martes, 21 de febrero de 2012

AMÉRICA LATINA. EL IMPERIALISMO HISTÓRICO. EL LIBRE COMERCIO O LA DIPLOMACIA DE DIOS (1823-1850)

Expansión colonial europea (1815-1870).


                                                       Por Rodrigo Quesada Monge*


Introducción


Con este ensayo pretendemos ofrecerle al lector una vista panorámica del tránsito de lo que venimos llamando “imperialismo histórico”, hacia lo que en ensayos por venir se llamará “imperialismo permanente”. Este es un ensayo que busca levantar un registro del conjunto de actividades, acciones y decisiones tomadas por los imperios europeos y el imperio norteamericano, a partir de 1823 en el primer caso, y de 1898 en el segundo, sobre las distintas estrategias seguidas para integrar a la América Latina y el Caribe en el mercado internacional, y en la dinámica de la acumulación a escala mundial. Aquí se describen y se detallan además, los diferentes aspectos de la rivalidad interimperialista sobre mercados, riquezas y hombres en América Latina, pero también busca ofrecer algunas reflexiones de suma actualidad para el ciudadano de nuestros días. Será evidente que muchas cosas, temas y problemas siguen sin resolver en la historia contemporánea de América Latina.

La Independencia latinoamericana y el imperialismo histórico


El período que media entre 1823 y 1898, en lo que compete a la historia de las relaciones de las potencias capitalistas con América Latina, es portador de un conjunto de años realmente problemático, ambiguo y conflictivo. La construcción del estado nacional sumirá a los países latinoamericanos y caribeños, que ingresan a su vida independiente después de guerras cruentas y devastadoras contra el colonialismo español, en un largo y tortuoso camino de confrontaciones civiles y readecuaciones económicas para hacerle frente a la nueva situación, caracterizada, mayormente, por los esfuerzos hechos por los grupos dominantes para hacerse con un espacio, sostenido y productivo, en el mercado mundial. Por otro lado, el final de las guerras napoleónicas posibilitó una redefinición a fondo de la cartografía imperial de antiguo régimen y estableció una nueva jerarquía en la estructura internacional de poder, en la cual sobresaldría notablemente el Reino Unido y todas sus dependencias, tanto formales como informales. (Esta cuestión del imperialismo formal e informal, tema de reflexión y discusión historiográfica profunda en el medio académico británico, durante los años sesenta y setenta del siglo XX, como ya se ha visto en ensayos anteriores, provocó algunas discusiones teóricas y metodológicas igualmente importantes sobre los distintos procedimientos que debería seguir la investigación y estudio del imperialismo entre historiadores, sociólogos y economistas; pero además introdujo un sesgo temático y documental que atemperó por un tiempo las implicaciones políticas más radicales sobre el estudio de las acciones del imperio británico, particularmente, en América Latina)1. Cuando George Canning (1770-1827), el Secretario de Estado británico para asuntos externos decía en 1824: “Hispanoamérica es libre, y si nosotros no manejamos mal nuestros asuntos con ella, pronto será británica”, estaba resumiendo en una sola frase la política exterior de su gobierno para con los países latinoamericanos, que dejaban atrás años de expoliación “formal” a manos de españoles y franceses, y entraban así en un nuevo período de control económico, “informal” según los historiadores ingleses, donde, supuestamente, la manipulación colonial directa estaría ausente2. La mayor parte de los analistas más críticos de estos asuntos, inspirados de alguna u otra forma por las lecturas leninistas de Marx sobre la internacionalización del capital, vieron la caída del imperio español en América Latina como un preludio de la llegada del imperialismo inglés. Asimismo, otros escritores consideran el deterioro de la influencia británica en la región, hacia finales del siglo XIX y principios del XX, como la antesala de la llegada del imperialismo norteamericano. Este ciclo de “relevos imperiales” pareciera ser sumamente mecánico, para entender el juego de pesos y contra pesos que soporta la estructura y características de las relaciones internacionales surgidas después de la independencia de Hispanoamérica entre 1808 y 1828. No olvidemos que, fundamentalmente, “el imperio británico estaba interesado en el poder. Pero el poder debe ser convertido en sistemas de autoridad, ejercida por agentes a través de estructuras burocráticas. No todos los instrumentos de influencia y control fueron armas del estado. En ciertas circunstancias, organizaciones comerciales y sociedades misioneras podían acuerpar y sostener la autoridad imperial. No obstante, el manejo de un imperio global requería de una red de instituciones gubernamentales en casa y en ultramar, así como de canales burocráticos para instrumentar las directivas metropolitanas y las exigencias coloniales”3. Esta es una aclaración vertebral porque, se ha sostenido, que el imperio británico, a diferencia de sus homólogos español y francés, no desarrolló mecanismos y dispositivos institucionales para ejercer una administración directa sobre sus colonias, y se sirvió, más bien, del reclutamiento y adiestramiento de personal local4. La complejidad del aparato institucional y de la red de relaciones internacionales diseñadas por la Corona Británica, después del cierre de las guerras napoleónicas en 1815, estaría en relación directa con su capacidad para establecer un colonialismo formal, al mismo tiempo que se servía de consignatarios locales donde aquel tuviera lugar. Nunca el colonialismo, o las distintas formas de imperialismo, han cristalizado sin la cohabitación con funcionarios, políticos y empresarios de los países que han sido afectados por sus acciones. La decisiva superioridad productiva y tecnológica británica en la generación y creación de artículos manufacturados conducirían, inevitablemente, hacia una agresiva expansión económica, llamada por algunos como “imperialismo del libre comercio”5. Temprano en el siglo XVIII, hubo políticos, intelectuales y empresarios británicos que defendieron la urgencia del libre comercio; pero también hubo críticas amargas contra la eventualidad de contar con un imperio colonial, que podía resultar costoso y perturbador de las relaciones con el resto de Europa. Los pronósticos resultaron acertados en cuanto a que las pretensiones de Alemania, Francia y otros poderes emergentes, durante la primera parte del siglo siguiente, se encontrarían con la prepotencia y la avaricia británicas en el camino. Sin embargo, el libre comercio y el colonialismo serían, finalmente, los principios que regirían la política exterior británica. Tales principios representarían una nueva etapa en el desarrollo de la economía política internacional, apuntalada por tres ingredientes históricos esenciales en el despegue del imperio británico. Nos referimos al capitalismo industrial competitivo, para el cual los mercados extranjeros eran decisivos, el cual junto a la revolución francesa (1789) y la derrota napoleónica (1815), les aseguraron a los británicos su preeminencia en los mercados internacionales. La revolución francesa, sus proyectos, sueños y aspiraciones nunca tuvieron una gran acogida entre los círculos gobernantes ingleses, quienes percibían a los revolucionarios de aquella nación como una banda de arribistas que por casualidad se habían encontrado con la historia. Con la derrota de Napoleón se estaban socavando también todas las posibilidades que pudiera haber tenido el proyecto revolucionario francés en Inglaterra6. Fortalecido de esta manera, el empresariado inglés entraba en una etapa de desarrollo capitalista en la cual todos los posibles obstáculos serían eliminados con facilidad, a través de la negociación o por la fuerza, para que las mercancías producidas por sus fábricas y talleres nunca carecieran de los mercados requeridos para seguirse reproduciendo. La Corona Británica de esta manera, sobre todo durante el reinado de Victoria (1837-1901), se convertiría en la depositaria ideológica, militar y política de los requerimientos expansivos del imperio. Por esto, en sus relaciones con América Latina, el “imperialismo del libre comercio” inglés tuvo que jugar hábilmente con sus alianzas, sus lealtades y sus compromisos políticos con las otras potencias del momento, tales como España y Francia particularmente7. En las guerras de independencia latinoamericanas Inglaterra apostó por la promesa de un mercado importante para sus manufacturas, pero al mismo tiempo sostuvo una relación muy ambivalente con la monarquía española, bajo el principio de que el aliado contra el expansionismo francés merecía cierto trato especial, en lo concerniente a la navegación comercial y la asistencia militar, dos aspectos que los ingleses ahora controlaban de manera casi absoluta. En la historia económica y la economía política del imperialismo histórico rara vez se puede encontrar la construcción de un entramado ideológico y político tan bien articulado, como el que alcanzó a diseñar la Corona Británica durante el reinado de Victoria. Mientras que para América Latina los años 1823-1898 recogieron las angustias y desconciertos que significaron la construcción del estado nacional, y el hacerse con un espacio en los mercados internacionales, para los ingleses el problema real estaba en las distintas vías a su disposición para continuar impulsando el proceso de acumulación que se había abierto con la revolución industrial8. Nunca se podrá entender al imperialismo sin parar mientes en que se trata de la punta de lanza de la acumulación capitalista. Este es un aspecto fundamental que debe tomarse en cuenta en toda historia de este tipo, puesto que, con frecuencia, se olvida que el imperialismo es la economía política de la expansión capitalista. Y las variantes estratégicas utilizadas por las potencias imperiales, a través del colonialismo o en su ausencia, son sólo modos distintos sobre cómo se acumula el capital a escala mundial9. Ningún intento para comprender las diversas formas de operar que tuvo el Imperio Británico fructificará, si antes no se tiene una idea mínima sobre la historia del capitalismo para ese momento en particular. Bien lo decía el eminente historiador alemán Manfred Kossok: “La intervención de las grandes potencias en la cuestión suramericana-entendida como conjunto de enfrentamientos económico-políticos, diplomático-jurídicos e ideológicos-estaba determinada, principalmente por tres momentos:1) rivalidad económica en la lucha por el dominio del mercado latinoamericano (potencia principal: Inglaterra), 2) lucha por conquistas territoriales para la ampliación de la zona de poder e influencia (potencia principal: Estados Unidos), 3) efecto de la revolución latinoamericana y de los conflictos entre las potencias sobre el sistema de restauración y equilibrio del período pos-napoleónico, cuyo mantenimiento por todos los medios fue de especial interés para la Santa Alianza (potencias principales: Rusia, Francia, Austria y Prusia)”10. Ya lo decíamos atrás, el proceso iniciado por la revolución industrial, la derrota napoleónica y en consecuencia el bloqueo de la revolución francesa, le dieron un impulso vigoroso y efectivo al capitalismo inglés, sobre todo después de la pérdida de sus colonias en América del Norte. La generación en masa de productos manufacturados obligaría a los ingleses a buscar un endurecimiento de sus prácticas comerciales con sus colonias, y a intentar unos acercamientos de nuevo tipo con mercados potenciales muy prometedores, vastos y en vías de expansión como el latinoamericano. De esta manera, bien se puede tomar al año 1810 como el año “que señaló la cristalización de la política británica hacia la América Latina”. La conferencia que tuvo lugar ese año entre Lord Wellesley, enviado especial de Lord Castlereagh (1769-1822), Ministro Británico de Relaciones Exteriores, José Miguel Méndez, el representante venezolano y el libertador Simón Bolívar, “fue el acto que simbolizó la cristalización. Como resultado de esa conferencia, y todo lo que la había precedido, la política británica se orientaría ahora hacia el incremento y la estabilización del comercio latinoamericano y el mantenimiento del afecto por Inglaterra que los colonos habían mostrado recientemente. Las ideas de conquista se habían desvanecido de las mentes ministeriales; aún la perspectiva de instigar la independencia de las colonias por medio de la intervención armada, había perdido su atractivo. Seis años de forcejeo con el problema habían convencido a los miembros del gobierno (británico) de que el comercio, combinado con las seguridades de que la América Latina no caería bajo la influencia de Francia o de los Estados Unidos, era el beneficio máximo que ellos podían sacar de la situación”11. Pero ni España ni Inglaterra fueron informados de que el 3 de marzo de 1811, el Congreso de los Estados Unidos, en una sesión secreta había aprobado la siguiente resolución: “Tomando en vista la peculiar situación en España y de sus provincias americanas y considerando la influencia que el destino del territorio adyacente a la frontera sur de los Estados Unidos puede tener sobre su seguridad, tranquilidad y comercio…los Estados Unidos bajo las peculiares circunstancias de la crisis existente, no pueden ver, sin seria inquietud, que parte alguna de dicho territorio pase a las manos de cualquiera otra potencia extranjera”12. Este temprano antecedente de la Doctrina Monroe establece con precisión cuáles eran los designios concretos que el gobierno de los Estados Unidos pretendía llevar a cabo, una vez que las colonias españolas alcanzaran algún grado de independencia. Entre las ocupaciones británicas del Río de la Plata en 1806-180713 y la invasión francesa de México en 1864, las potencias europeas encabezadas por Gran Bretaña trataron de establecer unas relaciones diplomáticas, financieras y comerciales con América Latina, en las cuales la tirantez con los Estados Unidos, no dejara sitio para las dudas respecto a la clase de imperialismo que pretendían practicar. La rivalidad entre europeos y norteamericanos en estos años sobre América Latina, tiene esencialmente como acicate a la expansión capitalista, con la cual se entiende que el consumo y las posibilidades de inversión privada directa, facilitarían un mayor crecimiento de las alternativas políticas de los imperios en la región. De esta forma, entre 1823 y 1898, pasando por la guerra de despojo contra México en 1847, la ocupación francesa ya mencionada y la invasión filibustera de América Central en 1856, el imperialismo del libre comercio14 se convirtió en el puntal por cuyo medio las burguesías más progresistas y audaces de los países metropolitanos, en un claro afán por seguir incrementando sus riquezas, pretendían universalizar el sistema capitalista, y venderles la idea a sus socias de América Latina y otras partes del mundo periférico. El proyecto oligárquico como lo llama Carmagnani15, y la alianza establecida entre los sectores sociales más poderosos de América Latina y el Caribe, con empresarios, banqueros y políticos ingleses ubicados en estos países, o desde la metrópoli londinense, posibilitó un crecimiento importante de la deuda externa de aquellas naciones recién nacidas, abrió los mercados europeos a los productos alimenticios y a las materias primas latinoamericanas y transformó a fondo los patrones de consumo de las elites dominantes en estos países.
El progreso que experimentara América Latina, a partir de la sétima década del siglo XVIII, cuando el libre comercio fue posible por primera vez con la metrópoli española, en relativas condiciones de igualdad, cristalizó de manera más vigorosa después de la emancipación, pues ésta levantó los últimos obstáculos que las otras potencias europeas habían encontrado, para realizar libremente sus negocios con gobiernos y empresarios latinoamericanos. La alianza de la que nos habla Carmagnani, rápidamente mencionada arriba, suponía, necesariamente, una serie de acuerdos entre imperios para repartirse hombres, mercados y mercancías en América Latina y el Caribe. La emancipación de estos países no iría a darse sin dificultades, como bien lo ejemplifican los casos más extremos de Cuba y Filipinas. Para las potencias europeas, la emancipación de América Latina y el Caribe, supuso una renegociación de sus esferas de influencia sobre rutas comerciales y puntos de abastecimiento de materias primas, muy similar a las que en su momento sostuviera Inglaterra con Portugal sobre sitios muy específicos del Brasil. Con mucho el tratado de Utrecht de 1713 (con el cual Inglaterra le arrancaba a España el conocido asiento para abastecer de esclavos a la América Latina y el Caribe) es un punto de inflexión sobre los verdaderos designios que los poderes estatales europeos tenían sobre América y el Caribe. Los levantamientos libertadores que recorren esta parte del mundo, entre 1795 y 1810, tienen como esquema de referencia inspiradora a movimientos que, en Francia y los Estados Unidos, se inclinaban por una liberación total de los mecanismos de acumulación de riqueza, de manera que se pudiera participar más activamente en los flujos internacionales del capital. La revolución burguesa en Francia lograba parcialmente detonar este proceso; y en los Estados Unidos tendría que esperar a que la guerra civil (1861-1865) redondeara el ciclo. Entre tanto, Napoleón se convertía en la punta de lanza de una nueva era que pretendía acabar con todas las monarquías que operaban dentro del viejo absolutismo medieval. Estaba claro que si la revolución francesa no salía de Francia se hundía. Por otro lado, la ambivalencia del apoyo que recibe España de parte de Inglaterra, en su guerra contra la ocupación napoleónica (1808-1812) y contra los movimientos revolucionarios en América, reposa esencialmente sobre la dinámica expansiva del capitalismo inglés en este momento. La primera revolución industrial, ya lo sabemos, exigía estrategias militares y políticas de nuevo cuño, que hicieran posible el libre flujo de mercancías y capitales para la nación mejor dotada en estos momentos, que era Gran Bretaña. La corona inglesa no estaba dispuesta a dejar que se repitiera la misma situación comercial que con tantas dificultades y sobresaltos había experimentado durante el siglo XVII, cuando no les quedó otra alternativa que acudir al contrabando para poder acceder a los mercados latinoamericanos y del Caribe, férreamente controlados desde la Península Ibérica. Ahora se trataba de escamotear cualquier compromiso cierto con los combatientes de Napoleón en España, pero también en América, donde los movimientos revolucionarios, incontrolables después de 1814, auguraban mercados y mercancías en cantidades importantes para los comerciantes y empresarios ingleses, sino, más bien, de establecer los contrapesos que contuvieran, al menos por un cierto lapso de tiempo, el avance de los Estados Unidos en América Latina y el Caribe16. Sería muy ingenuo pensar que los ingleses no tenían claro este asunto del expansionismo norteamericano hacia el resto de América (ahí está el tratado Clayton-Bulwer de 1850 para probarlo, al menos en lo concerniente a Centroamérica)17, pero se dejaron seducir por formas y estilos de negociación con los norteamericanos, en los que predominaban criterios esencialmente financieros sobre hombres y países acerca de los cuales, por lo general, sabían muy poco. O no les interesaba saber. A todo lo largo de la puja con España por lograr el acceso comercial a los mercados latinoamericanos y caribeños, los ingleses nunca olvidaron la enorme importancia que tenía el escenario europeo en todo este asunto.
Entre 1804 y 1814 los británicos se vieron obligados a desarrollar una política exterior hacia Europa, América y España que se bamboleaba según el ir y venir de las tropas napoleónicas. Desde Pitt hasta Castlereagh, uno de los políticos más eminentes del siglo XIX, y posiblemente el verdadero arquitecto de la Alianza Europea, la Corona Británica y la comunidad mercantil en ese país, sólo acataron a ver en América Latina y el Caribe mercados potenciales y centros de abastecimiento de materias primas. En esta parte del mundo sólo vieron “colonias españolas”; y los héroes y patriotas, luchadores por la independencia de estos países, eran solamente los “insurgentes”, un mote que Francisco de Miranda (1750-1816), Simón Bolívar (1783-1830), José de San Martín (1778-1850) o el mismo José Martí (1853-1895) nunca portaron con vergüenza. De tal manera que, una vez derrotado Napoleón, al Ministro Castlereagh sólo le preocupó que las colonias españolas no cayeran en manos de potencias hostiles, se tratara de Francia o de los Estados Unidos, pues debía asegurarle a la comunidad mercantil inglesa unos mercados y una población consumidora ávida de sus manufacturas. En las idas y venidas de los agentes de Castlereagh por los palacios de los monarcas europeos que llegarían a ser sus aliados más conspicuos, el Zar Alejandro I de Rusia, el Kaiser Federico Guillermo II de Prusia, y el Príncipe Metternich de Austria, así como en las conversaciones y acciones que condujeron a la creación de la Alianza Europea o Santa Alianza (en el Congreso de Viena de 1815 y sus distintos protocolos posteriores hasta 1822), jamás consideraron de manera profunda y detenida un tema que era de enorme relevancia para la Corona Británica, la principal protagonista en este rediseño del mapa europeo, que permanecería casi intacto hasta la Primera Guerra Mundial (1914-1918): nos referimos al futuro de las colonias españolas, una vez obtenida su liberación política. 


Orígenes europeos de la Doctrina Monroe


La Doctrina Monroe más que un conjunto de principios de política exterior de parte del gobierno de los Estados Unidos en 1823, era un manifiesto de clara y contundente filosofía pro-imperialista. En la búsqueda de contener a los europeos, algo que ciertos historiadores ingleses consideran “negativo”, la Doctrina Monroe también tenía sus cosillas positivas, como el hecho de que, a partir del momento de su proclamación, los Estados Unidos se convertirían en el único poder legítimo (sobre la base de las armas) en ejercer la autoridad sobre el Caribe particularmente18, el cual tenía una enorme importancia estratégica para el gobierno norteamericano. Se nos puede dificultar considerablemente la comprensión cabal de este período, si separamos a las revoluciones hispanoamericanas de las guerras europeas o de los intentos por parte de los Estados Unidos de despojarse del ascendiente político e ideológico inglés. La guerra de 1812-1814 no alcanza a saldar los desacuerdos entre Inglaterra y los norteamericanos sobre el problema del abastecimiento de esclavos, así como el de las rutas marítimas comerciales, y se los hereda a la Doctrina Monroe. En estos términos sigue siendo polémico y disputable el argumento de que el imperialismo inglés solo ejerce algunos controles informales sobre América Latina y el Caribe. Prácticamente la columna vertebral de la política exterior de la Corona Británica, entre 1804 y 1828, giró en torno a las guerras europeas y a las luchas de los insurgentes independentistas latinoamericanos.
Entre el colapso de la Alianza Europea y el reconocimiento de los nuevos estados latinoamericanos, solo transcurrieron ocho meses, con lo cual no queremos decir que existía una relación mecánica entre una y otra situación, sino que, para la mente imperial de la monarquía inglesa, apuntalada por sus hombres claves como William Pitt (1759-1806), Castlereagh, Canning, R. B. J. Liverpool (1770-1828), Palmerston (1784-1865) o Gladstone (1809-1898), apoyados por los sectores mercantiles y financieros más solventes y con bien enraizados intereses en América, la apertura de los mercados latinoamericanos significaba, antes que nada, remontar la herencia napoleónica y poder ofrecer un contra peso efectivo contra las aspiraciones de los Estados Unidos. Sin embargo, para estos últimos, la idea de proclamar que el Hemisferio Occidental era algo más de lo que los europeos pensaban, fue siempre un asunto que había ocupado sus gestiones políticas y diplomáticas, desde el inicio de la formación de la república norteamericana. De esta manera, la traumática aparición de Rusia en la costa del noroeste, las visiones de expansión despertadas por el Tratado Transcontinental, el establecimiento de estados independientes en América Latina, los gestos amenazadores procedentes de Europa, todas estas circunstancias se habían combinado para preparar la llegada de la Doctrina Monroe19. Cuán ancha era la brecha entre Estados Unidos y Europa y cómo se iba a colmar se hizo patente cuando el Presidente norteamericano, James Monroe (1758-1831), en su mensaje anual de 1823 al Congreso, enunció la que ha llegado a ser conocida como Doctrina Monroe. La sustancia de la declaración presidencial era muy sencilla: el Hemisferio Occidental no podía seguir siendo considerado disponible para su colonización por ninguna potencia europea. Al mismo tiempo Estados Unidos se proponía mantenerse alejado de los asuntos europeos; y, al revés, se pretendía que Europa se mantuviera alejada de la América Latina. La declaración, así como estaba redactada, incluía por supuesto a Inglaterra20. Pero, para un político como Lord Castlereagh por ejemplo, unos años antes de la formulación de la mencionada doctrina, estaba perfectamente claro que en los complicados nexos del comercio, la industria y la banca ingleses, reposaban las bases del poderío británico; de tal manera que con estos elementos no se podía actuar frívolamente, o los intereses de su país estarían seriamente en riesgo. Lord Castlereagh nunca opuso objeciones serias a la independencia de los países latinoamericanos, siempre y cuando se cumplieran algunas condiciones, como el hecho de que estuviera acompañada por la estabilidad, se caracterizara por una fuerte orientación pro-británica y no le creara conflictos serios a sus compromisos europeos. En esta última cuestión residía el verdadero nudo de todas sus elucubraciones sobre la mentada independencia, pues, para él, en el orden de prioridades venían primero los esfuerzos que se hicieran en Europa para dejar atrás la herencia “jacobinista” y napoleónica, un término que se le aplicaba también a la España que en su momento renegara de Fernando VII.En ningún momento debe perderse de vista que Lord Castlereagh es el gran arquitecto de la Santa Alianza y esto significaba haber sido el creador de un mecanismo de contención mediante el cual las grandes y más sólidas monarquías europeas pretendían protegerse contra los males que había traído consigo la revolución francesa. No era extraño entonces que, a pesar de la sutileza y elegancia con que trataba los asuntos de América Latina y los Estados Unidos, siguiera viendo en estos soberbios y levantiscos pueblos que se negaban a reconocer la posibilidad de que gobernaran los mejores, es decir los aristócratas, un abanico de posibilidades para establecer monarquías ultramarinas. Cuando el Rey Don Juan de la casa real portuguesa tuvo que refugiarse en Brasil, bajo la protección británica, luego de la ocupación de su país por las tropas de Napoleón en 1808, Lord Castlereagh consideró como posible que el fenómeno monárquico se extendiera por el resto de América Latina. Este fue un sueño que, incluso durante la administración de George Canning, se mantuvo vivo, aún después del enfrentamiento entre Buenos Aires y Brasil por el control de la banda oriental del Río de la Plata entre 1825 y 1828, y el cual daría origen finalmente a lo que hoy es Uruguay21. Canning creía que las instituciones monárquicas, junto con el comercio británico y el reconocimiento de los estados latinoamericanos por parte de Su Majestad Británica, graciosamente otorgado a los nuevos estados, serían suficientes para asegurar la cooperación de todo el continente en ese elaborado juego de equilibrios que era la esencia de su política. Pero el reconocimiento de los estados latinoamericanos, en otras palabras, según Canning, tenía que aparecer ante Europa como un acto respetable y desinteresado, para con ello, al mismo tiempo, atar firmemente a los países latinoamericanos con Gran Bretaña. Según él América Latina era una totalidad y no una colección de estados, una lección que Lord Castlereagh le había dado al gobierno británico, puesto que si se partía de políticas específicas por país era más fácil caer en la tentación de unilateralizar los tratados comerciales y los acuerdos de amistad de cualquier clase, con el consabido resentimiento del resto de los estados. Sin embargo, no olvidemos que una cosa era lo que pensaran y decidieran en la Foreign Office y otra muy distinta lo que hicieran algunos cónsules en el terreno; como sucedió con Strangford en Brasil y con Chatfield en Centroamérica, quienes se involucraron abusivamente en la política local, tanto así como para arriesgar el prestigio del cuerpo consular de Su Majestad en esas zonas, pues algunas de sus actividades fueron distorsionadas por giros y retruécanos políticos no muy bien vistos por las poblaciones locales22. “Yo llamé a existencia al Nuevo Mundo para enderezar la balanza en el Viejo Mundo”, decía Canning, y con ello quería darnos a entender que la vieja Santa Alianza, una institución inhabilitada desde 1822, debido a las dificultades para conseguir una “solidaridad moral” entre los aliados, como decía el Príncipe Metternich, se estaba inclinando a promover acciones y sujetos inaceptables para la cancillería británica. Además el ingreso informal de Francia en la alianza, durante la restauración monárquica en ese país, se había convertido en un verdadero obstáculo para que la comunidad comercial, mercantil y financiera británica pudiera aprovechar los mercados, hombres y riquezas de América Latina; sobre todo mientras los franceses estuvieran detrás de la monarquía española apoyando sus rancios anhelos por recuperar a las colonias hispanoamericanas23. Reforzada con el ingreso de Francia, durante el reinado de Luis XVIII, la alianza haría todo lo posible por fortalecer a las instituciones monárquicas en la Península Ibérica y en Brasil. Con los silencios cómplices de Austria y Rusia, quien también desplegaría acercamientos imperiales a la América Latina y el Caribe24, las tropas francesas invadirían por segunda vez a España en 1823, un acto que haría tambalearse seriamente al gobierno de Canning, pues, en cierto momento, algunos en Londres, concibieron este paso dado por los franceses, como un serio retroceso sobre lo avanzado por Castlereagh respecto a la presunta unidad europea, para contener recaídas “jacobinistas” como ya se ha dicho. Si entendemos a la Alianza Europea como el telón de fondo de la Doctrina Monroe, podremos igualmente comprender la dinámica que está detrás de las conversaciones, tratados, acuerdos y alianzas que franceses, ingleses, norteamericanos y españoles elaboraron entre sí para terminar repartiéndose el mercado latinoamericano25. Alguien podría argumentar que, en lo que respecta a la América Latina, la política exterior de Canning es una continuación de la de Castlereagh, pero, a pesar del duelo que hubo entre los dos, con pistolas y testigos, por serios desacuerdos de gabinete, un criterio así no se sostiene en virtud de que el último estuvo más cerca del ideario expansionista de Quincy Adams y de Monroe que de Jefferson como el primero.
Catlereagh era el adalid de la lucha contra la expansión del jacobinismo en Europa; creía que, antes de involucrarse en los problemas de Hispanoamérica, había que contener cualquier posibilidad de resurrección del fantasma napoleónico mediante el expediente de fortalecer y fomentar las instituciones monárquicas. Canning por su lado, era más un hombre del siglo XIX y creía que el desarrollo industrial de su país debía desplegarse sin obstáculos, aún a riesgo de aparecer contradictorio enfrentando a la monarquía española por el intento de recuperar sus colonias a la fuerza. Como en su inteligencia predominaban las preocupaciones de orden económico, los mercados latinoamericanos, la oferta de manufacturas inglesas, la adquisición de materias primas y alimentos, Canning no dudaba en negociar con los norteamericanos sobre esferas de influencia y cuando hubo que plantarlos tampoco titubeó un segundo. Después de la declaración de la Doctrina Monroe él fue uno de los diplomáticos europeos más interesados en destruir el prestigio político y las supuestas buenas intenciones de los norteamericanos en Hispanoamérica26. Cuando nadie tenía interés en el Congreso de Panamá de 1826, él envió un emisario (Sir Edward J. Dawkins) que lo único que hizo fue exhibirse, sonreír y prometer cosas que nunca cumplió, pues tenía el encargo de Canning de ganarse la simpatía de los latinoamericanos nada más, y evitar a cualquier costo que los Estados Unidos se pusieran al frente de la unión hemisférica, algo que el emisario logró con éxito total27. El reconocimiento de los países latinoamericanos por parte del Imperio Británico representó un giro descomunal en el desarrollo histórico de aquellos, esto está claro, pero, la economía inglesa se vio sacudida por algo más que la apertura de nuevos mercados y nuevos clientes para sus productos. En la mente de los empresarios y políticos victorianos el ingreso de América Latina al mercado mundial, significaba aceptar no sólo el surgimiento de los nuevos estados, sino también lidiar con la política exterior del gobierno de los Estados Unidos, forjada al calor de la tirantez con los imperios europeos surgidos del período pos-napoleónico. Entonces, en 1825, la princesa Lieven, en una carta al Príncipe Metternich, le decía lo siguiente: “Usted no puede imaginarse cómo todos han enloquecido acerca de las compañías en América del Sur. Todo el mundo, desde la gran dama hasta el doméstico, está arriesgando el sencillo y el salario en estas empresas. Enormes fortunas se han hecho en una semana. Acciones de las minas de oro de Rial (sic) del Monte, compradas a 70 esterlinas, se vendieron, una semana después, a 1.350 libras. Estas repentinas fortunas y la pasión por la especulación me recuerdan el Banco de Misisipí en la época de la Regencia”28.Si el valor de las exportaciones inglesas hacia América en 1805, con la excepción de los Estados Unidos, era de £7.771.418, y en 1809 sería de £18.014.219, tomando en cuenta el bloqueo que aplicaba Napoleón sobre Inglaterra, las cifras ayudaron a varios de los primeros ministros ingleses, como ya se ha visto, para que sus acciones fueran efectivas y sostenidas en pro de la independencia de América Latina29. Más aún cuando, hacia 1825, las compañías mineras llegaron a movilizar hasta £14 millones y las compañías de utilidad pública hasta £20 millones en diversos países de la región. Con este escenario el colapso no se hizo esperar y la economía europea, principalmente la británica, iría al estado de depresión para diciembre de ese año. Sin embargo, resulta difícil sostener que la apertura de los mercados latinoamericanos y las posibilidades de inversión ofrecidas hayan provocado tal estado depresivo de la economía europea. Estaba claro, más bien, que la economía inglesa había encontrado en América Latina una vía para compensar y recuperar parte de su antiguo dinamismo, temporalmente bloqueado por las acciones de Napoleón. El proceso pareciera haber sido el inverso, pues para principios de 1826 las economías latinoamericanas entraban en la bancarrota30.
Es decir que la depresión no se originó en América Latina, sino en Inglaterra y atravesó el Atlántico, afectando seriamente el comercio exterior, la minería y las finanzas gubernamentales de la mayor parte de aquellos países31. No sería sino hasta 1850 que América Latina tendría más frescas posibilidades de solicitar créditos en Europa, debido a que la mayoría de las naciones latinoamericanas se declararon en quiebra para fines de 1827, y únicamente Brasil en 1829 reasumiría sus pagos de deuda con los ingleses32. Entre 1815 y 1855 un flujo vigoroso de capital inglés emigró a Europa para financiar la recuperación de la Francia posnapoleónica y de algunos de sus aliados en esa guerra, tal era el caso de Austria y de Rusia. Pero un porcentaje más abultado se invirtió en América Latina, donde gobiernos como el mexicano, el argentino y los centroamericanos hicieron atractivas concesiones a los inversionistas ingleses para expandir y profundizar sus actividades mineras, comerciales y de utilidad pública en sus países. Cuando el derrumbe se produjo, aquellos inversionistas empezaron a buscar otros sitios donde continuar con sus negocios, y uno de los beneficiados fueron los Estados Unidos. El período de “la larga espera” como lo llama Halperin Donghi, el competente historiador argentino33, en regiones como América Central, abunda en experimentos políticos, sociales y económicos, para dar sentido a la nueva situación que ha provocado la llegada de la independencia. Esta parte de América Latina, así como el Caribe, reúnen las condiciones que Tomlinson establece para desarrollar las diferencias entre centro y periferia34. Pero además, según él, en la periferia, los abastecedores del imperio británico podían dividirse en dos grupos, dependiendo de que recibieran migrantes europeos, tecnología, valores y métodos de producción avanzados. Unos serían los que él llama capitalistas neo-europeos, pertenecientes a las áreas vacías de los hemisferios sur y oeste; y los otros serían los de la “periferia tropical” de Asia, África del Norte, el Caribe, y la mayor parte de Centro y Suramérica. Las regiones neo-europeas estarían integradas, en la periferia del siglo XIX, por los Estados Unidos, Canadá, Australia, Nueva Zelanda, Sudáfrica, Argentina, Uruguay y Chile. Todas las economías neo-europeas del siglo XIX crecieron rápidamente entre 1790 y 1913, también tuvieron fuertes lazos de clase con Inglaterra, y recibieron grandes cantidades de capital, experiencia empresarial y trabajo calificado de los países centrales35. En la periferia, sin embargo, no existían las condiciones para que el desarrollo capitalista desplegara toda su fuerza, con la honrosa excepción del Japón. Pero para países como los centroamericanos el futuro que les esperaba era simplemente ser buenos abastecedores de fuerza de trabajo barata, materias primas y alimentos, además, por supuesto, de ofrecer mercados consumidores con poblaciones importantes, ávidas de remontar las tradiciones que habían dejado imperios pre-hispánicos sumamente centralizados. En este caso el peso específico de toda idea o método de crecimiento lo tenía la población, pues, tratándose mayormente de indígenas el lastre de la tradición era un componente vertebral.

El libre comercio o la diplomacia de Dios


Esa clase de situaciones era la que un político e ideólogo tan brillante como Richard Cobden (1804-1865) abordaba con un fuerte sentimiento anti-colonialista. El “apóstol del libre comercio”, Cobden decía que era sumamente costoso sostener un imperio que sólo problemas, conflictos y frustraciones le había dejado a Inglaterra36. La única forma en que los países tropicales podían integrarse a la civilización era mediante el libre comercio, que volvía redundante e inútil toda intención de fortalecer las aspiraciones colonialistas de los británicos. El libre comercio era “la diplomacia de Dios” decían los “cobdenitas” en su momento, puesto que hacía posible tener acceso a todas las fuentes de riqueza posibles; los únicos requisitos eran la moral del trabajo y la imaginación37. Otros que decían compartir las ideas de Cobden, al menos en parte, sostenían, sin embargo, que no era necesario deshacerse de las colonias, y que, más bien, la relación con ellas, podía readecuarse. No se olvide que reducir el Imperio Británico a sus colonias puede ser insuficiente para tener una noción cabal del mismo, en el tanto el “imperialismo informal” hacia posible un contacto con otras partes del planeta, donde no mediaba el ejercicio efectivo de la fuerza sobre geografías y personas38. En la cabeza de políticos como Lord Palmerston, Inglaterra tenía el derecho moral de conducir a otros por los derroteros de civilización y cultura que él imaginaba eran los correctos. “Debo decir sin vanagloria (discurría Palmerston) que estamos al frente de la moral, la sociedad y la política civilizadas. De esta manera nuestra tarea es dirigir a otras naciones por el mismo camino”39. Pero el Secretario del Exterior, luego Primer Ministro inglés, no estaba diciendo nada nuevo40, puesto que desde W. Pitt, Castlereagh y Canning se tenía el mismo criterio. La única diferencia la establecía el que Palmerston fuera más expedito y sistemático. Según el Primer Ministro la función pública y el provecho personal no deberían coincidir en ningún momento, a pesar de que, en apariencia, fueran dos líneas paralelas. No obstante, con poca frecuencia esta clase de principios fueron llevados a la práctica por cónsules y encargados de negocios ingleses en diferentes partes del mundo. Para la Corona Británica era decisivo dejar bien claro, que los asuntos y problemas políticos personales en los que se involucraran sus oficiales en el extranjero, no tenían nada que ver con la estructura de las relaciones establecidas por el gobierno de Su Majestad con cualquiera estado en particular. Por eso eran tan importantes los tratados de amistad y libre comercio que firmara aquel gobierno de manera sistemática después de 1822. El uso militar de la fuerza sólo sería el último recurso según el buen decir de Lord Palmerston.

La diplomacia de Dios en América Central


Pero Sir Frederick Chatfield, Cónsul General en Centroamérica entre los años de 1833 y 1852, contradecía todos los principios por los que abogaba el gobierno de Palmerston41. Lo mismo se podría decir de Sir Home Popham en Venezuela (1804) y Lord Strangford en Brasil (1820-1825). Aunque estos dos últimos dos casos son anteriores, representan aquello contra lo que lucharía Lord Palmerston para impedir que el “servicio diplomático de Cenicienta”42 se le corrompiera y se le saliera de las manos, comprometiendo al gobierno británico, y a otras instituciones vinculadas, en asuntos y materias atinentes a intereses meramente personales y ajenos por completo a la estructura diseñada por la cancillería británica. Poco después de que se concretara el proyecto de independencia en América Central, una nueva plataforma política venía al mundo con la intención de crear una Federación Centroamericana (1824-1838). Parecía que los problemas y frustraciones que habían tenido algunos sectores sociales, durante la última etapa de la dominación española, comerciantes y pequeños empresarios centroamericanos ligados a la producción de tintes naturales, del cacao, la ganadería y otros productos de exportación, puesto que el café entraría en escena un poco más tarde, con la Federación Centroamericana podían encontrar una vía más expedita para insertarse en el mercado mundial43. Sin embargo, el experimento político tuvo serias dificultades desde el principio para cristalizar en virtud de los problemas financieros heredados por los españoles, y las grandes limitaciones políticas que existían para que los pequeños países centroamericanos pudieran ponerse de acuerdo sobre la forma de conducir aspectos constitucionales, económicos, monetarios, de transporte y otros relacionados con la práctica de un gobierno federal, inspirado en el ejemplo norteamericano44. Por otro lado, estaba el problema de que, si los Estados Unidos se habían apurado a reconocer al nuevo gobierno federal, la política exterior inglesa, como ya hemos visto, por esta época, y, en particular hacia la América Latina, pecaba de excesivamente cautelosa y ambivalente. No obstante, esa condición parecía no afectar las relaciones con banqueros y prestamistas ingleses, que sí aceleraron su carrera de acercamiento al gobierno federal centroamericano y le facilitaron créditos que luego aquel tuvo serios problemas para devolver. En estos casos el gobierno de Su Majestad sí estableció las reglas del juego con claridad: los préstamos adquiridos por la federación debían ser pagados por ella, y no por los pequeños países una vez que aquella despareciera, lo cual fortalecía seriamente la fragmentación. Bien se sabe que desde el siglo XVII Inglaterra tenía importantes intereses comerciales y estratégicos en América Central y el Caribe. Pero este asunto de la Federación Centroamericana no fue atendido de la mejor manera, no tanto por los centroamericanos mismos quienes siempre tendrían que recordar profundos desacuerdos y heridas para darle sentido a la idea federal, sino también por las potencias extranjeras presentes en el istmo, donde Inglaterra fue dueña y señora, hasta la llegada de los Estados Unidos. Por eso la actitud del Cónsul General Frederick Chatfield no sorprende, si pensamos que responde perfectamente a la ideología general de la Foreign Office, desde tiempos de Castlereagh. Solamente que con Palmerston tal ideología se convirtió en una estructura de soporte imperial sumamente efectiva, como lo prueban los casos, no sólo de América Latina, sino también de China, el Imperio Otomano, y África. Palmerston le dio cuerpo a la idea que tenían en el imperio británico de que ellos podían “mejorar el mundo”, y eso es lo que constantemente hacía Chatfield en Centroamérica45. Algunos viajeros norteamericanos que atravesaron Centroamérica en la primera parte del siglo XIX, y conocieron a Chatfield, lo criticaron muy duramente, tanto así que lo acusaron, a él y a su gobierno, de estar conspirando contra la Federación Centroamericana. Algunos centroamericanos también hicieron la misma acusación. Haya sido cierto o no este asunto, tampoco permite exagerar hasta el punto de sostener que el Imperio Británico tenía interés en sostener a la federación. La alta política y diplomacia que se practicaba por esta época, también operaba con omisiones, de la misma forma que se hace hoy. La Corona Británica por estos años ponía el énfasis, en lo que competía a sus relaciones con América Central, en los temas comerciales, y en hallar los mecanismos indicados para contener el avance de los Estados Unidos en el istmo. Lo demás simplemente lo omitía, como era el asunto de un gobierno federal estable con el cual negociar y tener relaciones diplomáticas, cosa que para Canning primero y para Palmerston después era irrelevante, como lo indican la postergación del reconocimiento de la Federación Centroamericana.Esta fue la estrategia del gobierno británico en América Latina, hasta el último momento, cuando la brasa de la Doctrina Monroe les cayó en el regazo y los enfrentó con una realidad consumada. De todas formas, el uso de la fuerza o de la inminencia de su uso era un recurso que se podía utilizar todavía, como le sucedió a Honduras, durante los años noventa del siglo XIX, al enfrentar problemas para atender su deuda externa con los ingleses46. A Nicaragua le sucedería exactamente lo mismo con los alemanes y los norteamericanos47. Finalmente no olvidemos la forma oprobiosa en que se obtuvo el derecho para la construcción del Canal de Panamá en 1903, un asunto que se detalla en el capítulo IV de este libro48.

Conclusiones


La situación de los ingleses en América Central, puede ser mejor comprendida dentro de un contexto más general, el de América Latina. No debería olvidarse que el colapso de la dominación española y portuguesa, ofrecía oportunidades maravillosas para que una potencia como Inglaterra terminara por controlar absolutamente las aguas y costas latinoamericanas, luego de la independencia. Pero se requerían acciones concretas de la Corona Británica para que la presencia comercial que ya existía se ampliara de manera efectiva, algo que los cancilleres y primeros ministros ingleses venían haciendo desde 1822. Es por eso que la supuesta actitud intervencionista del gobierno inglés en América Latina, entre los años 1830 y 1860, resulta fácilmente demostrable, sobre todo si pensamos en el despliegue político, diplomático y hasta militar realizado por ellos para remover todas las barreras comerciales y financieras que pudieran existir. Como en 1806-1807, en 1845 fuerzas militares británicas intervinieron otra vez en el Río de La Plata, desembarcaron en el puerto del Callao en 1839 y amenazaron a México en 1861. En otras ocasiones la mera presencia de la Royal Navy fue suficiente para que los estados latinoamericanos atendieran las quejas de los tenedores de bonos extranjeros ingleses, como fueron los casos de Perú en 1857, Chile en 1863, y América Central en 1897. La creación artificiosa de Uruguay y las amenazas militares contra Brasil por el asunto del comercio internacional de esclavos en 1848-1849, son ejemplos que recogen a ciencia cierta la filosofía que está detrás de las preocupaciones del gobierno de Su Majestad Británica, para mantener “abiertos los mercados de ese gran continente” como decía Lord Castlereagh49. Aunque no estaba realmente en las aspiraciones más precisas del gobierno británico convertir a la América Latina en parte de su imperio, era conveniente construir y mantener nutrida una estructura institucional, diplomática, comercial y financiera que impidiera a toda costa que los mercados latinoamericanos se les cerraran. De esta forma, una vigorosa actividad diplomática fue desplegada por la Foreign Office, para obtener la firma de tratados comerciales y de libre comercio con los nuevos estados latinoamericanos. Así se firmó uno con Argentina en 1825, otro con Perú para reducir tarifas en 1834, en 1810 ya se había firmado con Brasil uno que le dio trato preferencial a los ingleses hasta 1844 en materia de impuestos y finalmente con América Central en 1851. Entre 1850 y 1913 América Latina tomó cerca del 10% del total de las exportaciones británicas, cifras que la ubican de segunda solamente después de la India. El monto del capital británico que se encontraba en América Latina pasó de £30 millones en 1826 a £81 millones en 186550. Si Inglaterra se ha vuelto más imperialista que nunca después de la muerte de Lord Castlereagh en 1822, o de la guerra de Crimea entre 1853 y 1856, este es un asunto que puede discutirse ampliamente todavía. Los ingleses violentaron su ingreso en China, para posicionarse por la fuerza en Hong Kong y abrir los mercados y los puertos de ese inmenso país a las mercancías de Manchester, Liverpool y Birmingham. Utilizaron a Turquía y a Egipto para contener el avance ruso y francés respectivamente y así evitar verse amenazados comercial y militarmente.
La sistemática destrucción de la economía turca y egipcia pero, al mismo tiempo, la obsesiva protección del Imperio Otomano y de Egipto, hasta la invasión de 1882, no dejan lugar para las dudas respecto a lo que verdaderamente significaba para Palmerston “mejorar el mundo” según los principios y virtudes del capitalismo inglés51. El saqueo de África, después de 1880, en el que Inglaterra se haría acompañar de las otras potencias europeas, completaría el proceso de consolidación imperialista que saltaría en pedazos con la Primera Guerra Mundial (1914-1918), y daría paso a una nueva etapa de expansión liderada ahora por los Estados Unidos, etapa que, en lo concerniente a la América Latina, se inició más temprano, en 1898, como se estudia en un ensayo posterior. Desde ningún punto de vista podemos caer en la trampa de pensar que entre los Estados Unidos y las potencias industriales europeas, al menos para los años que van de 1823 a 1898, la rivalidad interimperialista supone un total y absoluto desalojo de un protagonista a favor o en contra del otro. Dicha rivalidad debería ser entendida como la competencia, leal en algunas ocasiones, y sumamente desleal en otras, entre agentes del capitalismo internacional que luchan por su expansión más definitiva a nivel planetario. La geopolítica, en estos casos, es más un juego de pesos y contra pesos entre iguales, que luchan por quedarse con la mayor porción del pastel, que una simple rebatiña, irracional y puramente avariciosa. Si así fuera, la geografía de los imperios sería algo muy sencillo de explicar, como bien lo demostró el trabajo constante y sostenido de Isaiah Bowman (1878-1950), para darle a los Estados Unidos, la justificación geopolítica más coherente de su expansionismo posterior a la Segunda Guerra Mundial52. La participación de las potencias europeas en las guerras de independencia en América Latina, debe ser abordada desde el punto de vista de lo que estaba en juega para ellas. De lo contrario se puede caer en el enfoque, de por sí ya clásico, de creer que el asunto era materia de conflicto solamente para España. Y ya hemos visto que para los ingleses, por ejemplo, el negocio no era tan sencillo. Por lo demás, los Estados Unidos eran quienes más claridad tenían sobre un proceso que, a la larga, sólo beneficios les podría representar, como se nota con el conjunto de movidas y negociaciones que condujeron a la Doctrina Monroe. Como se verá en otros ensayos nuestros, la diplomacia decimonónica europea tuvo que hacerse a un lado, y dejar pasar un instrumental, un conjunto de gestos y acciones de nuevo cuño que anunciaban, para la América Latina al menos, el ingreso a una era donde las formas no siempre antecedían a las acciones. Éstas, con frecuencia teñidas en sangre, podrían invertir el proceso. En un artículo posterior se analiza lo que podría llamarse el segundo momento del imperialismo histórico. Son los años de 1850 a 1898, cuando el imperialismo inglés alcanza sus puntos pico y al mismo tiempo también su deslizamiento hacia el fondo, debido a una competencia más agresiva y sostenida con relación a la América Latina, de parte de los Estados Unidos.


* Historiador costarricense (1952), profesor jubilado de la Universidad Nacional de Costa Rica.

NOTAS
  1. Roger Louis (Editor). Imperialism: The Robinson and Gallagher Controversy (New York. New Viewpoints. 1976) Aquí se encuentran recogidos varios artículos que reflejan con claridad algunos de los entretelones de esta discusión. Sobresale el de Robinson y Gallagher de 1953 (pp.53-72) que diera origen a toda esta "controversia" sobre imperialismo formal e informal, y la reacción de los teóricos marxistas, así como de algunos otros críticos para quienes la tesis de Robinson y Gallagher más bien complica y confunde el estudio de estos temas. Véase en el mismo libro el debate entre Robert K. Fieldhouse y D.C.M. Platt Pp. 235-239.
  2. Alan Knight. "Britain and Latin America". En Andrew Porter (Editor). The Oxford History of the British Empire. The Nineteenth Century. (Oxoford University Press. 1999) Volume III. Capítulo 7. P. 122.
  3. Peter Burroughs. "Imperial institutions and the Government of Empire". Op. Cit. Capítulo 9. P. 170.
  4. Ídem. Loc Cit.
  5. Frederick Stirton Weaver. Latin America in the World Economy. Mercantile Colonialism to Global Capitalism (Westview Press. 2000) P. 32. Véase también el excelente estudio de Bernard Semmel. The Rise of Free Trade Imperialism. Classical Political Economy, the Empire of Free Trade and Imperialism 1750-1850 (Cambridge University Press. 1970) Capítulo 2.
  6. Sobre estos asuntos pueden consultarse los brillantes trabajos de Edmund Burke. Reflections on the Revolution in France (Oxford Worlds Classics. Oxford University Press. 1999) Ver sobre todo sus reflexiones sobre la noción de monarquía y su futuro. Pp. 288 y ss. También de Thomas Carlyle. The French Revolution. (Modern Library Classics. 2002). Capítulos 7-8-9.
  7. "Si el desequilibrio económico o la dependencia cultural califican como imperialismo es un asunto teórico irrelevante, pero claramente son aspectos que colorean las relaciones Anglo-Latinoamericanas a todo lo largo del siglo XIX y más allá" (todas las traducciones de aquí en adelante son mías). Alan Knight. Op. Cit. P. 125.
  8. E. J. Hobsbawm. Industry and Empire (Penguin Books. 1979) P. 56.
  9. "El imperialismo económico puede ser definido como el uso del poder para determinar las relaciones entre actores que están unidos principalmente por instituciones económicas o políticas impuestas desde afuera, y que carecen de un sentido común interno de moral o solidaridad cultural". B. R. Tomlinson. "Economics and Empire: The Periphery and the Imperial Economy". En Andrew Porter (Editor). The Oxford History of the British Empire. The Nineteenth Century (Oxford University Press. 1999). Volume III. Chapter 3. P. 71.
  10. Manfred Kossok. Historia de la Santa Alianza y la emancipación de América Latina (Buenos Aires: Ediciones Sílaba. 1968) P. 283. Este es uno de los mejores trabajos que existen sobre la participación de la Santa Alianza en las guerras de independencia de América Latina. Desgraciadamente la labor editorial no fue la óptima, pero aún así el texto mantiene su frescura y claridad con relación al análisis de la verdadera importancia de la independencia latinoamericana para Europa y los Estados Unidos. El desmenuzamiento que realiza Kossok con respecto a las intrigas, conspiraciones y complots de palacio sobre aquel proceso, nos revela una Europa angustiada y temerosa ante el fantasma de la revolución republicana, que recorre toda América Latina por aquellos años.
  11. William W. Kaufmann. British Policy and the Independence of Latin America. 1804-1828. (Yale University Press. New Haven Conn. USA. 1951) P. 61.
  12. W. F. Reddaway. The Monroe Doctrine (Cambridge University Press. 1898) P. 9. Debe indicarse también que en 1825 los Estados Unidos volvieron a involucrarse en problemas con los europeos debido a las pretensiones de México, Colombia y Chile de ocupar Cuba y Puerto Rico, pues los llenaba de aprensiones la perspectiva de que estas colonias españolas podrían utilizarse como bases para invadir América del Sur y del Norte e iniciar el proceso de recolonización. Los Estados Unidos no iba a permitir que eso sucediera pero tampoco que aquellos otros países latinoamericanos, recién reconocidos por Gran Bretaña en 1824, se apoderaran del Caribe, una zona de influencia que los norteamericanos consideraban como "naturalmente" suya, debido, en gran parte, a la importante población negra en esas colonias españolas, abastecedoras también de trabajo esclavo para los estados sureños. "Los principios democráticos puramente formales de la Doctrina Monroe fueron desmentidos por el gobierno estadounidense mismo con su tentativa de garantizar, en alianza con la extrema reacción de Europa, la posesión de Cuba y Puerto Rico por parte de España, a fin de impedir la liberación de las islas hasta que Estados Unidos se hallara en condiciones de ocuparlas" . Manfred Kossok. Op. Cit. P. 290.
  13. Sobre este asunto se puede revisar la excelente obra de Carlos Roberts. Las invasiones inglesas del Río de la Plata (1806-1807) (Buenos Aires: Emecé Editores. 2000). P.12. Aquí se exponen con sencillez y claridad meridiana las razones materiales fundamentales para que Inglaterra tuviera tanto interés en el Río de la Plata.
  14. Dan Nabudere. The Political Economy of Imperialism (Tanzania. Zed Press. 1977) P. 87.
  15. Marcello Carmagnani. Estado y sociedad en América Latina. 1850-1930 (Barcelona: Crítica. 1984) Pp. 108-118.
  16. Debe recordarse la cantidad importante de mercenarios que los ingleses, los alemanes, los austriacos y los rusos aportaron a las guerras de independencia latinoamericana, después de la derrota de Napoleón. Para los españoles uno de los constantes motivos de desavenencias con la Liga Hanseática fue su solapada colaboración con las guerras de independencia en América Latina, que se traducía en números concretos en cañones, fusiles, parque y asesoría militar. Manfred Kossok. Op. Cit. Capítulos V y VI.
  17. Robert A. Taylor. "The British Role in Central America prior to the Clayton-Bulwer Treaty of 1850". Hispanic American Historical Review. 1960. Vol. 40.
  18. "La Doctrina Monroe de Estados Unidos en 1823 fue parcialmente negativa. Intentaba circunscribir la libertad de acción de los poderes europeos, pero como escribe Van Alstyne, lo que realmente importaba eran las intenciones ocultas de Estados Unidos de ser el único poder colonialista en América del Norte y el único poder controlador en el Norte y el Sur de América". Ronald Hyam. Britain's Imperial Century, 1815-1914. A Study of Empire and Expansion. (London and New York: Palgrave MacMillan. 2002. Third Edition) P. 56. También de Joshua Leavitt. The Monroe Doctrine (The Cornell University Library Digital Collections. 1992. El texto original es de 1863).
  19. Dexter Perkins. The Monroe Doctrine. 1823-1867.
  20. H. W. Temperley. The Foreign Policy of Canning. (Routledge. 1966).
  21. El lector debe tener presente que el nacimiento de Uruguay es en gran parte el producto de las intrigas de la Corona Británica para impedir que Brasil se hiciera con la "banda oriental" del Río de la Plata, puesto que sus simpatías estaban con Buenos Aires. Como dice un historiador inglés "la verdadera partera de la república oriental del Uruguay es la monarquía inglesa". ("In the 1820s, when Argentina and Brazil fought for control of the Banda Oriental, Britain played midwife at the birth of the Republic of Uruguay"). Alan Knight. Op. Cit. P. 130.
  22. Alan Knight. Op. Loc. Cit. Véase también el excelente estudio de Mario Rodríguez. A Palmerstonian Diplomat in Central America. Frederick Chatfield, Esq. (The University of Arizona Press. Tucson. 1964), sobre todo el capítulo 8.
  23. Alan Knight. Op. Loc. Cit. También de Augustus Granville Stapleton. George Canning and his times (Elibron Classics. 2006. El texto original fue publicado en 1859). Capítulo XXIV. Pp. 385 y ss.
  24. Russell H. Bartley. Imperial Russia and the struggle for Latin America Independence. 1808-1828. (Institute of Latin American Studies. The University of Texas at Austin. 1978) Capítulo 7.
  25. W. P. Cresson. The Holy Alliance: The European Background of the Monroe Doctrine (Oxford University Press. 1922) Capítulo VI.
  26. Charles K. Webster. Britain and the Independence of Latin America. I. (Oxoford University Press. 1938) P. 490.
  27. Fred Rippy. Rivalry of the United States and Great Britain over Latin America (Johns Hopkins Press. 1929) Capítulo VIII.
  28. Walter W. Kaufman. Op. Cit. P. 185.
  29. Elie Halévy. A History of the English People in 1815 (Londres, T. F. Unwin. 1924) P. 274.
  30. "La apertura de los mercados sudamericanos originó en Inglaterra no sólo especulación bursátil, sino también un incremento en la exportación de mercancías inglesas hacia el extranjero. No debe creerse que de Inglaterra fluían grandes cantidades de oro hacia Sudamérica para realizar el pago de todos los empréstitos que habían sido tomados en Londres. En realidad, el pago no se verificaba con el noble metal, al menos no sólo con él, sino en gran medida también con mercancías. La exportación de mercancías británicas hacia Centro y Sudamérica ascendió de 2,942.000 libras esterlinas (1821) a 6,426.000 libras esterlinas (1825)-o sea, en cuatro años a más del doble. El principal objeto de la exportación lo constituían los tejidos de algodón. La incrementada demanda originó en Inglaterra un aumento de los precios y un aumento de la producción de los tejidos de algodón-la cantidad de algodón manufacturada en Gran Bretaña aumentó de 129,000.000 de libras (1821) a 167,000.000 de libras (1825)".
    "¿Pero de dónde obtuvieron los países sudamericanos los recursos para comprar en el año 1825 el doble de mercancías que en el año 1821? Estos recursos fueron proporcionados por los mismos ingleses. Los empréstitos que fueron tomados en la Bolsa londinense sirvieron para el pago de las mercancías importadas. Los fabricantes ingleses fueron defraudados por la demanda creada por ellos mismos y pronto tuvieron que convencerse, a través de la propia experiencia, de cuán infundadas habían sido sus excesivas esperanzas". Tugan-Baranowsky. Studien Zur Theorie und Geschichte der Handelskrisen in England (Jena, 1901) P. 41. Citado por Fritz Sternberg. El imperialismo (México: Siglo XXI editores 1979.La edición original es de 1926. Biblioteca del Pensamiento Socialista. Serie Los Clásicos) P. 297.
  31. Carlos Marichal. Historia de la deuda externa de América Latina (Madrid: Alianza. 1988) P. 60.
  32. Peter L. Cottrell. British Overseas Investment in the Nineteenth Century (The MacMillan Press. 1975. Studies in Economic and Social History. The Economic History Society) P. 19.
  33. Tulio Halperin Donghi. Historia contemporánea de América Latina (Madrid: Alianza. 1970). Capítulo 3.
  34. "Los conceptos centro y periferia son ampliamente, sino ligeramente, usados en la literatura sobre la historia económica del Imperio Británico en el siglo diecinueve para distinguir a las economías industriales de Europa, sobre todo la Británica, de las economías agro exportadoras de otros continentes". B. R. Tomlinson. Op. Cit. P. 53.
  35. Idem. Op. Cit. Pp. 55-56.
  36. Sin embargo las razones de J. A. Hobson para sostener la irrelevancia del imperio británico, para el crecimiento y desarrollo de su país, eran muy diferentes a las esgrimidas por Cobden y los condenitas. Hobson argüía que el imperio no sólo era costoso económica y financieramente, sino también moral y políticamente. Los argumentos de Cobden y compañía eran sencillamente financieros.
  37. Martin Lynn "British Policy, Trade, and Informal Empire in the Mid-Nineteenth Century" En Andrew Porter (Editor) The Oxford History of the British Empire. The Nineteenth Century (Oxford University Press. 1999). Vol. III. Capítulo 6. Pp. 101-121.
  38. "Enfocarse solamente en las posesiones coloniales para examinar la expansión británica en ultramar durante el siglo diecinueve es ignorar la naturaleza multifacética de la posición internacional de Gran Bretaña. El crecimiento del comercio exterior, del crédito y de la emigración que se establece en ultramar durante estos años fueron una buena parte de la amplia expansión de la sociedad inglesa, la cual también se sirvió de recursos militares, navales, religiosos y culturales para extenderse más allá de las fronteras del Imperio. El oficial naval en el Atlántico, el misionero en África, y el comerciante en China fueron tanto agentes de la influencia británica como lo fue también el administrador colonial en la India. Aún así, la naturaleza y significado de tal influencia, su impacto, y el papel del gobierno británico en su sostenimiento permanecen difíciles de aprehender". Idem. P. 101
  39. Ídem. P. 102.
  40. Secretario del Exterior entre los años 1830-1834, 1835-1841, y 1846-1851. Primer Ministro entre los años 1855-1858 y 1859-1865). Ídem P. 106.
  41. Mario Rodríguez. Op. Loc. Cit.
  42. Así llama el historiador británico C. D. M. Platt al servicio diplomático de su país establecido en América Latina, durante el siglo XIX, puesto que la mayor parte de los cónsules y oficiales del gobierno de Su Majestad en ultramar, tenían que involucrarse en otro tipo de actividades comerciales y políticas para poder sobrevivir, en vista de que eran muy mal pagados y cuando se involucraban en problemas la Foreign Office los abandonaba. Cinderella Service. The Cinderella Service. British Consuls since 1825 (Archon Books. 1971) Capítulo 2.
  43. Ciro F.S. Cardoso y Héctor Pérez Brignoli. Centroamérica y la economía occidental. 1520-1930 (San José, Costa Rica. 1974) Capítulo VII. José Antonio Fernández Molina. Pintando el mundo de azul. El auge añilero y el mercado centroamericano. 1750-1810 (El Salvador: Biblioteca de Historia Salvadoreña. 2003. Vol. 14) Capítulo VII.
  44. Thomas L. Karnes. The Failure of the Union (The University of North Carolina Press. 1961) Capítulos 4 y 5.
  45. "Gran Bretaña y su representante, Frederick Chatfield, eran culpables de intervención en los asuntos de Centroamérica. Chatfield pasó demasiado a menudo, sobre los derechos de las naciones, violando ocasionalmente las instrucciones de su país. Pero en realidad no se le puede acusar de conspirar para destruir la federación, ni puede uno afirmar que la política británica favoreció la existencia de cinco estados separados. El cargo más razonable que se le puede hacer es de que Gran Bretaña se opuso a la amenaza de la ascendencia de los Estados Unidos en el istmo entre 1848 y 1850 estrechando las relaciones con Costa Rica y Guatemala. En este sentido indirecto, pero sin embargo real, Inglaterra luchó por la creación de una federación". Idem. P. 133. Para Mario Rodríguez las afirmaciones de que Chatfield no conspiró contra la federación centroamericana y de que Gran Bretaña colaboró al fortalecimiento de la misma pueden pecar de exageradas, pues no existe soporte documental que las sostenga. Op. Loc. Cit.
  46. Para estos y otros detalles de las relaciones entre Gran Bretaña y América Central, entre 1821 y 1915, véase nuestro estudio Recuerdos del imperio. Los ingleses en América Central. 1821-1915 (Heredia, Costa Rica: EUNA. Primera reimpresión. 2002) Capítulo VIII.
  47. Thomas D. Schoonover. The United States in Central America. Episodes of Social Imperialism and Imperial Rivalry in the World System (Durham and London. Duke University Press. 1991) Capítulo 4.
  48. Ibídem. Capítulo 8.
  49. Memorandum by Lord Castlereagh. 1 May, 1807, in Correspondence of Viscount Castlereagh. Vol. VII. P. 321.
  50. Martin Lynn. Op. Cit. P. 110.
  51. Marx publicó una brillante serie de ocho artículos, en el People´s Paper, entre octubre y diciembre de 1853, en los que analiza a profundidad la política exterior de Palmerston. Karl Marx. Collected Works. Volume 12. Marx and Engels. 1853-1854 (International Publishers New York. 1979) P. 341 y siguientes.
  52. Neilv Smith. American Empire. Roosevelt´s Geographer and the prelude to globalization (University of California Press. 2003) Primera parte.

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