del 28 de Noviembre incita abiertamente a Chile para que ocupe esa parte de su patria. Le dice: “Para Chile basta en el  asunto de que tratamos decir quiero, y el Estrecho de Magallanes se convierte en un foco de Comercio,  de civilización e industria, que en pocos años puede sobreponerse a todos los centros comerciales de la América del Sud… lo repetiremos hasta la saciedad; aquel punto está llamado a figurar un gran papel en el comercio del mundo”. Alienta a Chile con el ejemplo de los países europeos “que andan a la caza de tierras para formar colonias y que se anticipan de un siglo en la ocupación de aquellos puntos que ofrecen la más leve importancia comercial” y agrega, no dándole importancia y mofándose de las defensas de Rosas: “La Inglaterra se estaciona en las Malvinas para ventilar después el derecho que para ello tenga. En cambio no faltará cada año que transcurre en el mensaje del gobierno de Buenos Aires, el párrafo obligado: “El Gobierno continúa sus reclamos, y espera de la justicia del gabinete británico que serán atendidas” (“La Unidad Nacional”, por Ricardo Font Ezcurra, edición 1941. “El original transcripto ha sido certificado por la Dirección General de Bibliotecas, Archivos y Museos de Santiago de Chile, a petición del Dr. Font Ezcurra en 21 de agosto de 1937”) Chile ocupó esos territorios el 21 de Septiembre de 1843.
Sarmiento obró en conciencia y muestra pensamiento de estadista; pero es doloroso comprobar que en esta ocasión sus talentos estuvieron al servicio de un desmembramiento, que, además de lo que significa como pérdida territorial, ha de crearle al país dificultades para su futura expansión antártica.
4°) Sarmiento, lanzado en el torrente de servir a Chile no se contiene, ni los años le apaciguan; así, en Marzo 11 de1849 en un nuevo editorial publicado en “La Crónica” alienta al gobierno de Chile para que ocupe los territorios de la Patagonia proclamando sus derechos. Dice:
“Entre sus territorios poblados median los ríos Negro y Colorado como barreras naturales para contener los bárbaros, median las dilatadas regiones conocidas bajo el nombre de  Patagonia, país ocupado por los salvajes y que ni la Corona de España, ni Buenos Aires han intentado ocupar hasta hoy”.
Y agrega esta enormidad:
“Quedaría por saber aún, si el título de erección del Virreinato de Buenos Aires expresa que las tierras al sud de Mendoza y poseídas aún por chilenos entraron en la demarcación del virreinato,  que a no hacerlo, Chile pudiera reclamar todo el territorio que media entre Magallanes y las provincias de Cuyo” (“La República Argentina y Chile”, ante el árbitro, por Luis V. Varela, 1901. “La Unidad Nacional”, por R. Font Ezcurra.)
Demás está recordar que en el litigio de límites, Chile reclamó para sí la Patagonia Argentina.
5°) Después de la derrota del presidente oriental general Fructuoso Rivera en Diciembre 6 de 1842, se desvanecen sus intenciones de construir con la agregación de Entre Ríos, Corrientes, las Misiones y la Banda Oriental un gran estado limitado por el océano y los ríos Paraná y Paraguay. Se hacen más modestas las pretensiones, y la Comisión Argentina en Montevideo reduce el plan a formar un estado independiente con las dos primeras provincias y el territorio de Misiones bajo la protección de Francia o Gran Bretaña. La exposición de este plan de desmembramiento y de las “ventajas comerciales y políticas” que produciría lo hizo el doctor Florencio Varela en una “Memoria” que presentó al señor Sinimbú, ministro del Brasil, al agente francés y al comodoro inglés Purvis que en esos momentos hostilizaba a Rosas, como he dicho.
Todos convinieron en la conveniencia de que el mismo doctor Varela fuera comisionado ante las Cortes de Londres y París para ejecutar el plan, y el Ministro de Relaciones Exteriores del Uruguay señor Vázquez lo designó enviado confidencial de ese país. No abundaré en detalles sobre esta misión que el “ilustre mártir de la libertad” cumplió sin escrúpulos entre Agosto de 1843 y Febrero de 1844.
El general José María Paz, en sus memorias, nos dice: “Cuando el doctor Florencio Varela partió de Montevideo a desempeñar una comisión confidencial cerca del gobierno inglés el año 1843, tuvo conmigo una conferencia en que me preguntó si aprobaba el pensamiento de separación de las provincias de Entre Ríos y Corrientes para formar un Estado independiente: mi contestación fue terminante y negativa…El señor Varela desempeñó su misión y por lo que después hemos visto, me persuado de que hizo uso de la idea de establecer un Estado independiente entre los ríos Paraná y Uruguay, lo que creía halagaría mucho a los gobiernos europeos, particularmente el inglés”.
En la correspondencia que después mantuvo Paz con el autor de la “Memoria”, dice que este “se proponía probar que el proyecto era utilísimo a la República Argentina” a lo que responde: “que se preconizase como conveniente a nuestro país, es lo que no me cabe en la cabeza.”  (“Evolución Republicana”, por Adolfo Saldías, apéndice, capítulo X; “Diplomacia de la Defensa de Montevideo”, correspondencia del Dr. Manuel Herrera y Obes; “Autobiografía de Florencio Varela”, Montevideo, 1848; “Memoria del General José María Paz”).
Como único comentario a esta intentona, diré que resultan realmente insignificantes las lejanas Malvinas si se las compara con los extensos y riquísimos territorios mesopotámicos argentinos; y cuánto estupor causa que la historia oficial haya encubierto a los que sin pudor quisieron desprenderse de esas provincia arrancándolas de la entraña misma de la Nación, y concentre, en cambio, todo su encono en una falsa imputación a Rosas.
6°) “Los defensores de Montevideo” no se desalentaron. A mediados de Junio de 1848 el ministro doctor Manuel Herrera y Obes acreditaba como agente confidencial ante el gobierno inglés al señor Adolfo Priel para que insistiese en obtener que las provincias de Entre Ríos y Corrientes formasen una Estado independiente  (“Martín García y la jurisdicción del Plata”, por Agustín de Vedia, 1908.)
Esta fraternal misión debió terminarla el Cónsul del Uruguay en Londres Coronel Juan J. O’Brien, ayudante del general San Martín, que luego fue hecho general por el mariscal Santa Cruz a cuyas órdenes prestó servicio durante la guerra de la confederación perú-boliviana contra la confederación argentina en 1837-1838.
A esa nueva pretensión uruguayo-unitario puso fin Lord Palmerston despidiendo al agente con su famosa carta de Noviembre 13 de 1848 que tanto revuelo produjo en la Banda Oriental y en particular entre los emigrados unitarios. En ella, el Canciller inglés, entre otras cosas le decía a O’Brien: “los partidos que parecen dirigir ahora los negocios de Montevideo son un puñado de extranjeros aventureros que tienen la posesión militar de la ciudad y dominan al gobierno nominal de la misma”. (“Diplomacia de la Defensa de Montevideo”, correspondencia del Dr. Manuel Herrera y Obes.)
La última manifestación originó una reclamación uruguaya.
Como único comentario recordaré que hace pocos años, al traerse al país los restos de este militar extranjero que poco respeto a la Argentina aprendió de su Jefe el General San Martín, hubo algunos incautos liberales que sin más conocimiento que la historia de Grosso que tantos corazones juveniles ha envenenado, pretendieron depositar su urna al lado del Libertador, nada menos que en su propio mausoleo de la Catedral Metropolitana.
Entre tanto, Rosas sigue en tierra inglesa sin poder descansar en unas pocas pulgadas de la tierra que con tanto patriotismo defendió y que por él no la vemos convertida en varias republiquetas.
Para terminar este capítulo, diré, que si nos detenemos a pensar sobre las dos tendencias tan opuestas que se debatían en nuestro país en aquellos años y que ambas buscaban un eco de apoyo y de apelación en la Corte de Inglaterra, se comprenderá la impresión de anarquía y ruindad que debían producir en aquel gobierno los desmembramientos y  la imploración de protectorado sobre territorios argentinos ofrecidos sin pudor por sus hijos extraviados para satisfacer pasiones políticas; y qué poca importancia habría de prestársele a Rosas que, en medio de aquella “marchanta” de valiosas tierras argentinas pretendía hacer valer las pequeñas y lejanas Malvinas para contener al poderoso que amenazaba nuestra total independencia política.
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En los capítulos precedentes he demostrado que el renunciamiento de soberanía atribuido a Rosas es una falsa imputación; asimismo, creo haber probado con la evidencia de los propios textos de los documentos, que el ofrecimiento de Las Malvinas en pago del empréstito de 1824 y sus intereses, fue una proposición hecha exclusivamente al representante de los banqueros y que nunca, ni en 1838 ni en 1842 se hizo tal propuesta al gobierno británico; ese asunto se trató confidencialmente entre el gobierno argentino y su representante en Londres y todo hace suponer en un ardid para sortear la difícil situación creada por la cuantiosa suma adeudada y la responsabilidad hipotecaria instituida por Rivadavia que garantía su pago con el territorio de las Provincias Unidas; y a todo eso, debió agregarse las amenazas que al fin se convirtieron en la realidad de dos guerras internacionales sostenidas con Francia una y con Francia e Inglaterra unidas la otra, contienda esta última, de la que el General San Martín le dijera: “en mi opinión, es de tanta transcendencia como la de nuestra emancipación de la España”.
            Es indudable que Rosas, en esas horas aciagas de nuestra historia, en lucha con la traición unitaria y los desmembramientos que provocaban, haya podido sentir muy de cerca la necesidad de apelar al recurso extremo de hacer concesiones territoriales para mantener la paz y evitar que los poderosos avasallaran nuestra nacionalidad. Pero su firme decisión no permitió que ello sucediera como después ha acontecido durante otros gobiernos.
            En este capítulo quiero mostrar al lector que ese pensamiento estuvo en la mente de argentinos ilustres en circunstancias en que el peligro de una posible guerra, sin duda menos grave que las que sostuvo Rosas, obscurecía el horizonte de la patria. Entonces, en beneficio de la paz, prefirieron la pérdida de extensos y ricos territorios de nuestro suelo, y la posteridad no les ha censurado ni ha sospechado de que en sus decisiones privara otra mira que el bien de la patria. ¿Entonces, por qué no pensar de idéntica manera al juzgar a Rosas que fue el paladín de la defensa de la soberanía argentina?
            Nuestras cuestiones de límites, y en particular la larga y enojosa sostenida con Chile, nos brinda un ejemplo de disputa territorial en la que nuestros derechos de soberanía estuvieron seriamente comprometidos por las exigencias y belicosidad del país hermano en circunstancias en que nuestros medios materiales de defensa estaban muy debilitados.
            Iniciada por una propaganda insensata que estimuló las pretensiones chilenas, se agravó por propuestas que perjudicaban los intereses argentinos, y fue perdiendo poco a poco su carácter pacífico para convertirse en una situación tan delicada que indujo a ambos países a mantenerse amenazantes en pie de guerra.
            En la sesión del Senado de fecha Mayo 14 de 1871, año en que nuestra tirantez con el país hermano se hizo muy grave, don Bartolomé Mitre aprovechó la oportunidad del debate de la ley organizando los territorios nacionales, y al referirse a los límites de algunos de esos territorios con los países vecinos dijo: “Considero una circunstancia feliz que tales cuestiones se traten, aunque sea por incidente, en el seno del Congreso Argentino, desde lo alto de la tribuna parlamentaria, para que el país tome conocimiento de ellas, para que la palabra de los representantes del pueblo argentino repercuta en los ámbitos de las naciones vecinas, porque manifestándose nuestros propósitos y nuestras opiniones a la luz del día y en medio de un debate libre, se forma en propios y extraños la conciencia de una buena política internacional, fundada en la paz, en el respeto recíproco, y que se inspire en consideraciones elevadas que consulten los grandes intereses de lo presente y de lo futuro, manteniendo mientras tanto con firmeza y tranquilidad nuestro derecho, sin debilidad y sin arrogancia".
            Y Mitre, sin quererlo, situó a Rosas en la verdadera posición que sus detractores le niegan, al sostener que: “Estas cuestiones, que tienen sin duda la seriedad y la importancia de todas las que afectan la soberanía territorial de estados independientes, no tienen sin embargo la gravedad de aquellas, que afectando al mismo tiempo su honor y su seguridad, arrastran fatalmente a las resoluciones extremas”. Es decir, que los casos a que se refería el orador, estaban muy lejos de tener la gravedad de los acontecimientos que se sucedían en los años que la Confederación vió amenazado su honor, su seguridad y su propia independencia y que por fortuna para la nacionalidad estaba a su frente don Juan Manuel a quien el Libertador le hiciera esta confesión: “jamas he dudado que nuestra patria tuviese que avergonzarse de ninguna concesión humillante presidiendo usted a sus destinos”.
            Siguiendo la exposición, don Bartolo, se refirió a las tres cuestiones de límites pendientes que  podían acarrear dificultades a la República, y  que todas involucraban la cesión de tierras del propio solar argentino.
            “Es indudable que Bolivia necesita más que nosotros de costas y puertos sobre el Alto Paraguay –decía Mitre–  y que nuestra política internacional para con esta República vecina y hermana tiene que inspirarse en consideraciones más elevadas que la del estricto derecho, y obedecer a las leyes más imperiosas y equitativas que las que dicta la voluntad de los hombres contrariando las de la naturaleza”.
Y agregó:
            “No deseo en esta parte comprometer la política de mi país ni anticiparme al voto del Congreso; pero pienso que si bajo estos auspicios la cuestión de límites que tenemos con Bolivia fuese sometida al voto de los representantes del pueblo argentino, ellos, inspirándose en sentimientos más elevados y en consideraciones de mayor trascendencia, lo resolverían fraternalmente en el sentido de los intereses del pueblo boliviano, aun cediendo de nuestro propio derecho…”  Y estas hermosas palabras, que han costado la pérdida de riquísimas regiones mineras indispensables para la seguridad de la Nación, se hicieron a pesar de que en opinión de Mitre “las cuestiones de límites que tengamos o podamos tener con Bolivia… en ningún caso serán motivo de la guerra…”.
            En cuanto al Brasil, dijo Mitre:
            “Por lo que respecta al Brasil, nuestra cuestión de límites con él, sólo afecta una extremidad de nuestro territorio, admirablemente situado es cierto, lleno de riquezas naturales y de gran porvenir; pero en gran parte despobladas…y es de esperarse, que después de los sacrificios comunes que ambas naciones han hecho en honor de la paz de estos países, después de haber fraternizado en los campos de batalla, inspirándose en una noble idea política, esto contribuya más aún a una solución moral y tranquila”.  Así fue, en efecto; pero perdimos esas magnificas tierras mesopotámicas en honor de la paz.
            Sigue en la enumeración lo que respecta a Chile; y bueno es recordar que sus pretensiones incluían los territorios Magallánicos y la casi totalidad de la Patagonia.
            “No necesito decir –expresa Mitre–  que considero incuestionables nuestros títulos históricos y legales; y si alguna duda hubiese sobre el particular, la misma constitución de Chile los reconoce explícitamente, habiendo la Providencia trazado entre ambos países por medio de la Cordillera de los Andes, una línea divisoria, natural y eterna”. Y glosando a Sarmiento que en su campaña periodística de “La Crónica” de Santiago en marzo de 1849 sostuvo que “Un territorio limítrofe pertenecerá a aquel de los dos Estados a quien aproveche su ocupación sin dañar ni menoscabar los intereses del otro”, don Bartolo completó su pensamiento, diciendo:
            “Admitiendo sin embargo la discusión, como corresponde entre buenos vecinos, y dispuestos como con respecto a Bolivia a inspirarnos en consideraciones más elevadas que las del estricto derecho tratándose de territorios en gran parte caóticos, dominados por los salvajes, podemos aceptar el territorio cuestionable, no como campo de lucha, sino como terreno de ensayo para la fuerza expansiva de la civilización. La cuestión entonces se reduce a cuál será de las dos naciones la que tenga más fuerza expansiva, cuál será la que conquistará más terreno por medio de la población, y cuál la que pueble más pronto y mejor obedeciendo a la ley del progreso, que en definitiva refluirá en bien del vecino”. ( “Arengas de Bartolomé Mitre” biblioteca de “La Nación”, Tomo II°, Año 1902.)
Y esta generosidad de Mitre, a pesar de las reflexiones que hace sobre nuestros derechos y no obstante los compromisos existentes que establecen “que nuestras cuestiones de límites nunca lo serán de guerra” lo llevan a proclamar y aconsejar estos desmembramientos porque son en beneficio de la paz.
            Muchos son los hombres de aquella época que pensaban o al menos obraban de idéntica manera. Así, ¿quién se atrevería a lanzar la sospecha de que el Dr. Carlos Pellegrini estaba imbuido de propósitos contrarios al interés nacional? Sin embargo, ese ilustre ciudadano también, en esa oportunidad prefería perder territorios argentinos en beneficio de la paz.
            El Dr. Juan G. Beltrán, en su obra “El zarpazo inglés a las Islas Malvinas”, año 1934, dice:
            “Cuando en el Senado Argentino se debatía en sesión secreta la cuestión argentino-chileno de límites y la posibilidad de una solución bélica, Pellegrini aconsejó: esperar… esperar para vencer al adversario con nuestro aliado que era entonces y es ahora: el tiempo. ¿Qué valen algunos cientos de leguas de territorio más o menos dentro del nuestro, al lado de los beneficios y del valer inmenso de la paz? Fue su argumento. Su visión profética se cumplió ampliamente”.  
Sí; hubo paz, pero perdimos extensos y valiosos territorios.
            Si nos detenemos a pensar lo que hubiera ocurrido si Rosas, en vez de su férrea resistencia hubiera optado por asegurar la paz, tan gravemente comprometida entonces, mediante entrega territoriales, llegaríamos a la conclusión de que hoy seríamos cualquier cosa menos argentinos. Seamos benevolentes y admitamos que esas ideas no nacieron de una inspiración antipatriótica sino impuestas por las circunstancias, y como fruto de errores e imprevisiones de aquellos gobernantes y hombres públicos.
            En mi opinión, las declaraciones de Mitre fueron tan inoportunas como impolíticas. Chile aumentó sus pretensiones, y los árbitros a quienes se sometieron todos esos litigios de límites invariablemente laudaron en contra de la República Argentina, a la que sin hesitación cercenaron aquellas enormes extensiones de territorios que los dirigentes liberales argentinos generosamente ofrecían en holocausto de la paz.
            Lo que irrita es que esas concepciones y los juicios que han merecido a los que confeccionaron la historia oficial sean favorables para Mitre y otros ilustres argentinos y no para don Juan Manuel de Rosas que, como ninguno, defendió nuestra soberanía y durante su agitado gobierno el país no perdió una sola pulgada de tierra a pesar de vivir en continuo estado de guerra y bajo la acechanza y avidez de los países imperialistas más poderosos de la época.
Y para terminar esta reseña, tal vez mal  hilvanada, pero bien inspirada  sine ira et studio, me referiré a dos últimos puntos. Sistemáticamente se ha ocultado el aporte  documental y probatorio hecho por Rosas y los ilustres cancilleres que le acompañaron en estas emergencias; y nunca se ha dicho, como justa censura, que fue necesario que transcurrieran más de 30 años después de Caseros para que el gobierno retomara en 1884 las controversias malvineras. Entre tanto, queda la mofa que Sarmiento hiciera al Restaurador en las columnas de “La Crónica” de Chile por su insistencia en mantener latente estas cuestiones durante todo su gobierno.
            Durante la presidencia del General Julio A. Roca el año 1884 circunstancias especiales hicieron que se reanudaran estas cuestiones y en particular porque el ministro inglés en Buenos Aires, Mr. Edmundo Monson, reclamó por la publicación de mapas y conceptos vertidos sobre la soberanía  argentina en las Islas Malvinas. Es indudable que después de tantos años transcurridos el asunto tomara al gobierno un tanto desprevenido. Fue en esa oportunidad que se creyó que sería un valioso aporte utilizar un voluminoso  legajo rotulado “Importante sobre Malvinas” de puño y letra de Rosas, que formaba parte de la copiosa documentación entregada al doctor Adolfo Saldías para escribir su importante Historia de la Confederación Argentina.
            Ese legajo estaba formado por los siguientes documentos originales u oficialmente testimoniados:
            Protesta del Encargado de Negocios y de S.M.B.;  exposición sobre la agresión en Malvinas perpetrada por el comandante de corbeta norteamericana “Lexington”;  informe  del comandante militar y político de Malvinas;  correspondencia del ministro de Relaciones Exteriores de Buenos Aires con el cónsul de los Estados Unidos y el comandante de la “Lexington”; colección de documentos oficiales sobre Malvinas y apéndice impreso; correspondencia con el Ministro de Relaciones Exteriores de los Estados Unidos y con el de S.M.B.; reclamación del gobierno argentino sobre la soberanía argentina de Malvinas; noticia de las islas Malvinas y derechos del gobierno argentino sobre ellas que es una Memoria presentada al gobierno de Buenos Aires por el Cónsul General de Francia (pág. 84) Mr. De Vins de Payssac; las declaraciones de los testigos oculares del atropello con un ejemplar de “El Lucero” del 15 de febrero de 1832 que también las publicó; la “Historia de viajes y descubrimientos en el Mar Pacífico” por Burney y; “Viaje alrededor del mundo” por Byron; el oficio de Puente, incluyendo el parte detallado de Madariaga sobre la rendición de Puerto Egmont; y la correspondencia del mismo Madariaga y todo lo referente a la capitulación concedida a las fuerzas británicas para su salida de Puerto Egmont registrados en los papeles de estado publicados en el Annual Register de 1771 (volumen 14, 7° edición, Londres 1817) y muchas otras piezas importantes.
            Este legajo, con todas sus referencias, fue entregado en mano propia al Presidente de la Nación Julio A. Roca en 1884 por el doctor Saldías con destino al Archivo del Ministerio de Relaciones Exteriores y para ser utilizados en la nueva demanda argentina que ese año debía presentarse a los gobierno de S.M.B. y de los Estados Unidos. La existencia de esta documentación preparada y conservada por Rosas, que figuraba entre los papeles que llevó al exilio de los que se constituyó en celoso guardián, es la prueba más concluyente de la importancia que les asignaba y de la preferente y personal atención que le prestó a estas cuestiones.
            Redactada la reclamación y respuesta que el gobierno de Roca debía presentar, fue sometida a dictamen de don Bartolomé Mitre, quien la devolvió con un documento que tituló:
            “Observaciones a la Reservada del 28 de enero de 1884, y al Memorandum correspondiente sobre la cuestión de las Islas Malvinas, pendientes con la Gran Bretaña y los Estados Unidos”. (Antecedentes de esta reclamación y las observaciones de Mitre se publicaron en los cuadernos VIII y IX del Tomo VI del Boletín del Instituto Geográfico Argentino, Año 1885.)
            Por razones de espacio no puedo transcribir en extenso este documento; pero diré, que muy poca cosa significa el aporte de Mitre que es pesimista y restrictivo con respecto a los derechos argentinos; en cambio, da gran valor a la documentación exhibida por el gobierno británico, aunque no cita las pruebas a que se refiere y dónde las ha consultado no obstante declarar que esas pruebas oficiales persuaden y anonadan. A pesar de la opinión de don Bartolo creo que no debemos alarmarnos porque de su asesoramiento queda un saldo; Mitre no conocía ni lo preocupó el estudio del pleito malvinero.
            Por lo que respecta a la cuestión con la Gran Bretaña, dice: “Durante mi presidencia, también me ocupó esta cuestión, si bien no creí oportuno darle formas oficiales a efecto de reabrirla en el terreno de la diplomacia. En aquella época, la política inglesa que aconsejó la ocupación de las Malvinas en 1833 había variado: ya que ese punto no tenía para ella la importancia que en un tiempo le diera, y apenas si le prestaba alguna atención como establecimiento lejano teniendo en vista su comunicación con la Australia. La ocasión parecía propicia;  pero simultáneamente tomé conocimiento de un cuaderno de los Blue Papers en que el gobierno inglés daba cuenta al Parlamento del estado de esa colonia, en que le daba cierta importancia, aun cuando entonces no contaba arriba de 700 habitantes, según recuerdo”.
            “El Gobierno Argentino –agrega Mitre- debe pedir a  su ministro en Londres los Libros Azules relativos a Malvinas, a fin de darse cuenta de la importancia que la Inglaterra dé a ese establecimiento y al cual ha prestado posteriormente mayor atención”.
            Se ve que Mitre no le prestó a la cuestión de Las Malvinas mucha atención ni le dio importancia porque durante veinte años no tuvo inquietud de conocer los Libros Azules.
            “En la época indicada era Ministro de la Gran Bretaña en la República Argentina, “Mr. Thorton, perfectamente dispuesto en nuestro favor. Conversé algunas veces con él sobre el particular, y convino en que ese establecimiento no tenía para la Inglaterra la importancia que antes le había dado, insinuando que hasta era una carga sin objeto para su antigua política colonizadora, empero, me manifestó en términos generales que la Inglaterra estaba dispuesta a mantener su posesión real como parte integrante del Imperio Británico. No creí prudente ir más adelante por cuanto comprendí que ningún resultado daría por el momento esa abertura confidencial, y menos aún una negociación oficial sobre la base de las reclamaciones pendientes”.
            En mi opinión resulta extraña esta actitud indiferente de Mitre, y más porque la cita como aleccionadora; en efecto, prosigue diciendo:
            “De todos modos, el gobierno argentino debe tener presente este antecedente como táctica para preparar el camino al negociador en Londres, propiciándose la buena voluntad de la Gran Bretaña”. Francamente no veo ningún valor en este antecedente y si lo tuvo, fue 20 años atrás y no en circunstancias en que se da el consejo en presencia precisamente, de una reclamación presentada por el gobierno británico. Así debió pensarlo el propio Mitre porque agrega: “Hoy es tal vez más difícil que antes producir esta convicción pero es un medio que debe ensayarse antes de darle la solemnidad de un acto internacional ante el mundo”.
            Mitre, pues, perdió una oportunidad para reiniciar con eficacia la reclamación; mostró indiferencia por conocer valiosas manifestaciones del Gobierno Inglés; no atribuyó importancia al archipiélago y hasta consideró que a esta ofensa nacional, la más grande sin duda por la forma de llevar a cabo el despojo de nuestro patrimonio territorial, había que tratarlo sin solemnidad, sin trascendencia mundial ! Y a Don Juan Manuel de Rosas, porque se presume que quiso negociar (“comerciar” ha dicho el Dr. Ruiz Moreno [hijo]) las islas para evitar una intervención armada y una guerra inminente con la poderosa Albion, que ya la había iniciado sin previa declaración como es práctica entre naciones civilizadas, se le cubre de improperios y se le condena al silencio de su valiente y nutrida defensa que hizo en ambas reclamaciones.
            Luego Mitre se refiere a la expedición de Américo Vespucio a la que no asigna valor, ni tampoco a la de Magallanes. Y en cuanto a las afirmaciones francesas, dice: “Los mismos franceses, de quien derivan nuestros títulos legales a esa parte de las Malvinas, si bien sostienen la primera posesión –puesta fuera de discusión– no niegan a los ingleses la prioridad del descubrimiento, y aún del reconocimiento de las islas. Es este, pues, un punto de apoyo muy débil para constituirlo en fundamente de la discusión de títulos, tomándose nada menos que como punto de partida histórico”
            Pero, donde deseo detenerme, para terminar con este documento, es en una cita que Mitre recoge de la protesta presentada en 1833 por el Ministro Argentino en Londres, y al respecto, dice:
            “La cita de la Enciclopedia Británica, que hace valer como argumento secundario, no es pertinente ni aún como dato ilustrativo. Esa cita, fue traída a la discusión en el célebre informe de D. Luis Vernet redactado por el Dr. D. Valentín Alsina y repetido, oficialmente ampliado en otra forma por el Ministro Argentino en Londres en su conocida protesta de 1833.” (La aludida cita, reza así: “La confesión de la Enciclopedia Británica, dice que Puerto Egmont fue abandonado a virtud de un convenio privado entre el Ministerio y la Corte de España”. Se refiere a la transacción o declaración de fecha 22 de enero de 1771 firmada entre España e Inglaterra devolviendo a España Puerto Egmont, en la esta constancia: “El Príncipe de Masserano declara al mismo tiempo en nombre del Rey, su Señor, que el compromiso de S.M. Católica de restituir a S.M.B. el puerto y fuerte llamado Egmont, no puede ni debe en modo alguno afectar la cuestión de derecho anterior de Soberanía de las islas Malvinas, por otro nombre FALKLAND”. Es a esta importantísima declaración que alude Mitre.)
“El Ministro de la Gran Bretaña, Palmerston, al contestar la protesta, si bien recusó el valor de escritos particulares que el Príncipe de Masserano, embajador español en Londres, asentó aducidos como prueba, se hizo cargo de la insinuación que envolvía, a saber; el abandono de las Malvinas por la Inglaterra en virtud de un acuerdo privado con la España”. Al respecto dice Mitre; “El Ministro de la Gran Bretaña, rechazando enérgicamente “la imputación contra su buena fe” según sus palabras, declaró que después de examinar cuidadosamente la correspondencia con la Corte de Madrid en la indicada época, nada se había encontrado en ella que justificase, ni aún por alusión hiciese presumir, la existencia de un tratado o convenio secreto entre los dos gobierno. Y abundando en la demostración, exhibió el texto de documentos, que en efecto persuaden que tal convenio no ha existido”.
            “La demostración documentada fue tan concluyente, dice Mitre, que el mismo Ministro Argentino en Londres no volvió a insistir sobre el punto en la réplica que dio al Ministro Palmerston (la recibió Lord Wellington), y se limitó simplemente a pedir restitución de la Isla del Este (Soledad y Puerto Luis) según apunté antes, no haciendo ya cuestión formal con motivo de Puerto Egmont, que fue la posesión abandona por los ingleses de que se trataba en la Enciclopedia y cuyo abandono se atribuía a convenio privado.”
            Y para rematar con esta parte de la defensa argentina que es el nudo de la cuestión, a la que en el momento actual dedican sus afanes muchos estudiosos argentinos ilustrados, y como para poner punto final, dice Mitre:
            “Además de lo inconsistente del argumento no podría renovarse diplomáticamente esa insinuación, que bien que indirecta, fue tan enérgicamente rechazada, exhibiendo documentos, que obligan a eliminar esta cita, que ya ha desaparecido de la discusión diplomática ante pruebas oficiales que la anonadaron"
            Para no ser irreverente prefiero que los comentarios los haga el propio lector. Y para terminar diré que si hubiera de cundir el pesimismo de Mitre en esta cuestión que conmueve a todos los corazones argentinos, debemos lamentar que no haya sido realidad el propósito atribuido a Rosas de negociar –negociar no es regatear- las Islas Malvinas porque esa solución hubiera evitado el pago del ruinoso empréstito contraído por Rivadavia, que al término de su cancelación alcanzó a cerca de 80.000.000 de pesos moneda nacional.
            Ahora, al final de cuentas, según lo que nos dice Mitre, hemos pagado esa enorme suma y sólo tenemos derecho a reclamar la mitad del archipiélago, que sólo Dios sabe si lo recuperaremos.
            Siendo así, la proposición de Rosas, de haber existido, habría importado una operación financiera brillante, casi genial, que lejos de vituperio, habría merecido la gratitud del pueblo argentino, liberado en esa forma de un deuda fabulosa que gravitó pesadamente sobre sus hombros y que debió cumplir con el sudor de muchos años y a costa de ingentes sacrificios económicos y de no pocas tribulaciones.
            Pero ahora, no desmayemos, y unidos todos los argentinos tratemos de olvidar falsos y anacrónicos rencores para que a corto plazo todas la Malvinas vuelvan a ser lo que siempre fueron: Argentinas!
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Fuente:


Revista del Instituto de Investigaciones Históricas Juan Manuel de Rosas n° 13, Buenos Aires, Octubre de 1948.