Señor don Valentín Alsina.
Noviembre 12 de 1847.
Salgo de los Estados Unidos, mi estimado amigo, en aquel estado de
excitación que causa el espectáculo de un drama nuevo, lleno de peripecias, sin
plan, sin unidad, erizado de crímenes que alumbran con su luz siniestra actos
de heroísmo y abnegación, en medio de los esplendores fabulosos de decoraciones
que remedan bosques seculares, praderas floridas, montañas sañudas, o
habitaciones humanas en cuyo pacífico recinto reinan la virtud y la inocencia.
Quiero decirle que salgo triste, pensativo, complacido y abismado; la mitad de
mis ilusiones rotas o ajadas, mientras que otras luchan con el raciocinio para
decorar de nuevo aquel panorama imaginario en que encerramos siempre las ideas
cuando se refieren a objetos que no hemos visto, como damos una fisonomía y un
metal de voz al amigo que sólo por cartas conocemos. Los Estados Unidos son una
cosa sin modelo anterior, una especie de disparate que choca a la primera
vista, y frustra la expectación pugnando contra las ideas recibidas, y no
obstante este disparate inconcebible es grande y noble, sublime a veces,
regular siempre; y con tales muestras de permanencia y de fuerza orgánica se
presenta, que el ridículo se deslizaría sobre su superficie como la impotente
bala sobre las duras escamas del caimán. No es aquel cuerpo social un ser
deforme, monstruo de las especies conocidas, sino como un animal nuevo producido
por la creación política, extraño como aquellos megaterios cuyos huesos se
presentan aún sobre la superficie de la tierra. De manera que para aprender a
contemplarlo, es preciso antes educar el juicio propio, disimulando sus
aparentes faltas orgánicas, a fin de apreciarlo en su propia índole, no sin
riesgo de, vencida la primera extrañeza, apasionarse por él, hallarlo bello, y
proclamar un nuevo criterio de las cosas humanas, como lo hizo el romanticismo
para hacerse perdonar sus monstruosidades al derrocar al viejo ídolo de la
poética romano francesa. Educados usted y yo, mi buen amigo, bajo la vara de
hierro del más sublime de los tiranos, combatiéndolo sin cesar en nombre del
derecho, de la justicia, en nombre de la república, en fin, como realización de
las conclusiones a que la conciencia y la inteligencia humana han llegado,
usted y yo, como tantos otros nos hemos envanecido y alentado al divisar en
medio de la noche de plomo que pesa sobre la América del Sur, la aureola de luz
con que se alumbra el Norte. Por fin, nos hemos dicho para endurecernos contra
los males presentes: la república existe, fuerte, invencible; la luz se hace;
un día llegará para la justicia, la igualdad, el derecho; la luz se irradiará
hasta nosotros cuando el Sur refleje al Norte. ¡Y cierto, la república es! Sólo
que al contemplarla de cerca, se halla que bajo muchos respectos no corresponde
a la idea abstracta que de ella teníamos. Al mismo tiempo que en Norteamérica
han desaparecido las más feas úlceras de la especie humana, se presentan
algunas cicatrizadas ya aun entre los pueblos europeos, y que aquí se convierten
en cáncer, al paso que se originan dolencias nuevas para las que aún no se
busca ni conoce remedio. Así, pues, nuestra república, libertad y fuerza, inteligencia
y belleza; aquella república de nuestros sueños para cuando el mal aconsejado tirano
cayera, y sobre cuya organización discutíamos candorosamente entre nosotros en
el destierro, y bajo el duro aguijón de las necesidades del momento; aquella
república, mi querido amigo, es un desiderátum todavía, posible en la tierra si
hay un Dios que para bien dirige los lentos destinos humanos, si la justicia es
un sentimiento inherente a nuestra naturaleza, su ley orgánica y el fin de su
larga preparación. Si no temiera, pues, que la citación diese lugar a un
concepto equivocado, diría al darle cuenta de mis impresiones en los Estados
Unidos, lo que Voltaire hace decir a Bruto: Et je cherche ici Rome, et ne le
trouve plus! Como en Roma o en Venecia existió el patriciado, aquí existe
la democracia; la República, la cosa pública vendrá más tarde. Consuélanos,
empero, la idea de que estos demócratas son hoy en la tierra los que más en
camino van de hallar la incógnita que dará la solución política que buscan a
oscuras los pueblos cristianos, tropezando en la monarquía como en Europa, o
atajados por el despotismo brutal como en nuestra pobre patria. […] Del aspecto
general del país, o de su arquitectura como distribución de los medios de
acción puestos por Dios y utilizados por el hombre, pasaré sin transición a la
aldea, centro de la vida política, como la familia lo es de la vida doméstica.
Los Estados Unidos están en ella con todos sus accidentes, cosa que no puede
decirse de nación alguna. La aldea francesa o chilena es la negación de la
Francia o de Chile, y nadie quisiera aceptar ni sus costumbres, ni sus
vestidos, ni sus ideas, como manifestación de la civilización nacional. La
aldea norteamericana es ya todo el Estado, en su gobierno civil, su prensa, sus
escuelas, sus bancos, su municipalidad, su censo, su espíritu y su apariencia.
Del seno de un bosque primitivo la diligencia o los vagones salen a un pequeño espacio
desmontado en cuyo centro se alzan diez o doce casas. Estas son de ladrillo, construido
con el auxilio de máquinas, lo que da a sus costados la tersura de figuras
matemáticas, uniéndolos entre sí argamasa en filetes finísimos y rectos. Levántanse
aquéllas en dos pisos cubiertos de techumbres de madera pintada. Puertas y
ventanas pintadas de blanco, sujetan y cierran cerraduras de patente; y stores
verdes animan y varían la regularidad de la distribución. Fíjome en estos
detalles porque ellos solos bastan a caracterizar a un pueblo y suscitan un
cúmulo de reflexiones. La primera que me ha embargado al presenciar esta
ostentación de riqueza y de bienestar, es la que suministra la comparación de
las fuerzas productivas de las naciones. Chile, por ejemplo, y lo que es
aplicable a Chile lo es a toda la América española, Chile tiene millón y medio
de habitantes. ¿En qué proporción están las casas, que de tales merezcan el
nombre, con las familias que lo habitan? Pues en los Estados Unidos todos los
hombres viven en casas, tales como las que he delineado al principio, rodeados
de todos los instrumentos más adelantados de la civilización, salvo los pioneers
que habitan aún los bosques, salvo los transeúntes que se albergan en
inmensos hoteles. De aquí resulta un fenómeno económico que apuntaré
ligeramente. Supongo que veinte millones de norteamericanos habiten un millón
de casas. ¿Cuánto capital invertido en satisfacer esta sola necesidad?
Fabricantes de ladrillos a la mecánica han hecho con sus productos fortunas
colosales; fábricas de cerrajerías de patente venden sus obras por cantidades cien
veces mayores que en cualquiera otra parte del mundo, para servir a menor
número de hombres. Las estufas de hierro colado que se aplican al uso doméstico
en todas las aldeas, bastarían a dar movimiento y ocupación a las fábricas de
Londres; y el avalúo de las casas que habitan los norteamericanos en las
aldeas, no diré más pobres, porque el término es impropio, equivaldría a la
riqueza territorial e inmueble de cualquiera de nuestros Estados. La cocina más
o menos espaciosa, según el número de individuos de la familia, consta de un
aparato económico de hierro fundido, formando parte de él un servicio completo
de cacerolas y de utensilios culinarios, todo obra de alguna fábrica que se ocupa
de este ramo. En algún departamento interior se guardan arados del autor
francés que los inventó y el instrumento de agricultura más poderoso que se
conoce: su reja abre un surco de media vara de ancho; una cuchilla movible va
rozando las yerbas, y el menor esfuerzo del labrador lo aparta del encuentro
del tronco de un árbol. Su ligera obra de madera está constantemente pintada de
colorado, y los arneses de los caballos que lo tiran son de obra de
talabartería, lustrosa siempre y con hebillas amarillas y adornos en bronce
para ajustarlos. Las hachas de la casa son también de patente y de la
construcción más aventajada que se conoce; pues el hacha es la trompa de
elefante del yanqui, su mondadientes y su dedo, como entre nosotros es el cuchillo,
o la navaja entre los españoles. Una carretela de cuatro ruedas, ligeras como
las patas de un escarabajo, siempre barnizada y lustrosa como recién sacada de
la fábrica, con arneses brillantes, completos y tales como no los llevan
iguales los fiacres de París, facilitan la locomoción de los habitantes. Una
máquina sirve para desgranar el maíz; otra para limpiar el trigo; y cada
operación agrícola o doméstica, llama en su ayuda el talento inventivo de los
fabricantes. El terreno adyacente a la casa y que sirve de jardín de
horticultura, está separado de la calle o camino público por una balaustrada de
madera, pintada de blanco en toda su extensión y de la forma más artística. No
se olvide usted que estoy describiéndole una pobre aldea que aún no cuenta doce
casas, rodeada todavía de bosques no descuajados y apartada por centenares de
leguas de las grandes ciudades. Mi aldea, pues, tiene varios establecimientos
públicos, alguna fábrica de cerveza, una panadería, varios bodegones o
figonerías, todos con el anuncio en letras de oro, perfectamente ejecutadas por
algún fabricante de letras. Este es un punto capital. Los anuncios en los
Estados Unidos son por toda la Unión una obra de arte, y la muestra más
inequívoca del adelanto del país. Me he divertido en España y en toda la América
del Sur, examinando aquellos letreros donde los hay, hechos con caracteres raquíticos
y jorobados y ostentando en errores de ortografía la ignorancia supina del artesano
o aficionado que los formó. El norteamericano es un literato clásico en materia
de anuncios, y una letra chueca o gorda, o un error ortográfico expondría al
locatario a ver desierto su mostrador. Dos hoteles ha de haber por lo menos en
la aldea para alojamiento de los pasajeros; una imprenta para un diario
diminutivo, un banco y una capilla. La oficina de la posta recibe diariamente
los diarios de la vecindad, o de las grandes ciudades, a que están suscritos los
aldeanos; y cartas, paquetes y transeúntes han de llegar y salir por ella
diariamente, pues el transporte de la mala, aun a los puntos más distantes, se
hace en vehículos de cuatro ruedas y con comodidades para pasajeros. Las
calles, que se van delineando a medida que la población crece, tienen como las
de las grandes ciudades, treinta varas de ancho, inclusas las aceras de seis
varas que deben quedar de cada costado, sombreadas por líneas de árboles que desde
luego se plantan. El centro de la calle es, mientras no hay medios de
empedrarlo, un ciénago en que hozan todos los cerdos de la aldea, los cuales
ocupan tan encumbrado lugar en la economía doméstica, que sus productos en toda
la Unión corren parejos con los del cultivo de trigo. […] Hacia el Oeste, donde
la civilización declina, y en el Far West, donde casi se extingue, por
el desparramo de la población en las campañas, el aspecto cambia sin duda, el bienestar
se reduce a lo estrictamente necesario, y la casa se convierte en el log-house,
construido en veinticuatro horas, de palos superpuestos y cruzándose en las
esquinas por medio de muescas; pero aun en estas remotas plantaciones, hay
igualdad perfecta de aspecto en la población, en el vestido, en los modales, y
aun en la inteligencia; el comerciante, el doctor, el sheriff, el cultivador,
todos tienen el mismo aspecto. El campesino es padre de familia, es propietario
de doscientos acres de tierra o de dos mil, no importa para el caso. Sus
instrumentos aratorios, sus engines son los mismos, es decir, los
mejores conocidos; y si acierta a darse en la vecindad un meeting religioso,
de lo profundo de los bosques, descendiendo de las montañas, asomándose por
todos los caminos, veráse los campesinos a caballo en grandes cabalgatas, con
su pantalón y su frac negro, y las niñas con los vestidos de los géneros más
frescos y las formas más graciosas. A bordo de un vapor en una larga
navegación, habíame tocado de vez en cuando acercarme a un sujeto perfectamente
vestido y que se hacía notar por el cortés desembarazo de los modales. Una
mañana, al acercarnos a una ciudad, le vi, no sin sorpresa, sacar de un
camarote una caja, templarla y comenzar a tocar la llamada, invitando al enganche
a los jóvenes del lugar. ¡Era tambor! A veces la cadena del reloj caía sobre el
parche y embarazaba momentáneamente el juego de los palillos. La igualdad es,
pues, absoluta en las costumbres y en las formas. Los grados de civilización o
de riqueza no están expresados como entre nosotros por cortes especiales de
vestido. No hay chaqueta, ni poncho, sino un vestido común y hasta una rudeza
común de modales que mantiene las apariencias de igualdad en la educación. Pero
aún no es ésta la parte más característica de aquel pueblo: es su aptitud para apropiarse,
generalizar, vulgarizar, conservar y perfeccionar todos los usos,
instrumentos, procederes y auxilios que la más adelantada civilización ha
puesto en manos de los hombres. En esto los Estados Unidos son únicos en la
tierra. No hay rutina invencible que demore por siglos la adopción de una
mejora conocida; hay por el contrario una predisposición a adoptar todo. El
anuncio hecho por un diario de una modificación en el arado, por ejemplo, lo
trascriben en un día todos los periódicos de la Unión. Al día siguiente se
habla de ello en todas las plantaciones, y los herreros y fabricantes han
ensayado en doscientos puntos de la Unión a un tiempo la realización del
modelo, y tienen expuestas en venta las nuevas máquinas. Un año después, en
toda la Unión está en práctica. Id a hacer o a esperar cosa semejante en un
siglo en España, Francia o nuestra América. […] En los lagos y en otros ríos de
mayor longitud que el Hudson los vapores se acercan a los barrancos en puntos
determinados, para renovar su provisión de leña, operación que se hace en menos
tiempo que el cambio de mulas en las postas españolas o la renovación de
pasajeros. Del centro de un bosque secular y por sendas apenas practicables, vese
salir una familia de señoras en toilette de baile, acompañadas por
caballeros vestidos del eterno frac negro, variado a veces por un paletó, y
cuando más un anciano con sobretodo de terciopelo a la puritana; cabellos
blancos y largos hasta los hombros, a la Franklin, y sombrero redondo de copa
baja. El carruaje que los conduce es de la misma construcción y tan
esmeradamente barnizado como los que circulan en las calles de Washington. Los
caballos con arneses relucientes, pertenecen a la raza inglesa, que no ha
perdido nada de su esbelta belleza ni de su árabe conformación al emigrar al
nuevo mundo; porque el norteamericano, lejos de barbarizar como nosotros los elementos
que nos entregó al instalarnos colonos la civilización europea, trabaja por perfeccionarlos
más aún y hacerles dar un nuevo paso. El espectáculo de esta decencia uniforme,
y de aquel bienestar general, si bien satisface el corazón de los que gozan en contemplar
a una porción de la especie humana, dueña en proporciones comunes a todos, de
los goces y ventajas de la asociación, cansa al fin la vista por su monótona
uniformidad; desluciendo el cuadro a veces, la aparición de un campesino con
vestidos desordenados,
levita descolorida y sucia, o frac hecho harapos, lo que trae a la
memoria del viajero el recuerdo de los mendigos españoles o sudamericanos, de
tan ingrata apariencia. No hermosean el paisaje, por ejemplo, aquellos trajes
romancescos de la campiña de Nápoles; el sombrero con pluma empinada de la
aguadoras de Venecia; la mantilla de la manola sevillana; ni las vestiduras
recamadas de oro de las judías de Argel u Orán. La Francia misma que manda a
todos los pueblos el despótico decreto de sus modas, entretiene al viajero con
las cofias de las mujeres de campaña, invariables y características en cada
provincia, llegando en las inmediaciones de Burdeos a asumir la aterrante altura
de dos tercios de vara sobre la cabeza, como aquellas peinetas formadas de la
concha de un galápago entero, que llenas de orgullo llevaron en un tiempo las
damas de Buenos Aires; analogía que unida a los pellones y espuelas chilenos,
me ha hecho sospechar que el espíritu de provincia, de aldea, es por todas
partes fecundo en cosas abultadas. Una paisanota de los Estados Unidos se
conoce apenas por lo sonrosado de sus mejillas, su cara redonda y regordeta y
el sonreír candoroso y hébété que la distingue de las gentes de las
ciudades. Fuera de esto y un poco de peor gusto y menos desenfado para llevar
la cachemira o la manteleta, las mujeres norteamericanas pertenecen todas a una
misma clase, con tipos de fisonomía que por lo general honran a la especie
humana. En este viaje que con usted, mi buen amigo, ando haciendo por todas
partes en los Estados Unidos, ya sea nos paseemos en las galerías o sobre la
cubierta de los vapores, ya sea que prefiramos el más sedentario vehículo de
los ferrocarriles, al fin hemos de llegar, no diré a las puertas de una ciudad,
frase europea y que está indicando las prisiones de que están circundadas, sino
al desembarcadero, desde donde, con trescientos pasajeros más, iremos a acuartelarnos
en uno de los magníficos hoteles cuyas carrozas con cuatro caballos y
domésticos elegantes, si no queremos seguir a pie la precisión con nuestro saco
de viaje bajo el brazo, nos aguardan a la puerta. Al acercarse el vapor en que
descendía el Mississipi, volviendo una de las semicirculares curvas que
describe aquella inmensa cuanto quieta mole de agua, nos señalaron en el
horizonte, dominando masas escalonadas de bosques matizados por el otoño y a
cuya base se extienden en línea de esmeralda las dilatadas plantaciones de
azúcar, la cúpula de San Carlos, consoladora muestra, después de 700 leguas de
agua y bosque, de la proximidad de Nueva Orleáns; y aunque el aspecto del
paisaje circunvecino no favorece la comparación, la vista de aquella lejana
cúpula me trajo a la memoria la de San Pedro en Roma, que se divisa desde todos
los puntos del horizonte como si ella sola existiese allí; mostrándose tan
colosal a veinte leguas, como no se la cree cuando es considerada de cerca. Por
fin iba a ver en los Estados Unidos una basílica de arquitectura clásica y de
dimensiones dignas del culto. Alguno nos preguntó si teníamos hotel para
nuestro alojamiento, indicándonos el de San Carlos, como el más bien servido.
Desde la cúpula, añadió, podrán ustedes tener al salir el sol el panorama más
vasto de la ciudad, el río, el lago y las vecinas campiñas. El San Carlos, que
alzaba su erguida cabeza sobre las colinas y bosques de los alrededores, el San
Carlos que me había traído la reminiscencia de San Pedro en Roma, ¡no era más
que una fonda! He aquí el pueblo rey, que se construye palacios para reposar la
cabeza una noche bajo sus bóvedas; he aquí el culto tributado al hombre, en
cuanto hombre, y los prodigios del arte empleados, prodigados para glorificar a
las masas populares. Nerón tuvo su Domus Aurea; los romanos, los plebeyos
tenían sus catacumbas tan sólo para abrigarse. Estos detalles, que pueden
parecer triviales, constituyen, sin embargo, un hecho único en la historia del
mundo. Vengo de recorrer la Europa, de admirar sus monumentos, de prosternarme
ante su ciencia, asombrado todavía de los prodigios de sus artes; pero he visto
sus millones de campesinos, proletarios y artesanos viles, degradados, indignos
de ser contados entre los hombres; la costra de mugre que cubre sus cuerpos,
los harapos y andrajos de que visten, no revelan bastante las tinieblas de su
espíritu; y en materia de política, de organización social, aquellas tinieblas
alcanzan a oscurecer la mente de los sabios, de los banqueros y de los nobles.
Imagínese usted, veinte millones de hombres que saben lo bastante, leen
diariamente lo necesario para tener en ejercicio su razón, sus pasiones
públicas o políticas; que tienen qué comer y vestir, que en la pobreza mantienen
esperanzas fundadas, realizables de un porvenir feliz, que alojan en sus viajes
en un hotel cómodo y espacioso, que viajan sentados en cojines muelles, que llevan
cartera y mapa geográfico en su bolsillo, que vuelan por los aires en alas del
vapor, que están diariamente al corriente de todo lo que pasa en el mundo, que
discuten sin cesar sobre intereses públicos que los agitan vivamente, que se
sienten legisladores y artífices de la prosperidad nacional; imagínese usted
este cúmulo de actividad, de goces, de fuerzas, de progresos, obrando a un
tiempo sobre los veinte millones, con rarísimas excepciones, y sentirá usted lo
que he sentido yo, al ver esta sociedad sobre cuyos edificios y plazas parece
que brilla con más vivacidad el sol, y cuyos miembros muestran en sus
proyectos, empresas y trabajos una virilidad que deja muy atrás a la especie humana
en general. […] Oh, reyes de la tierra, que habéis insultado por tantos siglos
a la especie humana, que habéis puesto al pie de vuestros esbirros sobre los
progresos de la razón y del sentimiento político de los pueblos revolucionados;
dentro de veinte años, el nombre de la República norteamericana será para
vosotros como el de Roma para los reyes bárbaros. Las teorías, las utopías de
vuestros filósofos, desacreditadas, ridiculizadas por la tradición, la
legitimidad, el hecho consumado, bien entendido que apoyados en medio millón
de bayonetas, para que el ridículo sea eficaz, encontrarán el hecho también luminoso
y triunfante. Cuando los Estados de la Unión se cuenten por centenares, y los
habitantes por cientos de millones, educados, vestidos y hartos, ¿qué vais a oponer
a la voluntad soberana de la gran República en los negocios del mundo? ¿Vuestros
guardianes de pordioseros? ¡Pero os olvidáis de las naves americanas que os
bloquearían en todos los mares, en todos los puertos! Dios ha querido al fin
que se hallen reunidos en un solo hecho, en una sola nación, la tierra virgen
que permite a la sociedad dilatarse hasta el infinito, sin temor de la miseria;
el hierro que completa la fuerzas humanas; el carbón de piedra que agita las
máquinas; los bosques que proveen de materiales a la arquitectura naval; la
educación popular, que desenvuelve por la instrucción general la fuerza de
producción en todos los individuos de una nación; la libertad religiosa que
atrae a los pueblos en masa a incorporarse en la población; la libertad
política que mira con horror el despotismo y las familias privilegiadas; la República,
en fin, fuerte, ascendente como un astro nuevo en el cielo; y todos estos hechos
se eslabonan entre sí, la libertad y la tierra abundante; el hierro y el genio
industrial; la democracia y la superioridad de los buques. Empeñaos en
desunirlos por las teorías y la especulación; decid que la libertad, la
educación popular, no entran por nada en esta prosperidad inaudita que conduce
fatalmente a una supremacía indisputable; el hecho será siempre el
mismo, que en las monarquías europeas se han reunido la decrepitud, las
revoluciones, la pobreza, la ignorancia, la barbarie y la degradación del mayor
número. Escupid al cielo, y ponderadnos las ventajas de la monarquía. La tierra
se os vuelve estéril bajo las plantas, y la República os lleva sus cereales para
alimentaros; la ignorancia de la muchedumbre sirve de base a vuestros tronos, y
la corona que orna vuestras sienes brilla cual flor sobre ruinas; medio millón de
soldados guardan el equilibrio de los celos y de la envidia de unos soberanos con
otros, mientras la República, colocada por la Providencia en terreno propicio,
como colmena de abejas, ahorra esas sumas inmensas para convertirlas en medios
de prosperidad que da su rédito en acrecentamiento de poder y de fuerza.
Vuestra ciencia y vuestras vigilias sirven sólo para aumentar el esplendor de
aquélla. Sic vos non vobis inventáis telégrafos eléctricos para
que la Unión active sus comunicaciones; sic vos non vobis creasteis los
rieles para que rodasen las producciones y el comercio norteamericano. Franklin
tuvo la audacia de presentarse en la corte más fastuosa del mundo con sus
zapatos herrados de labriego y sus vestidos de paño burdo; vosotros tendréis un
día que esconder vuestros cetros, coronas y zarandajas doradas para presentaros
ante la República, por temor de que no os ponga a la puerta, como a cómicos o
truhanas de carnestolendas. ¡Oh, me exalta, mi querido amigo, la idea de
presentir el momento en que los sufrimientos de tantos siglos, de tantos
millones de hombres, la violación de tantos principios santos, por la fuerza
material de los hechos, elevados a teoría, a ciencia, encontrará también el hecho
que los aplaste, los domine y desmoralice! ¡El día del grande escándalo de
la República fuerte, rica de centenares de millones, no está lejos! El progreso
de la población norteamericana lo está indicando; ella aumenta como ciento, y
las otras naciones sólo como uno; las cifras van a equilibrarse y a cambiar en
seguida las proporciones; y ¿estas cifras numéricas no expresarán lo que
encierra en sí de fuerzas productoras y de energía física y moral el pueblo
avezado a las prácticas de la libertad, del trabajo y de la asociación?
Domingo F. Sarmiento
Domingo F. Sarmiento
Sarmiento, Domingo F., "Viajes", en Obras Completas, t. V, Viajes, Buenos Aires, Luz
del Día, 1949.
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