viernes, 12 de diciembre de 2014

LA REVOLUCION CONSERVADORA DEL NOVENTA



Leandro N. Alem.




                                                         Por Juan Pablo Oliver 

Se ha cumplido un nuevo aniversario de la Revolución de Julio de 1890. Fue vencida, pero la crisis económica, junto con la po­lítica, provocó la renuncia del presidente Juárez Celman y la asun­ción del mando por el vice, Carlos Pellegrini.
Todavía viven personas que la han presenciado, lo cual no obsta para que ideólogos y publicistas, acomoden al servicio de su oportunismo político el significado sociológico de aquel movimiento, desvirtuando la realidad de los hechos históricos.
Si se les preguntara, por ejemplo: "Qué significado político y social tuvo el 90?”, posiblemente contestarían: "Fue una revolución liberal progresistas de las nuevas fuerzas populares y europeas que surgían en el país, contra la antigua oligarquía conservadora". Y quizá alguno agregue, con primaria dialéctica marxista: "Fue la protesta, embrionaria y aún confusa, de las masas desposeídas, contra el régimen económico-feudal imperante".
El Noventa fue todo lo contrario. Fue un movimiento concep­tualmente conservador –sin pueblo masa– provocado por las altas clases tradicionales porteñas contra el gobierno liberal, progre­sistas y de hombres nuevos, que representaba Juárez Celman. En términos actuales, cabría tildar aquel movimiento, sin exageración, de reaccionario o cavernícola.

El Gobierno de Juárez Celman: Una Fiebre de Grandezas

Diez años antes, en 1880, el interior había triunfado, una vez más, en el campo de batalla, sobre la oligarquía pastoril porteña. La Provincia fue decapitada y su capital entregada a la Nación junto con el nuevo Presidente general Julio A. Roca, tucumano de Córdoba. Su gobierno coincidió con un excepcional período de acrecentamiento económico, intensificado durante el gobierno del cordobés Juárez Celman 1886-1890. El país se transformó: de la noche a la mañana se levantaron ciudades como La Plata; se construyeron enormes puertos; diques famosos en su época, como el San Roque; la "Gran Aldea" se convirtió en Metrópoli; se adquirieron escuadras enteras y se creó un ejército moderno. Todo fue hecho a lo grande. De una economía puramente pas­toril nos convertimos en el granero del mundo y comenzamos una industrialización fabril que entonces auguraba un desenvolvimiento extraordinario.
De 1886 a 1889, se pasó de 400.000 hectáreas cultivadas a 3 millones, vale decir, que sólo en tres años la producción agrícola se elevó en un 750 %. El comercio exterior se duplicó e igual sucedió con la construcción de vías férreas. Se comprendieron empresas millonarias de las más variadas finalidades, que aún hoy estimaríamos inconcebible: alambres carriles mineros en Chilecito, extracción de hulla y elaboración de kerosene en Mendoza, costosísimas maquinarias e instalaciones para explotar el oro del Neuquén, recién conquistado al indio... En 1889 arribaron 300 mil nuevos inmigrantes, cantidad que sobrepasaba las alcanzadas por Norteamérica. El potencial del Banco de la Provincia asom­braba al mundo. El país contaba con crédito y con una moneda fuerte: por un peso papel se obtenía casi un equivalente legal de 1.6129 gramos de oro, lo cual aseguraba la baratura del con­sumo, mientras los salarios resultaban altos debido a la creciente demanda de mano de obra: así se explica aquella inmensa inmi­gración espontánea e inversión de capitales europeos, seguras ambas de obtener buenas redituaciones. Porque la República no contaba, a la verdad –salvo la naturaleza–, con los factores esenciales de una producción amplia; fue Europa quien suministraba el trabajo, el capital y el espíritu de empresa.
Todas aquellas fueron realidades tangibles, pero después muchas se derrumbaron. Si hubieran conseguido perpetuarse y, además, terminado las que estaban en vías de comenzar en 1889 –canales interprovinciales, compañías nacionales de navegación, 47 nuevas empresas de colonización y distribución de tierras, 38 mil nuevos kilómetros de vías férreas (300 % de las entonces existentes), trenes subterráneos para Buenos Aires, cuando apenas París los tenía proyectados, fábricas de locomotivas y máquinas agrícolas, etc. – ­es indudable que se hubiera cumplido la esperanza de sobrepasar en pocos años a los americanos del Norte, que abrigaba aquella generación eufórica y convencida del progreso vertiginoso e indefinido.
De ahí, quizá, aquella altanera actitud de "América para la Humanidad"… y no para los "americanos" (sic), lanzada como un reto al canciller estadounidense por el delegado y ministro de Relaciones argentino, Roque Sáenz Peña, en el Congreso Inter­nacional celebrado en Wáshington en 1889.
No era desde luego el gobierno quien producía todo aquel progreso material, pero supo correrle a la par con una política adecuada: ordenamiento y respeto jurídico; cumplimiento estricto de las obligaciones financieras; Tribunales de Justicia; garantía a los capitales invertidos; amplias posibilidades de ahorro a los tra­bajadores... Se cuidaba, en suma, a la gallina de los huevos de oro. Y ese liberalismo económico emparejó un extremo libe­ralismo espiritual, en su afán de conformar urgentemente la men­talidad y hábitos de la población a la transformación positivista de la República: proliferación de escuelas normales y mercantiles; enseñanza laica; expulsión violenta del Nuncio Papal y de los profesores católicos de la Universidad, en primer término a José Manuel Estrada; Registro Civil; matrimonio civil...
Las protestas de los católicos y de algunos espíritus cautos, recelosos de tanta euforia, caían en el vacío; nadie –ni pueblo, ni gobierno, ni pobres ni ricos– hacía caso de los "retardatarios".
Cualquiera sea nuestra filosofía o convicción íntima al respecto, los hechos, imposibles de tergiversar, demuestran que el período presidencial de Juárez Celman fue el más liberal y de mayor progreso económico que gozó la República en todo el curso de su historia, pese a errores y defectos, que los tuvo y muy graves.

La crisis


Se acercaba la renovación presidencial y el "Unicato" de Juárez Celman tenía asegurada la elección del sucesor, pues contaba con todas las situaciones provinciales (excepto Buenos Aires) y con holgada mayoría parlamentaria. También estaba a su favor lo que se denomina genéricamente "la opinión" o sentir dominante del país en un momento dado: los nuevos ricos y nuevos argentinos, los industriales y los inmigrantes, los masones, garibaldinos y fuerzas armadas, los situacionistas y hasta muchos opositores a quienes resultaba más fácil entenderse con Juárez que entre ellos mismos.
Saldría así ungido su candidato, el joven Ramón J. Cárcano, talentoso hijo de un inmigrante lombardo radicado en Córdoba. En cuanto al pueblo criollo humilde, no hacía mayor cuenta electoral y no había motivo para que prefiriera cualquier otro antes que a Juárez o a Cárcano. Pero, a fines de 1889, se revelaron sín­tomas de crisis. Dificultades producidas en los mercados finan­cieros europeos, unidas a causas intrínsecas argentinas, provocaron el retractamiento del capital inmigratorio y del capital monetario y luego su repatriación. Hacía falta tiempo –o tino–, especial­mente respecto del dinero, para aferrarlo y consubstanciarlo al país como capital productor propio; así dejó de funcionar el "deux ex máchina" propulsor de aquel progreso.
El gobierno trató de hacer frente a la situación con algunas medidas que solo le acarrearon la oposición de muchos que hasta entonces habían aplaudido y lucrado, y ahora temían perder lo adquirido. La crisis siguió su curso y se acentuaron las quiebras, la intranquilidad bancaria y la desvalorización del peso, con el consiguiente encarecimiento de la vida.

La Unión Cívica
Fue en tales circunstancias que la oposición comenzó a organi­zarse en una agrupación denominada UNION CIVICA DE LA JU­VENTUD cuyos promotores e integrantes eran "miembros todos, de las principales familias de Buenos Aires y Provincias que si­guen sus estudios en esta ciudad", según explica la obra "Origen, organización y tendencias de la Unión Cívica", editada en 1890 por ellos mismos y que constituye la mejor fuente y fundamento de lo que se expone a continuación. Agrega que esos apellidos tradicionales, y por serios, fueron objeto de befa por los perió­dicos oficialistas, "Sud América", cuyos elementos –"unos chus­mas de malos antecedentes"– perturbaron, además, el acto público organizados por aquellos distinguidos jóvenes el 15 de Diciembre de 1889. Releyendo aquella nómina juvenil opositora, resulta in­dudable que pertenecía al más puro patriciado, a la clase superior o "elite" tradicional dirigente, pero cuyo patriotismo y desinterés era impropio de ser puesto en solfa.
Esos jóvenes fueron vinculados por los líderes católicos José Manuel Estrada y Goyena con hombres de mayor envergadura política, y surgió así la Unión Cívica, cuya dirección fue ofrecida al General Mitre, que no la aceptó. Entonces se constituyó un Comité Ejecutivo integrado por Leandro N. Alem, como Presidente; Bonifacio Lastra y Mariano Demaría, vicepresidente, y Manuel A. Ocampo, tesorero, todos porteños de cerrada mentalidad conser­vadora, denominaciones partidistas actuales aparte.
La simple lectura de los discursos, manifiestos, programas y crónicas periodísticas de ese movimiento, transcriptas en el vo­lumen citado, demuestran la ausencia total, absoluta, de cualquier preocupación social o inquietud por el mejoramiento de la clase trabajadora o masa humilde criolla, o por cualquier reforma de tipo económico o institucional. Las críticas de carácter económico se limitaron a lamentar el descrédito en que había caído el país ante los capitalistas europeos y perjuicios que acarrearían a las fortunas privadas los despilfarros y desaciertos financieros del gobierno. No existió, tampoco, el menos programa constructivo.
Los ataques de la oposición se limitaron a una violenta crítica contra el "unicato" electoral y corrupción administrativa de "esa animosa oligarquía de advenedizos que ha deshonrado ante pro­pios y extraños las instituciones de la República", según lo expresa el manifiesto revolucionario. Alem los apostrofaba: "Se ríen (los juariztas) de los derechos políticos, de las elevadas doctrinas, de los grandes ideales, befan a los líricos, a los retardatarios que vienen con sus disidencias de opinión a entorpecer el progreso del país". Navarro Viola les espeta: "Su Dios es el vientre".
            El gobierno mantuvo la más completa libertad de expresión y solo contaba con dos periódicos favorables, sobre 34 que apa­recían en la capital. Juárez Celman nunca se dignó contestar tales imputaciones, y es sabido que a su muerte no dejó mayores bienes y sus hijos vivieron de su trabajo. Esta salvedad no obsta para que fuera cierta la existencia de un clima de especulación y corruptela, incluso en las esferas gubernativas, fenómeno inseparable, en cualquier tiempo o país, de los períodos de enri­quecimiento y de transformación social.
Aquél epíteto de "advenedizos", o sea de aventureros oscuros y foráneos sin mérito ni títulos, resultaba injusto aplicado a Juárez, quien contó entre sus colaboradores y partidarios con figuras bri­llantes e intelectuales de nota, pero resulta evidente que por parte de la oposición, la insistencia en ese calificativo traducía un pre­juicio de clase. Se prodigó especialmente a Cárcano: “jovenzuelo advenedizo levantado de la nada... rodeado de una ralea de advenedizos ensoberbecidos”.
El poeta Carlos M. del Castillo satirizaba el origen y preocupa­ciones industriales de los hombres del gobierno:
                                   Que la gente que actúa en el tablero
                                   O salió de una gran carpintería
                                   O es oriunda de algún aserradero
                                   Y así como nosotros
                                   Somos gente de hueso y de levita
                                   Ellos también, los otros,
                                   Son gente de madera y de piolita.

Y todos suspirando por una revancha porteña del 80, clamaban contra "la irrupción del cordobesismo avaro".
Por otra parte, la crisis, el malestar, trajo un sentimiento de fastidio contra los extranjeros que habían embarcado al país en proyectos y deudas, cortando luego sus provisiones al surgir las dificultades; por reacción, apareció en la prensa y literatura opo­sitora un espíritu xenófobo, de exaltado "chauvinismo" con múl­tiples brotes antisemitas y una nostalgia por volver al pasado, más pobre, pero económicamente más seguro.

La Revolución

La revolución se gestó en el estudio del doctor Del Valle, del que formaban parte los doctores Alem y Demaría; estos, con los doctores Miguel Goyena, Juan José Romero y Lucio V. López, constituyeron la Junta Organizadora de la Revolución, que debía ser esencialmente militar. Consiguieron la adhesión de dos coro­neles con mando de tropa, varios oficiales de menor graduación y algunos jefes en disponibilidad: en total, contaron con la adhe­sión de la mayoría de la Armada y con mil hombres de tropa, sobre seis mil que constituía la guarnición, aparte de la policía.

L o s   F o n d o s

Los fondos necesarios, relativamente cuantiosos, fueron arbitra­dos por el tesorero de la Unión Cívica, don Manuel A. Campos, ex-presidente del Banco de la Provincia, quien obtuvo los prin­cipales aportes –además del suyo propio– de su cuñado, el ban­quero Heimendhal, (no así de su otro cuñado, Otto Bemberg) y de su padre, ex candidato derrotado a la presidencia como rival de Juárez Celman del banquero Ernesto Tornquist, en cuya casa se efectuaron varias reuniones al efecto: y de los señores Juan J. Romero, Leonardo Pereyra, Félix de Alzaga y Torcuato T. de Alvear; el doctor Carlos Zuberbühler aportó el resultado de una colecta que tomó a su cargo, y el doctor Miguel Goyena, el de un aporte innominado, que irónicamente se apuntó como el del "señor Juan", quizás por las iniciales.
El manifiesto revolucionario, redactado por el doctor Lucio V. López, declaraba que el gobierno que asumiría el Poder lo haría en forma transitoria y breve, al solo efecto de presidir la elección presidencial, de la que estarían excluidos sus miembros; quedó constituido así:
Presidente, doctor Leandro N. Alem, Vicepresidente, doctor Ma­riano Demara, Relaciones Exteriores, doctor Bonifacio Lastra, Interior, señor Juan E. Torrent. Hacienda, doctor Juan José Romero. Guerra, general Joaquín Viejobueno. Justicia, doctor Miguel Goyena.
Los planes para el futuro de la mayoría de los gestores de la revolución era propiciar la candidatura presidencial del doctor Aristóbulo del Valle, alma del movimiento, quien posiblemente por ello no integró el gobierno revolucionario. En caso de que su calidad de porteño ofreciera oposición en el interior, propug­narían la del senador Manuel D. Pízarro, Jefe del Partido Católico de Santa Fe y Córdoba, pese a su oposición a la acción revolu­cionaria, pero antítesis de su paisano Juárez Celman.

E l   2 6    d e    J u l i o

El 26 de Julio a la madrugada, se efectuó, exactamente, la concentración de fuerzas en el Parque de Artillería, actual Plaza Lavalle. Allí tomó la dirección militar el general Manuel J. Cam­pos, quien en lugar de obrar rápidamente por sorpresa, tomando los objetivos tácticos previstos, permaneció inactivo, esperando, quizá, el pronunciamiento favorable del gobernador de Buenos Aires, Máximo Paz, que no lo hizo.
Se cuenta que, instado el general Campos a la acción por los doctores Demaría y L. V. López, contestó: "Ustedes son abogados y no les gustaría que un cliente les indicara el modo de dirigir un pleito: yo tengo la responsabilidad de este pleito; déjenme proceder". Lo dejaron, y el resultado fue que el vicepresidente, el "gringo" Pellegrini, abogado, montado en un petizo de carro lechero tomó el mando de las fuerzas del gobierno y sitió a los revolucionarios, a efecto de dar tiempo a que otro, "gringo", el general Levalle, ministro de Guerra, concentrase para el ataque a los regimientos fieles. Entre los revolucionarios cundió el des­concierto, y el coronel Mariano Espina, conocido por su crueldad con los indios, terminó por desacatar a la Junta, amenazando con fusilar al doctor Alem y apoderarse de la Casa de Gobierno por cuenta propia. Afortunadamente la tropa, que no sabía por qué ni por quien combatía, no le secundó.
La revolución fue sofocada, pero el malestar económico fue acentuándose y provocó al mes siguiente la renuncia del presi­dente Juárez Celman, coyuntura que, por cierto, no aventó la crisis.
Aquel mismo año, el doctor F. Barroetaveña, actor de la revo­lución, sintetizó su juicio sobre ella: "Sí, es triste, pero debemos confesarlo: el pueblo se alzó contra el gobierno del doctor Juárez Celman alistándose bajo la bandera reaccionaria de la Unión Cí­vica, menos por amor a la libertad, que por salvar sus intereses económicos, menos por defender sus derechos que por conser­var sus propiedades".


Fuente:

Revisión n° 18, Buenos Aires, Septiembre de 1965.

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