José María Funes*
El Instituto de Estudios Federalistas de Santa Fe, organismo que damos
cuenta en otra sección de la Revista, resolvió realizar un acto recordatorio en
el lugar denominado “El Quebracho”, sobre la costa del río Paraná, dos leguas
al Norte de San Lorenzo en la provincia citada. Allí se trabó, el día 4 de
junio de 1846, un combate entre las fuerzas de la Confederación al mando del
general Mansilla y la escuadra anglo-francesa, que venía custodiando un convoy
de buques mercantes, de regreso de Corrientes.
Veamos algunos antecedentes y consecuencia de ese hecho de armas:
A fines del año 1843 y principios de 1844, Florencio Varela había realizado
en Londres una de esas gestiones diplomáticas que no se conocen a fondo jamás,
porque la documentación muestra tan sólo lo que no compromete. Aparentemente,
Varela fue a Londres a sondear el ánimo de Lord Aberdeen y a proponerle al gobierno
de Inglaterra –y paralelamente al de Francia– una mediación en la lucha que
sostenían los dos partidos en la Banda Oriental, cada uno de ellos apoyado por
los países vecinos, la Confederación y Brasil. Entre otros planes o proyectos
de pacificación, Varela conversaría sobre su descabellado Estado mesopotámico,
formado por Corrientes y Entre Ríos, a pesar del rechazo del general Paz.
Hasta ahí Varela no se excedía demasiado en su carácter de proscripto de
ayer y de hoy que anda por las cancillerías despertando intereses bajo los
cuales cobijar una elegante repatriación y hasta recuperación de situaciones
perdidas.
Leyendo la Autobiografía de Florencio Varela y la credencial del gobierno
de Montevideo para que el emigrado argentino gestionara en Inglaterra la paz,
se traiciona la pluma del “infortunado peregrino” Varela y de Santiago Vázquez,
ministro uruguayo. Con el desenfado propio…de Florencio Varela, éste dice lisa
y llanamente que el Ministro de Relaciones Exteriores en ese entonces, era
dirigido y despachado por él, de lo que se infiere que Vázquez, el ministro, se
limitaba a pasar en limpio los borradores de Varela.
¿A qué fue Varela a Londres? A demostrar ante los ingleses “las ventajas
que la paz produciría para los intereses comerciales y fabriles de Inglaterra”,
y luego, ya guiñando maliciosamente el ojo, continúa la credencial diciendo que
la persona que va, es decir Florencio Varela “conoce prácticamente el actual
estado de estos países, sus necesidades,
sus recursos y las miras del Gobierno”, para terminar señalando la conveniencia
de que cualquier paz que se realice debe serlo “con la garantía de Gran
Bretaña”; en otra comunicación con Vázquez, o sea Varela, que “la naturaleza
misma del negocio que motiva la comisión conseja que se trate más bien
privadamente”.
Descorriendo los velos de la fraseología diplomática, es ya evidente que
Florencio Varela fue a Londres, llamado por Londres y pagado por Londres, para
asesorar al gobierno inglés sobre “el actual estado de estos países, sus
necesidades, sus recursos”; para sugerir las mejores operaciones diplomáticas
bajo cuya máscara, Inglaterra recolonizaría el Plata; para ilustrar, para
aconsejar y para indicar el procedimiento a seguir. Era menos que un intrigante
desterrado: era un ganapán de la cancillería inglesa.
Lord Aberdeen no recibió a Varela
como se recibe en todas las cancillerías del mundo a los desterrados políticos
que van a intrigar contra los gobiernos de sus patrias. No. Lo recibió como a
su auditor en los asuntos del Plata, y si bien para el público escuchó a Varela
con displicencia, en privado tomó nota de las confidencias de aquel renegado y
poco tiempo después, de acuerdo con Guizot, jefe del gobierno francés, se
produce la oficialización de la
intervención armada de Inglaterra y Francia en el Río de la Plata.
* * *
Los llamados mediadores, Ouseley, por Inglaterra y Deffaudis, por Francia,
pidieron al gobierno de Rosas suspendiera su apoyo material y moral a Oribe en
nombre de tres argumentos-pretextos: 1°. Que Inglaterra había garantizado la
independencia de la Banda Oriental; 2°. Que la guerra civil era muy cruenta, y
3°. Que los intereses de la “civilización” se perjudicaban con el bloqueo de la
cuenca del Plata y era menester abrir la navegación del Paraná y Uruguay.
El primer argumento se extraía de un hecho falso. Inglaterra había mediado en el tratado de 1828 de paz con
el Brasil (precisamente había mediado para quitarnos para siempre el Uruguay),
pero hubiera sido indigno de la diplomacia inglesa cometer la torpeza de garantizar la independencia de un Estado
que le sirve a Inglaterra para que la cuenca del Plata sea algo disputado y no
dominado efectivamente por un solo país. Por otra parte, si la Confederación
apoyaba a un partido político oriental, el de Oribe, lo hacía por la misma
razón que Brasil, Francia e Inglaterra apoyaban al partido contrario.
El segundo argumento era de hacer torcer a risa a toda persona de buen
sentido y regular información. ¡Los franceses y los ingleses horrorizados por
la crueldad de nuestras guerras! Un día se escribirán las crueldades de las
guerras coloniales, especialmente de Francia: el francés en Argelia, en Túnez,
en Siria, en Indochina se convierte en un energúmeno cruel y despiadado;
Maupassant ha descripto en páginas maestras las infamias a que se entrega el
colonizador cuando “civiliza” a los negros. El hombre francés y en general el
europeo, sufre el histerismo colonial,
corrompe todo lo que toca y contagia de las más ominosas enfermedades a los
indígenas. En cuanto a Inglaterra, ya en la época en que Lord Aberdeen se roía
las uñas y batía los aires con deprecaciones contra las degollatinas de
unitarios y federales, Inglaterra –repito- ya había, en esa época, puesto en
práctica en la India la costumbre de hacer cavar inmensos pozos para sepultar
vivos a los prisioneros.
En cuanto al tercer argumento, el de la libre navegación de los ríos, era
en realidad el que interesaba. Conviene hacer notar que la intervención de
Francia y de Inglaterra en todos los países débiles, se produce a iniciativa de
comerciantes que se establecen en un lugar para esquilmar a los nativos y
prontamente exigen que la bandera de sus respectivos países venga a proteger su
comercio de tóxicos y bizuterías. En la plaza de Montevideo se habían
establecido comerciantes que intercambiaban cueros, lana y otros productos del
litoral argentino y éstos fueron los que interesaron a Francia en que forzara
los pasos del Paraná a fin de que los buques mercantes trajeran de Corrientes,
en especial, productos que se habían encarecido en Montevideo a consecuencia
del bloqueo impuesto por Rosas.
* * *
Los tres pretextos fueron rechazados por Felipe Arana, y como los delegados
de Aberdeen y de Guizot tenían instrucciones para emplear la fuerza “para
obligar a los beligerantes a que acepten la mediación”, sucedió que a mediados
de mayo de 1845 se oficializó la intervención armada que ya de hecho había comenzado en 1843.
Antes que otra cosa los invasores se decidieron a conquistar el litoral
argentino. La escuadra anglofrancesa se interna en el Paraná, sostiene combates
con baterías apostadas en la costa y fuerza los pasos de la Vuelta de Obligado,
Tonelero, San Lorenzo, donde las guarniciones organizadas por el general
Mansilla, hacen conocer a los veteranos de muchas guerras coloniales, cuál era
el espíritu de los nativos de esta parte de América. La escuadra anglofrancesa
siguió castigada a lo largo del Paraná y fue en 4 de junio de 1846, cuando de
regreso un convoy de buques mercantes a los que venía custodiando, tuvo que
librar el más violento de los combates con las baterías que en “El Quebracho”,
barranca cercana a San Lorenzo (provincia de Santa Fe) había colocado Mansilla.
No quedó ileso más que un buque extranjero. El fuego mortífero de la costa
averió la flota invasora y en lo sucesivo ni los comerciantes interesados ni
los jefes militares, se animaron a avanzar ni una milla más adentro de las
bocas del Paraná. Las pérdidas habían sido considerables: un pailebot cargado
con mercaderías por valor de cien mil duros, fue incendiado y los 12 buques de
guerra de los aliados debieron bajar precipitadamente el río.
Puede afirmarse que la batalla de “El Quebracho” y la carta de San Martín
fecha 25 de diciembre de 1845, es decir medio año antes de aquel hecho de
armas, pusieron fin a la intervención anglofrancesa y a toda tentativa de
recolonizar el Río de la Plata. En dicha carta, San Martín contestó a los
requerimientos de los comerciantes ingleses para que los informase sobre los
resultados de la intervención, diciéndoles que la empresa sería absurda e
imposible mientras un hombre del temple de Rosas y una masa como la que lo
acompañaba estuviera dispuesta a resistir.
El gobierno inglés, impuesto del resultado desgraciado de su aventura,
cambió de procedimientos y terminó celebrando –después de largas vicisitudes
diplomáticas– el tratado Arana-Southern en 1849, donde entre otras
estipulaciones, el pabellón argentino debía ser saludado por 21 cañonazos. Más
tarde, en 31 de agosto del 50, se firmó un tratado análogo con Francia.
* * *
El pueblo con las armas en la mano, dirigido por un hombre de Estado,
defendió la integridad nacional y, en un aspecto de ésta, la facultad de todo
Estado soberano, de disponer de sus ríos y costas interiores. Es por Vuelta de
Obligado y por Quebracho que los ingleses y franceses comprendieron cómo era de
“victoria a la Pirro” eso de forzar los pasos de un río navegable, cuando en
sus costas no hay un reyezuelo africano sino un pueblo organizado y fuerte al
que no se podría engañar con cajitas de música y con espejos.
Al pueblo no, ni a sus soldados, ni a su conductor; pero esa regalía, ese
privilegio de disponer de los ríos interiores, que los soldados de Mansilla
defendieron con sus vidas en El Quebracho, fue después miserablemente vendido
por los vencedores de Caseros.
En efecto, Rosas hizo reconocer por los ingleses y franceses, en los
tratados citados, que “la navegación del río Paraná era una navegación interior
de la Confederación Argentina y sujeto solamente a sus leyes y reglamentos”.
En cambio, Urquiza firmó tratados con Brasil, con Estados Unidos, con
Inglaterra, con Francia en 1853 y en 1856, abrió los ríos Paraná y Uruguay a
los buques de pabellón extranjero, sin reservarse derechos ni privilegios, de
ninguna especie, y abdicando de las regalías que son connaturales al Estado,
cuyas son las costas que bañan los ríos interiores. El Estado argentino no
puede obligar, por ejemplo, a una empresa naviera que para su navegación por el
Paraná deba tomar personal argentino, ni podría impedir que esa compañía sea
extranjera y así otra serie de renuncios por los cuales fue estéril la sangre
derramada en “El Quebracho”.
El Homenaje
Invitado el Instituto por la entidad organizadora del homenaje, resolvió
invitar a sus asociados para que concurrieran al lugar arriba indicado; dispuso
también la colocación de una placa en la cruz que el Centro santafecino hizo
erigir, y designó al teniente coronel Evaristo Ramírez Juárez para que hiciera
uso de la palabra en nombre de nuestra asociación.
El acto se realizó ante numeroso público y excursionistas llegados de
Rosario, San Lorenzo y Santa Fe, además de los asociados del Instituto.
Transcribimos a continuación el discurso del doctor José María Funes
pronunciado en nombre del centro de Estudios Federalistas y que explica con
elocuencia e inteligencia, el alcance y el significado de estas recordaciones
históricas sobre hechos de armas silenciados por la crónica política que
escribieron los vencedores con el nombre de Historia.
Discurso del doctor José María
Funes
Dijo el doctor Funes:
Señores:
El Instituto de Estudios Federalistas, recién organizado en la Capital de
la Provincia por antiguos cultores y noveles estudiosos de la Historia ha
querido iniciar sus actividades con un acto de justicia: la celebración del
combate de “El Quebracho”; y discerniéndome un honor que me enaltece, me ha
confiado la grata misión de dirigiros la palabra en la inauguración del
monumento recordatorio.
En este lugar, sobre estos montículos que denuncian la ubicación de las
viejas trincheras, hace noventa y tres años, otros argentinos se aprestaban a
sostener un duelo formidable, en que se jugaría el honor, la soberanía y la
integridad nacionales.
¿Por qué iba a alterarse la paz eglógica de tan poéticas regiones?
Es menester formular la pregunta, ya que, desgraciadamente, son muy pocos
los coetáneos que conocen el episodio. La enseñanza de nuestro pretérito, no
obstante haber perdido mucho del pasionismo con que se la impartió durante más
de medio siglo, se resiente aún del “criterio selectivo” –usemos el término más
benévolo– con que se sigue exagerando las bondades de ciertos prohombres y
negando las de sus contrarios; a extremo tal, que, mientras la memoria de
algunos patriotas yace aún en el olvido, no faltan estatuas a los extranjeros,
y lo que es peor, a algún pirata que asaltó los puertos de este mismo río.
Evoquemos brevemente el suceso que nos congrega.
En 1845, los gobiernos de Inglaterra y Francia, halagados por algunos
dirigentes del unitarismo con ofertas vergonzosas, creyeron fácil presa los
territorios del Plata y decidieron intervenir en sus contiendas. Sus escuadras
combinadas, sin previa declaración de guerra, capturaron sorpresivamente los
pequeños buques de Brown, subieron por el Paraná y, tras rudo bombardear las
baterías de la Vuelta de Obligado, lograron desmantelarlas; obteniendo un
triunfo que no pudo deshonrarnos, ya que era notable la superioridad numérica y
cualitativa de su armamento. Tenazmente hostilizada, cada vez que se detuvo,
por las partidas de artillería volante que la seguían por la costa, logró
adelantarse y llegar a Corrientes; cuyo gobernador Don Joaquín Madariaga,
obcecado por el odio partidista, olvidaba su nacionalidad y los compromisos del
Pacto Federal para aliarse al extranjero que intentaba aminorar nuestro
patrimonio con una nueva desmembración territorial.
Realizado el intercambio comercial, protegido por las fuerzas invasoras, el
convoy desanduvo el camino bajo el temor de que nuevas posiciones le estorbasen
el retorno. Esa preocupación puede constatarse en las cartas de los tenientes
Robins y Marelly, oficiales, respectivamente, del “Firebrand” y el “San
Martín”, surtos frente a Santa Fe, y es clara prueba de que el encuentro de
Obligado –victoria material de los agresores, pero moral de los argentinos– no
reportó gran ventaja a los primeros.
Sobre esta terraza le esperaba el general Mansilla, repuesto ya de su
herida y empeñado en mostrar que si las armas argentinas eran inferiores a las
de Francia e Inglaterra, no lo era el coraje, la constancia, ni el patriotismo
de quienes las empuñaban. Estos eran los soldados que ya habían defendido las
costas de Buenos Aires, la guarnición de Rosario, agregada al entrar en
territorio de Santa Fe, y las tropas que le envió el gobernador de esta
Provincia, Don Pascual Echagüe, al regresar de su victoriosa campaña en el
Chaco.
Cautelosamente, el enemigo se detuvo dos leguas arriba de estas
fortificaciones, adonde fue Mansilla a cañonearlo el 28 de mayo, obligándole a
alejarse. Pero, constreñido a luchar o a quedar embotellado, el comando de las
fuerzas aliadas decidió aprovechar el viento norte y el 4 de junio embocó el
difícil paso. Los buques de guerra se adelantan para enfrentar las baterías de
“El Quebracho” y facilitar a los otros su desfile entre ellos y las islas.
Mansilla arenga a sus hombres agitando el oriflama de Belgrano y sobre esta
barranca, en que acabamos de entonar a lo alto las notas solemnes y religiosas
del Himno, empiezan a oírse otros sones, no tan armónicos pero sí magníficos:
los bajo-profundos de los gruesos cañones, los agudos de los clarines de guerra
y el coro de la fusilería. El mayor Visto dirige las posiciones del sur; en las
del norte, Santa Coloma se bate como quien es; y en el centro, el bravo Thorne,
que disputaría a Chilavert el título de primer artillero de la Confederación,
asesta cuidadosamente sus piezas y, al final, es herido por un casco de
granada. El mayor Lencinas, ubicado al comienzo en la retaguardia con las
fuerzas de Santa Fe, acude luego, humilde y fiel, a donde le ordena su jefe;
que, admirado del comportamiento de sus hombres, les pondera especialmente en
el parte enviado al general Echagüe al concluir la batalla.
Mientras los bronces, orquestados por la batuta de Marte, cantan la bárbara
sinfonía, los buques salvan como pueden el duro trance. Pero son muchos y,
además, los soldados argentinos apuntan mejor que en Obligado y la suerte por
ende, es distinta. Unas naves se incendian; otras se hunden; otras retroceden y
chocan entre sí. La confusión es grande y complica la maniobra, varándose
algunos barcos, que, para zafar, arrojan al agua los ricos cargamentos fletados
por el comercio enemigo. Al fin, pasan los demás y tras ellos se van las
escuadras agresoras, abandonando a los nuestros el laurel de la jornada.
El “pueblo de gauchos” como dijera por aquellos años un diputado francés,
se ha batido “en heros”, demostrando al invasor que el “río como el mar” –al
nombrar del aborigen– ancha entrada abierta a los hombres de buena voluntad, no
era, sin embargo, cosa de nadie, aprovechable por el primero que llegase, como
en la época de los descubrimientos. Así lo informan a sus respectivos
Gabinetes, que un poco tarde se enteran del valor e importancia de esta “nueva
y gloriosa nación” y de la habilidad y fortaleza de su gobernante; destacados
cada día más en el concierto mundial, según el testimonio irrecusable del autor
de “Facundo”; “A Rosas debe la República
Argentina en estos últimos años haber llenado de su nombre, de sus luchas y de
la discusión de sus intereses el mundo civilizado y puéstola en contacto más
inmediato con la Europa, forzando a sus sabios y a sus políticos a contraerse a
estudiar este mundo trasatlántico”.
El heroísmo criollo decide a los políticos de Francia e Inglaterra a disminuir
sus hostilidades y a gestionar arreglo. La segunda levanta el bloqueo al año
siguiente, dado fin a su cuarta invasión y poco más tarde firma la paz en la
convención Southern-Arana; en cuyo artículo primero, a más de la devolución de
Martín García y de las naves apresadas durante el conflicto, se incluye el
compromiso de la orgullosa Albión de saludar nuestra bandera con una salva de
21 cañonazos, cláusula exigida como un desagravio a la Patria por el hombre que
regía genialmente sus destinos.
¡Cómo se comprende así, señores, el testamento del Libertador del Sur, en
que lega su espada a Rosas, que tanto nos chocara a todos la primera vez que lo
leímos, porque creíamos que éste era el más vil de los hombres; según se nos
repetía en la escuela, tal vez para que ignorásemos sus méritos, al par que las
ignominias y hasta las traiciones de sus enemigos! ¡Cómo se valoran, también,
aquellas palabras del Gran Capitán: “La satisfacción que como argentino he
tenido al ver la firmeza con que ha sostenido el honor de la República contra
las injustas pretensiones de los extranjeros que trataban de humillarla!”.
¡Cómo se aprecia, sobre todo, el entusiasmo de aquellos guerreros, criollos
de ley, que peleaban sin descanso y morían muchas veces obscuramente, si bien
satisfechos! Porque tenían conciencia de su deber de ciudadanos que amaban con
intensidad y desinterés a su país al que sabían bien guardado por la mano
fuerte del gran Dictador. Por eso vivaban a éste defendiendo aquél, pues, como
ha escrito el historiador Ibarguren, “Rosas era sentido por esos hombres como
la encarnación de su patria; de su tierra, en la que galopaban con libertad de
dueños, y del espíritu criollo de la pampa…”
* * *
Señores:
Si la historia, como ha dicho un clásico, es “maestra de la vida”,
deduzcamos la lección emergente del acontecimiento rememorado. Ello es muy
necesario, porque atravesamos una etapa en que se han aflojado los resortes que
impulsaron a nuestros mayores en la defensa de su tierra, de su tradición y de
sus ideales. El ambiente argentino ha cambiado mucho, a causa de la enorme
corriente inmigratoria, que aprovechando la puerta, demasiado amplia, de
nuestro preámbulo constitucional, arrojó a nuestras playas, sin control ni
medida, junto a muchos pobladores buenos, no pocos indeseables. El
cosmopolitismo resultante enfrió nuestros santos ardores: el idealismo,
heredado de España, y el amor al terruño, heredado del indio; sentimientos que,
en parte, han sido substituidos por un materialismo antihumano y por una
indiferencia enervante.
Hay que reaccionar contra esta decadencia moral, siendo muy eficaz, a tal
fin, la fuerza alentadora del ejemplo. Revivamos las grandes figuras de la
unión nacional, argentinas cien por ciento, hoy día ignoradas por
incomprendidas o calumniadas, que se jugaban enteras en defensa del país; para
que los nuestros sepan cuan poderoso es un pueblo que ama de veras su dignidad
e independencia y vuelvan a inspirarse en los nobles motivos que engrandecen la
vida. En las nuevas generaciones renacerán, entonces, las antiguas virtudes, se
afirmaran el carácter patrio y serán capaces de mantener lozanos los laureles
conquistados por sus antecesores.
* Revista del Instituto de
Investigaciones Históricas Juan Manuel de Rosas n° 2 y 3, Buenos Aires,
1939-1940.

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